Por orden de desaparicion
Aparece el extraño policía
PENSÓ QUE había procedido como un idiota. Tratar de ayudar a Jacqui en el asunto de las fotos no tenía lógica, pero por lo menos era generoso el sacarla de una difícil situación. Pero ayudarla a investigar una muerte perfectamente natural como si fuese un crimen, era cosa de locos.
Jacqui había sacado demasiadas conclusiones de la carta de Steen.
Canalizando el dolor de esa pérdida en argumentos que apoyaran su teoría, hacía hincapié en las promesas respecto de ella y el bebé y en la frase:
«Estoy seguro de que llegará a mejor fin que el anterior». A su entender, eso probaba, en conclusión, que Marius había decidido cambiar el testamento a su favor. Nigel debió oler eso y se anticipó a los planes de su padre asesinándolo. Charles manifestó su escepticismo con todos los argumentos que pudo reunir, pero al final terminó estando de acuerdo con Jacqui en que el asunto merecía por lo menos una investigación más amplia.
Por eso fue que el martes 13 de diciembre invitó a almorzar a Gerald Venables. Gerald había sido contemporáneo suyo en Oxford; estudiaba Leyes y actuaba a veces. Pero fue elegido Tesorero de la Sociedad de Dramaturgos de la Universidad de Oxford y como tal demostró su primordial interés en la vida: un desvergonzado amor al dinero. Ese motivo, terminados los estudios, lo alejó del teatro y pronto integró la Justicia. Se asoció a una firma de abogados especializados en contratos de trabajo del negocio del espectáculo. En el plazo de cinco años ya era socio y de allí en más ganó más y más dinero. El tema le fascinaba: siempre hablaba de dinero, pero lo hacía con tan ingenioso entusiasmo que el efecto no era molesto. Todo lo más podía ser aburrido, de la misma manera que puede
serlo un golfista, un fotógrafo, un navegante de bote o cualquier otra persona presa de un hobby.
Cuando apareció el rico queso Stilton, Gerald desabrochó otro botón de su chaleco de tweed de impecable corte y palmeó su barriga satisfecho.
—¿De qué se trata, Charles? ¿Estás por darme algún trabajo? Te advierto que mis honorarios, que siempre fueron muy altos, son ahora casi increíbles.
—Ya lo preveía. No es exactamente un trabajo. No sé cómo lo definirás.
—¡Ah! Si no está ya definido automáticamente, los honorarios aumentan al doble.
—Sí. Es un caso de investigación. O debería decir mejor que se trata de sonsacar información.
—Para eso están los procuradores.
—Exactamente. El caso es que sé que los procuradores individuales son totalmente inmorales — Gerald sonrió como si escuchase un cumplido —. Y
supongo que como cualquier otro grupo de ladrones, existe el honor entre ellos. — De nuevo Gerald inclinó la cabeza con benevolencia —. De manera que no dudo que se ayudan entre sí — la tercera inclinación de cabeza fue positiva —. Lo que yo quiero es que sonsaques una información a otro procurador.
—¿Oficialmente?
—Extraoficialmente.
—¡Ah! Eso es más caro aún.
—Ya lo pensé.
—¿Qué es lo que quieres saber, Charles?
—¿Has oído hablar de Marius Steen, el tipo que acaba de morir?
—Claro que sí. Me relacioné con él a raíz de varios contratos. Era un verdadero tiburón, totalmente inmoral. — La voz de Gerald estaba llena de respeto mientras rendía ese homenaje.
—¿Así que conoces a su apoderado?
—Harold Cohn. Por supuesto. Es el tipo de trato más duro en este oficio
— sonrió modesto —. Se exceptúa lo presente, por supuesto.
—Naturalmente.
—¿Y quieres enterarte del testamento del viejo?
—¿Cómo diablos lo sabes?
—Porque no hay cosa que interese más acerca de un hombre a tres días de su muerte. Han corrido muchas suposiciones sobre ese tema en el ambiente profesional.
—¿Y cuáles fueron las conclusiones?
—Rumores, pero nada definitivo.
—¿Crees que podrás enterarte?
Gerald sonrió con suavidad.
—Yo no diría que eso está fuera del reino de las posibilidades. — Un camarero revoloteó alrededor —. ¿Tomamos café, verdad, Charles? Y
quizás un coñac. Sí, dos coñacs. — Miró pensativo sobre la mesa —. Bueno, estoy pensando por qué estás interesado en el testamento de Steen. Es difícil que esperes ser el heredero, ¿no?
—Muy difícil.
