Por orden de desaparicion
Comienza el segundo acto
LA NOTA necrológica apareció en «The Times» al día siguiente, martes 11 de diciembre.
Mr. MARIUS STEEN
Empresario y Showman
Mr. Marius Steen, Caballero del Imperio Británico, empresario, falleció el domingo. Tenía sesenta y ocho años. Nacido en Varsovia en 1905, su verdadero nombre era Marius Ladislas Steniatowski, pero fue abreviado por comodidad cuando sus padres llegaron a Inglaterra en 1921. Su padre era sastre y durante algunos años el joven Steen lo ayudó en el oficio. Pero ya su atracción por el espectáculo era fuerte. Steen gastaba la mayor parte de su magro salario en entradas para el music-hall, y en 1923 se lanzó como actor con el nombre de Marius, el Silbador Melódico. A pesar de cambiar de nombre y de actuación, jamás llegó a triunfar como actor; pero se interesó cada vez más en el negocio de la promoción y la dirección. La primera obra que dirigió fue Herbert y sus Horribles Perros, en 1924.
Muy pronto fue progresando: de las actuaciones individuales pasó a la presentación de shows completos. Aunque empezó con números de acrobacia y coristas, para 1930 ya presentaba variedades en los music-halls por todo el interior del país. En los años treinta, centralizó sus actividades en Londres y en 1935 tuvo su mayor éxito con la espectacular Vete con las Chicas. Ninguna de
esas primeras producciones tenían mérito para que se las recomendara artísticamente, según la crítica; pero Steen siempre sostuvo que el éxito solo debe medirse por la reacción del público.
Y con ese criterio, sus shows eran altamente exitosos.
Steen siguió con la producción de comedias musicales hasta que estalló la guerra. Entonces se dedicó al cine, y con su acostumbrada e incansable energía sacó al aire una serie de películas acordes con la política agresiva de la época. Una de las más recordadas fue Hermanos en Uniforme, dirigida por William Hankin.
Después de la guerra, Marius Steen continuó produciendo shows, pero poco a poco abandonó la revista para dedicarse a las comedias ligeras. ¿Qué Hay en la Caja? fue uno de los grandes éxitos de 1953. En 1960, la compra de Steen del teatro King de la Avenida Shaftesbury fue precursora de una serie de triunfos comerciales, incluyendo Una Cosa Después de Otra, que se dio durante tres años, seguido por Sexo de Uno y Una Docena y Media de Otro.
Steen mantuvo su interés por el cine e invirtió dinero en muchas aventuras, incluyendo la muy exitosa Steenway Productions, que rodaba films de terror. Era también uno de los mayores accionistas de tres compañías de televisión, y hasta el momento de su muerte participaba en persona en la producción de programas en cadena, en un nuevo canal de radio.
Marius Steen fue con frecuencia criticado por su fuerte menosprecio del «arte», y corren muchas anécdotas del supuesto filisteísmo con que se complacía en flagelarse. (La primera vez que oyó hablar de Michelangelo se dice que preguntó «Michel…
¿qué?». La descripción que se le atribuye de la ópera: Gordas que cantan es con probabilidad apócrifa). Fue un hombre recto, que se hizo de enemigos, pero fue querido y respetado por sus amigos. No tenía hobbies y sostenía que si una persona necesita hobbies es porque le va mal en su trabajo. Dividió su tiempo entre sus casas de Londres y Streatley y su villa en el sur de Francia. En 1969 fue agraciado con el título de Caballero del Imperio Británico por servicios al teatro.
Marius Steen se casó en 1934 con Rose Whittle, quien falleció en 1949 y jamás se volvió a casar. Deja un hijo.
