Por orden de desaparicion
¿Quién estaba en el baile?
CHARLES miraba la hoja de papel. Era de un azul pálido, con un borde biselado y garabateado en letras mayúsculas negras, con un rotundo mensaje. Básicamente se le decía a Jacqui que debía desaparecer cuando no se la deseaba. La redacción era desastrosa y se trataba de un anónimo.
—Encantador. ¿Estás segura de que la escribió él?
—Nadie más tenía motivo.
—¿Y esa forma de hablar es habitual?
—Sí. Jamás fue muy cortés. En particular cuando se enojaba. Podía atemorizar.
—¿El papel es el de costumbre?
—Sí. Lo tenía en su escritorio de Orme Gardens. Algunos con iniciales, otros sencillos como este.
—Bueno. No hay más que una sola forma de tratar una mierda como esta — Charles arrugó la nota, la metió dentro de un cenicero de vidrio oscuro y le prendió fuego con el encendedor de mesa. Cuando la llama se apagó, sopló la ceniza oscura con cuidado dentro del canasto de los papeles —. ¿Cuándo llegó?
—Estaba sobre el felpudo cuando me levanté. Alrededor de las once.
Un poco después.
—¿Llegó per correo?
—No. En un sobre sencillo. Sobre la mesa.
Charles se agachó y lo levantó. Azul, haciendo juego con el papel.
—Y supongo que tú no…
—No vi a nadie. A nadie.
—Es una forma asquerosa de terminar un asunto, ¿no es cierto?
—Sí. —Parecía estar al borde de las lágrimas —. ¡Y yo que pensaba que marchaba todo tan bien!
—Tal vez es un hombre de mala índole.
—Puede ser, lo sé. Pero conmigo siempre fue amable. Cuando estuvimos en Francia… él…
—¿Cuándo fue eso?
—Fuimos en agosto y regresamos en octubre. Marius alquiló una villa en el sur. Sainte-Maxime. Es un lugar precioso. La playa es privada.
—Muy bonito.
—De todas formas me llevó allí para que me recuperara…
—¿De qué?
—Un aborto.
—¿El bebé era suyo?
—Sí. Él lo arregló pero no salió muy bien. Me enfermé. Y decidió llevarme a Sainte-Maxime.
—¿Y se quedó allí todo el tiempo?
—Sí. Él también estuvo enfermo: un ligero ataque al corazón. Le indicaron que tenía que descansar. Naturalmente, siendo como es, Marius se comunicaba con la oficina a diario.
—¿Estaban solos allí los dos?
—Casi siempre. Algunos amigos aparecían. Gente de teatro. Y Nigel, unos días.
—¿Nigel?
—Su hijo.
—¡Ah, sí! —Charles recordó que alguien una vez le dijo que Steen tenía un hijo —. No creía que se llevaran bien.
—Eso fue hace años. Se arreglaron más o menos. Nigel trabaja en el negocio.
—¿Y mientras estuvieron en Francia todo anduvo bien entre tú y Marius?
—Sí. Fue un tiempo maravilloso. Estuvo tierno y achiquilinado. Y
amable.
—¿Y ahora te envía una nota como esta? ¿No tienes idea de por qué razón ha cambiado su actitud?
Jacqui titubeó.
—No. ¿Quieres comer algo?
Mientras ella cocinaba Charles bajó al almacén y compró una botella de vino. Era obvio, por la manera como se comportaba, que Jacqui sí tenía idea de por qué había cambiado Steen. Y se lo iba a decir. Era solo cuestión de esperar.
El almuerzo fue común. Jacqui era cocinera de artículos congelados. Lo recordaba de la época de Worthing. Hamburguesas sin fin y bacalao con arvejas rutilantes y vegetales en dados. Pero el vino lo hacía potable.
Hablaron de los tiempos de Worthing, esquivando el tema de Steen. En un momento dado, mientras Charles terminaba la botella de vino equitativamente en los dos vasos, preguntó:
—¿Qué quieres que haga, Jacqui?
—¿Qué crees?
—Me has traído aquí por alguna razón.
—Estaba asustada.
—Sí, pero hay algo más.
—Sí.
Parecía muy vulnerable. De nuevo sintió que se imponía en él el imperativo del deber que comenzó a sentir cuando le falló en la cama. Si no la había podido servir de una forma quería ahora servirla en otra. Qué raro, pensó, ¿consistirá en esto la caballerosidad ahora?
—Quiero que hagas una cosa por mí, Charles. Es algo embarazoso.
