Por orden de desaparicion
El rey vil
CORRÍAN por la carretera M4 a cincuenta millas por hora, ignorando desdeñosamente los límites establecidos. Tomaron por la autopista hasta Theale, pasaron por el lugar donde murió Bill Sweet, cruzaron rutas oscuras, dejando atrás Teidmarsh, Pangbourne, Lower Basildin, en dirección a Streatley. A una milla de la ciudad, el Cortina de repente perdió velocidad y tuvieron que detenerse al costado de la carretera.
—¡Mierda! ¡Maldita nafta! Todo depende de ella y me olvidé de llenar el tanque.
—Puede ser que haya un bidón de repuesto — dijo Joanne.
Pero no había nada en el portaequipaje. La odiosa eficiencia de Miles no existía cuando se la necesitaba de veras.
—Tendré que hacer a pie el resto del camino — dijo Charles y se metió en la bruma.
—¿Qué puedo hacer? —La voz de Joanne gritaba detrás de él.
—Llame a la policía.
Marchaba a los tropezones y a veces corría. Le dolía todo el cuerpo y tenía la sensación de que se le iba a desprender el brazo herido. El esfuerzo de los últimos días empezaba a hacerse sentir y sabía que ya no le quedaba mucha energía. Si llegaban a la violencia, no iba a poder hacer gran cosa.
No le apetecía enfrentarse con Jem y Eric (estaba seguro de que eran ellos los que habían raptado a Jacqui).
Estaba sudando a pesar del frío. La ropa le resultaba pesada e incómoda.
La carretera parecía estrecharse delante de él hasta el infinito; la oscuridad reemplazaba a otra oscuridad, mientras seguía, tambaleante, hacia adelante.
De tanto en tanto un auto lo cruzaba, lo encandilaba con sus faros delanteros y desaparecía.
Por fin llegó a lo alto de la cuesta que descendía hasta las pequeñas ciudades de Streatley y Goring, separadas, al igual que sus respectivos condados de Berkshire y Oxfordshire, por el río Támesis. Reavivado por la proximidad de su objetivo, Charles echó a correr, a pesar del dolor, por la carretera, hacia los conocidos portones blancos. Pensó que el ir a pie probablemente fuera una ventaja. Un auto sobre la grava debía de oírse desde la casa, y en su posición necesitaba las ventajas.
Abrió una de las hojas del portón lentamente, tratando de que no raspara el pedregullo. Después dio la vuelta al macizo de flores hacia el costado del sendero para ahogar sus pisadas. La casa parecía estar tranquila y como de costumbre, excepción hecha de un auto extraño estacionado ante la puerta principal. De nuevo, como en otra oportunidad, se veía un rayo de luz que salía del dormitorio de Marius Steen. ¿Sería posible que se repitiera la anterior buena suerte y que encontrara la puerta del depósito abierta?
Caminando siempre por el césped se arrastró en silencio hasta la parte trasera del garaje. Se acercó a la puerta y buscó el picaporte.
Cerró los ojos, rezó en silencio, y dio vuelta al pomo. Durante un instante pareció que no se movía, pero después felizmente lo consiguió.
Se deslizó en el depósito que precedía al garaje, caminando con precaución, y llegó hasta el interruptor de luz. La habitación había sido ordenada desde su última visita. Todas las latas y las cajas habían sido colocadas en los estantes; pero, gracias a Dios, la linterna seguía todavía en su lugar. La tomó y empezó a actuar siguiendo el plan que había elaborado a medias durante el viaje en el agotado Cortina.
Cerró la puerta por la que había entrado y metió la llave en su bolsillo.