Charles quedó impresionado. Era toda una proeza en el ambiente teatral ocupar varias columnas en «The Times». El obituario parecía un lavado del cadáver. Limpiaba totalmente a Steen de la existencia de las fotografías, y todos los sórdidos aspectos de la vida del hombre eran enjuagados por la ceremoniosa prosa. El ritual de la muerte acostumbrado en Occidente fue observado: la obligación de recordar la imagen del muerto en la forma más digna. Al igual que esos horribles velatorios americanos, en que los cuerpos embalsamados se presentan mejorados, vestidos y sonrientes antes del entierro. Pero Charles tenía una persistente sensación de que cualquiera fuera la forma en que lo presentaran una vez muerto, su cadáver no descansaría en paz.
Charles llegó al departamento de Archer Street con una botella de dos litros de Valpolicella comprada en Oddins y muy decidido a mantenerse tranquilo en cualquier discusión acalorada sobre lá muerte de Steen. Jacqui estaba horrorosa cuando abrió la puerta: la cara pálida y los ojos hinchados y enrojecidos.
—¿Estás bien?
—Lo estaré, Charles. Me sentaré un momento.
—¿Te puedo alcanzar un trago?
—No. Me va a descomponer. Pero sírvete.
Los acontecimientos de los últimos días hablan hecho que Charles se olvidara de que el departamento de Jacqui había sido asaltado; pero una vez dentro de él la evidencia estaba demasiado a la vista. Era obvio que había intentado limpiarlo. Había dos cajas de cartón en medio de la habitación repleta de vidrios rotos y ropas destrozadas. Pero los cortinados todavía seguían colgados en jirones de sus rieles y la cama olía al aceite de la lámpara rota. La pequeña habitación ofrecía un aspecto deprimente.
No hizo ningún comentario. Encontró un vaso entero y lo llenó de Valpolicella.
—¿Quieres salir a comer, Jacqui?
—No, no podría.
—Humm. —El silencio se imponía. Volvió a repetir débilmente —: ¿Te sientes bien?
—Charles, el tipo que amé y que me ha dado un hijo ha sido asesinado.
—Lo siento. —Decididamente evitó reaccionar ante la palabra
«asesinado».
Jacqui aflojó.
—Te prepararé algo de comer más tarde. Cuando lo pueda enfrentar.
—No te preocupes por eso. No tengo mucho apetito.
—No. —De nuevo tuvieron conciencia del silencio. Después Jacqui estalló —. Siempre fue un canallita.
Charles se quedó pasmado.
—¿Quién?
—Nigel.
—¿Nigel Steen?
—Bien, ¿qué otro?
—¿Por qué de repente lo metes en esto?
—Porque él mató a Marius. Por eso.
Este nuevo enfoque era demasiado repentino para que Charles lo captara. Deliberadamente lo tomó con calma.
—¿Qué diablos quieres decir? No tienes ninguna razón para decir eso.
—Claro que tengo. ¿Quién otro se beneficia con la muerte de Marius?
—No lo sé. Yo diría que a Nigel le va muy bien de todos modos. No necesita asesinar a nadie. Con probabilidad ha conseguido todo con la ayuda de su padre. No tiene más que esperar.
—Es codicioso. De todas maneras las cosas podían cambiar. Quizás tenía que apurarse.
—¿Qué quieres decir?
Charles preguntaba con paciencia, determinado a seguirle la corriente en su nueva y loca idea.
—Marius estaba pensando en cambiar su testamento en favor mío y de mi bebé.
—¡Oh, sí!
Charles intentó fingir que lo creía, pero falló.
—¡Sí, maldito sea! Hasta llegó a decirme que nos íbamos a casar.
—¿Cuándo fue eso?
—Primero en el sur de Francia. Después, cuando le dije lo del bebé, fue aún más terminante. Dijo que se sintió mal con el aborto anterior. Y que quería conservar este bebé, casarse conmigo, y empezar de nuevo.
—¿Y a Nigel lo borraba del testamento?
—Supongo que sí.
