Por orden de desaparicion

Simon Brett · Capítulo 8 de 19

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Por orden de desaparicion

Dentro del castillo del gigante

HUBIESE SIDO todo más fácil, papá — dijo Juliet — si hubieses tenido un trabajo corriente. Eso de actuar en el teatro es tan inseguro…

—No, no, querida —dijo Miles Taylerson sensatamente —. No siempre.

Hay en ese campo ocupaciones constantes. Ya sabes: directores de compañías de repertorio o de series como La Calle de la Coronación o Encrucijada.

Charles, vestido con una bata de Miles de estilo karate, apretó los dientes y puso manteca, o más bien la batió, sobre un pedazo de tostada.

—No, te lo digo de verdad, papá. Estoy preocupada por ti. Quiero decir que no has ahorrado para tu vejez.

—Ya estoy en la vejez, así que ya es tarde para empezar — acotó Charles, bromeando.

Pero por desgracia, esto no sirvió para terminar la conversación con Miles; más bien le dio pie.

—Oh yo no diría eso, papá — Charles pegó un respingo —. Existen planes de seguros y planes de pensiones para gente de cualquier edad. El caso es que en mi compañía tenemos un plan muy bueno. Conozco a un tipo de más de sesenta años que tomó una póliza. Naturalmente las cuotas son altas, pero están vinculadas a un trust, de manera que devenga beneficios.

—Yo creía que a esos trusts les iba mal.

Charles lo dijo maliciosamente pero Miles siguió impertérrito.

—¡Oh sí! Hubo algunas alzas espectaculares en los primeros cinco años pero podemos garantizar un crecimiento que supere la inflación, Conozco el caso de un tipo de…

Charles no pudo soportar la perspectiva de otro ejemplo.

—Miles, no vine aquí para hablar de seguros.

—Lo siento, papá. Es que nos preocupamos por ti. ¿No es cierto, querida?

—Sí. Ya ves, papito. Miles y yo nos preocupamos. No parece que tienes un plan de vida desde que te separaste de mamá. Solo nos sentiremos felices cuando sepamos que tomaste algunas previsiones para tu futuro.

—Correcto, querida. Y además, papá, la ventaja de tener a alguien de seguros en la familia lo hace todo más fácil.

—¿El qué? ¿Quieres decir que es más incómodo tener a un pesado cargado de pólizas jorobándome tras de mi dinero…

—Sí.

—… que tener un pesado en la familia haciendo exactamente la misma cosa?

Siguió una pausa. Miles enrojeció, murmuró algo como «tergiversar las cosas» y abandonó la habitación. Charles masticó su tostada.

—Papito, no había necesidad de ser grosero con Miles.

—Lo siento, pero era tentador.

—Mira, ha sido muy tolerante. Llegas sin ningún aviso en medio de la noche, utilizas la casa como si fuese un hotel. Podíamos haber tenido visitas. El caso es que abandonó la pesca para agasajarte.

—Así que me estaba agasajando. ¡Dios mío, cómo será cuando no se esfuerza!

Juliet hizo como que no lo había oído.

—Y yo creo que deberías demostrar algo de agradecimiento, papito. Me gustaría que te definieras.

¡Oh, cuánto más doloroso que los dientes de la serpiente es tener un padre desagradecido! Pero, reflexionó Charles, más lo es aún tener una hija vieja de solo veintiún años. ¿En qué momento falló él como padre? Debió de existir algún momento en el que Juliet tuvo un asomo de personalidad y él falló al no darle alas. En aquel momento, cuando ella era una criatura y estuvo a punto de cometer algo malo, él, asumiendo su papel de padre, debió habérselo permitido. Pero no, su hija siempre fue un modelo de sobriedad: buena, trabajadora y hasta casta (virgen cuando se casó a los

diecinueve años. En 1973. Demasiado para la sociedad actual). Para un padre, decepcionante.

Miles reapareció vestido con botas altas de goma verdes flamantes, flamante chaqueta y flamante sombrero informe.

—Mira papá, siento haberme alterado.

—Nadie se alteró. Solo fui algo pesado contigo.

Miles rio como un hombre de mundo.

—Bárbaro, papá. Eso me gusta. Hablar claro, ¿eh? Mira, ¿sabes lo que pienso? ¿No te gustaría venir a pescar conmigo? Tengo libre un par de horas. Después tomaremos un trago en la taberna mientras Juliet prepara el almuerzo. ¿Qué me dices?

