Prosas principales

Arthur Rimbaud · Capítulo 11 de 53

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Prosas principales

Un Corazón Debajo de una Sotana

Un corazón debajo

de una sotana

INTIMIDADES DE UN SEMINARISTA

 

… ¡Oh Timotina Labinette! Hoy que he revestido la ropa sagrada, puedo recordar la pasión, ahora enfriada y adormecida bajo la sotana, que el año pasado hizo latir mi corazón de hombre joven, bajo mi manteo de seminarista…

1. º mayo 18…

… He aquí la primavera. El plantel de viña que el padre *** tiene en su maceta, está brotando: el árbol del patio tiene pequeñas yemas tiernas como gotas verdes sobre sus ramas; el otro día, al salir del estudio, vi en la ventana del segundo algo como la seta nasal del sup***. Los zapatos de J*** huelen un poco; he notado que los alumnos salen muy a menudo para… en el patio; ellos, que viven en el estudio como los topos, apretujados, encogidos sobre su tripa y aproximando su cara colorada a la estufa, con su aliento espeso y cálido como el de las vacas. Se quedan largo rato a pleno aire, ahora y, cuando vuelven, ríen tontamente y abrochan minuciosamente el istmo de su pantalón —no, me equivoco, lo hacen muy lentamente—, con unos gestos que parece que se complazcan maquinalmente en esta operación, que no es en sí más que algo muy fútil…

2 mayo

El sup*** bajó ayer de su cuarto y, cerrando los ojos, escondidas las manos, temeroso y friolero, dio cuatro pasos por el patio arrastrando sus zapatillas de canónigo…

Y he aquí que mi corazón lleva el compás en mi pecho y mi pecho late contra mi pupitre grasiento… ¡Oh!, cómo detesto ahora aquellos días en que los alumnos eran como gordas ovejas sudando bajo sus sucios hábitos y durmiendo en la atmósfera hedionda del estudio, bajo la claridad del gas y con el calor ñoño de la estufa. Estiro los brazos, suspiro, estiro las piernas… siento cosas dentro de la cabeza… ¡oh qué cosas!…

4 mayo…

… Mira eso: ayer, no pude aguantar más: he extendido, como el ángel Gabriel, las alas de mi corazón. El soplo del espíritu sacro ha recorrido mi ser. He cogido mi lira y he cantado:

Acercaos,

Grande María

¡Madre querida

del dulce Jesús!

¡Sanctus Christus!

Virgen preñada,

oh Madre amada,

¡Exaudinos!

¡Oh, si supierais los efluvios misteriosos que sacudían mi alma mientras deshojaba esta rosa poética! Tomé mi cítara y como el Salmista, levanté mi voz inocente y pura en las celestes altitudes… O altitudo altitudinum!…

 

7 mayo…

¡Ay de mí! Mi poesía ha replegado sus alas, pero, como Galileo diré abrumado por el insulto y el suplicio: ¡Y no obstante se mueve! —Leed: ¡se mueven!—. Había cometido la imprudencia de dejar caer la precedente confidencia… J*** la ha recogido, J***, el más feroz de los jansenistas, el más riguroso de los chivatos del sup***, y lo ha llevado a su amo, en secreto; pero el monstruo para hacerme sumir en el insulto universal, había hecho pasar mi poesía por las manos de todos sus amigos.

Ayer el sup*** me llama: entro en su despacho, estoy de pie ante él, fuerte en mi tesón. Sobre su frente calva temblaba como un relámpago furtivo su último cabello rojo; sus ojos emergían de su grasa, pero calmados, tranquilos; su nariz, parecida a un mazo, estaba a punto para su bamboleo habitual: cuchicheaba un oremus mojó la yema de su pulgar, volvió algunas hojas de un libro, y sacó un papelito grasiento, plegado…

¡Graande Maríía!

¡Maadre queriiida!