Después estudió la puerta de comunicación con el garaje. Carecía de cerradura. Durante un momento se quedó quieto, derrotado; pero su memoria trabajó aceleradamente. Se metió en el garaje, abrió la puerta del Rolls y dirigió la linterna hacia el tablero. Con una mueca sonriente de satisfacción regresó al depósito y miró el tablero de la luz. Cerró los ojos y memorizó las ubicaciones. Luego, con una serie de rápidos movimientos,
fue cerrando los conmutadores uno por uno. Se introdujo corriendo en el auto para ponerse a salvo.
Se oyeron voces en la habitación de arriba, luego el lento ruido de gente que bajaba las escaleras hacia el garaje. La débil luz de un fósforo brilló, cruzando la puerta desde la casa. Charles se encogió en el tapizado del asiento delantero del Rolls.
Se oían dos voces: una lenta y profunda, otra más alta, londinense y gimoteadora. Pensó: Jem y Eric. Entraron en el depósito. Charles oyó el raspar de un fósforo, luego una gruñona maldición. Rezando de nuevo dio vuelta a la llave de contacto del Rolls, que funcionó inmediatamente. Lo puso en primera y lo dirigió lentamente hacia adelante hasta dar en la puerta del depósito; la cerró y la arrancó. Luego apretó el freno de mano y saltó. El ruido de los martillazos de Jem y Eric lo persiguió mientras subía corriendo las escaleras con la linterna hacia el dormitorio de Marius Steen. En el momento en que entraba, uno de los prisioneros debió encontrar los conmutadores, pues las luces se encendieron.
El espectáculo era horrible: Jacqui yacía sobre la cama inconsciente.
Expuesta sobre una sábana, desnuda y con las piernas separadas. Otra sábana se extendía arrugada sobre sus muslos. A ambos lados, encandilados por la súbita luz, se encontraban Nigel Steen y el doctor Lefeuvre. En una banqueta, y sobre un lienzo, se alineaban una serie de instrumentos brillantes. En la mano larga y pecosa del médico resplandecía un escalpelo.
Nigel fue el primero que habló.
—Charles Paris… Se está exponiendo a un riesgo muy grande.
—No tanto como usted, Steen.
Se produjo un silencio. Nadie se movió. Después llegó el renovado repiqueteo desde abajo de la escalera. El doctor Lefeuvre dejó caer el escalpelo sobre los otros instrumentos, los envolvió en el lienzo y los metió en el maletín.
—Yo me voy, Steen.
El pánico asomó a la cara de Nigel.
—No puede hacer eso. Necesito su ayuda.
—No, Steen. Salga de esto usted solo.
—Tiene que ayudarme.
—No.
—Usted hizo otras cosas por mí.
—No por usted. Por dinero.
—Diré a la policía lo que hizo.
—No lo creo. Tendría que dar muchas explicaciones sobre sus propios actos. De todas maneras, para entonces habré salido del país. Tenía planeado regresar a Australia cuando hubiera ganado lo suficiente. Y
gracias a usted — golpeó el maletín — ha llegado el momento.
—Pero…
—Adiós, Steen.
El doctor Lefeuvre abandonó la habitación. Ni Charles ni Nigel hablaron mientras se oían sus pisadas en la escalera, el golpe en la puerta principal, el portón que se abría y el auto que arrancaba desparramando grava.
—¿Qué es lo que quiere, Paris? ¿Dinero? — dijo de repente Nigel Steen.
—No.
—Le puedo dar una cantidad. Le pagaré por su silencio.
—Y me mandará a sus matones en cuanto le dé la espalda. No, gracias.
—¿Qué quiere entonces?
—Solo hablar. Ver si lo que yo creo es correcto… hasta que llegue la policía.
—Ya veo. Venga por aquí.
Nigel Steen indicó a Charles, con lo que él creía era un gesto aristocrático, la puerta del despacho vecino. Se sentó detrás del escritorio y ofreció al hombre mayor un sillón tapizado de felpa.
—Bueno —dijo en un tono de voz deliberadamente tranquilo —.
Veamos qué es eso de la policía. ¿No debería ser yo quien los llamara para que lo arrestaran como un asaltante?