Verás, creo que sí… Creo que puedo saber por qué Marius actúa así. Él puede pensar… Verás… — Charles esperó. Jacqui lo miró directamente y dijo:
—¿Has oído hablar de «ese asunto de Sally Nash»?
—Sí. ¿Marius está involucrado en eso?
—En realidad no. No con las prostitutas. Es solo que… Bueno, ella, Sally Nash, acostumbraba a ir a ciertas reuniones a las cuales también fuimos nosotros.
—¿Solo reuniones comunes?
—Bueno… —Jacqui sonrió, ligeramente avergonzada —. No, en verdad no eran reuniones corrientes. Ocurrían cosas.
—No sabía que hacías cosas así. Yo pensaba que tú dormías con solo un hombre a la vez — Charles se detuvo turbado.
—No, no es lo que acostumbro. Pero Marius estaba metido en eso. Solo un poco. No muy seriamente.
—Humm.
—No tengas ese aire tan malditamente superior. Es muy fácil para un hombre. Si fueras una muchacha tendrías que interesarte en lo que interesara a tu tipo. Si es loco por el fútbol entonces lees Los partidos al día. Si es de los dobles espejos entonces…
—¿Así fue en el sur de Francia?
—No. Solo lo hicimos un par de veces. En junio pasado. Hubo una reunión en Holland Park y otra cerca de Marble Arch.
—¿Pero fueron las reuniones de Sally Nash?
—Ella estaba allí.
—¿Y cuál es el peligro? ¿Te van a llamar como testigo?
—¡Maldito sea! —Parecía estar muy ultrajada —. Mira, puede que yo sea una perdida, pero no soy una prostituta — Charles trató vagamente de establecer la diferencia pero afortunadamente la muchacha lo aclaró —.
Todas esas chicas a quienes se llama a declarar lo hacen por dinero.
—Lo siento. ¿Entonces qué…?
—Hay algunas fotos.
—¿Tuyas y de Steen en esa reunión?
—Sí. Con otra gente.
—¿Fotos pornográficas?
—Algo así. Pienso que es por eso por lo que Marius no quiere que lo vean conmigo.
—¿Por qué? ¿Las fotografías van a ser presentadas en el juicio?
—No. Pero Marius debe temer que sí. Es la única explicación posible.
—Pero si están ustedes dos en las fotos lo van a identificar de todas maneras. No importa si lo ven contigo o no.
—No, Charles. El caso es que no pueden decir que es él. Su cara está cubierta.
—No me digas… ¿Con un antifaz de cuero negro?
—Sí.
—¿De verdad? Lo decía en broma.
—Pues es así.
—¿Pero tú por tu lado no estabas tapada?
—No. Lejos de eso.
—Humm… ¿Cómo sabes que no van a entregarlas al tribunal?
—Porque las tengo yo. He pagado en grande por ellas.
—¿Alguien te chantajeó?
—No. El juicio de Sally Nash comenzó el viernes y yo se las compré al tipo que las sacó el sábado.
—¿Cuánto?
—Mil.
Charles la miró zumbón y ella explicó.
—Marius me había dado dinero para comprar un auto. Pero ahora no parece que valga la pena comprarlo, con este problema de la nafta.
Charles reflexionó un instante en la diferencia entre golfa y prostituta y decidió que se estaba volviendo algo riguroso. Sobre todo cuando Jacqui continuó diciendo.
—Yo quería dárselas como regalo a Marius. Que su mente se tranquilizara. Y ahora no consigo verlo. No me atrevo a enviárselas por correo o a ponerlas en el buzón porque su secretaria las vería.
De repente el papel de Charles en esa coyuntura se aclaró para él.
—¿Y quieres que yo se las entregue?
Provisto de un sobre marrón de inocente apariencia, Charles Paris regresó a su habitación de Hereford Road, Bayswater. Era una deprimente habitación amueblada que ocupó cuando se separó de Frances. Nada, exceptuando su ropa y los guiones, lo identificaba. Las paredes habían sido pintadas de gris por algún ocupante anterior pero estaban en gran parte oscurecidas por las chorreantes camisas que colgaban de las perchas de acero. Un sillón bajo, tapizado, de brazos de madera, enfrentaba la estufa de gas. Había una mesita cubierta con papeles y con carbónicos, una silla de cocina desvencijada y una cama de una plaza con cubrecama de pelouche
amarillo. En un rincón, inadecuadamente escondido por una cortina de plástico, había un fregadero y una hornalla de gas.
