Por orden de desaparicion

Simon Brett · Capítulo 4 de 19

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Por orden de desaparicion

El príncipe encantado

GEORGE, el portero del Teatro Dryden lo miró suspicazmente.

—¿Cómo se llama?

—Charles Paris. Mr. Walton me espera.

La cara de George reflejó la duda y se dio vuelta hacia el teléfono.

Charles había esperado por un segundo que el viejo lo reconociera. Después de todo durante dieciocho meses había concurrido noche a noche a trabajar en La Ninfa Acuática, solo diez años atrás. Pero no, el nombre de Charles Paris no le decía nada. Eso de que los viejos porteros nunca olvidan una cara es un mito. George era un maldito boludo y siempre lo había sido.

—Mr. Walton todavía no regresó a su camarín.

—Esperaré.

Charles se apoyó en la pared. El portero observaba al visitante como si sospechara que pudiera robar las lamparitas.

Había un poster grande del show desplegado en la parte interna de la puerta del escenario. Una enorme foto de Bernard, persiguiendo ardorosamente a dos figuras de muchachas en bikini. Eso es el estrellato: una verdadera foto. A los mediocres solo les corresponden figuras.

La mente de Charles retrocedió a la época en que conoció a Bernard en Cardiff… Un joven torpe, más bien inseguro, con un ligero tartamudeo.

Aún entonces había sido agresivo, decidido a triunfar. En aquel entonces Charles era director y lo contrató para el papel del joven Marlowe en Ella se Humilló Para Conquistar. No era buen actor, pero Charles lo hizo actuar tal cual era y dio resultado. El tartamudeo se acomodaba al desconcierto de Marlowe, y Bernard consiguió una buena crítica. Un par de años sobre

escenarios haciendo papeles de idiotas nerviosos, después una serie para televisión y ahora entraba en su segundo año con Virgen en Ridículo, con críticas nauseabundas y enamorando a la juventud.

—¿Por qué no intenta de nuevo?

George aceptó gruñendo. Esta vez lo consiguió.

—Mr. Walton, aquí está un señor… ¿cómo dijo que se llama?

—Charles Paris.

—Un señor que dice ser Charles Paris quiere verlo. ¡Oh, muy bien!

— Colgó el teléfono —. Mr. Walton lo espera. — Con un tono de indiscutible sorpresa agregó: — Camarín uno. Bajo el…

Pero Charles conocía la disposición del teatro y recorrió el pasillo.

Golpeó en la puerta y Bernard la abrió rezumando bonhomía desde su bata de seda.

—Charles, querido muchacho. ¡Qué gusto verte!

¿Querido muchacho? Charles se empacó ligeramente al oír eso y después se dio cuenta de que Bernard en realidad se tenía por un Noel Coward. Toda una estrella.

—Encantado de verte, Bernard. ¿Cómo te va?

—¡Oh! Comme ci, comme ça. A la audiencia le gusta. Es un gran éxito a pesar de la crisis o como quiera que se llame, De manera que no me puedo quejar. Acabo justo de abrir una botella de champagne. Si tú…

—¿Tienes whisky?

—Por supuesto. Sírvete. En ese aparador.

—Bernard. He venido a pedirte un favor. Será mejor que vaya directamente al grano.

—Seguro. ¿En qué puedo servirte?

—Conoces a Marius Steen, ¿no es cierto?

—Sí, ese viejo zorro. Es dueño de la mitad de este show. Sabes, si Marius Steen no existiera, sería necesario inventarlo.

Aforismos además —pensó Charles — Noel Coward tenía mucho de que responder. Generaciones de actores que sin pizca de talento se apoderaron de sus actitudes.

—El caso es que deseo que me lo presentes.

En ese momento la puerta se abrió y Margaret Leslie entró rutilante, su delgada figura envuelta en un gran tapado de corderito.

—¡Maggie querida! —dijo Bernard abrazándola —. Mi amor, ¿conoces a Charles Paris? Charles, ¿te encontraste con Maggie alguna vez?

—No. En realidad no, pero he admirado su trabajo desde hace mucho.

Charles se habría cacheteado por el clisé. De todos modos era cierto.

Era una actriz estupenda y se merecía su fenomenal éxito.

—¿Charles Paris? —murmuró seductora —. ¿No escribió usted esa muy brillante pieza El Contribuyente? — Charles lo reconoció avergonzado —.

¡Oh! ¡Estoy encantada de conocerlo, Charles! La hice una vez. El papel de Wanda.