No parecía ser muy plausible. Aún en el caso de que Steen tuviera tales intenciones, los acontecimientos de la semana anterior demostraban con claridad que había cambiado de idea. Y todo eso de volverse a casar y desheredar a Nigel era un argumento de novelucha que atraía a Jacqui. De todos modos no podía ser demasiado bruto con ella.
—¿Por qué no me dijiste eso antes?
—Porque era un secreto entre Marius y yo. Iba a ser un secreto. Hasta después que nos casáramos seguiría siendo un secreto por un tiempito. Pero ahora ha muerto… — Estalló en sollozos.
Charles la tranquilizó y la obligó a beber un poco de vino. Pero cuando se serenó sintió que tenía que ser cruel con ella. Si Steen había sido asesinado (y no encontraba motivos para descartar en absoluto esa posibilidad), entonces ello estaría relacionado con el chantaje de Street. Era peligroso para Jacqui ir por ahí acusando al hijo. La creía muy capaz de ir a la policía y acusarlo, lo cual, puesto que no tenía la menor evidencia, podía acarrearle solo problemas. Esa locura tenía que ser detenida.
—Si lo que dices es cierto, ¿cómo explicas el proceder de Steen en la semana pasada? No fue el comportamiento de un devoto y futuro marido.
Vio en su cara que eso en verdad la lastimaba y que había podido explicárselo satisfactoriamente.
—Bueno, Nigel lo alejó de mí. Marius fue a Berkshire, en donde no quería que lo molestasen. Con frecuencia hacía eso: llevaba un montón de guiones, estudiándolos para su próximo show. Y entonces Nigel me envió todos esos mensajes.
—¿Y él envió la esquela?
—Sí.
—¡Qué pena que la quemé! Hubiéramos podido hacer estudiar su escritura — dijo él escéptico.
—Esa esquela es justo el tipo de cosas que ese canallita haría.
—Jacqui, ¿por qué si Nigel había decidido asesinar a su padre de todas maneras, iba a tomarse la molestia de darte la impresión que te iba a largar?
—Para que, cuando lo hiciese, nadie me creyera cuando dijera que íbamos a casarnos. Creerían que nos habíamos peleado.
Era ingenioso pero Charles no se sentía inclinado a aceptar ese razonamiento.
—Está bien. Entonces, ¿cuándo fue que Nigel lo asesinó?
—En la noche del domingo. Cuando dijo que encontró el cadáver.
—¿Quién te dijo que fue él quien encontró el cadáver? Los diarios no lo dijeron.
—Telefoneé a Morrison. Él me lo dijo.
—¿Quién es Morrison?
—Un empleado de Orme Gardens. Se suponía que era el chófer, pero a Marius le gustaba manejar. Telefoneé a Morrison y él me dijo que Nigel fue en auto a Streatley y lo encontró muerto en la cama, hacia las once y cuarto del domingo por la noche. Bueno, Marius nunca se acostaba antes de la una.
De manera que para empezar, no creo en eso.
—Opino que tendrás que creerlo.
Charles le contó sus percances en la noche del domingo, concluyendo:
«De manera que tuvo que ser la llegada del auto de Nigel la que me hizo huir del lugar».
—¿Estás seguro de que Marius estaba muerto?
—Muy seguro. Estaba frío. Debía de haber fallecido un rato antes.
—Tal vez Nigel fue antes, lo mató e hizo la parodia de regresar y encontrar el cadáver.
—Odio aparecer como detective, pero había un charco delante del portón del frente y solo un par de huellas de neumáticos aparecieron entre la noche del sábado y la del domingo. Tienen que haber sido los de Steen al regresar el sábado. Sé que regresó porque había una nueva grabación en el Ansaphone.
—Tal vez Nigel lo asesinó el sábado por la noche.
Jacqui se aferraba con desesperación a su teoría pero veía que se le iba de las manos.
Charles sacudió la cabeza.
