Por orden de desaparicion

Simon Brett · Capítulo 5 de 19

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Por orden de desaparicion

Extraordinaria representación

EL HOGAR de Ancianos había sido diseñado para lucirse a la luz del día.

Las amplias ventanas daban la bienvenida al sol, que calentaba a los residentes, sentados en sillones, esperando… Pero ahora estaba oscuro. La mucama no había llegado todavía a correr las cortinas y Charles Paris y Harry Chiltern miraban hacia afuera las galvanizadas estructuras de la oscuridad. Las oficinas de la vecindad estaban desiertas y muertas, y las luces de la calle trasera, innecesarias en la emergencia. Las ventanas parecían más aislantes que los muros.

—Vi el otro día un programa de televisión — dijo Harry tras un momento de meditación. Todos los vicios cómicos juntos. Solo eran gags.

Terrible. Ninguna técnica. ¿O todo era una misma técnica? —. Te digo que se ve más variedad en una lata de sardinas. No crean variedades ahora. Ni una sola palabra. Variedad con mayúscula. Antes significaba algo. Ahora no. Telefoneé a un camarada en el departamento de Variedades de la B. B. C. Hace un par de años. Me dijo que ya no se hacen más: son entretenimientos ligeros. Entretenimientos ligeros son los que hacen ahora.

Quiero decir que cuando Lennie y yo hacíamos nuestra actuación trabajábamos mucho en ella. Trabajábamos duro. Unos pocos gags, monólogos (esa era la parte de Lennie) unos pocos gags más, representaba mi acostumbrado papel de borracho y terminábamos con un canto y algo de zapateo. Quiero decir, ensayábamos. No solo quedarse ahí parado y repetir algún chiste que uno oyó en una taberna. Era una actuación. La gente que iba a ver a los hermanos Chiltern, sabía que vería un gran espectáculo.

Pagaban, pero se les daba algo que valía. No, esta televisión no la paso.

¡Entretenimientos en nuestro living! Este no es un lugar para entretenimientos… Es para tejer y comer y darse unas palmaditas y divertirse. Hay que salir… Eso es parte del entretenimiento. Pasar la noche fuera.

—Sí. Me imagino que la televisión está aquí prendida siempre.

—Desde que empieza. Algunos de los viejos gallinas están delante del televisor todo el día, esperando no sé cómo aprender a hablar Pakistani o ver lo que los niños pueden hacer con un carretel de algodón. Todos sufriendo todo el día. Te digo que hay un viejo tullido, un bicharraco con más pliegues que una guía telefónica china, sentado ahí dormitando, cuando hay programas de valor, sin hacerles caso. ¿No te parece que forman un grupo mucho más interesante que algunos programas?

Harry Chiltern cacareó una risita y cayó en silencio cuando la enfermera llegó para correr los cortinados.

—Buenas noches, Mr. Chiltern.

—Buenas noches.

—Veo que tiene una visita. ¡Hola!

La nurse sonrió a Charles. Harry se miró sus lustradísimos zapatos hasta que ella abandonó la habitación.

—¡Vieja vaca! Cree que todos estamos gagá: «Veo que tiene una visita». ¿Quién es ella, eh? — Se levantó del sillón —. ¡Ven!

—¿Qué?

—Ahora ya está afuera corriendo los otros cortinados. Podemos deslizamos a Bricklayer para beber.

—¿Puedes hacerlo?

—Maldito sea, Charles. Si voy a reventar es mejor que lo haga con un trago en mano que con un maldito jarro de Ovaltine. Vamos.

El Bricklayers’ Arms era una de esas tabernas modernas con atmósfera de hall de aeropuerto. Colgantes luces rojas brillaban sobre los asientos de cuero y sobre grabados de autos antiguos. Música pop partía del aparato fonográfico a monedas.

De todos modos era una taberna, y un trago. Harry parecía apreciarlo.

Bebió un trago largo, colocó el vaso sobre la mesa y se pasó la mano feliz

sobre su labio superior. Charles pensó que había llegado el momento.

—Harry. Quiero hacerte unas preguntas sobre Marius Steen.

—¡Oh! El viejo y listo Steen. ¿Por qué?

—Voy a entrevistarme con él por una obra que he escrito. — La mentira fluía con facilidad —. ¿Cómo es? — Harry no parecía reaccionar —. Lo conociste en las antesalas, ¿no es cierto?

—¡Oh, sí! Justo estaba pensando en él. Steenie. Duro. Rufián.

—¿De dónde vino?

—Creo que su origen es Polonia. Sus padres vinieron aquí, no sé, al principio de los años veinte me imagino, cuando Marius tenía quince años.

