Prosas principales
Mala sangre
He heredado de mis antepasados galos, el ojo azul claro, la frente estrecha y la torpeza en la lucha. Encuentro mi vestimenta tan bárbara como la suya. Pero yo no engraso mi melena.
Los galos eran los desolladores de animales, los quemadores de hierba más ineptos de su tiempo.
Conservo de ellos: la idolatría y el amor a lo sacrílego; —¡oh!, todos los vicios, cólera, lujuria —magnífica la lujuria—; sobre todo mentira y pereza.
Siento horror por todos los oficios. Patronos y obreros, todos campesinos, innobles. La mano que escribe vale lo mismo que la mano que ara. —¡Qué siglo de manos!—. Mi mano nunca será mía. Además, la domesticidad lleva demasiado lejos. La honestidad de la mendicidad me aturde. Los criminales me dan asco como los castrados: yo estoy intacto; pero me da lo mismo.
Pero, ¿quién ha hecho mi lengua de tal modo pérfida, que haya podido guiar y salvaguardar hasta aquí mi pereza? Sin ni siquiera servirme de mi cuerpo para vivir, y más holgazán que el sapo, he vivido en todas partes. No hay una familia en Europa que yo no conozca. Me refiero a familias como la mía, que lo deben todo a la declaración de los Derechos del Hombre— ¡He conocido cada hijo de familia!
* * *
¡Si, por lo menos, tuviese antecedentes en cualquier lugar de la historia de Francia!
Pero no, nada.
Me resulta evidente que siempre he sido de raza inferior. No llego a comprender la sublevación. Mi raza sólo se subleva para el pillaje: lo mismo que los lobos para con la bestia que no han matado.
Me acuerdo de la historia de Francia, hija primogénita de la Iglesia. Yo habría hecho, miserable, el viaje a Tierra Santa; tengo en la cabeza los senderos de las
llanuras suabas, vistas de Bizancio, las murallas de Solima[1], el culto a María, la ternura por el Crucificado se despiertan en mí entre mil hechicerías profanas. Estoy sentado, leproso, entre los cacharros rotos y las ortigas al pie de un muro comido por el sol. Más tarde, retirado, habría vivaqueado bajo las noches de Alemania.
¡Ah!, todavía ahora danzo el sabbat, en una calva rojiza con viejas y chiquillos.
No me acuerdo de nada más allá de esta tierra y del cristianismo. Nunca acabaré de verme metido en este pasado. Pero siempre solo; sin familia; y, además, ¿qué lengua hablaba? No me veo, de ningún modo, en los consejos de Cristo; ni en los consejos de los señores, representantes de Cristo.
¿Qué era yo en el siglo pasado? Sólo me encuentro ahora. Basta de vagabundos, basta de guerras inciertas. La raza inferior lo ha cubierto todo —el pueblo, como dicen, la razón; la nación y la ciencia.
¡Oh! ¡la ciencia! Todo se ha recuperado. Para el cuerpo y para el alma —el viático— están la medicina y la filosofía, los remedios de las buenas mujeres y las canciones populares arregladas. ¡Y las diversiones de los príncipes y los juegos que ellos prohibían! ¡Geografía, cosmografía, mecánica, química!…
¡La ciencia, la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo que adelanta! Y, ¿por qué no ha de girar?
Es la visión de los números. Vamos hacia el Espíritu. Es muy cierto, es un oráculo lo que yo digo. Comprendo, y no sabiendo expresarme sin palabras paganas, quisiera enmudecer.
* * *
¡La sangre pagana vuelve! El Espíritu está próximo, ¿por qué Cristo no me ayuda, dando a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay! ¡El Evangelio ha pasado! ¡El Evangelio, el Evangelio!
Espero a Dios con glotonería. Soy de raza inferior desde toda la eternidad.
Heme aquí en la playa armoricana. Las ciudades se iluminan por la noche. Terminó mi jornada; abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones; los climas perdidos me curtirán. Nadar, machacar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como de metal hirviente —como hacían esos queridos antepasados alrededor del fuego.