—Bueno, me gustaría. —Charles recordó su misión.

—Podemos ir a Streatley: hay una buena taberna.

—Está bien.

Era importante llegar allí, y un viaje en el espantoso Cortina Amarilla de Miles era tan bueno como cualquier otro. Aceptó con amabilidad el ramo de olivo.

Charles persuadió al algo indeciso Miles de que tenían tiempo de tomar un ligero baño antes de salir. Eran solo las nueve y media. Aparentemente había sido la pesca lo que hizo que Miles se levantase tan temprano.

Charles reflexionaba. Para él, levantarse temprano un domingo le parecía un sacrilegio, especialmente si uno tiene a mano una mujer. Alguno de los mejores momentos de su vida fueron las mañanas de los domingos.

Tostadas, diarios y un cuerpo calentito. No por vez primera trató de imaginarse la vida sexual de su hija. Le resultaba imposible.

Mientras se metía en la bañera azul marino (hacía juego con el lavamanos azul y el water separado) perfumada con las sales de baño de Juliet, Charles pensó en la posición de Steen. Parecía algo muy lejano y esforzó su mente para enfocarlo. Suponiendo que pudiera encontrarse con Steen y entregarle las fotos, quedaría todo superado. Ahora que Bill Sweet estaba muerto no existía nadie más que lo presionara. Charles deliberadamente enterró las circunstancias de la muerte de Sweet en el fondo de su mente. No se sentía obligado a que se hiciera justicia. Si Steen

era un asesino a él no le atañía. Dejaba que la policía lo investigara. Si en realidad deseaban encontrar el motivo del asesinato no tenían más que poner en la parrilla a Mrs. Sweet. Esta podía alimentarlos con unas pocas respuestas.

¿Pero qué sabía Mrs. Sweet de Steen? ¿Se había dado cuenta de quién era el responsable de la muerte de su marido? ¿De hecho se había enterado de todos los detalles de sus actividades chantajistas o es que solo atesoraba lo más que podía? Si Mrs. Sweet estaba enterada podía continuar presionando a Steen y esto podría ocasionar ingratas repercusiones en Jacqui. De repente urgía enterarse de cuánto es lo que Mrs. Sweet sabía.

El problema de los modernos diseños arquitectónicos en las casas de campo (¿qué importancia tiene para un arquitecto diseñador que la casa sea para un lechero o para un futbolista?) es que no hay privacidad. El teléfono en la casa del ejecutivo de Taylerson se hallaba en una zona del living, con franco acceso a la zona de la cocina, de la sala y de la escalera. En otras palabras, Juliet y Miles estaban obligados a oír todo lo que se decía por teléfono. Pero no había otra alternativa.

El sonido del teléfono cesó.

—¡Hola!

—¿Mrs. Sweet? Soy… Bill Holroyd. — La tímida voz utilizada en Cuando Estábamos Casados.

—¡Ah, Mr. Holroyd! —Interesada.

—Sí… La razón por la que la llamo… es que acabo de enterarme de lo de su marido.

—Sí. —Ninguna emoción.

—Estaba pensando si… si esto cambia la cosa.

—No. Usted se entiende conmigo.

—Sí… Mal asunto. —Ninguna reacción —. ¿No va esto a hacer que…

la policía… quiera…?

—No se preocupe, no les he contado nada.

—¡Ah! ¡Bien!

—Sí. Págueme lo que arreglamos y jamás volverá a oír hablar del asunto.

—Perfecto. Hay otra cosa más… Uno o dos de mis amigos estaban también en la reunión.

—Sí.

—Mr. Phillips, Mr. Cuthbertson, Mr… — Trató con desesperación de pensar en un apellido — Taylerson. Ellos… piensan que tal vez están en las fotos.

—Sí. Creo que están. Lo mejor será que los ponga en contacto conmigo.

—Sí. —Charles había obtenido la información que deseaba.

Obviamente Mrs. Sweet no tenía idea de quiénes figuraban en las fotos.

Pero insistió para estar segura — Mr. Taylerson en particular está preocupado. Cree que puede estar en alguna foto con una muchacha rubia, y usando un antifaz.