Gerald lo miró extrañado. Le gustaba estar al tanto de cualquier tema y comenzó a sondear.
—A Steen le fue muy bien. Aun con las cargas impositivas valdrá la pena.
Charles asintió, decidido a no decir una palabra. Gerald probó otra táctica.
—¿Quieres saberlo para ti mismo?
—Sí.
—Será de público conocimiento muy pronto. Si pudieras esperar solo un poco…
—Quiero saberlo cuanto antes.
—Bueno, Charles, ¡qué misterioso eres! — Gerald se echó hacia atrás en la silla y sorbió su coñac. A Charles le divertía verlo en ese estado, su pose habitual trastornada por una curiosidad infantil —. Charles, ¿se trata de un crimen?
—¿Qué quieres decir?
—¿Hay sospechas sobre ese testamento? ¿Herederos sorpresivos venidos de Australia, falsificación, tretas en los certificados de nacimiento, codicilos secretos?
Gerald lanzaba las ideas como anzuelos, esperando atrapar alguna reacción. Charles sonreía de una manera que sabía enfurecía a aquel.
Gerald se enojó de veras.
—¡Oh, por el amor de Dios, Charles! Puedes decírmelo. Mira, si conociera las circunstancias haría la investigación con mucha más facilidad
— Charles seguía riendo, A Gerald no le quedaron más que recursos infantiles —. Escucha, si no me dices por qué quieres saberlo, entonces yo no lo investigaré.
—¡Qué pena! Entonces tendré que pedírselo a otro.
Gerald parecía estar furioso pero se controló, sonrió y dijo:
—Charles, si existe alguna sospecha quiero saberlo. Mira, yo soy un ingenuo para ese tipo de cosas. Siempre leo novelas policiales. No sé, es una fascinación. Es mi hobby, si lo prefieres.
—Yo creía que tu hobby era el dinero.
—Ese es el más importante para mí, pero no puedo resistir las circunstancias sospechosas. Mi ambición ha sido durante toda mi vida estar involucrado en algo misterioso, en un crimen. No digo el tipo de crimen común en que tengo que intervenir como abogado, sino un asunto de investigación de capa y espada — Charles seguía callado —. Escucha. Si estás envuelto en un crimen, de cualquier lado de la ley que sea, necesitas un abogado. ¡Charles, por favor, cuéntame todo! — estalló con petulancia pero siguió sin conseguir ninguna reacción —. Escucha. Si estás investigando un crimen…
—¿Y por qué diablos crees que lo estoy?
—No lo sé. Por la forma en que estás actuando. Si lo estás, no te cobraré nada.
—¿Qué?
—Haré cualquier investigación sin cargo…
—Gerald, ¿te sientes bien?
—… siempre y cuando me cuentes todos los detalles.
Charles fue circunspecto. Era una oferta muy buena, una oferta increíble, considerando de quien venía. Pero estaba tan lejos del convencimiento de que había un crimen, que no deseaba desparramar torvas sospechas infundadas.
—Gerald —comenzó diciendo lentamente —, si hubiese algo inverosímil y si yo te lo dijese, ¿podría contar con tu discreción?
—Claro que sí —Gerald estaba ofendido —. Soy un abogado.
—Eso es lo que pienso. Está bien. Acepto tu ofrecimiento.
—¿Así que hay un crimen?
—Tal vez.
—Está bien, extiende la mugre.
Gerald no hacía ahora alarde de madurez. Era un niño ansioso. Charles recordó que Gerald siempre había sido así. Era esa misma cualidad la que hacía que su fascinación por el dinero resultara inofensiva. No por primera vez reflexionó Charles que el crecimiento es un mito. La madurez es solo una forma intensificada de la infancia.
—Te mostraré la mugre —dijo—. Pero antes debes averiguar lo del testamento.
—Eres un animal —dijo Gerald—, pero acepto el trato.
Cuando le trajeron a Charles la cuenta de la comida vio que era enorme.
Había pasado mucho tiempo desde que había comido en esa categoría y quedó escandalizado por el aumento de los precios.
—Tienes suerte —dijo Gerald mientras Charles contaba los billetes —.
Si no hubiésemos llegado a un arreglo me tendrías que haber pagado también por el tiempo perdido.
Charles no dijo a Jacqui nada sobre su nuevo aliado en la investigación cuando se reunieron esa noche para contarle los progresos. Le dijo solamente que había visitado a un abogado amigo quien le aseguró que podía enterarse de los detalles del testamento.
