Prosas principales

Arthur Rimbaud · Capítulo 5 de 53

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Prosas principales

Desvaríos

 

VIRGEN LOCA

 

I

El esposo infernal

Oigamos la confesión de un compañero de infierno:

«Oh mi divino Esposo, mi Señor; no rehuséis la confesión de la más triste de vuestras servidoras. Estoy perdida. Estoy ebria. Soy impura. ¡Qué vida!

»¡Perdón, divino Señor, perdón! ¡Oh, perdón! ¡Cuántas lágrimas! Y, ¡cuántas lágrimas todavía, más tarde, espero!

»¡Más tarde conoceré al divino Esposo! Nací a Él sometida. El otro, entre tanto, puede pegarme.

»Ahora me encuentro en el fondo del mundo. Oh mis amigas… no; no mis amigas… Jamás desvaríos ni torturas semejantes… ¡Es bestia!

»¡Ah!, sufro, grito. Verdaderamente sufro. No obstante todo me está permitido, cargada con el menosprecio de los más menospreciables corazones.

»En fin, hagamos esta confidencia, presto a repetirla otras veinte veces, tan mustia, tan insignificante.

»Soy esclava del esposo infernal, el que ha perdido a las vírgenes locas. Es verdaderamente aquel demonio. No es un espectro, no es un fantasma. Pero yo que he perdido el juicio, que estoy condenada y muerta para el mundo —¡no se me matará! — ¿Cómo describíroslo? Ni siquiera sé hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo. Un poco de frescor, Señor, si queréis, si queréis de veras.

»Soy viuda… —Era viuda…— sí, he sido muy formal en otro tiempo y no he nacido para convertirme en esqueleto… Él era casi un niño. Sus delicadezas misteriosas me habían seducido. He olvidado todo mi deber humano para seguirle. ¡Qué vida! La verdadera vida está ausente. No estamos en este mundo. Voy a donde él va, es preciso. Y a menudo se enoja conmigo, conmigo la pobre alma. ¡El demonio! — Es un demonio, ¿sabéis?, no es un hombre.

»Él dice: “No me gustan las mujeres. El amor hay que inventarlo de nuevo, es cosa sabida. Ellas sólo pueden desear una posición asegurada. La posición ganada, corazón y belleza son cosa aparte; sólo queda el frío desdén, alimento del matrimonio hoy en día. O bien veo mujeres con apariencias de felicidad que yo hubiese podido convertir en buenas compañeras, devoradas ante todo por brutos sensibles como hogueras…”

»Le escucho convirtiendo la infamia en gloria y la crueldad en encanto. “Soy de una raza lejana: mis padres eran escandinavos: se rompían las costillas, bebían su sangre. Yo me haré cortes por todo el cuerpo, me tatuaré, quiero convertirme en algo horrible, como un mogol; verás, aullaré por las calles. Quiero convertirme en loca rabiosa. No me enseñes nunca joyas, me arrastraré y me revolcaré por la alfombra. Mi riqueza la querré manchada de sangre por todos lados. Jamás trabajaré…” Muchas noches, su demonio se apoderaba de mí y nos revolcábamos, ¡luchaba con él! Por las noches, a menudo, borracho, se planta en las calles o dentro de las casas, para asustarme. “Verdaderamente me cortarán el cuello, será repugnante.” ¡Oh! ¡Estos días en los que él quiere andar con aspecto de criminal!

»A veces, habla en una especie de jerga tierna, de la muerte que hace arrepentir, de los desgraciados que indudablemente existen, de trabajos penosos, de las ausencias que parten el corazón. En los cuchitriles donde nos embriagábamos, lloraba contemplando a los que nos rodeaban, ganado de miseria. Levantaba a los borrachos en las calles negras. Tenía la compasión de una mala madre para con los niños. Se marchaba con monerías de chicuela, al catecismo. Fingía conocer todo, comercio, arte, medicina. Yo le seguía, ¡es necesario!