Las fotos de Steen y de Jacqui eran las únicas que concordaban con ese dato.

—Ese Mr. Taylerson… —No sabía nada —. Tal vez será mejor que lo vea. ¿Conoce su dirección?

Charles resistió la tentación de darle la dirección de Miles. A pesar de que hubiera sido divertido ver la cara de su yerno, chantajeado con las obscenas fotografías.

—No, me parece mejor que él se conecte con usted.

—Sí, que lo haga. Y a usted lo veré el viernes.

—Sí.

—Con el dinero.

—Sí.

—Y… —La voz continuó con estudiada indiferencia —: Quizás sea preferible que duplique la suma.

—¿Qué?

—Mr. Holroyd. ¿Se acuerda de ayer por la tarde?

—Sí.

—Bueno, le diré la verdad, Mr. Holroyd: había una cámara bajo el sofá.

—¡Oh!

—Estoy segura de que no querrá que su mujer y sus lindas hijas…

—No.

—Entonces son diez mil, Mr. Holroyd y tendrá todo el álbum.

—Pero yo…

La línea enmudeció. Charles sintió un enorme alivio de no ser Bill Holroyd. Bill Holroyd era un hombre con problemas. Pero esto explicaba el repentino cambio de proceder de Mrs. Sweet. ¡Y pensar que creyó que se debía a su magnetismo animal!

Charles se dio vuelta y vio a Juliet y a Miles parados delante de la puerta de la cocina con la boca abierta.

—Discúlpenme. Estaba hablando con una actriz amiga. Siempre hacemos bromas de este tipo con voces fingidas.

—Sí —dijo Miles con una voz muy formal —. Supongo que muchas cosas así se trenzan entre actores y… Ya sabes. Tal vez podamos salir ahora a pescar.

—Solo una llamada más. Prometo hacerlo rápido. ¿Cuál es la característica de Streatley?

De nuevo la grabación. La voz de Steen contestó; «Habla Marius Steen.

No está libre ahora. Vuelva a llamar más tarde o deje el mensaje después que oiga la señal».

Miles tenía el equipo completo. No solo el resplandeciente y nuevo disfraz sino diferentes y brillantes recipientes de avíos de pesca. Una cartera impermeable de color caqui para colgar del hombro, una larga caña de pescar con forro de cuero negro para colgar del otro hombro y un juego de redes, banquetas y cajas con cebos. Mientras colocaba todos sus enseres sobre el cuadrado de género a la manera de los cirujanos dijo; «Sabes, papá, que la pesca es un sedante muy bueno. El relajarse es importante para cualquiera en cualquier posición ejecutiva».

Estaban sentados en la ribera opuesta a la casa de Steen, Miles en una silla plegadiza, nueva, de tubos cromados resplandecientes y Charles en una vieja banqueta de madera. Había elegido el lugar a propósito, asegurando a Miles que era una corriente prometedora cuyos remolinos denotaban hoyas de barbos, y que los árboles que sobresalían eran una trampa para un buen pique. Todo era una estupidez pero fue dicho en la forma adecuada y Miles se impresionó.

De manera que Charles tenía una buena perspectiva. El bungalow no parecía tan grande visto de atrás, solo discretamente costoso: una línea blanca desde la cual el césped bajaba suavemente hacia una pulcra piscina de cemento. Hacia la izquierda había una pequeña construcción para los botes cuyas puertas cerradas daban al río.

No había señales de vida del bungalow y tampoco las había cuando pasaron por el camino delante de él. Charles había pedido a Miles que se detuviera y había llamado a la puerta. No hubo contestación.

Pero alguien había estado la noche anterior. No era solo la evidencia el cambio de la grabación. Los charcos cerca del portón mostraban huellas frescas de neumáticos. Steen había estado con seguridad en esos alrededores; era solo cuestión de esperar y, mientras tanto, pescar.

—Pienso que lo importante, dadas estas condiciones — dijo Miles — es el cebo.

—¡Ah!

—Sí. Con seguridad. Preparado con una suave mezcla de pan en un anzuelo número doce pienso que será una tentación para el besugo.

—Tal vez.

—Sí. O para los escarchos.

—Humm.

—Bueno, eso es lo que recomiendan en esta revista de pesca que estoy leyendo. Considero que estas son las condiciones que describen.

Aproximadamente.

—Sí.

