Por orden de desaparicion

Simon Brett · Capítulo 13 de 19

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Por orden de desaparicion

¿A quién pertenece el zapatito?

EL NUEVO testamento fue entregado a Gerald Venables, quien se puso en comunicación con Harold Cohn de la firma Cohn, Jarvis, Cohn y Stickley, y la pesada rueda de la justicia empezó a girar. Charles consideró que el asunto estaba ahora totalmente fuera de sus manos. Aunque eran todavía muchas las preguntas que quedaban sin respuestas, por lo menos algo de justicia se había hecho. Nigel tenía la mayor parte de la herencia, pero estaría más en aprietos por los derechos sucesorios; las disposiciones en favor de Jacqui y su bebé tendrían que ser arregladas a su debido tiempo. Si la policía seguía investigando llegaría a hacer pedazos la defensa de Audrey Sweet y descubriría el negocio familiar de chantaje. Entonces, solo tendría que cotejar las fotos y la lista de los invitados de Sally Nash para encontrar al asesino. Aunque el caso se sustanciaba en Old Bailey inexorablemente la noticia se filtraría y de todos modos se haría pública. Charles llegó hasta sentir algo de pena por Mrs. Sweet. Era una mujer desesperada; sus incompetentes intentonas de chantajear se debían únicamente al deseo de conseguir cuanto dinero le fuera necesario para su reciente viudez. Ya habían pasado tres días desde que Bill Holroyd le prometió llevarle diez mil libras y para la fecha ya debía de haberse dado cuenta que esa entrega no se llevaría a cabo.

Era el sábado 15 de diciembre. La Navidad se aproximaba, pero sin mucho entusiasmo, en la oscurecida Inglaterra. Los negocios, helados, con sus tristes lámparas de gas, estaban repletos de compradores navideños que se compadecían a sí mismos, mientras los rateros hacían su agosto.

Charles se levantó tarde y consiguió ganarle de mano a una de las suecas en el cuarto de baño. Regresó a su habitación envuelto confortablemente en su salida de baño y se sentó enfrente de la calefacción a gas con una taza de café. Ahora que las nerviosidades de la última quincena habían pasado tendría que empezar a pensar en conseguir trabajo.

Estaba, es verdad, lo conseguido en El Zombie Camina, en preparación, pero eso no iba a convertirlo en millonario. Y su acostumbrada cuenta en descubierto se estaba volviendo algo exagerada. Quizás la solución sería escribir otra obra para la televisión. Pero aun en el caso de que pudiera hacerlo rápidamente todo el proceso subsiguiente tomaría un tiempo demasiado largo. Conseguir que la cosa fuera aceptada, y reescribirla, reescribirla, reescribirla. Ensayarla, registrarla, editarla, programarla1, volverla a programar al infinito… No había muchas probabilidades de conseguir un contrato. Charles Paris no era en esos días un nombre lo suficientemente importante, y no había duda de que con la perspectiva de trabajar solo tres días a la semana y el cierre a hora temprana, ninguna de las compañías de la televisión querría comprometerse a nada.

Pero mientras trataba de pensar en su trabajo (hacía tiempo que Charles había dejado de darse el lujo de decir «su carrera») sus pensamientos volvían al caso de Steen. Había algo extraño en todo ese sospechoso asunto.

Trató de imaginarse que era un Detective. ¿Qué hubiera hecho Sherlock Holmes en esas circunstancias? Se habría sentado dando chupadas a su pipa, con el Dr. Watson a su lado, los ojos saltones de admiración. Y de repente, por un sencillo proceso de deducción, llegaría a la solución completa. Por alguna razón, Charles Paris, sentado y envuelto en su salida de baño, no tenía tanto carisma. O tanto poder de deducción.

Pensando con tristeza en su incompetencia, Charles se levantó para vestirse. Abrió el deslustrado ropero gris y descolgó un pantalón. Al hacerlo, advirtió que había una mancha negra en el fondillo. Olía a nafta.

Estaba por volver a dejarlo y tomar otro, cuando un súbito pensamiento lo detuvo.

