Prosas principales

Arthur Rimbaud · Capítulo 10 de 53

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Prosas principales

Adiós

 

¡Llegó el otoño! Pero, ¿por qué añorar un sol eterno si estamos lanzados al descubrimiento de la claridad divina, lejos de las gentes que mueren durante las estaciones?

Otoño. Nuestra barca levantada en las brumas inmóviles se encamina hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme en el cielo manchado de fuego y de fango. ¡Ah, los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me han crucificado! No terminará nunca, entonces, nunca, esta otra reina, de millones de almas y de cuerpos muertos y que serán juzgados. Me veo de nuevo con la piel roída por el fango y la peste, los cabellos y las axilas llenos de gusanos y todavía otros más grandes en el corazón, abandonado entre desconocidos sin edad, sin sentimiento… Podría haber muerto allí… ¡Horrible evocación! Execro la miseria.

Y desconfío del invierno porque es la estación de la comodidad.

—A veces veo en el cielo playas infinitas repletas de blancas naciones alegres. Un gran bajel de oro encima de mí, agita sus gallardetes multicolores en las brisas mañaneras. He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. He intentado inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. He creído adquirir poderes sobrenaturales. Pues bien, ¡tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador apasionado!

¡Yo!, yo que me he llamado mago o ángel, dispensado de toda moral, he sido devuelto a la tierra, con un deber a buscar y una realidad rugosa a abrazar. ¡Cazurro!

¿Se me engaña? La caridad, para mí, ¿sería hermana de la muerte?

En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentiras. Vámonos.

Pero, ¡ni una mano amiga!, y, ¿de dónde extraer el socorro?

* * *

Sí; por lo menos, la hora nueva, es muy severa.

Puesto que puedo decir que alcancé la victoria: el rechinar de dientes, los silbidos del fuego, los suspiros apestosos que se moderen. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimas nostalgias se recogen —los celos por los mendigos, los bandidos, los amigos de la muerte, los retrasados de toda especie. — Condenados, ¡si me vengara!

Hay que ser absolutamente moderno.

Nada de cánticos: mantener el paso ganado. ¡Dura noche!, la sangre reseca humea sobre mi rostro, y no hay nada tras de mí, ¡solamente este horrible arbolillo!… El combate espiritual es tan brutal como la batalla entre hombres; pero la visión de la justicia es sólo placer de Dios.

No obstante, es la víspera. Recibamos todos los impulsos de vigor y de ternura real. Y, a la aurora, armados de una paciencia ardorosa, entraremos en las espléndidas ciudades.

¡Qué hablaba yo de mano amiga! Ya es una ventaja que pueda reírme de los viejos amores embusteros y llenar de vergüenza estas parejas embusteras —he visto allí abajo, el infierno de las mujeres—; y me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.

abril-agosto 1873