Charles tiró la línea al agua. Le habían prestado una vieja caña de pescar en desuso con dos secciones de bambú moteado y una extremidad verde, un pasador de plástico en el centro del carrete y una pluma flotante amarilla. Había colocado un par de gusanos en un anzuelo pequeño. Se sentó y esperó que la pluma fuera arrastrada por la corriente. Cuando sintió que tocaba fondo, la levantó.

—¿La plomeó? —preguntó Miles.

—¿Cómo?

—Si la plomeó hasta el fondo de la correntada. Jamás atrapará nada si no lo hace así. Mire, lo que el pescador debe hacer con su cebo es imitar lo

más que pueda la naturaleza. En la naturaleza las cosas no se bambolean torpemente en el agua. Flotan arrastradas con la corriente a pocas pulgadas del fondo. Depende de la estación, naturalmente.

—Naturalmente.

—¿Quiere un plomo? Tengo uno.

—No, gracias. Estoy aburrido, voy a abandonar.

Miles estaba callado, preocupado con abrir su última y más grande parte del equipo. Con orgullo retiró del paquete un largo y flexible trozo de vidrio aislante que atornilló al extremo de su pulida caña de pescar. Charles lo miró con expresión de disgusto, la que Miles tomó como de admiración.

—Se atornilla en la punta.

—¡Ah!

Charles reflexionó sobre lo que Miles extraería de los libros. Su yerno era el ser con menos personalidad que jamás conociera. No hacía nada con naturalidad; todo tenía que hacerse organizadamente. En cualquier obra que emprendiera empezaba estudiando concienzudamente el lenguaje y después se proveía de todo el equipo adecuado, antes de iniciar la práctica. La pesca era la última de las habilidades que, según pensaba Miles, un joven ejecutivo tenía que poseer.

De nuevo Charles pensaba para sí en las relaciones sexuales de Miles y Juliet. ¿Las habría iniciado con su meticuloso método? La idea le intrigaba.

Charles reflexionó si no se estaría convirtiendo en un viejo obsceno. Pero estaba intrigado. Con sentimiento de culpa disfrazó su interés, haciendo como suegro una pregunta comente.

—Miles, ¿Juliet y tú no habéis pensado en tener hijos?

Miles se sentó irritado. Acababa de tratar de acosar a un pescado junto a su línea y se le escapó de los dedos.

—Sí, papá, lo hemos pensado. Hemos calculado que dentro de cuatro años y medio yo habré ascendido por lo menos un escalón. De manera que, admitiendo los incrementos acostumbrados, y dado por supuesto que las tarifas de las hipotecas no se eleven a más del once por ciento como al presente, pienso que podremos permitirnos que Juliet deje de trabajar.

No había contestación a eso, así que Charles se sentó y observó el bungalow de Steen, al otro lado del río. Nada. Hacía mucho frío. El aire

punzaba su cara y sintió que el hielo del piso penetraba a través de la suela de las botas de agua regaladas por Miles. Su cuerpo estaba endurecido e incómodo. Siempre se ponía así cuando se quedaba sentado por mucho tiempo. Sus años se hacían sentir. Una señal verdadera de que necesitaba un trago.

Para esto, Miles había completado su jueguito de armado de piolines al final de la línea y cargó su anzuelo con una pasta de pan y gusanos. Dos gusanos gordos se retorcían al final de su anzuelo número doce (enganchados sin duda como aconsejaban los libros, a través de la pequeña salida en el grueso extremo). Miles se levantó y acarició con dedos nerviosos la superficie de su resplandeciente carretel. «Lo importante, acotó casi para sí mismo, es recordar que no es la fuerza bruta la que se debe usar con el carretel fijo de la caña, sino un golpecito controlado».

Dio un golpecito controlado. La línea se sacudió y se enredó en la caña misma. Todo el cebo se desparramó, escapándose como los perdigones de una escopeta y aterrizó en el centro del río. Charles no dijo una palabra pero apretó los labios y miró su flotador. Mientras lo hacía este se hundió. Lo levantó e hizo girar el carrete, alzando una muy hermosa perca.

Cuatro cervezas rápidamente servidas antes de que la taberna cerrase a las dos, mantuvieron a Charles con fuerzas durante, el almuerzo. Amén de algo de vino.