Ese pantalón era el que llevaba la semana anterior, cuando fue a Streatley y debió de mancharse cuando resbaló en el garaje de Steen.

Recordó la escena con inmediata claridad de detalles. La enorme mole del

Rolls-Royce iluminada por su linterna; luego, repentinamente, su pie que resbalaba en un charco de nafta y su aterrizaje sobre una llave y un trozo de caño.

Un trozo de caño. Y el medidor de nafta del Rolls marcaba vacío.

Recordó las palabras de Joanne Menzies sobre el Datsun «Rinde bastante pero no tanto. Puede hacer solo un trayecto sin marcar, pero con seguridad no ambos». ¿Pero había cosa más simple que ir hasta Streatley, pasar nafta del Rolls al Datsun (posiblemente sacar también un poco en una lata, para usarlo cerca, de Londres) y así regresar? Charles decidió que tenía que hacer una visita a Mr. Nigel Steen.

Joanne Menzie seguía ojerosa y con aspecto tenso cuando hizo entrar al sargento detective Mc Whirter en el escritorio de Mr. Steen en la tarde del lunes. El policía le dio las gracias y se quedó de pie, respetuoso, hasta que lo invitaron a tomar asiento.

El hombre que lo invitó a sentarse se parecía a su padre, pero sin la vitalidad que distinguía a Marius Steen. Nigel tenía la misma curva de la nariz pero no sus oscuros ojos; su apariencia era más bien cómica que enérgica. Sus ojos eran azules, un legado de la rosa inglesa con quien Marius se casara; el pelo era castaño claro, en vez del negro que su padre conservó, solo salpicado de gris, hasta su muerte. El aspecto general era el de un Marius Steen diluido, ineficaz y ligeramente asustado.

Nigel fumaba con ostentación un cigarro grande para dar una ilusión de equilibrio. Lanzó a Charles lo que creyó una franca sonrisa.

—Bien, ¿en qué lo puedo ayudar?

—Siento molestarlo —dijo el detective inspector Whirter lentamente —

y le agradezco mucho de que se haya molestado por mí, sobre todo en estos momentos que deben ser tan dolorosos para usted.

—Está bien. ¿De qué se trata? — Había un asomo de irritación. ¿O era de ansiedad?

—Ya hablé con su secretaria sobre el tema y me ayudó mucho

— Charles reiteró sus mentiras sobre el robo en Pangbourne el sábado por la noche —. Pero ¿sabe? Desde que hablé con ella tuvimos el relato de otro testigo que vio el Datsun amarillo en la zona de Goring e identificó la

chapa. Quiero decir que uno nunca puede confiar en el público; son totalmente inexactos en lo que aseguran recordar, pero no puedo desestimar nada. Lo que estoy tratando es establecer dónde estaba el Datsun de su padre esa noche, y después no le haré perder más tiempo.

—Sí. —Nigel dio una chupada al cigarro y tosió ligeramente. Estaba a todas luces aturullado. No era hombre de nervios de acero, y por cierto, superficialmente, no se lo catalogaba como alguien capaz de cometer un crimen a sangre fría. Capituló rápidamente —. El hecho es que yo me encontraba en Streatley con el Datsun el sábado por la noche.

Charles sintió un aumento de excitación pero el sargento detective Mc Whirter dijo solo:

—¡Ah!

—Sí. Telefoneé a mi padre esa noche y no me pareció que se encontraba bien, así que fui en auto a ver cómo estaba.

—¿Y cómo estaba?

—Bien, bien. Bebimos un poco juntos y charlamos. Parecía estar muy bien. Después regresé manejando a Londres.

—¿Siempre en la noche del sábado?

—Sí. No está lejos.

—No, no, claro que no.

Charles estaba a punto de preguntar sobre el subterfugio del tanque lleno, pero decidió que el sargento detective Mc Whirter podía no estar en posesión de todos los hechos importantes de esa deducción. Nigel mismo siguió defendiéndose sin necesitar más preguntas.

—Usted probablemente estará pensando por qué no mencioné eso antes.