¡Mascaba mi poesía!, ¡escupía sobre mi rosa! Hacía el mamarracho, el imbécil, para ensuciar, para mancillar este canto virginal; tartamudeaba y estiraba cada sílaba con un recochineo de rabia concentrada: y cuando llegó al quinto verso…, ¡Virgen preñaada!, se detuvo, arremangó su nariz y… ¡estalló! ¡Virgen preñada! ¡Virgen preñada!, decía esto en un tono, frunciendo con un estremecimiento su abdomen prominente, en un tono tan espantoso, que un púdico rubor cubrió mi frente. Caí de rodillas, levanté los brazos hacia el techo y exclamé: ¡Oh padre mío!…

 

—¡Vuestra lira! ¡vuestra cítara! ¡jovenzuelo! ¡vuestra cítara! ¡efluvios misteriosos que os sacuden el alma! ¡Me hubiese gustado verlo! Joven amigo, adivino ahí dentro, en esta confesión impía, algo mundano, un abandono peligroso, cierto impulso en fin…

Se calló, hizo estremecer de arriba abajo su abdomen: luego, solemne:

—Joven, ¿tienes fe?

—Padre mió, ¿a qué viene esta pregunta?, ¿bromean vuestros labios?… Sí, creo en todo cuanto dice mi madre… la Santa Iglesia.

—Pero… ¡Virgen preñada!…, se trata de la concepción, joven, ¡es la concepción!

—Padre mío, ¡creo en la concepción!

—Lleváis razón, joven… Es una cosa…

Se calló… luego:

—El joven J*** me ha dado un informe en el que constata en vos cierta separación de entrepierna cada día más notoria en vuestra actitud durante el estudio: afirma haberos visto tendido tan largo como sois sobre la mesa, como un joven… desgarbado. Se trata de hechos contra los cuales nada podéis responder… Acercaos, de rodillas, más cerca de mí; quiero interrogaros con suavidad; responded: ¿separáis mucho las piernas en el estudio?

Luego, poniéndome una mano sobre la espalda, alrededor del cuello, sus ojos parecieron más transparentes y me hizo contar cosas a propósito de esta separación de las piernas… Bueno, prefiero deciros que fue algo repugnante, ¡yo que bien sé qué quieren decir esta clase de escenas!… De modo que me habían espiado, habían calumniado mi corazón y mi pudor —y no podía decir nada contra eso, los informes, las cartas anónimas de los alumnos unos contra otros, al sup*** estaban autorizados y ordenados—, y yo venía a esta habitación, a ponerme en manos de ese gordo… ¡Oh, el seminario!

 

10 mayo

¡Oh!, mis condiscípulos son espantosamente malos y espantosamente lascivos. En el estudio, todos estos profanos, conocen la historia de mis versos y en cuanto vuelvo la cabeza me encuentro con la cara del asmático D*** que me susurra: ¿Y tu cítara, y tu cítara? ¿Y tu diario? Luego el idiota L*** prosigue: ¿Y tu lira?, ¿y tu cítara? Después, tres o cuatro cuchichean a coro:

Grande María…

¡Madre querida!

Yo, yo soy un bendito: —Jesús, yo no voy a darme puntapiés a mí mismo. Pero, en fin, yo no espío a nadie, yo no escribo anónimos y guardo para mí mi santa poesía y mi pudor…

12 mayo…

¿No adivináis por qué muero de amor?

La flor me dice ¡hola!, el pájaro, buen día;

¡Hola! ¡es primavera! Mi ángel de ternura,

¿no adivináis acaso, que rozo la locura?

Mi ángel de la guarda de la niñez adorno

¿No adivináis acaso, que pájaro me torno?

¿Que mi lira tiembla y late mi ala fina,

como una golondrina?…

Hice estos versos ayer, durante el recreo; he entrado en la capilla y me he encerrado en un confesionario y allí, mi joven poesía ha podido palpitar y volar, en el sueño y el silencio hacia las esferas del amor. Luego, como vienen a quitarme todos los papeles de mis bolsillos, de noche y de día, he cosido estos versos en la parte baja de mi última prenda, aquella que me toca directamente a la piel, y durante el estudio, tiro bajo mis hábitos mi poesía hasta la altura del corazón y contra él la aprieto largamente, soñando…

15 mayo

Los acontecimientos se han precipitado, desde mi última confidencia, y se trata de acontecimientos muy solemnes, de acontecimientos que han de influir en mi vida futura e interior de manera muy terrible sin duda.