Jacqui estaba postrada. Había ido a Goring, al funeral de Marius (tuvo tiempo de telefonear a Morrison, a Orme Gardens). En la iglesia se encontró en la común situación de verse relegada por los parientes de Marius. Era la estereotipada escena preferida por los caricaturistas: La familia (Nigel y unos pocos primos), muy compuesto en su luto, a un lado de la tumba; la sucia prostituta (Jacqui) ataviada con un inadecuado vestido de cóctel con cuello de piel vistoso, sollozando al otro lado. El entierro fue rápido. Marius era contrario a la cremación; deseaba descansar en una
tumba inglesa que ostentara una lápida de mármol. Un servicio conmemorativo en St. George, en Hanover Square, seguiría a continuación, para las relaciones de teatro y negocios de Steen. Nadie habló a Jacqui ni siquiera la reconoció, excepto Morrison. Hacia el final de la ceremonia se encontraba tan trastornada que no tuvo valor para seguir hasta la casa con los deudos. Así que tomó un tren directamente de regreso a Londres.
De todas formas se las arregló para cambiar unas pocas palabras con Morrison y le preguntó cuáles habían sido los movimientos de Nigel durante el fin de semana anterior al fallecimiento de su padre (aseguró a Charles que sus preguntas fueron muy sutiles, pero él ni quería pensar en lo que para ella significaba la palabra sutileza. Si en algún lugar cundía la menor alarma, no dudaba de que se debería a ella). Por Morrison se enteró de un hecho significativo, el cual hubiera convencido a cualquiera menos dispuesto a creer en la culpabilidad de Nigel Steen. El auto del joven estaba descompuesto en el momento de la muerte. El freno andaba mal y Morrison, que era un buen mecánico, se ofreció para arreglarlo en ese fin de semana. Arregló el freno el sábado, pero después, descontento del alineamiento de las ruedas, empezó a arreglarlas. Era un perfeccionista, y el trabajo le llevó mucho tiempo. Cuando dejó el auto el sábado por la noche, las cuatro ruedas habían sido sacadas y seguían así cuando volvió para trabajar el domingo por la mañana. No terminó su trabajo hasta la noche y fue entonces cuando Nigel salió hacia Berkshire y encontró a su padre muerto. A la pregunta de si Nigel pudo haber usado el Datsun, Morrison no supo qué contestar. Miss Menzies había llenado el tanque con nafta en la tarde del viernes y lo usó el lunes por la mañana. Sin duda se hubiera dado cuenta si lo hubiesen usado en el ínterin.
—¿Quién es Miss Menzies? —preguntó Charles.
—Joanne. La secretaria de Marius.
—¡Ah, sí! La conocí ayer… ¿Y en realidad conseguiste todos esos informes sin que Morrison sospechase nada?
—Sí. De todos modos, ¿qué pasa si sospecha? A él no le gusta Nigel, como le pasa a la mayoría.
Lo más notable del caso era que al parecer nadie decía una sola palabra favorable de Nigel Steen. Como no conocía al hombre, y basando sus
conclusiones en los prejuicios de otras personas, Charles decidió que el mayor pecado del joven Steen era el de no ser como su padre. Por los datos conocidos, no parecía tener coraje para ser un criminal.
—¿Dónde vive Nigel?
—Creo que tiene un piso cerca de Knightsbridge, pero nunca está en él.
Pasa todo el tiempo en Orme Gardens o en Streatley.
—¡El hijito de papá!
—Yo no diría eso.
—¿Cómo se llevaban, Jacqui?
—No lo sé. Apenas los he visto juntos y Marius nunca hablaba de Nigel. Pero tú leiste la carta.
—Sí. ¿Y Joanne lo quería?
—¿Si quería a quién? Ella quería a Marius. — ¿Había un asomo de celos?
—No. Si quería a Nigel.
—No creo que lo quisiera.
—Humm. Entonces creo que quizás deba visitarla.
Charles se estaba maquillando en la mañana siguiente, en Hereford Road, cuando el teléfono sonó.
—¡Hola! ¡Oh, Maurice! Estaba maquillándome.
—¿Para qué? ¿Estás trabajando y no me lo dijiste?
—No, solo me divertía. Practicaba.
—Bueno, creo que ya es tiempo de que empieces a trabajar. Parece que has tomado demasiado en serio lo de los tres días semanales de trabajo.
—¿Tres días semanales?
—¿No lees los periódicos?
—Esta mañana no lo he hecho todavía.
—Heath va a establecer tres días semanales para todo el país. Ahorro de energía. Y la televisión tiene que terminar a las diez de la noche.