—Puede intentarlo. Pero creo que van a encontrar su caso más interesante.
—¿Le parece? ¿Por qué? ¿De qué me acusa? La pericia ha probado ya que yo no asesiné a mi padre.
—Ya lo sé. De eso no lo voy a acusar.
La cara de Nigel palideció.
—¿De qué entonces?
—Se lo voy a decir. Deténgame si me equivoco. La historia como lo la veo es esta. El sábado 19 de diciembre su padre, Marius Steen, fue a la reunión del King Theatre para celebrar la milésima representación de Sexo de uno y Media Docena de Otro. Se divirtió en la reunión, bailó, bebió y en total lo pasó extraordinariamente bien. Al día siguiente, domingo 2 de diciembre, su padre, por causa de sus excesos, tuvo su segundo ataque cardíaco y murió. Usted, con un agudo sentido de su propia conveniencia, se dio cuenta de que ahora debería pagar un infernal monto de impuestos por la donación que recibió de su padre. En el caso de que hubiese fallecido solo quince días después, hubiesen sido seis y no cinco los años transcurridos desde que la propiedad le fuera transmitida. Si usted podía mantener la ficción de que su padre seguía todavía en vida otra quincena más, usted se ahorraría (puesto que la propiedad sobrepasa el millón) alrededor de doscientos cuarenta mil libras. Un cuarto de millón de libras ha sido motivo de crímenes peores que el que usted intentaba ahora.
»Obviamente necesitaba ayuda y la tenía a mano. El querido doctor Lefeuvre, que ya había efectuado por lo menos un aborto por orden suya, estaba siempre dispuesto para cohechos. Si no fuese así lo podría chantajear. Todo lo que tenía que hacer era acudir cuando lo llamara y firmar el certificado de defunción con todos los datos correctos, excepto la fecha.
»Claro que había un problema. La policía podía querer ver el cadáver; el enterrador, con seguridad que sí. ¿Cómo preservarlo? ¿Por qué no en el viejo y óptimo freezer? Mantener el viejo ahí, sacarlo a su debido tiempo para descongelarlo, quizás hasta meterlo en un baño caliente para disimular cualquier rastro de su preservación y ya estaba.
»Así que avanzada la noche del domingo, llevando el cadáver de su padre en el Rolls, usted manejó hasta Streatley, retiró unas pocas cajas del congelador y lo metió allí. El lunes, después de cometer una equivocación al telefonear al «Evening Standard» (yo comprendo las razones de esa equivocación; después de todo, era una oportunidad enviada del cielo para confirmar la existencia de su padre en vida) usted tomó un tren a Londres…
Aquí estoy adivinando, pero eso no importa mucho.
»Todo estaba en orden, y el hábito conocido de su padre de encerrarse con los guiones hacía que su ausencia fuera comprensible. El único inconveniente era Jacqui. Si seguía tratando de ponerse en comunicación con su padre podría ser comprometido. Pero ella estaba sola y no era muy valiente. Intimidándola un poco se quedaría quieta. Una carta anónima. Y si eso no bastaba, Jem y Eric destrozarían su piso. Fácil.
»El martes usted regresó a Streatley para mantener el mito de que su padre seguía al frente de sus asuntos y quizás para arreglar unos pocos detalles con el doctor Lefeuvre. ¿O tal vez para presionarlo?
»Luego, el sábado, algo lo sacudió. Usted perdió la serenidad, viajó en auto a Streatley en secreto cambió el tape en el Ansaphone de su padre, preparó el cadáver y cambió todo su plan, adelantándolo en una semana.
Debo confesar que esto no lo entiendo; es lo único que no comprendo. Al hacer eso echaba a perder todo el plan. Perdía dinero. Sin duda tuvo sus razones.
