Pirañas

Harold Robbins · Capítulo 5 de 36

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Pirañas

cuatro

 

Contemplé el plato. Arroz y judías, embadurnados en una nauseabunda salsa de tomate de color castaño y con mucho aceite. Estaba harto. La misma porquería día y noche desde hacía cuatro días, cuando salimos de Pucallpa. Arroz con judías. Arroz con un grasiento pescado amarillo. Arroz con carne en conserva, en la que aparecían gusanos apenas abrir la lata. Tenía siempre el estómago lleno de gases, o con una sensación de náusea que no acababa de cuajar en vómito.

—¿Cómo lo resistes? —le pregunté a Alma.

—Bebe más cerveza —se limitó a responder—. No tenemos otra alternativa.

Abrí una botella de cerveza y de un trago vacié la mitad.

—¿Hay restaurantes en Iquitos?

—Iquitos es una gran ciudad —respondió—. Tranquilízate, estaremos allí mañana.

—Arroja esto por la borda —dije, señalando el plato.

—Debes comértelo —ordenó—. No comes lo suficiente. Pareces haber perdido cinco kilos.

—Estoy bien.

—Necesitarás estar en forma. Nadie sabe con lo que nos encontraremos mañana. Hasta ahora hemos tenido suerte, pero tú eres como un bebé en la jungla. No tienes idea del peligro al que podemos enfrentarnos. Angelo no te contó nada.

Cogí una cucharada de arroz y me la tragué, seguida de un trago de cerveza. Aunque estaba caliente, eliminó de mi boca el gusto de la grasa.

—¿Te contó algo acerca de Iquitos?

—Solo que debía encontrarse con un individuo de barba roja, que esperaría en los muelles a nuestra llegada.

—¿Dijo algo más?

—Angelo no hablaba mucho de sus negocios —respondió, moviendo la cabeza.

Asentí. Angelo no hablaba mucho con nadie, ni siquiera conmigo.

—¿Hay aeropuerto en Iquitos? —pregunté.

—Sí —respondió Alma—. Iquitos es la segunda ciudad de Perú, pero la única forma de salir de ella es por barco hacia las fuentes del Amazonas, o por avión por encima de las montañas. Son demasiado altas para cruzarlas de otro modo.

—¿Cómo es que creció tanto la ciudad?

—Hace unos años era el centro de las plantaciones de goma y su importancia duró hasta que se iniciaron las plantaciones de Malasia. Perdió ese negocio, la ciudad se autoabasteció con dificultad hasta el descubrimiento del petróleo. Ahora los petroleros llegan hasta el océano a lo largo del Amazonas.

—¿Es grande el puerto?

—Nunca he estado allí —respondió Alma—. Pero creo que debe de ser bastante extenso porque lo utilizan transatlánticos que llegan desde Brasil.

Iba a por otra cucharada de arroz, cuando oí que se paraba el pequeño motor y el barco empezaba a chapalear en el agua. Cogí el rifle y subí a cubierta, con Alma pisándome los talones. Vi a los dos marinos en la proa, que echaban el ancla seguida de un largo cabo.

—Pregúntales qué hacen —le dije a Alma después de acercarme a ellos por la espalda.

Les habló a toda velocidad en español, ellos nos miraron inquietos y ambos empezaron a hablar al mismo tiempo. Alma les formuló otra pregunta y el de mayor edad respondió, al parecer con la intención de explicarnos alguna cosa.

—Les ha parecido que sería preferible anclar en esta cala hasta la mañana —me dijo Alma—. Estamos a solo treinta kilómetros de Iquitos y es mejor entrar en el puerto de madrugada.

—¿Por qué no ahora? —pregunté.

—Todos los pescadores salen al canal —respondió Pablo, el mayor de los marinos—. Sus redes están por todas partes y podríamos quedar fácilmente atrapados en las mismas. Muchos de ellos, mestizos, son ladrones. Mire hacia el canal y podrá verlos. Utilizan potentes focos dirigidos al agua para atraer a los peces, y si tenemos algún problema con uno de ellos, se unirán todos contra nosotros.

—¿A qué hora podemos entrar? —pregunté.

—Los pescadores se retiran a las cuatro de la madrugada. Podríamos soltar amarras a las cinco. Llegaríamos a Belén a las once de la mañana y al cabo de media hora podríamos estar atracados al muelle.

—¿Qué es Belén? —pregunté.

—El lugar donde atracan los barcos de Pucallpa, las embarcaciones pequeñas como la nuestra. Allí también hay barcazas en las que vive gente. Los grandes buques atracan diez kilómetros más adentro, al otro lado de la ciudad.

—¿Dónde les dijo el capitán que atracarían?

—No se lo dijo —respondió Alma, al tiempo que ambos marinos movían la cabeza.

Contemplé el canal, en el centro del río. Los faros de los pescadores eran como luciérnagas que flotaran en el agua, a un par de kilómetros de nuestro caladero. Parecía haber centenares de luces.