—¡Qué me dices!
—Sí. Piensa en los diez por ciento de todas esas series que no percibiré.
Johnny Wilson tenía un programa preparado para la trasnoche. Creo que lo suprimirán.
—Lamento no estar al tanto.
—Lo sé. Mira, ¿conoces ese Suave, suavemente? Quiero decir, ¿se podría repetir?
—Sí.
—Bueno, pues no.
—¡Ah, gracias!
—Pero hay una posibilidad. Ayer tuve una llamada del productor de un nuevo film de terror. Están buscando a alguien que haga el papel de un jorobado en parte lobo y en parte vampiro. Les dije que tú eras apropiado para ese papel.
—Muchas gracias.
El silencio cortado con jadeos que llegaba desde el otro extremo de la línea indicaba que Maurice se estaba ahogando de risa por su propio ingenio. Siempre se reía silenciosamente, con la mandíbula subiendo y bajando como si tragara el aire a grandes bocanadas. Charles esperó hasta que se recuperó lo suficiente para proseguir.
—Lo siento, era solo un chistecito. Pero es un papel de ese tipo.
Parecieron muy interesados cuando te nombré. Dijeron: «Sí, nos interesa el trabajo de las estrellas de los años cincuenta que todos olvidaron».
—Gracias otra vez. ¿Y en qué consiste?
—Dos semanas de filmación en los primeros días de enero. Si es que esa idiotez de los tres días por semana no viene a entorpecer. En una casa del interior. Me he olvidado dónde exactamente, pero cerca de Londres.
—Humm. ¿Cómo se llama la película?
—El Zombi Camina.
—¡Oh, Dios! ¿Quién la dirige?
—Nunca oí hablar de él. Algo como Rissole. La produce Steenway Productions.
—Sí. Acepto. Cerciórate de las fechas.
—Tu agenda no está llena, ¿no?
—¿Mucho dinero?
—Muchísimo. Pediré el doble.
—Buen tipo. Gracias.
—Es un placer, Si yo no me ocupo de ti, es obvio que tú no lo harás.
—Adiós, Maurice. Sigue sonriendo.
—¿Qué? ¿Con todos mis problemas? Adiós.
Trabajo, además. Caracterizado, Charles empezaba a sentirse inexplicablemente animado. Casi abandonó la idea de hacer secretas investigaciones. Con paso airoso subió las escaleras hasta su habitación, para completar su maquillaje.
Disfrazarse es cuestión de presentarse ante la persona que se quiere engañar en un contexto inesperado. A eso siguen algunos trucos de posturas y movimientos. Cambios de color y de rasgos propiamente dichos son menos importantes. Y Charles estaba muy satisfecho de su disfraz. Joanne Menzies no dio señales de reconocerlo, a pesar de que lamentó un poco haber elegido el personaje de Sargento Detective Mc Whirter de Scotland Yard cuando ella confesó que había sido criada cerca de Kyles of Bute.
Pareció aceptar el acento de Glasgow y su historia de que había salido de Escocia para Londres cuando tenía diez años.
Le había telefoneado a los edificios Milton diciéndole que tenía que hacer una investigación de rutina. Lo hubiera solicitado a Mr. Marius Steen, pero debido al reciente y doloroso suceso pensaba si ella le podría ayudar.
Ella fue muy amable y lo invitó a que fuera enseguida. De manera que ahí estaba en la mañana del jueves sentado frente a ella, en la misma silla que solo una semana antes ocupara Charles Paris.
El sargento detective Mc Whirter llevaba un traje de un color indescriptible, entre marrón y verde; una camisa amarillo pálido de Marko y Spencer, y una corbata teñida marrón. Sus zapatos marrones eran pesados, acordes con el patear de un lugar a otro, que es en lo que pasan la mayor parte del tiempo los detectives. Cuando entró en la habitación, colgó en el perchero un impermeable descolorido y un sombrero de fieltro blanco. Su pelo era castaño oscuro y alisado para atrás con gomina. Llevaba anteojos con montura gruesa de asta, oscurecida tez y dentadura más bien mala. En el anular llevaba un anillo gastado de oro. Era el tipo de hombre a quien nadie miraría dos veces. Sin duda trabajaba a conciencia; a no dudar era un buen esposo y padre, pero del todo anónimo.