»Veía todo el decorado con que, en espíritu se rodeaba: vestidos, sábanas, muebles: yo le atribuía armas, otra figura. Veía todo lo que le concernía como él hubiese querido crearlo para sí. Cuando me parecía tener el espíritu inerte, le seguía en sus acciones extrañas y complicadas, lejos, buenas o malas: estaba segura de que jamás lograría entrar en su mundo. Al lado de su amado cuerpo dormido ¡cuántas horas de la noche en vela, buscando por qué quería tanto escapar a la realidad! Jamás ningún hombre tuvo semejante propósito. Reconocía —sin temor por él— que podía ser un serio peligro para la sociedad. ¿Tiene, tal vez, secretos para cambiar la vida? No, no hace más que buscarlos, me contestaba. En fin, su caridad está embrujada y yo soy prisionera de ella. Ninguna otra alma tendría bastante fuerza —¡fuerza de la desesperación!—, para soportarla, para ser protegida y amada por él. Por otra parte, no podía imaginarle con otra alma: uno ve su ángel, nunca jamás el ángel de otro, me parece. Yo estaba en su alma como en un palacio que se ha vaciado para no ver una persona tan poco noble como tú: esto es todo. ¡Ay!, dependía de él, absolutamente. Pero ¿él, qué quería con mi existencia gris y cobarde? ¡No me hacía mejor si no me hacía morir! Tristemente despechada le decía a veces: “Te comprendo”. Él se encogía de hombros.

»Así mi pena se renovaba sin cesar, me sentía más perdida a mis ojos —como a todos los ojos que hubiesen querido mirarme si no estuviese condenada, para siempre, al olvido de todos—. Cada vez tenía más hambre de bondad. Con sus besos y sus abrazos amigos, era un verdadero cielo, un cielo oscuro donde yo entraba y donde hubiese querido ser abandonada, pobre, sorda, muda, ciega. Empezaba a estar acostumbrada. Yo consideraba que éramos como dos buenos chiquillos libres de pasearse por el paraíso de la tristeza. Estábamos de acuerdo. Muy emocionados, trabajábamos juntos. Pero, después de una penetrante caricia, decía: “Cómo te parecerá extraño, cuando yo ya no esté, esto por lo que tú has pasado. Cuando ya no tengas mis brazos bajo el cuello, ni mi corazón para tu reposo, ni esta boca sobre tus ojos. Porque, algún día, será preciso que yo me vaya, muy lejos. Ya que es preciso que ayude a otras: es mi deber. Aunque esto no sea muy excitante… alma querida…” Enseguida me presentía, cuando se había ido, presa del vértigo, precipitada en la más espantosa sombra: la muerte. Le hacía prometer que no me abandonaría. Veinte veces me hizo esta promesa de amante. Era tan frívolo como yo cuando le decía: “Te comprendo”.

»¡Ah!, nunca jamás estuve celosa de él. Creo que no me abandonará jamás. ¿Qué sería de él? No tiene ni un amigo, no trabaja nunca. Quiere vivir sonámbulo. Únicamente su caridad y su bondad, ¿le darían algún derecho a ese mundo real? Hay momentos en que olvido la compasión en la que he caído: él me hará fuerte, viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos sobre las losas de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin penas. Donde me despierte, las leyes y las costumbres habrán cambiado —gracias a su poder mágico—; el mundo, siendo el mismo, me dejará con mis deseos, mis alegrías, mi molicie. ¡Oh!, la vida que existe en los libros de aventuras infantiles, para recompensarme a mí que he sufrido tanto, ¿me la darás tú? No puede. Ignoro su ideal. Me ha dicho que tiene penas, esperanzas: esto no debe importarme. ¿Habla con Dios? Quizá yo debiera dirigirme a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo, y ya no sé rezar.

»¿Si me contara sus tristezas, las comprendería mejor que sus burlas? Me ataca, se pasa horas avergonzándome de todo lo que ha podido emocionarme en este mundo, y se indigna si lloro.

»—¿Ves este joven elegante que entra en la hermosa y tranquila casa?, se llama Duval, Dufour, Armando, Mauricio, yo qué sé. Una mujer se ha consagrado a amar a este malvado idiota: ella ha muerto; seguro que, ahora, es una santa en el cielo. Tú me harás morir como él hizo morir a esa mujer. Es nuestro destino, el destino de los corazones caritativos… “¡Ay!”, había días en que todos los hombres que se agitaban le parecían juguete de grotescos desvaríos: se reía horriblemente durante mucho rato. Luego volvía a sus maneras de madre joven, de hermana querida. ¡Si no fuese tan salvaje estaríamos salvados! Pero hasta su dulzura es mortal. Estoy sometida a él. ¡Ah, estoy loca!

»Un día, tal vez, desaparecerá maravillosamente; ¡pero es preciso que yo sepa si va a subir al cielo, que vea un poco la asunción de mi joven amigo!».

¡Vaya matrimonio!