—De acuerdo —le dije a Alma, mirando a los marinos—. Diles que quiero levar anclas tan pronto como se marchen los pescadores. Que naveguen lo más lejos posible de Belén y atracaremos junto a los grandes buques.

Alma se lo tradujo, Pablo movió la cabeza y habló algo enojado.

—Dice que sería peligroso —tradujo Alma—. Allí es donde está la aduana y la policía.

—Yo me ocuparé de eso cuando llegue el momento —respondí, mirando de nuevo a los pescadores—. Que no les quiten la vista de encima —agregué, mientras hacía un gesto con la cabeza—. Si alguno de ellos se acerca a nosotros, avísame.

Alma tradujo mis órdenes y me acompañó a la popa, donde nos sentamos en la pequeña banqueta.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—No confío en ninguno de ellos —respondí—. Pero si tenemos que encontrarnos con alguien, parece más lógico que lo hagamos en uno de los muelles importantes que en los reservados a barcazas y pescadores.

—Creí que en los muelles pequeños correríamos menos peligro que en los grandes —dijo Alma.

—Recuerdo algo que Angelo me dijo en una ocasión: el mejor lugar donde ocultarse es a la vista de todo el mundo. A nadie se le ocurre que pudieras hacer algo indebido.

—Angelo estaba loco —dijo Alma.

—No tan loco —respondí—. Él me obligó a venir. ¿Qué te prometió para que lo acompañaras?

—Angelo me gustaba —contestó, con una mirada despectiva.

—¿Eso es todo? —sonreí.

—Dinero. Mucho dinero —rio.

—¿Cuánto? —asentí.

—Mil dólares estadounidenses.

—Acabas de recibir un aumento de sueldo —dije—. Si salimos de esta, recibirás diez mil.

—Ahora tenemos que follar —rio, después de unos momentos de silencio.

—Antes tenemos que salir de aquí —respondí, mientras contemplaba las luces de los pescadores, que danzaban en la superficie.

—¿Qué te preocupa? —preguntó.

—Tengo un mal presentimiento —respondí, mirando a mi alrededor—. Puede que estemos a salvo de los pescadores, pero nos encontramos a menos de cien metros de la orilla. Y no podemos ver lo que hay en la selva, que llega al borde del acantilado.

—¿Crees que los mestizos nos han seguido a lo largo del río? —preguntó Alma, al tiempo que examinaba la orilla.

—No lo sé. ¿Lo crees posible?

—No hay carreteras en la selva.

—Pero tienen caballos. Pueden haber utilizado senderos.

—¿Crees que es posible que ellos sepan algo? —preguntó, señalando a los marinos.

—No lo sé —respondí, encogiéndome de hombros—. No les preocupó mucho lo del capitán. Estoy seguro de que sabían lo que se proponía y formaban parte del plan.

Volvió la cabeza para contemplar la orilla. De pronto había oscurecido y la única luz era la de las estrellas parpadeantes y de la amarillenta luna.

—No veo absolutamente nada en la orilla.

—Trae los rifles y la pistola que te entregué, los guardaremos aquí con nosotros.

—¿No piensas acostarte en toda la noche? —preguntó Alma.

—Me sentiré más seguro si no lo hago.

—Me quedaré contigo. Yo también me sentiré más segura a tu lado.

—En tal caso —le dije—, ponte un par de vaqueros en lugar del pantalón corto y trae un sombrero con malla para los insectos y el frasco de esencia de toronjil. No quiero que nos devoren los insectos, si no lo hacen los mestizos.

—Volveré dentro de unos minutos —rio, al tiempo que bajaba al camarote.

No era estúpida. Regresó con mantas y almohadas.

—Si nos envolvemos en estas mantas quedaremos empapados por la humedad como si estuviéramos en un baño. Pero si las extendemos sobre cubierta estaremos más secos que sentados en el banco.

—Buena idea. Además, ofreceremos un blanco menos claro.

Observé cómo tendía las mantas sobre la cubierta. Las almohadas le daban un aspecto casi confortable. Demasiado cómodo. Se me ocurrió una idea.

—Hay un cesto de mimbre de un metro de altura junto a mi cama. Tráelo junto con otra manta.

No hizo preguntas. Cuando volvió, coloqué el cesto sobre el banco en el que estaba sentado, lo envolví con la manta y le coloqué encima un viejo sombrero de paja.

—¿Qué te parece? —le pregunté.

—Es exactamente como tú —rio Alma.

—Gracias —respondí, al tiempo que me situaba junto a ella en la cubierta—. Ahora puedes dormir un poco. Yo vigilaré.

—¿No estás cansado? —preguntó.

—Estoy bien.

—Si necesitas un estimulante, tengo una limeta en el bolsillo.

—Lo tendré en cuenta. Puede que lo necesite.

Observé cómo se envolvía en la manta y volví la cabeza para contemplar el cesto. Sonreí. Alma tenía razón. En la oscuridad de la noche, tenía exactamente el mismo aspecto que yo.