Miss Menzies no le pudo ayudar mucho con el Datsun, aunque todas sus preguntas fueron hechas sin titubeos. El sargento detective Mc Whirter
explicó que estaba investigando un robo acaecido en Pangbourne el sábado por la noche. Un testigo de vista dijo que había visto un Datsun amarillo en esa zona en el tiempo del hecho y Mc Whirter estaba investigando a conciencia a todos los propietarios de Datsun del lugar. La policía local le dijo que Mr. Steen tenía un auto así y estaba en una investigación de rutina sobre el paradero de dicho auto en ese momento.
Miss Menzies estaba segura de que el coche había permanecido en el garaje de la casa de Mr. Steen, en Orme Gardens, durante todo el fin de semana. Cuando Mr. Steen telefoneó en la tarde del viernes para avisarle que no sabía con seguridad si regresaría o no a Londres para el fin de semana, ella se aseguró de que el tanque tuviera nafta por si él lo necesitaba.
¿Fue Mr. Marius Steen quien telefoneó?
—No. Fue su hijo Nigel. Llamó para avisar que él regresaba esa noche.
—¿El viernes?
—Sí. Pero que su padre seguía inmerso en sus guiones y no estaba seguro de lo que haría. De manera que pensé que era mejor que cargara nafta, por si Mr. Marius Steen regresaba a la ciudad ese fin de semana.
Usted sabe lo que es conseguir nafta ahora.
El sargento detective Mc Whirter asintió gravemente. Pensaba en su viejo Morris Traveller, de once años atrás, y en la creciente dificultad de llevar a su mujer y a los niños a dar una vuelta. Los rellenos de espuma de goma metidos en las mejillas de Charles Paris empezaban a hacerse sentir en forma acuciante.
—Tuve suerte —siguió diciendo Miss Menzies —. Conseguí llenar el tanque en el garaje donde voy siempre.
—¿Y el tanque seguía lleno el lunes?
—Sí.
—¿Y eso no hubiera sido posible si hubiesen hecho en él un viaje de ida y vuelta a Streatley?
—¡Dios mío, no! —Miss Menzies lo miró como si estuviese loco.
—Lo siento —dijo el sargento detective Whirter, impasible —. Tengo que comprobar todos los detalles. Algunos autos tienen el indicador de nafta marcando siempre lleno. Si no lo tienen en condiciones.
—Sí, claro. Lo siento. Al Datsun en realidad le pasa eso. Se para en
«lleno» por un tiempo y después cae rápidamente.
—¿Pero no seguiría marcando lleno todo el tiempo mientras iba y volvía de Streatley?
—No. Rinde bien pero no tanto. Puede ser que haga uno de los trayectos sin marcas, pero con seguridad no los dos. De todas formas, nadie pudo entrar en el garaje de Orme Gardens. Siempre está cerrado con llave.
—Naturalmente. Siento todo esto. Tenemos que controlar. Temo que la vida de un Detective se pase la mayor parte del tiempo siguiendo pistas muertas y haciendo perder el tiempo a la gente.
—No se preocupe.
—Bien. —El sargento detective Mc Whirter se levantó para irse y después se detuvo —. Es muy meritorio que se ocupe de la nafta. ¿Es parte habitual de sus deberes como secretaria?
—Soy más bien una asistente de Mr. Steen. Quiero decir, lo era.
Había una ligera resquebrajadura en su coraza, así que él la presionó un poco más.
—Sí. Una triste pérdida.
—Sí.
Charles se dio cuenta cuán tensa se la veía, mucho más vieja que la semana anterior. Aunque seguía impecable, parecía sin embargo menos equilibrada. Mientras su apariencia permanecía, la voluntad había desaparecido.
—Supongo que ahora todo dependerá del hijo.
—Supongo que sí. —No pudo disimular su desdén.
—Siempre es triste para una familia una cosa así. ¿Su mujer todavía…?
—Murió hace años.
—¡Ah! ¿Y jamás pensó en volverse a casar?
—No. No lo pensó.
Pronunció las palabras con súbito énfasis y Charles advirtió claramente el alcance de las palabras de Jacqui «Ella amaba a Marius». Indicaban que Joanne Menzies efectivamente había amado a Marius Steen. Si ese amor fue o no recíproco no lo sabía (aunque con la reputación de Steen era probable) pero el nuevo hecho abría caminos interesantes al pensamiento.
Ella amaba a Steen y estaba altamente predispuesta en contra de su nuevo casamiento. La fuerza controlada de su emoción cuando hablaba sobre eso asustaba. Una mujer con sentimientos de tal intensidad puede ser capaz de cualquier acción si piensa que el hombre que ama está verdaderamente enamorado de otra. Agregaba una nueva dimensión al cuadro.
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