Bueno, para decirle la verdad, sus muchachos me preguntaron cuándo vi a mi padre con vida por última vez y les dije instintivamente que el viernes.

Para cuando me di cuenta de mi equivocación ya lo habían anotado. Y usted sabe, pensé que si lo cambiaba solo crearía problemas.

Eso no le pareció plausible a Charles, pero el sargento detective Mc Whirter hizo un signo de asentimiento.

—Sí, naturalmente señor. ¿Y está usted seguro de que mientras el auto estuvo en Streatley los ladrones que persigo no habrían tenido oportunidad de sacarlo y utilizarlo para su atraco?

—No, eso es totalmente imposible. Metí el auto en el garaje y estoy seguro de que hubiera oído si lo sacaban. De todos modos, no me quedé ahí mucho tiempo.

—No. ¡Oh, bien! Perfecto, Mr. Steen. Muchas gracias. — El sargento detective Mc Whirter se levantó para salir —. Creo que será mejor que empiece a buscar otro Datsun amarillo.

—Sí. Y… Sargento Detective…

—¿Sí?

—¿Tiene usted que comunicar la discrepancia en mi relato?… Usted sabe… mi confusión sobre cuándo fui a ver a mi padre.

—¡Por Dios, no! Eso es una equivocación muy comprensible en los momentos de emoción, señor. Una vez que se envía un informe por escrito a cierto lugar, nadie se preocupa por los detalles. Después de todo, no hay nada raro en la muerte de su padre. Si hubiera habido el menor motivo para una sospecha hubiera sido distinto. — Y el Sargento Detective rio.

Nigel Steen rio también. Charles opinó que lo hizo con una ligera exageración. Pero tal vez se estaba volviendo hipersensible y dejaba que sus sospechas volaran como las de Jacqui.

—De todas formas —siguió diciendo el Sargento Detective — yo no tengo nada que ver con la muerte de su padre. Usted sabe, soy de otra repartición.

—Sí, claro.

—Bueno, adiós Mr. Steen. Y de nuevo gracias por su ayuda. Si hubiese más gente que cooperara como usted, nuestra vida sería mucho más cómoda.

Se estrecharon las manos. Nigel se sentía como un trapo. El Sargento Detective Mc Whirter entró en la antecámara ocupada por Miss Menzies.

—¿Ya quedó todo arreglado? — preguntó con gracia.

—Sí, gracias, Miss Menzies.

—Humm… últimamente lo hemos visto con frecuencia.

—Sí —dijo el Sargento Detective sin darle importancia, pues no estaba preparado para lo que sucedió después.

Miss Menzie de repente se levantó, lo miró fijo a los ojos y dijo:

—¿Sabe que es un delito grave hacerse pasar por un policía?

—Si —dijo el Sargento Detective lentamente, esperando lo que vendría a continuación.

—Telefoneé a Scotland Yard esta mañana para comunicarme con usted y jamás lo habían oído nombrar.

—¡Ah!

—Desde el comienzo pensé que su acento era algo falso. Conozco a mucha gente venida de Glasgow.

—Sí —siguió una pausa. Después Charles continuó, siempre con su desacreditado acento de Glasgow:

—Bueno, ¿qué me quería decir cuando me telefoneó al Yard?

Joanne Menzies lo miró fríamente.

—¡Qué coraje tiene! Pero creo que probablemente está haciendo algo que me place, así que se lo voy a decir. Cambié impresiones con Morrison, el chófer de Orme Gardens, y él sospecha que el Datsun pudo haber sido usado el sábado por la noche.

—Sí, ya lo sé. Acabo de enterarme de eso por Mr. Nigel Steen.

—¡Ah! —Pareció quedar decepcionada al saber que su información no era novedad —. Usted sospecha de él, ¿no es cierto?

—Tal vez.

—Tal vez, no —dijo ella—. Sospecha. De paso, «Sargento Detective»,

¿cuál es su verdadero nombre?

—Charles Paris.

—¡Ah! —Sus ojos se agrandaron y asintió lentamente —. Excelente.