¡Timotina Labinette, te adoro!

¡Timotina Labinette, te adoro! ¡te adoro! Déjame cantar con mi laúd, como el divino salmista, sobre su salterio, como yo te he visto y cómo mi corazón ha saltado sobre el tuyo con un eterno amor.

Jueves, era día de salida: nosotros tenemos dos horas de salida; he salido: mi madre, en su última carta, me había dicho: «… irás, hijo mío, a pasar el rato de tu salida en casa del señor Cesarín Labinette, un compañero de tu difunto padre, al que habrá que presentarte un día u otro antes de tu ordenación…»

Me presenté al señor Labinette que me distinguió mucho relegándome, sin soltar palabra, a la cocina: su hija, Timotina, se quedó sola conmigo, cogió un trapo, sacó un gran tazón ventrudo apoyándolo contra su corazón, y me dijo de pronto después de un largo silencio: ¿Qué tal, señor Leonardo?…

Hasta entonces, confuso al verme con esta joven criatura en la soledad de esta cocina, yo había bajado los ojos e invocado en mi corazón el santo nombre de María: levanté la frente poniéndome colorado y, ante la belleza de mi interlocutora, sólo pude balbucear un débil: ¿Señorita?…

¡Timotina!, ¡qué hermosa estabas! Si fuese pintor, reproduciría sobre una tela tus rasgos sagrados bajo este título: ¡La Virgen del tazón! Pero sólo soy poeta y mi lengua sólo puede celebrarte de manera incompleta…

La cocina negra, con sus agujeros en los que llameaban las brasas como ojos rojos, dejaba escapar de sus cazuelas, con débiles hilillos de humo, un olor celeste a sopa de coles y habichuelas; y ante ella, aspirando con tu dulce nariz el perfume de estas legumbres, mirando a tu gordo gato con tus hermosos ojos grises, ¡oh Virgen del tazón!, secaste tu vaso. Las crenchas lisas y claras de tus cabellos se pegaban púdicamente sobre tu frente amarilla como el sol; de tus ojos corría un surco azulado hasta en medio de tu mejilla, ¡como a santa Teresa!, tu nariz, llena del olor de las habichuelas, levantaba sus aletas delicadas. Un ligero vello serpenteaba sobre tus labios y no dejaba de dar cierta bella energía a tu rostro; y en tu mentón, brillaba una bonita mancha morena en la que temblaban unos pelos locos: los cabellos estaban cuidadosamente retenidos en tu occipucio por medio de horquillas; pero una breve mecha se escapaba… Busqué en vano tus senos; no los tienes; desdeñas estos adornos mundanos, ¡tu corazón es tus senos!… Cuando te volviste para pegar con tu ancho pie a tu gato dorado, vi tus omóplatos salientes y levantando tu vestido, y fui traspasado por el amor ante el retorcimiento gracioso de los dos arcos pronunciados de tus caderas…

A partir de este momento, te adoré: adoré no tus cabellos, no tus omóplatos, no tu retorcimiento infero-posterior: lo que a mí me gusta en una mujer, en una virgen, es la santa modestia; lo que me hace saltar de amor, es el pudor y la piedad; es lo que adoré en ti, joven pastorcilla… Traté de hacerle ver mi pasión y, además, mi corazón, mi corazón me traicionaba. Sólo respondía con palabras entrecortadas a sus interrogaciones; varias veces le dije señora en lugar de señorita, tan turbado estaba. Poco a poco, a los acentos mágicos de su voz, me sentí sucumbir; al final decidí abandonarme, y soltarlo todo y a no sé qué pregunta que me hizo, me eché hacia atrás en mi silla, puse una mano sobre mi corazón y con la otra cogí de mi bolsillo un rosario del que dejé pasar la cruz blanca, y con un ojo mirando a Timotina y el otro al cielo, respondí dolorosa y tiernamente, como un ciervo responde a una corza:

—¡Oh sí!, ¡señorita… Timotina!!!