—Glenda.

—Sí, tiene razón.

—Charles me ayudó en grande al comienzo de mi carrera — dijo Bernard con cuidadoso profesionalismo —. No hubiera llegado a ninguna parte sin su ayuda. Lo que se dice a ninguna parte.

Charles se sintió disminuido con ese cumplido. Hubiera preferido que Bernard no dijese una palabra antes que patrocinarlo. Era el mismo agradecimiento que el de la estrella de Esta es tu Vida, cuando le agradecía al maestro de la aldea el haberla llevado por primera vez al teatro.

—Charles acababa de preguntarme por Marius.

—¡Oh, Dios! —dijo Maggie dramáticamente y rio.

Eso colocó a Charles en un brete. No le importaba pedir a Bernard un favor, pero era embarazoso estando Maggie delante.

—Dijiste que querías que te lo presentara — apuntó Bernard.

No había nada que hacer. Tenía que seguir adelante.

—Sí. Yo… yo… —había preparado un cuento pero era difícil con auditorio —. He escrito una obra. Una comedia ligera. Pensé que sería adecuada para Steen.

—Ya veo. ¿Y quieres que te lo presente para que puedas vendérsela?

—Sí —Charles se sentía humillado. Jamás se habría humillado así, si en realidad hubiera tenido que vender una de sus obras. Pero pensaba que era la única manera posible de acercarse a Steen —. Espero que no te moleste mi pedido…

—No. Claro que no. Somos viejos compañeros de actuación. Encantado de hacerte un favor —. Y lo decía de corazón. Era el gran actor, y ahí estaba ante él un viejo amigo, de menos éxito, esperando que lo ayudaran. Charles se estremeció al pensar en lo que estaba haciendo —. ¿Es algo urgente, querido?

—Algo. Hay un agente norteamericano tanteando…

—¡Ah! —El tono de Bernard acusaba su duda —. Bueno, déjamelo, viejo compinche. ¿Me diste tu teléfono?

Charles lo escribió. Margaret Leslie, que caminaba desganada por la habitación, levantó un guion de la mesa.

—¿Algo nuevo, Bernard?

—Sí, es horrible. Ni una sola carcajada. Me estoy enfermando por la forma en que me siguen mandando guiones cómicos. Este es un nuevo show, puede que no sea muy bueno, no importa: es obra de Bernard Walton, y tiene que arrancar aunque sea unas pocas carcajadas. Probablemente lo conseguiré; pero debería tener un poco de apoyo de los guionistas. Debes escribir algo para mí, Charles — agregó amorosamente.

—En verdad no es ese mi estilo, Bernard.

—¡Oh! No sé.

—Bernard —insinuó Maggie—. Creo que debemos…

—¡Dios mío, sí! ¿Ya es hora? Charles, salimos a comer. ¿Quieres venir?

Vamos a Yvy. Van a estar Miles, John y Prunella. Y Richard, me imagino.

Estoy seguro de que podrán hacer lugar para otro más.

Charles rehusó cortésmente. No podía aguantar una velada de brillantes e impertinentes charlas del ambiente de la farándula. Una vez fuera del teatro aspiró con fuerza el aire frío de la noche pero no llegó a limpiarle el interior. Se seguía sintiendo mancillado por lo que había tenido que hacer…

arrastrarse ante alguien como Bernard Walton.

Había una única solución. Llamó a un taxi y se dirigió a Montrose. Si esa sensación no lo abandonaba quizás podría matarla.

Unos tremendos golpes en la puerta. Charles se tiró de la cama y a los tropezones fue a abrir. Una de las muchachas suecas estaba parada frente a él, envuelta en una bata floreada de nylon. Charles tuvo tiempo de advertir

que parecía una toalla circular antes que su cabeza se aclarara. Sintió como si lo hubiesen partido en dos con un cincel y como si alguien estuviera restregando las dos partes, una contra otra.

—Teléfono.

La muchacha sueca voló. Charles trató de bajar las escaleras con los ojos cerrados para aliviar el dolor. Buscó el tubo y lo llevó con cautela al oído.

—¿Hola?

—Charles. ¡Lo hice! —La voz de Bernard sonaba insoportablemente alegre al extremo. Charles gruñó sin comprender —. Hablé a Marius.

—¡Ah!