— Era un caluroso cumplido viniendo de alguien que conocía el ambiente de la farándula —. Bueno, Charles, Si hay algo que yo le pueda decir o buscar, avíseme.

—Gracias. —Mientras abandonaba la habitación se dio vuelta y la miró —. Usted odia a Nigel Steen, ¿no es cierto?

—Sí —contestó sencillamente.

La Navidad se interpuso y el asunto de la investigación se suspendió.

Charles le contó a Jacqui las nuevas informaciones que había cosechado, pero tuvo muy poca suerte cuando trató de desarrollarlas. Telefoneó a Joanne para cotejar los movimientos de Nigel en la semana anterior a la

muerte de Steen, pero una extraña voz femenina le contestó que Miss Menzies ya había partido para Escocia, para pasar las vacaciones navideñas.

Gerald Venables le informó que las cosas no avanzaban en Cohn, Jarvis, Cohn y Stickley sobre el asunto del nuevo testamento. También él parecía estar preocupado por los compromisos de familia y las reuniones navideñas; su entusiasmo por participar en la aventura de capa y espada parecía haberse desvanecido.

Charles sentía que su propia urgencia también amenguaba. A pesar de entusiasmarse ante cualquier nuevo giro que tomara su investigación, pronto volvía a desilusionarse. Y el saber que Joanne había descubierto su disfraz, le hacía obrar con cautela. No tenía un interés especial en contravenir la ley. El asunto de averiguador era cosa seria y quizás debió abandonarlo. Los días regalados de los detectives amateurs habían terminado. Era preferible dejar todo en manos de la policía, que con un entrenamiento superior tiene una chance más grande de descubrir el crimen.

Y a Charles cada vez le parecía que progresaba menos. Aunque se había divertido en sus pequeñas investigaciones y disfraces, en realidad solo había descubierto que Nigel Steen había tratado de ocultar el hecho de su regreso en auto desde Streatley en la noche del sábado 8 de diciembre. Y a pesar de que en esa visita pudo tener oportunidad de asesinar a su padre, y después regresar de nuevo el día siguiente y descubrir el cadáver, toda lógica clamaba en contra de ese crimen.

Por el hecho de asesinar a Marius, Nigel perdía una gran cantidad de dinero. Impuestos del ochenta por ciento en una herencia de un millón, reducidos al treinta por ciento en el caso de que la muerte del donante ocurriese antes de finalizar el sexto año (utilizando la terminología de Gerald Venables) implicaba que Nigel tendría que pagar más de medio millón de impuesto a la herencia, mientras que con solo esperar que se cumplieran los siete años todo el patrimonio llegaría a sus manos sin pagar impuesto alguno. Es en verdad singular que una persona cometa un crimen para con ello perder medio millón de libras.

El único otro hecho extraño era la muerte de Bill Sweet, la cual, de acuerdo con un razonamiento imparcial, agregado a alguna evidencia

circunstancial, podía achacarse a Marius Steen. Pero Marius Steen estaba muerto. ¿Por qué recordar eso ahora?

El Montrose se abrió después de Navidad. Junto con un grupo de divorciados y relajados actores, Charles Paris pasó una semana magníficamente ebrio.

Se sentía borracho perdido cuando el teléfono sonó en la mañana del 3

de enero de 1974. Hubiera deseado que lo estrujaran como un trapo de piso, que exprimieran todo su organismo. Se quedó en la cama esperando que el teléfono se callara o que alguien lo atendiese. Pero las muchachas seguían todavía en Suecia pasando sus vacaciones y se encontraba solo en la casa.

El teléfono seguía sonando.

Bajó a los tropezones la escalera y levantó el tubo.

—¡Hola! —Su voz sonaba como un graznido.

—Soy Jacqui. —La voz volvía a estar alterada, atropellada —. Charles, fui a la policía.

—¿Qué?

—Por Nigel. Fui a Scotland Yard esta mañana, vi a un Inspector y le hablé de todas nuestras sospechas y de que nos habíamos enterado de que Nigel regresó a Streatley ese sábado…

—Espero que no les hayas contado cómo nos enteramos.

—No, no lo hice. No te nombré.

—Gracias a Dios.