»Pero cuando el nuevo testamento apareció a la luz del día, usted se vio expuesto a perder aún más dinero. Así que, advirtiendo el punto débil del testamento redactado con demasiada precipitación, comenzó a dirigir su vendetta sobre el bebé de Jacqui, una vendetta que el doctor Lefeuvre estaba a punto de completar cuando llegué. Sin duda antes de eso usted utilizó las habilidades más crueles de Jem y Eric. Con seguridad cuando usted advirtió mi conexión con el caso en Bloomwater fueron esos matones los que lanzó sobre mí.
»Bien, supongo que este es el resumen de mis conclusiones. ¿Qué tal?
Levantó la vista hacia Nigel Steen. La cara del hombre estaba blanca y apuntaba al pecho de Charles con una automática. Pero seguía tratando de fanfarronear.
—Excelente —dijo lentamente—. ¿Cómo supo lo de las cajas del congelador?
—¡Ah! Debo confesar que estuve antes en la casa. Justo antes del dramático «descubrimiento» del cadáver de su padre. Yo… Caí sobre las cajas. Eran pesadas y tenían escrito sobre ellas «No volver a congelar».
Pero en ese momento no me di cuenta de lo que significaba. Lo siento.
Estuve algo lento para captarlo.
—Ya veo. Bien, de todos modos lo voy a matar. Es un intruso en mi casa, lo encuentro, saco mi arma, me ataca usted y en la pelea que se suscita desgraciadamente se dispara un tiro.
—Si tiene tanto éxito como con sus crímenes anteriores, creo que estoy bien a salvo.
—¡Quieto! —Nigel sacudió el revólver —. Le voy a contar los detalles.
En una cosa está equivocado al hablar de mi crimen. Lo que usted señala puede ser clasificado como fraude y vejamen, quizás. Pero de hecho sí hubo un crimen.
—Sí, lo sé.
Steen abrió la boca, asaltado por el dramatismo de la afirmación.
Charles continuó:
—El asesinato de Bill Sweet.
—¿Quién?
—Bill Sweet, el hombre que encontraron muerto con un tiro en la cabeza en Theale.
—¿Se llamaba así? No lo sabía.
—¿Quiere decir que no sabía que estaba relacionado con su padre?
—No.
—¿Qué ocurrió, Steen?
—Íbamos por la carretera M4 cuando de repente apareció ese loco en medio del camino haciendo señas de que nos detuviéramos. Hice un giro para evitarlo y golpeé su estúpido autito. Traté de seguir, pero se acercó al auto con el cuento de que se había quedado sin nafta. Después miró dentro del coche, vio a mi padre encogido y empezó a hablar. Perdí la serenidad y disparé sobre él. Revisé sus bolsillos y no sé por qué motivo los tenía llenos de fotos obscenas. Las tomé, así como su billetera y tiré todo junto con el arma al río.
—¿Por qué su billetera?
—Para esconder su identidad. No lo sé. Me entró el pánico. Quería olvidar todo lo que se relacionara con él, pretender que no había sucedido.
—¿Y fue por ese motivo que no tocó más al Rolls desde esa noche?
Hasta dejó las llaves de su padre puestas. Parece que entra en pánico muchas veces, ¿no es cierto? Es un criminal muy impresionable.
—Si mi plan hubiera resultado habría sido una obra maestra. Salvar un cuarto de millón es lo que mi padre hubiese hecho. — La envidia que se percibía en su voz era casi patética.
—Pero jamás podrá hacer lo que su padre hizo. ¿Lo podría, Nigel?
Negocios, mujeres, hasta crímenes. Usted jamás lo haría. — Los nudillos de Nigel Steen blanquearon al apretar el arma y Charles elevó una silenciosa oración. De repente parecía que se estaba volviendo muy religioso —.
Porque jamás tendrá riñones para terminar nada — continuó diciendo —.
¿Por qué cambió su plan?
—Por su culpa, maldito —Nigel escupió el insulto.
—¿Yo?