— Le Piat Beaujolais Primeur — dijo Miles —. Joven, fuerte y algo espumante, ideal para acompañar el pescado (obviamente lo había leído también en una lista de vinos).

La combinación de alcoholes anestesió a Charles, de manera que pudo aún observar los slides de vacaciones en Tenerife sin demasiado esfuerzo.

No eran muy variados: «Juliet frente a una tienda… Y aquí, Juliet en ese bar… Y en este, sentada en una roca… Y aquí está Juliet en un bote…

Fue el día que hicimos un viaje en vapor». Obviamente Miles no le había confiado a Juliet su cámara, porque si no hubieran tenido una secuencia concordante de «Miles delante de una tienda… Miles en un bar», etc. Las referencias sobre obturador, exposiciones y lentes demostraban que Miles también había leído sobre el arte de fotografiar. Charles dejó que todo

flotara sobre él. El tiempo quedó en suspenso y él, a su vez, trató de alejar negros pensamientos.

Esa pacífica disposición de ánimo duró hasta que estuvo solo en Gornig Budge. Miles y Juliet habían ofrecido llevarlo en el auto hasta la estación Paddington, pero esperaban a algunas personas y respiraron cuando Charles les dijo que había conseguido taxi para ir a Reading. Miles había dejado caer fuertes insinuaciones de cuán difícil era conseguir nafta y de cómo acostumbraba usar el Cortina únicamente «para casos de emergencia». (Al ascender su nivel de vendedor en su compañía de seguros, había sacrificado el uso del auto de la firma y era muy cuidadoso con el uso del suyo propio).

Cuando llegó el taxi, Charles se retiró en medio de una oleada de amor familiar. Entonces, sintiéndose como el héroe de algunos de los espeluznantes films que protagonizara en los años cincuenta, ordenó al chofer que se dirigiese a la casa de Steen. Cuando se acercaron a Streatley perdió valor y le pidió que lo dejara en el puente. El conductor, con el mismo tema que todos los automovilistas en esas últimas semanas, comentó la crisis del petróleo, aumentó considerablemente la tarifa y se perdió en la noche.

El puente de Goring es largo y angosto; tiene dos arcos y una zona divisoria en el medio. De un lado está Streatley; del otro, Goring. Charles se apoyó en el parapeto de madera y dirigió su mirada hacia el agua, que aparecía infinitamente profunda en la oscuridad. En algún lugar la campana de la iglesia sonó en la distancia llamando a vísperas. Su domesticidad a la antigua usanza parecía incongruente con sus negros pensamientos.

La presión que había ido creciendo durante todo el fin de semana estaba a punto de estallar. El asunto de Steen tenía que terminarse esa noche.

Charles sentía una sensación incómoda de urgencia. Ya había transcurrido casi una semana desde el asesinato de Bill Sweet, el domingo dos de diciembre, y Jacqui seguía todavía en peligro. Charles conocía a fondo todas las implicaciones de la situación desde solo veinticuatro horas atrás, pero sentía la enfermante sensación de que el tiempo volaba. Una sensación de malos augurios embargaba su pensamiento mientras bajaba la vista hacia el agua y la oía correr impetuosa a su frente. En algún lugar, hundido en su

profundidad, estaba seguro de que debía hallarse el revólver de Steen, lanzado después de cometido el crimen.

Había perdido el día. La pesca, los slides de Tenerife, todo eso no venía al caso. Debió haber estado tratando con Steen. Era una de las mayores responsabilidades de su vida, que no podía eludir. Tenía que hacerse de inmediato. Miró su reloj. Casi las siete. Las tabernas se abrirían dentro de poco. Solo tenía tiempo para tomar un trago rápido como tónico y luego tenía que entrar en acción.

Eran las nueve y veinte cuando abandonó el confortable asiento cerca de la chimenea del Bull. Se había reconfortado hasta la temeridad. Dos horas bebiendo Bell y escuchando a los conversadores del lugar, Scampi y Mateus Rosé, más el gentío, hacía que los hechos parecieron mucho más sencillos. Si encontraba a Steen, Charles no tenía más que decir la verdad; si no estaba, entonces podía dejar las fotos con una esquela anónima, explicando la inocencia de Jacqui. No sabía por qué no se le había ocurrido eso antes, se decía mientras salía animoso (después de algunas dificultades con el picaporte de la puerta) de la taberna.