—De todas maneras el Inspector dijo que todo eso parecía muy sospechoso y que iba a autorizar la autopsia.

—Autopsia.

—Sí. De todos modos va a conseguir una orden de exhumación para Marius y verificarán la causa de su muerte. Tomó muy en serio todo lo que le dije. — La última frase la pronunció con orgullo. Siguió una pausa.

Esperaba que él reaccionase —. Bueno, ¿qué opinas Charles?

—No sé. Por un lado creo que surgirán problemas…

—¡Oh, Charles! Tenemos que saber si Marius fue asesinado o no.

—¿Te parece? Todo estaba arreglado. El bebé estaba protegido…

—¿Charles, crees eso?

—No.

—Tenemos que saber.

—Sí. ¿Cuándo va a ser la exhumación?

—Muy pronto. Probablemente el lunes próximo.

—¿Y cuándo se conocerán los resultados?

—A fines de la semana que viene. Habrá una audiencia el viernes.

—¿Te das cuenta de que al hacer esto virtualmente has hecho una acusación pública de asesinato contra Nigel?

—Sí. Y eso es exactamente lo que quería hacer.

Pasaron diez días. En América, mientras la marea de Watergate crecía a su alrededor, el Presidente Nixon festejaba sus sesenta y un años. En Inglaterra salvajes tormentas anegaban la campiña y los viajeros con abono estaban enfurecidos y molestos por la disputa del ASLEF. Las amas de casa salieron, presas de pánico, a comprar rollos de papel higiénico. Y en el cementerio de Goring, el cadáver de Marius Steen fue retirado de su tumba tras una estadía de apenas cuatro semanas. Después lo abrieron y se retiraron muestras de sus órganos para ser analizados.

Todos esos sucesos internacionales y privados le parecían irreales a Charles. Después de desembriagarse tras la Navidad cayó en un pozo de depresión. La inactividad y el examen de conciencia lo dejaron en estado letárgico y desinteresado de todo. Sus habituales soluciones al problema (bebida y sexo) no le sirvieron. Bebió mucho, pero eso no le proporcionó alegría; al contrario, intensificó su estado de ánimo. Y su rabia contra sí mismo fue tan poderosa, que sintió revivir la vieja pasión: la de ir a la caza de alguna joven actriz, lo que hizo que se agravase su estado. Trató de escribir pero no pudo concentrarse. En vez de eso se sentó en la habitación con la mente en blanco, contemplando su cuerpo y menospreciando lo que veía. Cuarenta y siete años, y creativa y emocionalmente estéril. Pensó en ir a ver a Frances pero sentía que no era merecedor de su calor y constante perdón. Le había enviado como regalo de Navidad cuatro camisas de buena calidad de Menks y Spencer, atendiéndolo como una madre que respeta la independencia de su hijo. Él le envió la última novela de Iris Murdoch encuadernada, lo que sabía que para ella era una extravagancia innecesaria.

Su único alivio era que el lunes siguiente empezaría la filmación de El Zombie Camina.

Aunque esa perspectiva no le entusiasmaba mucho (le habían enviado el guion pero no se había molestado en leerlo) era consciente de que cualquier actividad, algo que hacer, era siempre preferible a la nada. Finalmente, si ocurría algo de consideración, su disposición de ánimo se levantaría sin advertirlo y difícilmente recordaría la autodestrucción en que había estado sumido.

Pero mientras caminaba por las oscuras calles de Londres hacia Archer Street, el viernes por la noche, seguía estando de mal humor. Se sentía extraño, viéndose como si fuera otra persona. Y tenía una sensación de estar en tinieblas sobre el resultado de la investigación.

Cuando Jacqui abrió la puerta de su departamento se dio cuenta, al ver su cara, de que sus presentimientos eran justificados. Se quedó callada hasta que él se sentó. Después le largó un vaso de Southern Comfort y le dijo:

—Bien, así fue.

—¿El qué?

—De acuerdo con el médico forense, Marius falleció de muerte natural.

—¿Ataque cardíaco?

—Usan un fantástico término médico para especificarlo, pero sí, dijeron que fue así.