Miserere! miserere! —En mi ojo abierto deliciosamente hacia el techo cae de pronto una gota de salmuera, repugnante, de un jamón que se cernía encima de mí y, cuando colorado de vergüenza, despertando de mi pasión bajé la frente, me di cuenta de que tenía en mi mano izquierda, en lugar del rosario, un biberón moreno: —mi madre me lo había confiado el año pasado para que lo diera al pequeño de no sé quién…—. Del ojo que miraba al techo se escurrió la salmuera amarga: —pero del ojo que te miraba, ¡oh Timotina!, se escurrió una lágrima, una lágrima de amor y de dolor…

 

Un rato, una hora después, cuando Timotina me anunció un refrigerio compuesto de habichuelas y una tortilla con manteca, muy emocionado por sus encantos, le respondí a media voz:

—Tengo el corazón tan lleno, os dais cuenta, que esto me echa a perder el estómago. —Y me senté a la mesa; ¡oh!, lo siento todavía, su corazón había respondido a mi llamada: durante el breve refrigerio ella no probó nada.

—¿No notas cierto olor? —repetía; su padre no la entendía, pero yo comprendí: era la Rosa de David, la Rosa de Jericó, la Rosa mística de la escritura: ¡era el amor!

Ella se levantó de pronto, se dirigió hacia un rincón de la cocina y, mostrándome la doble flor de sus caderas, hundió el brazo en un montón informe de botas, de zapatos diversos, del que saltó un gran gato; y lanzó todo aquello en un viejo armario vacío; luego volvió a su puesto e interrogó a la atmósfera con gesto inquieto; de pronto, arrugó la frente y exclamó:

—¡Esto huele todavía!

—Sí, esto huele —respondió el padre tontamente: (¡no podía comprender el profano!)

Me apercibí que todo aquello no eran más que los movimientos internos de mi pasión en mi carne virgen. La adoré y saboreé con amor la tortilla dorada, y mis manos llevaban el compás con el tenedor y, bajo la mesa, mis pies temblaban de gozo dentro de mis zapatos…

Pero lo que fue para mí como un rayo de luz, como una promesa de amor eterno, como un diamante de ternura de parte de Timotina, fue la adorable amabilidad que tuvo conmigo en el momento de marcharme, al ofrecerme un par de calcetines blancos, con una sonrisa y estas palabras:

—¿Queréis esto para vuestros pies, señor Leonardo?

 

16 mayo

¡Timotina!, te adoro a ti y a tu padre, a ti y a tu gato:

 

17 mayo

¿Qué me importan, ahora, los ruidos del mundo y los ruidos del estudio? ¿Qué me importan aquellos que la pereza y el aburrimiento doblegan a mi alrededor? Esta mañana, todas las frentes, pesarosas por el sueño, estaban pegadas a las mesas; un ronquido parecido a un toque de clarín del juicio final, un ronquido sordo y lento se alzaba de este vasto Getsemaní. Yo, estoico, sereno, de pie y elevándome por encima de todos estos muertos, como una palmera por encima de las ruinas, despreciando los olores y los ruidos incongruentes, descansé mi cabeza en una mano, escuché latir mi corazón lleno de Timotina, y mis ojos se hundieron en el azul del cielo, entrevisto por el vidrio superior de la ventana…

 

Gracias al Espíritu Santo que me ha inspirado estos versos encantadores: estos versos voy a engastarlos en mi corazón; y, cuando el cielo me permita volver a ver a Timotina, se los daré, a cambio de sus calcetines…

Lo he titulado, La Brisa.