—Lo siento, Jacqui, pero tienes que enfrentar los hechos. Marius tenía antecedentes de enfermo cardíaco; tú misma dijiste que tuvo un ligero ataque antes de que salieran para Francia ese verano. Era un hombre de sesenta y ocho años, trabajó mucho toda su vida, jamás aflojó con la edad.
¿Te sorprende que muera de muerte natural, de un ataque cardíaco? Aparte de cualquier otra cosa, si hubiese circunstancias sospechosas el médico no habría extendido el certificado de defunción. Por cuanto sabemos, no aparecieron sospechas de violencia.
—El médico tiene que haber sido cómplice de Nigel — dijo Jacqui con truculencia.
—Si hubiese habido alguna señal sobre el cadáver, los de las pompas fúnebres lo habrían advertido.
—Existen venenos que no dejan ningún rastro.
—Jacqui, querida. —A propósito le hablaba con cor descendencia.
Como había elegido el papel de un juicioso hombre ya viejo, estaba determinado a seguir así —. Has leído demasiadas novelas de detectives.
Eso por fin la hizo enmudecer. Se sentó quieta durante unos buenos cinco minutos y de repente se puso de pie.
—Te voy a traer algo de comer.
Era otra de las comidas congeladas de Jacqui. Esta vez era pescado en filetes todavía helados en el centro y chauchas relucientes. Charles se bebió casi todo el Valpolicella y trató de alejar la conversación de cuanto tuviera que ver con Marius Steen. Era difícil. Seguían apareciendo alusiones a nuevas acusaciones o estallidos de llantos por parte de Jacqui. Charles se esforzó y sintió alivio cuando terminó la comida y vio que podía retirarse sin problemas.
—Vete a la cama, Jacqui. Pareces estar totalmente deshecha. Es mejor que me vaya.
—Sí, Charles.
—Sí.
—¿Quieres quedarte?
—No, está bien. —Mentía. Se veía que ella lo necesitaba, de manera que la situación embarazosa seguía prolongándose.
—Quiero decir… Ya sabes… —dijo Jacqui débilmente. Y la infantil expresión de su cara tirante hacía difícil adivinar lo que quería decir.
Después él se dio cuenta de que se refería al sexo. Era incongruente después de los sucesos de la semana anterior.
—Claro que no. No. Me quedaré. Tanto tiempo como me necesites.
—Solo por esta noche. No dormí anoche. Fue espantoso. Oía cosas y las imaginaba. Solo esta noche. Para mañana ya estaré bien. Tengo que estarlo.
Decidir lo que voy a hacer con el bebé. Tendré que deshacerme de él.
—Jacqui, debes conservar el bebé.
Hacía mucho tiempo que Charles había dejado de preguntarse si tenía principios inamovibles de cualquier clase; pero sentía que sí, que tenía algunos con respecto al aborto. Sin ninguna razón particular, como le sucede a los católicos, lo encontraba injustificable. Trató de argüir mentalmente contra esa convicción, porque le asustaban los sentimientos tan serios. Por supuesto, se decía, nunca estuvo en la situación de que el aborto fuese necesario. Precauciones naturales habían impedido meter a alguien en problemas. Si hubiese ocurrido, sin duda ese principio hubiese sucumbido como cualquier otro. Pero el instinto seguía teniendo fuerza.
Y cuando la cara doliente de Jacqui se elevó hacia él, supo que había dicho lo correcto. Había alivio y determinación en ella a despecho de sus palabras.
—Pero no puedo cuidar yo sola al bebé. Apenas puedo cuidarme.
Ofrecía un aspecto tan quejumbroso que Charles rio y hasta Jacqui hizo una ligera mueca.
—No te preocupes —le dijo como si fuese un tío benevolente —, algo pasará.
—¿Qué? No puede pasar nada ahora que ha muerto Marius.
—Algo tiene que pasar —repitió con una fe cuya base no quería profundizar —. Veamos. ¿Dónde voy a dormir?