—Sí, usted y ese maldito asunto del detective sargento Mc Whirter.
Cuando telefoneó ese sábado para cotejar la patente del Rolls pensé que la policía andaba tras el crimen de Theale.
—¡Dios mío! —Charles había olvidado por completo la primera aparición del detective Mc Whirter. Lo recordó vagamente. Y eso había arruinado el crimen de Nigel. Charles pudo haber elegido cualquier excusa para telefonear. Y había sido por pura casualidad que inventó esa explicación sin sentido del robo de las chapas —. ¿Así que fue por eso por lo que regresó en el Datsun, adelantó la ejecución del plan y perdió un cuarto de millón de libras?
—Sí.
—¡Dios mío! —Charles estaba totalmente petrificado pero en realidad no tenía tiempo para analizar sus reacciones. Nigel seguía apuntándole formalmente con el arma —. Nigel, yo que usted guardaría el arma. La policía va a llegar. Tiene una chance, como las cosas están hasta ese momento. No tienen por qué enterarse del asesinato de Sweet; solo le acusarán de los otros cargos.
—No lo creo, Paris. Está fanfarroneando. No va a venir nadie de la policía.
—Sí —Charles rogaba que fuera cierto lo que estaba diciendo —.
Joanne Menzies los fue a buscar.
—Así que también se ha juntado con usted. Perra.
—Creo que es mejor que deje ese revólver, Nigel — Charles se puso de pie.
—No se mueva. Le voy a disparar. — Nigel mantenía el arma alejada, y como si tuviera miedo del estruendo que iba a producirse.
Charles transpiraba. Trató con desesperación de controlar la voz.
—No, Nigel, no me va a disparar. Esto sería a sangre fría, Nigel. Algo que tiene que pensar. No es como disparar a Sweet en un momento de pánico ciego. No es como hacerlo por control remoto, como cuando ordenó a Jem que extendiera el alambre. Esto es cometer un crimen personalmente, Nigel.
Los dos hombres se enfrentaban, se intercambiaban miradas y la pistola estaba dirigida directamente al corazón de Charles. Esa pausa parecía no tener fin.
De repente la campanilla sonó. Nigel se puso tenso. Parecía que iba a disparar y Charles cerró los ojos. Luego oyó el ruido del arma que caía sobre el escritorio. Miró a Nigel Steen y vio el brillo de las lágrimas en sus ojos cuando el joven se abalanzó hacia la puerta.
Charles se derrumbó como un muñeco con la mano caída y se quedó un largo momento doblado en dos. La campanilla de la puerta seguía sonando.
Pero antes de bajar las escaleras se arrastró hasta el dormitorio de Marius Steen.
Jacqui seguía todavía inconsciente, respirando pesadamente, debido a la anestesia. Con precaución Charles levantó la sábana que cubría sus muslos.
No se veía sangre, ninguna señal de que la hubiesen tocado. Mientras bajaba la vista hacia el cuerpo que una vez amó, dio gracias a Dios por haberle permitido llegar a tiempo.
Cuando abrió la puerta del piso inferior, oyó el ruido de una lancha a motor que salía de su hangar por la parte de atrás. Frente a él, en el umbral, estaba Joanne Menzies… sola. Le faltaba la respiración.
—No pude conseguir la policía. No encontré un teléfono. Vine caminando desde donde se detuvo el auto.
¡De modo que había sido un bluff! Charles empezó a reír; risas espasmódicas sacudían su cuerpo. Apretó a Joanne entre sus brazos no por
amor ni por lujuria. Una simple demostración de alegría por sentirse con vida.
La lancha fue encontrada estrellada contra el puente Goring. Erró el parapeto y cayó por el declive contra los escalones de la presa. El cadáver de Nigel Steen fue encontrado en unas malezas cercanas, una milla aguas abajo. Si la muerte fue por suicidio o por su acostumbrada tendencia al fracaso, nunca se pudo aclarar.
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