Hizo toda clase de cosas en el negocio. Quiero decir todas las cosas. Luchó por los ascensos. Shows de jovencitas. Variedades. Creo que al principio hasta actuó en persona en las tablas. Sí, actuó. Jamás lo vi pero oí que era malísimo. Creo que hasta él lo dice. Tal vez lo silbaron en alguna actuación.

Debió actuar en una especialidad cualquiera. ¿Fue tal vez tragador de fuego? ¿Oíste hablar de ese tragador de fuego que no podía ir a ninguna parte sin encontrarse con una antigua llama? ¿Eh? Sentía como si tuviese fuego en el cogote — Harry cacareó —. Pero este subió, ¿sabes? En mi época no había ninguno de esos escritores de guiones sin sentido. Uno hacia su parte y era de uno para siempre. Sí. — Miró ausente hacia adelante y levantó el vaso hacia sus labios con mano temblorosa. Charles tuvo miedo de tener que apuntarle otra vez, pero el viejo continuó: — La primera vez que vi a Steen fue en… ¿dónde? Creo que en el Chiswick Empire. Lennie y yo formábamos parte del programa, y Steenie, según recuerdo, hacía de manager del número de zapateado. Creo que así era. No sé. Siempre tenía varios números en cartel.

—¿Siempre en el género de Variedades?

—Sí. No hizo nada de valor hasta después de la guerra. Rondaba por las antesalas buscando elementos nuevos, poniendo espectáculos, ganando dinero. Ganando dinero. Siempre supo dónde encontrarlo. Hermético como un tapón de botella. Le oías rechinar donde quiera que fuese.

—¿Cómo era?

—No sé qué contestar. Duro como un clavo. Bestial de verdad, sobre todo en cuanto a dinero. Se hizo de un montón de enemigos.

—¿Qué tipo de gente?

—Gente que no había leído la letra menuda de los contratos. Jamás se perdió un truco el viejo Steenie. Recuerdo a un tipo, un adivino. Steenie lo contrató para algún número de variedades. No recuerdo dónde está ahora.

De todas formas en la primera función ese adivino se presentó y la audiencia en realidad lo silbó. Era una banda de salvajes que solo iban a ver a las chicas. Mucha concurrencia es así. Fíjate, Lennie y yo generalmente los domábamos, Lennie tenía eso. Cuando la actuación iba mal… Lennie, Dios la tenga en la Gloria, me atrevo a decir que les hacía morir de risa. De todas maneras, sin ninguna duda la actuación de ese adivino desató una verdadera gresca. Así que Steenie lo despachó. Dirás que fue justificado.

Pero Steenie no le pagó un centavo. Adujo alguna cláusula de despido en el contrato. El tipo puede que fuera capaz de leer en las mentes, pero no supo leer un maldito contrato. ¿Eh? El adivino se puso furioso. Trató de mandarlo al otro lado al viejo Steenie.

—¿Qué ocurrió?

—No fue gran cosa. Steenie tenía a Frank.

—¿Frank?

—No sé cuál es su verdadero nombre. Todos le dicen Frank por eso de Frankenstein, ya sabes, el monstruo. Era polaco también, creo.

Probablemente su nombre es difícil de pronunciar. Exboxeador.

—¿Una suerte de guardaespaldas?

—De eso se trataba. Steenie necesitaba uno por la forma en que manejaba el negocio.

—¿Ha hecho alguna vez algo ilegal?

—¡Ah! ¿Y qué es ilegal? No es más ilegal que muchos de los capos de este negocio. Si lo que quieres decir es si se complicó ante la ley entonces te digo que no. Jamás hizo algo por sí solo, pero, sabes, las cosas suceden.

Frank es un tipazo para apoyarse en él.

—¿Sigue todavía por aquí?

—¿Frank? No. Debe de haber muerto o se arrumbó como yo entre los viejos. Era uno de esos musculosos ingleses que se vuelven obesos cuando abandonan el entrenamiento. La mayoría mueren de ataques cardíacos.

—¿Sabes si Steen encontró otro reemplazante?

—No sé. Ha llegado a tener un sentido de autoprotección altamente desarrollado, ¿sabes? Siempre lleva consigo un revólver en la guantera del auto. Probablemente consiguió otro matón después de Frank. Pero quizás uno no necesita ese tipo de cosas en el auténtico teatro. De la única cosa que uno tiene que cuidarse es de los homosexuales, ¿no?

Rieron. Harry miró su vaso como si viera el infinito y Charles le hizo volver al tema.

—¿Conoces al hijo de Steen?

—¿Es Nigel, no?

—Sí.