Volveré con miembros de hierro, la piel oscura, el mirar furioso: por mi máscara, se me juzgará de una raza fuerte. Tendré oro: seré vago y brutal. Las mujeres cuidan a estos feroces achacosos cuando vuelven de los países cálidos. Me mezclarán a los negocios políticos. Salvado.
Entretanto, soy un maldito, siento horror de la patria. Lo mejor, es soñar muy borracho, sobre la arena.
* * *
No nos vamos. —Volvamos a los caminos de aquí, cargado con mi vicio, el vicio que ha ahondado sus raíces de sufrimiento a mi lado, desde que tuve juicio— que sube al cielo, me pega, me tumba, me arrastra.
La última inocencia y la última timidez. Ya está dicho. No mostrar al mundo mis repugnancias y mis traiciones.
¡Vamos! La caminata, el fardo, el desierto, el aburrimiento y la cólera.
¿A quién me alquilo? ¿Qué bestia hay que adorar? ¿Qué santa imagen atacamos? ¿Qué corazones romperé? ¿Qué falsedad debo mantener? ¿Sobre qué sangre caminar?
Mejor será guardarse de la justicia. La vida dura, el simple embrutecimiento — levantar, el puño desecado, la tapa del féretro, sentarse, ahogarse. Así, nada de vejez ni de peligros: el terror no es francés.
—¡Ah!, me siento tan abandonado que ofrezco a no importa qué divina imagen todos mis anhelos hacia la salvación.
¡Oh mi abnegación, oh mi caridad maravillosa! ¡Ahí abajo, no obstante!
De profundis Domine, ¡si seré bestia!
* * *
Cuando era un niño todavía, admiraba al presidiario insoportable sobre el que se cierne constantemente el presidio; visitaba los albergues y los tugurios que él había consagrado por su permanencia en ellos; veía con su idea el cielo azul y el trabajo florido del campo; husmeaba su fatalidad en las ciudades. Él tenía más fuerza que un santo, mejor sentido que un viajero —y él, ¡sólo él! como testimonio de su gloria y de su razón.
Por los senderos, en las noches de invierno, sin refugio, sin ropa, sin pan, una voz oprimía mi corazón helado: «Debilidad o fuerza; hela aquí, es la fuerza. Tú no sabes por dónde vas ni por qué vas, entra por todo, responde a todo. No van a matarte más que si fueses un cadáver». Por la mañana, tenía la mirada, tan perdida y la continencia tan muerta, que aquellos a quienes he encontrado, tal vez ni me han visto.
En las ciudades, el fango me parecía, de pronto, rojo y negro, como un espejo cuando la lámpara circula por la habitación vecina como un tesoro en el bosque. Buena suerte, gritaba, y veía un mar de llamas y la humareda en el cielo; y a la izquierda y a la derecha, todas las riquezas llameando como millares de centellas.
Pero la orgía y la camaradería de las mujeres me estaban prohibidas. Ni siquiera un compañero. Me veía ante una multitud desesperada, ante un piquete de ejecución, llorando por la desgracia de que no pudiesen comprender, y perdonando. —¡Como Juana de Arco!—. «Sacerdotes, profesores, maestros, os engañáis entregándome a la justicia. Nunca he pertenecido a este pueblo; nunca fui cristiano; soy de la raza de los que cantan en el tormento; no comprendo las leyes; no tengo sentido moral; soy un bruto: os equivocáis…»
Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una bestia, un negro. Pero puedo ser salvado. Vosotros sois falsos negros, maníacos, feroces, avaros. Mercader, eres negro; magistrado, eres negro; general, eres negro; emperador, vieja carroña, eres negro; has bebido un licor no tasado, de la fábrica de Satán. —Este pueblo está inspirado por la fiebre y el cáncer. Inválidos y viejos son tan respetables que piden ser hervidos. —Lo más astuto es abandonar este continente, donde ronda la locura para proveer de rehenes a estos miserables. Entro en el verdadero reino de los hijos de Cam.