La luna era más llena que la noche anterior, pero su luz estaba empañada por una nube. Veía con claridad mientras trepaba la colina, en las afueras del pueblo. No sentía tanto frío como el sufrido durante el día. Se detuvo para descansar, metiéndose en los matorrales laterales del camino, y casi perdió el equilibrio cuando un auto ululó al dar vuelta el recodo, desparramando grava. También él, vigorizado de pronto, echó a andar a grandes zancadas. Un nuevo impulso lo embargaba, casi un sentimiento de honor. El caballero Galahad acercándose al fin de su búsqueda. Marius Steen, el gigante que pareció haber guiado su vida en toda la semana pasada, iba a ser ahora enfrentado. Una frase resonaba en su mente: «Mi fuerza es tan poderosa como la de diez porque mi corazón es puro».

Casi se sentía frustrado cuando llegó al portón. Había esperado ver una gran trompa de bronce, con una leyenda en letras foráneas que rezara:

«Quienquiera que ose enfrentarse con la ira del gigante no tiene más que tocar la trompa». Y en los árboles, resonarían lúgubremente las armaduras de aquellos que lo habían osado y que habían perecido en el combate. Se

dio vuelta para mirar los árboles, pero estaban desnudos, y el único sonido era el del viento respirando entre sus ramas.

Charles se apoyó tambaleante contra uno de los postes del portón y apretó el fluorescente botón. No esperaba contestación, así que empujó las pesadas puertas blancas con crujido de grava. De nuevo el bungalow parecía haber crecido a la luz de la luna, y ahora era un templo morisco, en donde los infieles acechaban hostilmente. Una luz brilló a través de los cortinados de una ventana sobre la puerta del garaje.

Nadie se hizo presente cuando Charles se acercó a la puerta principal, pero sintió como si lo estuviesen espiando. De repente la noche se volvió muy silenciosa. Dejó caer la aldaba y de nuevo sus ecos se extendieron por el mundo. Pero nadie apareció. La presa estaba agazapada.

Charles empujó la puerta, pero esta era muy sólida. Se retiró y echó un vistazo al frente de la casa. Las ventanas parecían estar cerradas y trancadas. ¿El garaje? Caminó pesadamente, bajando la rampa y asió la manija que debía alzar la puerta y abrirla. Asegurada.

Pero había llegado a un extremo en que no podía abandonar. A tropezones rodeó la casa, cruzando los macizos de flores, tanteando las ventanas. Todas estaban fuertemente aseguradas.

En la parte trasera del bungalow se dio cuenta de repente del lento fluir del agua en el extremo del prado. No se oía nada más y ninguna luz se veía en esa prominencia. Pero sabía que Marius Steen se encontraba en el interior.

Había una pequeña puerta que correspondía a la parte trasera del garaje.

Caminó sobre un pavimento resquebrajado y probó la manija. Por la fuerza con que empujó, casi cayó catapultado cuando la puerta se abrió hacia adentro.

Estaba muy oscuro. Parpadeó, tratando de acostumbrar los ojos al cambio, pero no podía ver bien. No había ventanas y solo un rayo de luz se filtraba por la puerta. Alcanzó a distinguir una pila de cajones. Tal vez se encontraba en una especie de depósito y no en un garaje. Se adelantó lentamente, tanteando el frente con un movimiento de braceo de pecho.

Pero en su estado alcohólico, la discreción era difícil. Había algo ante su pie: una cosa de borde filoso golpeó dolorosamente su tobillo. Cualquier

cosa que fuese precipitó una avalancha de otros objetos, los cuales con sonido atronador lo rodearon, mientras Charles caía al suelo.

Se quedó helado, esperando una reacción que no se produjo. Había sido su estado de tensión el que hizo que el ruido pareciera tan fuerte. Se adelantó con cautela, encontró una pared y se levantó apoyándose en ella.

Después buscó a lo largo una salida y siguió su contorno hasta tropezar con el interruptor de luz.

El súbito resplandor fue enceguecedor. Cuando abrió los ojos, vio que se encontraba en una especie de depósito, sin ventanas. Había una máquina de lavar, otra de secar, un lavaplatos, un freezer e hileras de colgadores para escobas y cepillos. Sobre todo ello corría un grupo de estantes con medidores, cajas de fusibles y conmutadores. En la pared opuesta, en estantes profundos, había cajas de latas de conservas y canastos de bebidas alcohólicas. Había también varias estanterías para vinos, muchas de ellas en forma de panales repletos y ostentosos.