—Sí, lo conozco. Algo inescrupuloso en sus asuntos. Oh, no es que sea criminal. Solo algo escurridizo. Ocurre con frecuencia. El viejo triunfa y los hijos no alcanzan del todo su altura. Supongo que recuerdas al viejo Barney Beattie. Y al mudo llamado Buckingham. Barney y Buckingham. ¡Eran grandes! Barney tuvo dos hijos; trató de montar un espectáculo de baile y canto. Nada. No había caso. Los echaban de todos los teatros de las Islas Británicas. Así pasó. — El viejo bebió su cerveza reflexionando.

—Te invito con otra, Harry.

—No, es mi turno.

—Pero yo quiero…

—Todavía puedo pagar mi vuelta.

Y con dignidad llevó los dos vasos a la barra. Se lo veía pequeño y vencido y pasó un momento antes de que atendieran su pedido. Luego se dio vuelta con cara concentrada, cuando trató de mantener los dos vasos quietos entre sus manos manchadas.

—Aquí están —dijo triunfante—. Salud.

—Gracias.

—¿Dónde estábamos? Sí. Hablamos del hijo de Steenie. No tiene el talento del viejo, de ninguna manera. Estuvo involucrado en uno o dos verdaderos desastres. Ya sabes. Poniendo en escena espectáculos pesados, ese tipo de obras. Pero no tuvo éxito. El viejo Steenie ganaría dinero con un torneo infantil, Nigel fracasaría con La Ratonera a la semana.

—¿Se llevaban bien?

—¿El padre y el hijo? Dios sabe. A veces sí, a veces no. El viejo tenía motivos poderosos para renegar del muchacho. Después volvían a unirse como ladrones en feria. Steenie tenía sentido de familia. Su mujer murió hace años así que el hijo le importaba mucho. Los judíos son así, ¿verdad?

—Sí.

—¿Quieres saber muchas cosas de ellos, no?

—Me interesan solamente.

—Sí. —Siguió una pausa—. ¿Sabes una cosa Charlie? Por tu manera de proceder me doy cuenta de que en realidad lo que te interesa de ellos es lo malo. Está bien, entonces. — Se acercó de manera que casi susurraba en vez de gritar para dominar el tocadiscos —. Corre el rumor más asqueroso que oí nunca sobre Steenie, realmente un rumor sórdido. Conoció a una bailarina; estaba en cartel al mismo tiempo que yo y Lennie en el Hackney Empire. Steenie era el productor del show y tuvo un asunto con esa Verónica. A Steenie siempre lo atraían las de vida airada; era incansable sexualmente —. La imagen de las fotos relampagueó en la mente de Charles —. Lo cierto es que la chica quedó embarazada y cuando Steenie se enteró no quiso saber nada. No le quiso hablar, ni saber de ella. Le dio una patada. Quedó fuera del show. Bueno, esa Verónica no se lo aguantó. Fue al teatro entre dos shows una noche, muy borracha de verdad; no me gusta eso en una mujer, y jurando furiosa y ciega — grandes vociferaciones de Steenie para hacerla callar — amenazó con contárselo a su mujer. A la mañana siguiente la encontraron boca abajo en el Támesis. Está bien. Pudo haberse caído. Puede ser que decidiera suicidarse. Pero los tenebrosos rumores en aquel entonces eran que la habían ayudado. Con seguridad el que desapareciera de la escena fue muy oportuno para Steenie. Y Frank no se hallaba cerca del teatro la noche que ella desapareció. De todos modos hace mucho de eso. Son solo rumores.

—¿Crees que Steen es capaz de una cosa así, Harry?

—Si se le atraviesa alguien en el camino es capaz de cualquier cosa.

—Me doy cuenta, es un verdadero degenerado.

Siguió una pausa larga.

—Sí, un verdadero degenerado — cloqueó Harry —. Pero no puedes evitar que te guste. Una basura, Pero lo quieres.

Siguieron hablando un poco más pero Harry se iba cansando rápidamente. Parecía tener dificultad con su segunda cerveza y había solo bebido un tercio cuando miró su reloj.

—Es mejor que me vaya, Charlie. Ya no soy tan joven como en un tiempo.

—¿Tendrás problemas cuando regreses?

—No. Fingiré que fui a dar una vuelta o algo parecido. Sabes, no me gusta el lugar. De todos modos no será por mucho tiempo.

—¿Vas a mudarte?

Harry sonrió.

—Me reuniré con Lennie. No pasará mucho tiempo. De todos modos no me puedo quejar.

—Toda una vida en el oficio.

—Sí. Hicimos nuestro primer show cuando teníamos cuatro años y el último hace tres, en una obra estúpida para la televisión, sobre el music-hall. Setenta y cuatro años en el oficio. Así es, Charlie. Setenta y cuatro.

—Y no quisieras que hubiera sido en otra forma.

—Mi Dies, sí. Era a Lennie a quien le gustaba. Yo quería ser futbolista profesional.

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