—Bien. —Charles suspiró. No se le ocurría decir nada más. Jacqui estaba al borde de las lágrimas y como de costumbre volcaba su emoción en violentos exabruptos.

—El pequeño Ano. Fue astuto ese canalla. Debió someter a Marius a un shock eléctrico, o le inyectó aire en las venas o…

—Jacqui, tú has estado mirando mucha televisión. Esa clase de cosas nunca suceden. Temo que tengamos que aceptar el hecho de que Marius murió de muerte natural. Y todas nuestras sospechas sobre Nigel han sido calumniosas, solo basadas en la antipatía y nada más.

—No, no lo creo.

—Jacqui, tienes que creerlo. No puedes hacer nada más.

—Bueno, ¿por qué fue a Streatley el sábado por la noche y actuó en forma tan misteriosa?

—No lo sé. Tal vez por la razón que dijo. Estaba preocupado por su padre. De manera que fue allí, bebieron algo juntos y después regresó a Londres.

—¡Por el amor de Dios! ¡No!

—¿Por qué no?

—En aquella época Marius y él no se entendían. Lo sabemos por el testamento nuevo y la carta que me escribió y…

—Tal vez se reconciliaron otra vez.

—¡Mierda, Charles! Hay algo que huele mal en Nigel, Marius fue asesinado.

—Jacqui, el examen que ha realizado el médico forense más reputado ha probado que no lo fue.

—Bueno, está equivocado. ¡Está equivocado, maldito sea! Nigel lo ha pagado. Lo ha sobornado.

—Ahora te estás portando como una niña.

—No me estoy portando como una niña, ¡maldito sea! — Jacqui se levantó y lo miró como si estuviese a punto de atacarlo. Charles no contestó y tras una pausa helada cayó derrumbada sobre una silla y se echó a llorar —. No me voy a quedar quieta, Charles. Lo atraparé. Desde ahora Nigel y yo estamos en guerra.

—Bueno, por cierto que has enarbolado tus colores en lo alto del mástil al pedir la autopsia.

—Sí. Y voy a ganar.

Luego, en el resto de la noche, no volvió a nombrar a ninguno de los Steen. Preparó otra de sus comidas congeladas (albóndigas al estilo campesino) y Charles bebió moderadamente (un Rioja español ligeramente avinagrado). Después miraron la televisión. Acababa de comprar (anticipándose a recibir la herencia) un nuevo Sony portátil («Tendré que pasar mucho tiempo sentada cuando me ponga más gorda»). No valía gran cesa lo que daban, pero esa noche eso era preferible a conversar. A las diez y media, por orden del Gobierno, llegó el cierre de las audiciones. Charles se levantó y después de unas palabras apenas audibles diciendo que le daba las gracias, que se pondría en contacto, que estaba muy contento, se despidió y salió.

El departamento de Jacqui estaba en el último piso del edificio y el foco del rellano hacía tiempo que se había fundido y no había sido repuesto.

Cuando Charles empezó a bajar la familiar escalera, sintió de pronto su tobillo atrapado, y su cuerpo, perdiendo el equilibrio, rodó hacia abajo.

El ruido atrajo a Jacqui a la puerta y la luz se expandió sobre el lugar.

—Charles, ¿estás bien? ¿Estás ebrio o qué?

Se levantó despacio. Había rodado unos diez escalones, hasta el primer rellano. Aunque sentía dolorido todo el cuerpo le pareció que no tenía nada roto.

—No, no estoy bebido. Mira.

Y le señaló el primer escalón. Apenas se distinguía con esa luz un alambre atado fuertemente entre las barandas de ambos lados. Estaba a unos cuatro centímetros sobre el escalón. Jacqui palideció y dejó escapar un grito de horror.

—¡Dios mío! Trataban de asesinarme.

—No —dijo Charles, mientras se apoyaba, dolorido, contra la pared. De repente había descubierto la brecha en el testamento que Marius Steen improvisó con tanta rapidez en el sur de Francia —. No creo que sea a ti a quien quieren asesinar sino a tu bebé.

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