En su mullido nido de algodón

duerme el céfiro de dulce aliento;

es de seda y de lana su colchón,

y en él reposa su mentón contento.

Cuando del céfiro el ala se agita,

en su mullido nido de algodón

volando hacia la flor que le cita,

¡qué bien huele su hálito dulzón!

¡Oh dulce brisa quintaesenciada!

¡Oh dulce quintaesencia del amor!

Cuando ya está seca la rosada,

¡qué bien huele el día con su olor!

¡Jesús y José! ¡Jesús y María!

¡Como el ala de un cóndor parece

que a quien está rezando calmaría!

¡Y a todos nos penetra y adormece!…

 

El final es demasiado íntimo y demasiado suave: lo conservo en el tabernáculo de mi alma. A mi próxima salida leeré esto a mi divina y fragante Timotina.

Esperemos en la calma y el recogimiento.

 

Fecha incierta. ¡Esperemos!

16 junio

Señor, hágase vuestra voluntad: yo no pondré ningún obstáculo. Si queréis desviar de vuestro servidor el amor de Timotina, libre sois, sin duda; pero, Señor Jesús, ¿vos mismo no habéis amado y la lanza del amor no os ha enseñado a condescender con los sufrimientos de los desgraciados? ¡Rogad por mí!

¡Oh! He estado esperando durante largo tiempo esta salida de dos horas del 15 de junio; había reprimido mi alma diciéndole: Este día serás libre: el 15 de junio me había peinado mis pocos cabellos modestos y, sirviéndome de una olorosa pomada rosa, los había pegado sobre mi frente, como los llevaba Timotina; me había dado pomada en las cejas, había minuciosamente cepillado mis negros hábitos, colmado cuidadosamente ciertas faltas de mi aderezo y me presenté ante la esperada campanilla del señor Cesarín Labinette. Acudió, después de bastante rato, el gorro un tanto desenfadado puesto de lado sobre una oreja, una mecha de cabellos tiesos y muy entrapados cruzándole la cara como una cuchillada, una mano en el bolsillo de su bata de flores amarillas y la otra sobre el pestillo… Me lanzó un buenos días seco, frunció la nariz lanzando una mirada sobre mis zapatos y cordones negros, y se fue delante de mí con ambas manos en los bolsillos, recogiendo hacia delante su bata, como lo hace el padre *** con su sotana, y modelando ante mi mirada su parte inferior.

Le seguí.

Cruzó la cocina y entré tras él en un salón. ¡Oh este salón! lo he fijado en mi memoria con los alfileres del recuerdo. La tapicería era de flores oscuras; sobre la chimenea un enorme reloj en madera negra, con columnas; dos jarros azules con rosas; en las paredes, una pintura de la batalla de Inkermann, y un dibujo al lápiz, de un amigo de Cesarín, representando un molino con su muela abofeteando un pequeño riachuelo semejante a un escupitajo, dibujo al carboncillo que hacen todos los que empiezan a dibujar. ¡Es muy preferible la poesía!

En medio del salón, una mesa con tapete verde, alrededor de la cual mi corazón sólo vio a Timotina, aun cuando también había un amigo del señor Cesarín, antiguo ejecutor de trabajos sacristanescos en la parroquia de ***, y su esposa, la señora de Riflandouille, y en la que el mismo señor Cesarín vino a acomodarse de nuevo en cuanto hube entrado.

Cogí una silla almohadillada, pensando que una parte de mí mismo iba a apoyarse sobre una tapicería hecha sin duda por Timotina, saludé a todo el mundo y puesto mi sombrero negro sobre la mesa, ante mí, como una muralla, escuché…