—Bueno, en realidad no he hablado con él, pero hablé con Joanne su secretaria y he arreglado una entrevista para esta tarde a las cuatro. Eso si es que regresa. Aparentemente fue a Streatley a pasar el fin de semana, pero Joanne dice que debe regresar hoy. Fara asistir a una cena de caridad.

—Mira, Bernard. Yo… yo… —Charles se exprimía el cerebro tratando de encontrar las palabras —. Gracias… yo… no sé…

—Ni lo digas, querido… —La voz de Bernard sonaba como si estuviera inaugurando un Beneficio: generoso y protector —. ¿Sabes dónde está la oficina de Marius?

—No. Yo…

—En Charing Cross Road. Milton Buildings. Justo más allá de Garrick.

—¡Ah! Mira… yo…

—¡Querido! Ni una palabra más. Solo espero que te sirva de algo.

Siempre estoy contento de hacer un favor. Tú me ayudaste en mis comienzos. ¿No?

Si algo enfermaba a Charles era la bonhomía de Bernard.

Para las cuatro menos cuarto el dolor de cabeza había disminuido hasta ser una molestia sorda. Encontró sin mucha dificultad los edificios Milton en Charing Cross Road, aunque la entrada era angosta, apretada, entre un café y una librería.

Dentro, de todas maneras, los edificios eran espaciosos. El tablero, abajo, estaba repleto de una impresionante lista de empresarios teatrales,

agentes y abogados. Las «Producciones Marius Steen» estaban situadas en el segundo piso. Charles subió en el viejo ascensor de factura anticuada. El sobre dentro del bolsillo interior parecía abultar enormemente. Se sentía como cuando salió en Oxford con una muchacha por vez primera. Sintió una punzada de turbación por la torpeza de su juventud, «INFORMES» y una flecha grande en dorado sobre la pared. Señalaba una puerta artesonada de roble. Charles golpeó.

—Adelante.

Había una secretaria sentada detrás de un sólido escritorio Victoriano.

Tenía que ser Joanne. Soltera, de unos cuarenta años, pero no la común secretaria solterona arreglada en exceso. Parecía ser competente y casi atractiva en sus severas maneras. Soltera por decisión, no por falta de ocasión. Se levantó para saludarlo.

—Usted tiene que ser Mr. Paris.

—Sí.

—Pensé que lo reconocería por la televisión.

—¡Ah!

No hay contestación a eso, pero es gratificante.

—Mr. Paris, lo siento mucho. Tendría que haberme comunicado con usted, pero no tenía su número de teléfono. Siento decirle que Mr. Steen no ha regresado del campo.

—¡Oh!

—Sí. Lo siento. Pensé que debía regresar hoy. Aparentemente está leyendo algunos guiones y…

—Está bien.

—¿Nadie más lo puede ayudar? Mr. Cawley tiene mucho que ver con la administración.

—No, creo que no.

—O tal vez Mr. Nigel Steen esté más tarde en la ciudad. Con seguridad habrá regresado de su fin de semana.

—¿Estuvo en Streatley?

—Fue ayer. Quizás él pueda…

—No, no gracias. Quiero ver a Mr. Marius Steen en persona.

—¡Ah! Bueno, lo siento. Le expliqué a Mr. Walton que…

—Sí. No se preocupe.

—Déjeme usted su teléfono, de manera que yo lo pueda llamar cuando Mr. Steen regrese y podamos fijar otra entrevista.

—Sí.

Así era la cosa. Charles salió de la oficina sintiéndose defraudado, con su paquete de fotos pornográficas. Caminó a lo largo de Charing Cross Road tratando de pensar qué hacer a continuación. Galahad al oír que alguien había encontrado el Santo Grial. Caballero Errante sin mandato.

Telefoneó a Jacqui desde la estación de subterráneo de Leicester Square y le comunicó su falta de progreso.

—¿Dices que ahora está en Streatley?

—Sí.

—¿Y que Nigel regresa a la ciudad?

—Probablemente. Pero no trates de verte con él, Jacqui. Déjamelo a mí.

Lo veré después del fin de semana.

—Sí. —Se quedó pensando.

—Lo arreglaré, Jacqui.

—Sí. —Muy seca.

Charles caminó sin rumbo desde Leicester Square hasta Piccadilly. Un cartel anunciaba films de Tom y Jerry y cortos de Chaplin. Dudó por un momento pero su mente demasiado embargada como para desviarla. Tenía que averiguar algo más sobre Marius Steen. De manera que volvió sobre sus pasos hacia el subte de Picadilly y sacó un billete para Tower Hill.

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