Y en el suelo, Charles pudo ver lo que lo había hecho caer; una pila de cajas estaban desparramadas como una chimenea demolida. Se arrodilló y volvió a apilarlas. Eran pesadas, como se lo confirmó el dolor sordo en sus canillas. Miró lo escrito en las cajas: «Salmón», «Truchas», «Frutillas».

«No volver a congelarlo». Marius Steen obviamente sabía vivir.

Cuando terminó de apilar las cajas, Charles lanzó una ojeada a la habitación y sus ojos se detuvieron justo en lo que necesitaba en ese momento: una linterna. Era alargada, negra, con funda de goma y colgaba de un gancho en la parte posterior de la puerta. La tomó, la encendió, apagó la luz y abrió la puerta que conducía a la casa.

Estaba en el garaje. Este era espacioso, pero un enorme Rolls-Royce azul oscuro lo llenaba. Recordando un dato, Charles se arrodilló y examinó el lado izquierdo del paragolpes delantero. Tenía una pequeña abolladura, por la cual él apostaba cualquier cantidad a que debía corresponder a la melladura del ala derecha del Ford Escort de Bill Sweet. La puerta del Rolls no estaba asegurada. La llave en el contacto, absolutamente nada en la guantera, el tanque de nafta estaba vacío.

Charles rodeó el auto para buscar nuevos indicios. Sintió que su pie resbalaba y se encontró cayendo incómodamente sobre una tuerca y un tubo

de plástico. Los hados parecían haberse conjurado para cambiar su dramática misión en porrazos grotescos.

Encontró la puerta que daba acceso a la casa. Un pasillo y luego un gran vestíbulo. Todas las paredes ostentaban grabados de cacerías, anónimos y caros, comprados por consejo de alguien de buen gusto natural. Dos enormes dálmatas de porcelana cuidaban la puerta principal. Parecían reflejar más la personalidad de su propietario: eran Steen, el hombre del espectáculo. Los cuadros eran Steen, el hombre que deseaba alcanzar la Alta Sociedad, el hombre que anhelaba ser investido Caballero.

No se veían luces, exceptuando un ligero resplandor que descendía de lo alto de una pequeña escalera que debía conducir a la habitación situada arriba del garaje. La habitación cuyas luces Charles había visto desde el frente de la casa.

Empezó a subir cautelosamente la escalera principal y comenzó a sentirse desfallecer. La bebida se hacía sentir; advirtió que perdía fuerzas.

Tenía que conseguir la entrevista inmediatamente.

La primera habitación en que entró parecía ser un despacho, equipado con teléfonos, máquinas de escribir y de copiar. Las paredes estaban cubiertas con fotos enmarcadas de estrellas de los shows de Marius Steen, dedicadas con efusivos mensajes. Era un toque sentimental que de nuevo no concordaba con la personalidad de Steen. La cara de Bernard Walton sonreía sarcásticamente y con condescendencia desde la pared.

El despacho estaba vacío; la luz llegaba desde la habitación vecina.

Charles apagó la linterna con un fuerte clic y se adelantó hacia la puerta entreabierta. A través de la rendija vio un dormitorio lujoso, cuyo mayor espacio lo ocupaba una cama con cuatro columnas. Los cortinados impedían ver bien, pero la disposición del cubrecama le dijo que la cama estaba ocupada.

Mientras entraba en la habitación el atroz cansancio amagó hacerlo irse a pique, pero de todos modos avanzó. Ahora, a la luz del velador, podía ver a Marius Steen descansando sobre la almohada. La curva prominente de la nariz, divulgada por las innumerables fotografías de la prensa, sobresalía de las sábanas como la aleta dorsal de un tiburón. Una de las manos descansaba con la palma hacia arriba sobre el cubrecama.

«Despiértalo, díselo y vete»: Charles formulaba sus pensamientos simplemente así, con desesperada concentración dio un paso adelante hacia el costado de la cama y se quedó allí balanceándose. En el momento en que tomaba la mano de Steen, oyó el ruido de un auto que se detenía en el portón. Aferró la mano con pánico y sintió el frío de la muerte.

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