Yo no hablé; pero mi corazón hablaba. Los caballeros continuaron la partida de cartas empezada, noté que hadan trampas a más y mejor y esto me produjo una sorpresa bastante dolorosa. Terminada la partida, estas personas se sentaron en círculo alrededor de la chimenea vacía; yo estaba en uno de los rincones, casi oculto por el enorme amigo de Cesarín, cuya silla sólo me separaba de Timotina: me alegré íntimamente de la poca atención que se ponía en mi persona; relegado tras la silla del sacristán honorario, podía dejar ver en mi rostro los impulsos de mi corazón sin ser notado por nadie; me entregaba, pues, a un dulce abandono, y dejé que la conversación se avivara y calentara entre estos tres personajes, pues Timotina hablaba raramente y lanzaba sobre su seminarista miradas de amor y no atreviéndose a mirarle a la cara, dirigía sus claros ojos hacia mis zapatos bien lustrados… Yo, tras el gordo sacristán, me entregaba a mi corazón.

Comencé inclinándome del lado de Timotina levantando los ojos al cielo. Ella se volvió. Yo me incorporé y bajando la cabeza sobre mi pecho, lancé un suspiro; ella no se movió. Abroché mis botones, moví los labios, hice un ligero signo de la cruz: ella no vio nada. Entonces, trastornado, furioso de amor, me incliné mucho hacia ella y poniendo mis manos como si fuera a comulgar, exhalando un ¡ah!… prolongado y doloroso ¡Miserere! mientras gesticulaba y rezaba, caí de mi silla con un ruido sordo, y el gordo sacristán se volvió burlándose y Timotina dijo a su padre:

—¡Toma, el señor Leonardo que se cae al suelo!

Su padre se burló. Miserere!

El sacristán me subió de nuevo, rojo de vergüenza y débil de amor, sobre mi silla tapizada, y me dejó sitio. Pero yo bajé los ojos y quise dormir. Esta sociedad se me atragantaba, no adivinaba el amor que sufría en la sombra: quería dormir, pero oía la conversación en la que hablaban de mí…

Abrí débilmente los ojos…

Cesarín y el sacristán fumaban cada uno su cigarro escuálido con toda clase de melindres, lo que hacía a sus personas terriblemente ridículas; la señora sacristana, en el borde de su silla, su pecho hueco inclinado hacia delante, teniendo tras ella todo el oleaje de su traje amarillo que se le ahuecaba hasta el cuello y esparciendo a su alrededor su único volante, deshojaba deliciosamente una rosa: una sonrisa espantosa entreabría sus labios, y mostraba en sus secas encías dos dientes negros, amarillos como los mosaicos de una vieja estufa…

—Tú, Timotina, tú estabas bonita con tu cuellecito blanco, tus ojos bajos y tus trenzas lisas…

—Es un joven de porvenir: su presente es promesa de su futuro —decía, al tiempo que soltaba una bocanada de humo gris, el sacristán…

—Oh, el señor Leonardo dará lustre a sus hábitos —gangueó la sacristana: ¡los dos dientes aparecieron!…

Yo me ruborizaba como un buen muchacho, vi que se apartaban las sillas y que se cuchicheaba a propósito de mí…

Timotina seguía mirando mis zapatos; los dos dientes sucios me amenazaban… el sacristán reía irónicamente; yo seguía con la cabeza gacha…

—Lamartine ha muerto… —dijo de pronto Timotina.

¡Querida Timotina! Era para tu adorador, para tu pobre poeta Leonardo, que soltabas en la conversación ese nombre de Lamartine; entonces levanté la frente, sentí que el solo pensamiento de la poesía iba a reconstruir una virginidad a todos esos profanos, sentí mis alas palpitar y dije, radiante, mirando a Timotina:

—¡Tenía hermosos florones en su corona, el autor de las Meditaciones poéticas!

—¡El cisne de la poesía ha muerto! —dijo la sacristana.

—Sí, pero entonó su canto fúnebre —repliqué entusiasmado.

—Pero, ¡el señor Leonardo es también poeta! Su madre me mostró el año pasado algunos ensayos de su musa…

Me hice el atrevido:

—¡Oh señora! no traje ni mi lira ni mi cítara; pero…

—¡Oh, su cítara! la traeréis otro día…

—Pero no obstante, si esto no desagrada al honorable —y saqué un pedazo de papel de mi bolsillo—, voy a leeros algunos versos… Los dedico a la señorita Timotina.