Cada vez que Charles entraba en la habitación, vaharadas de depresión amenazaban con asfixiarlo. De tanto en tanto, en un ramalazo de supuesto coraje, consideraba la posibilidad de trasladarse; pero jamás llegó a concretarlo. La habitación era un lugar cualquiera para dormir e hizo lo que pudo para asegurarse de que fuera solo eso.
Llegó a eso de las cinco, y antes de que la atmósfera de la habitación tuviera tiempo de inmovilizarlo, abrió el aparador, sacó una botella medio llena de Bell y se sirvió una cantidad apreciable. Después de un buen trago sintió que podía mirar a su alrededor. Era un revoltijo aun mayor que lo usual. El cubrecama arrugado sobre la cama sin hacer; una taza de café había formado una huella blanca sobre la mesa. El frío aire de diciembre entraba por la ventana abierta. Recordó que así la había dejado para renovar el aire… ¿cuándo fue? ¿El lunes? Sí, el lunes tres de diciembre. El día en que hizo la maldita obra por radio.
Golpeó la ventana al cerrarla y encendió la estufa de gas. Silbó con renuencia pero se encendió (lo que era superior a lo acostumbrado). Sintió urgente necesidad de bañarse. Se arrancó la ropa sucia y se envolvió en una salida de baño informe. Tomó unas monedas y bajó al cuarto de baño del primer rellano; comprobó que el agua salía caliente y cargó el aparato.
Después recordó el jabón y la toalla. Otra vez arriba a buscarlos. No falló; el cuarto de baño estaba cerrado con llave cuando regresó. El ruido del agua llegaba desde el interior.
Charles golpeó en la puerta y gritó que era un abuso; pero la rara voz cantante que le contestó dominando el agua le hizo saber que todo era inútil. Una de las muchachas suecas. Parecía que en la casa había cientos de ellas. Y mientras subía furioso pensó que todas eran unas viejas aprovechadoras. En realidad hacían pedazos el mito de la belleza escandinava. Todas ellas. Muchachas granujientas con anteojos y con piernas robustas. Cerró la puerta con un golpe, agarró la botella de whisky y se tiró en el sillón.
La estufa farfulló cuando él se sentó a pensar. Había algo raro en todo ese asunto de Jacqui. Su explicación sobre las fotos no convencía. De
hecho, su explicación sobre el súbito cambio de proceder de Steen tampoco sonaba a verdad. Un hombre de su posición que quiere quitarse de encima a su amiguita no necesita el recurso de esquelas insultantes.
Por un momento cruzó por la mente de Charles el pensamiento de que lo estaban utilizando. Para que llevara algo. ¿Qué? ¿Drogas? ¿O bien solo lo que Jacqui dijo que era… sucias fotos? Parecía ridículo, y sin embargo parecía estar diciendo la verdad.
La manera de saberlo, naturalmente, era inspeccionar el sobre. Desde que lo tuvo en su poder sabía que más tarde o más temprano lo haría. Y, razonó, Jacqui tenía que presumir que lo haría. No le había pedido que no lo hiciera, el sobre no estaba cerrado. Pero de todos modos se sintió ligeramente culpable cuando deslizó las fotos en su mano.
Había seis y era exactamente lo que Jacqui dijo que eran: fotos obscenas de ella y de Marius Steen. Quizás obscenas era una palabra equivocada: no hicieron ningún efecto erótico en Charles, pero le intrigaron y asquearon.
Las fotos tenían la pose característica del dramatismo de los aficionados. El cuerpo de Steen era viejo, magro de vientre y los miembros como los de los pollos. La vergonzosa mascarita de cuero lo hacía aparecer ridículo.
Pero fue la visión de Jacqui la que lo afectó. El espectáculo fue una severa sacudida para Charles, casi llegó a enfermarlo. No tanto por lo que estaban practicando: había visto y hecho cosas peores. Y de alguna manera se veían muy moderados y sin sentido en esas vulgares instantáneas. Era el hecho de que se tratase de Jacqui lo que le trastornaba. No se sentía celoso ni lujurioso, sino apiadado, y de nuevo tuvo el urgente deseo de protegerla.
Era como si estuviera viendo las fotos con los ojos de un padre.
Un click seguido de silencio le advirtió que la medida del gas había terminado. ¡Maldición! No tenía otra moneda. Bruscamente metió las fotos en el sobre, lo cerró y se vistió. Después comenzó su campaña para ubicar a Marius Steen. Eran las siete y media. Se dirigió al teléfono público que había en el rellano y llamó a Bernard Waluton, que actuaba en Virgen en Ridículo en el Teatro Dryden.
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