—¡Oh, conmigo! Sería tonto que se te quedara el cuello duro en un sofá cuando hay lugar en mi cama.
De manera que se instalaron; Charles en camisa y calzoncillos; Jacqui, en pijama de seda, aprisionada entre sus brazos. Habían pasado ocho días desde que se acostaron juntos y el sexo parecía estar tan alejado ahora como entonces. Pero esta vez Charles se sentía maduro. Parecía natural que este triste y tembloroso cuerpo descansara entre sus brazos. Había mucho que decir sobre los abrazos con ternura. Quizá la aproximación de la vejez lo empujase hacia una impotencia mentirosa. Mientras se iba adormeciendo unos versos de Byron flotaban en su confusa mente: No volveremos a unirnos más
en la alta noche.
Aunque el corazón siga tan amante
Y brille tan clara la luna.
Cuando se despertó estaba solo en la cama. Oía a Jacqui haciendo arcadas en el cuarto de baño. Era un ruido nostálgico que lo retrotraía al piso de Nolting Hall, a la época en que Frances y él empezaron su vida de casados. Juliet empezó a vivir y de alguna manera ellos empezaron a vivir separados. Pañales que se hervían en la estufa a gas, el dulce olor de la leche materna, todo regresaba. «Estoy degenerando en un viejo sentimental» — pensó mientras salía de la cama.
Jacqui entró en el momento en que se estaba poniendo los pantalones y se sentó. Parecía exhausta.
—¿O. K.? —preguntó Charles.
—Ya me pondré bien. Así lo espero. Es horroroso. Mira. — Cerró los ojos y señaló la mesa. Había una carta abierta y puesta de nuevo en el sobre.
—¿La puedo leer?
Jacqui asintió. Charles retiró el papel. Era una pequeña esquela, que acompañaba un sobrecito, que también había sido abierto. La carta tenía un encabezamiento «Cohn, Jarvis, Cohn y Stickley — abogados y apoderados en Oaths».
Estimada Miss Mitchell:
Siguiendo las instrucciones de nuestro cliente, Mr. Marius Steen, le remito la carta adjunta. No tenemos conocimiento de su
contenido, pero se nos ordenó que le fuera entregada tan pronto como supiéramos que Mr. Steen había fallecido.
Sinceramente suyo
Harold Cohn
—¿Puedo leer la otra?
—Adelante.
Abrió el sobre. La carta estaba escrita con una letra extendida, caligrafía que alguna vez padeció bajo una férrea disciplina, pero que desde hacía tiempo había roto con todas las restricciones y ahora se desparramaba tupida y descuidada sobre la página.
Querida Jacqui:
Jacqui estudiaba la cara de Charles, anticipando su reacción. Charles continuó la lectura.
Si esta carta llega a tus manos es que habré muerto. De manera que estoy triste. El viejo corazón o algún otro pedazo de mi cuerpo habrá fallado, y así detenido, la máquina habrá desaparecido. Lo cual es una pena. No porque no haya tenido Un buen recorrido, sino que me hubiese gustado seguir en carrera. Soy un ganador y deseo seguir ganando. Y cuando entraste en la escena empecé a disfrutar aún más.
Como sabes, quiero casarme contigo. Puede ser que cuando recibas esta carta, ya_ lo hayamos hecho. Si no es así, créeme que ese es mi mayor deseo. Solo me importas tú y el pequeño bastardo que llevas en la barriga. Estoy seguro de que llegará a mejor fin que el anterior.
Y el principal motivo de esta carta es decirte a ti y a tu hermoso cuerpo que no te preocupes. Si Marius ha muerto, Marius seguirá cuidándote. Habrá dinero para ti y para el bebé. Ponle el nombre de Marius.
Con amor
Marius
Charles levantó la vista hacia Jacqui. Su cara estaba alterada y triste pero también resplandecía por un triunfo inequívoco.
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