¿Conozco a la naturaleza, todavía? ¿Me conozco a mí mismo? Basta de palabras. Entierro a mis muertos en mi vientre. ¡Gritos, tambor, danza, danza, danza, danza! No se me alcanza de ver la hora en que, desembarcando los blancos, caeré en la nada.
¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!
* * *
Los blancos desembarcan. ¡El cañón! Hay que someterse al bautismo, vestirse, trabajar.
He recibido el golpe de gracia en el corazón. ¡Ah, no lo había previsto!
No hice nada malo. Los días van a ser ligeros, me ahorraré el arrepentimiento. No he sufrido los tormentos del alma casi muerta para el bien y en la que asciende la luz severa como los cirios funerarios. La suerte del hijo de familia, féretro prematuro cubierto de límpidas lágrimas. Sin duda la orgía es bestia, el vicio es bestia, hay que apartar a un lado la podredumbre. Pero el reloj sólo habrá llegado a sonar en la hora del puro dolor. Voy a ser raptado como un niño para jugar en el paraíso en el olvido de toda desgracia.
¡De prisa! ¿Es que hay otras vidas? El sueño en la riqueza es imposible. La riqueza siempre ha sido un bien público. Sólo el amor divino otorga las llaves de la ciencia. Veo que la naturaleza no es más que un espectáculo de bondad. Adiós quimeras, ideales, errores.
El canto razonable de los ángeles se eleva del navío salvador: es el amor divino. —¡Dos amores!, puedo morir por el amor terreno, morir de abnegación. He dejado almas cuya pena se acrecentará con mi partida. Me recogeréis entre los náufragos: ¿acaso los que se quedan no son mis amigos?
¡Salvadles!
Me ha nacido la razón. El mundo es bueno. Bendeciré la vida. Amaré a mis amigos. Ya no se trata de las promesas de la infancia. Ni de la esperanza de escapar a la vejez y a la muerte. Dios es mi fuerza y yo alabo a Dios.
* * *
El aburrimiento ya no es mi amor. Las violencias, los libertinajes, la locura, de la que conozco todas las acometidas y los desastres, descargué todo mi fardo. Apreciemos, sin vértigo, la extensión de mi inocencia.
Ya no sería capaz de pedir el consuelo de un apaleamiento. No me creo embarcado a una boda con Jesucristo como suegro.
No soy prisionero de mi razonamiento, he dicho: Dios. Quiero la libertad en la salvación, ¿cómo conseguirla? Los gustos frívolos me han abandonado. Ya no me hace falta ni abnegación ni amor divino. No echo de menos el siglo de los corazones sentimentales. Cada uno tiene su razón, menosprecio y caridad: mantengo mi plaza en la cima de esta angélica escalera de buen sentido.
En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o no… no, no puedo con ella. Soy demasiado disipado, demasiado débil. La vida florece por el trabajo, vieja verdad: en cuanto a mí, mi vida no es suficientemente pesada, vuela y flota lejos, por encima de la acción, ese punto justo del mundo.
¡Lloro como una solterona!, me falta valor para amar la muerte.
Si Dios me concediera la tranquilidad celestial, aérea, la plegaria —como a los antiguos santos—. ¡Los santos! ¡los fuertes! ¡los anacoretas, artistas como ya no los hay!
¡Farsa continua! Mi inocencia me haría llorar. La vida es la farsa que todos representamos.
* * *
¡Basta! He aquí el castigo. ¡En marcha!
¡Ah, los pulmones se abrasan, los pulsos gruñen! ¡La noche rueda ante mis ojos con este sol! El corazón… los miembros…
¿Dónde vamos? ¿Al combate? ¡Soy débil! Los demás avanzan. ¡Los utensilios, las armas… el tiempo!…
¡Fuego! ¡Fuego sobre mí! ¡Aquí donde me rindo! —¡Cobardes!— ¡Me mato! ¡Me lanzo a los pies de los caballos!
—¡Ah!…
¡Ésta sería la vida francesa, el camino del honor!