—¡Sí, sí!, joven, ¡muy bien!, recitad, recitad, poneos al fondo de la sala…

Retrocedí… Timotina miraba con insistencia mis zapatos… La sacristana hacía la Madona; los dos caballeros se inclinaron el uno hacia el otro… Yo, me puse colorado, tosí y dije cantando tiernamente:

En su mullido nido de algodón

duerme el céfiro de dulce aliento;

es de seda y de lana su colchón,

y en él reposa su mentón contento.

Toda la asistencia se desternillaba de risa: los caballeros se inclinaban el uno al otro haciendo groseros retruécanos; pero lo que era más espantoso era el aire de la sacristana que, con los ojos al cielo, se hacía la mística y sonreía con sus dientes horribles. Timotina, ¡Timotina se moría de risa! Esto fue para mí como una herida mortal, ¡Timotina se apretaba los riñones!

—¡Un dulce céfiro en algodón, es algo fino, muy fino!… —decía burlándose el padre Cesarín…

Creía darme cuenta de algo, pero este estallido de risa duró sólo un segundo; todos intentaron ponerse serios de nuevo, aunque estallase de vez en cuando…

—Seguid, joven, seguid, está bien, ¡está bien!

Cuando del céfiro el ala se agita

en su mullido nido de algodón

volando hacia la flor que le cita,

¡qué bien huele su hálito dulzón!

Esta vez una gran carcajada sacudió a mi auditorio; Timotina miró mis zapatos: yo sentía calor, mis pies ardían bajo su mirada y nadaban en sudor; pues yo me decía: estos calcetines que llevo desde hace un mes, son un don de su amor, estas miradas que lanza sobre mis pies son un testimonio de su amor; ¡ella me adora!

Y he aquí que no sé qué pequeño olor me pareció salir de mis zapatos: ¡Oh! ¡Comprendí las risas horribles de la asamblea! ¡Comprendía que extraviada en esta sociedad malévola, Timotina Labinette, Timotina, jamás podría dar libre curso a su pasión! ¡Comprendía que tendría que devorar, yo también, este amor doloroso incubado en mi corazón, una tarde de mayo, en una cocina de los Labinette, ante el retorcimiento posterior de la Virgen del tazón!

Las cuatro, la hora del regreso, sonaron en el reloj del salón; desatinado, ardiendo de amor y loco de dolor, cogí mi sombrero y me fui tirando una silla, y crucé el corredor murmurando: Adoro a Timotina, y me voy al seminario sin detenerme…

¡Los faldones de mi hábito negro volaban tras de mí, en el viento, como pájaros siniestros!…

 

30 junio

Desde entonces dejo a la musa divina que acune mi dolor; mártir de amor a los dieciocho años y, en mi aflicción, pensando en otro mártir del sexo que hace nuestro gozo y nuestra felicidad, no teniendo ya a aquélla a quien quiero, voy a amar la fe. Que Cristo, que María, me aprieten sobre su seno: les sigo. No soy digno de desatar los cordones de los zapatos de Jesús; pero, qué dolor, qué suplicio. ¡Yo también a dieciocho años y siete meses, llevo una cruz y una corona de espinas!, pero, en la mano, en lugar de una caña, llevo una cítara. ¡Éste será el bálsamo de mis llagas!…

 

Un año después, 1. º agosto

Hoy me han revestido con los ornamentos sagrados; voy a servir a Dios; tendré un curato y una modesta sirvienta en una aldea rica. Tengo fe; labraré mi salvación, y sin ser derrochador, viviré como un buen siervo de Dios con su sirvienta. Mi madre la santa Iglesia, me acogerá en su seno: ¡bendita sea! ¡bendito sea Dios!

… En cuanto a esta pasión cruelmente amada que encierro en el fondo de mi corazón, sabré soportarla con constancia: sin reavivarla precisamente, podré evocar alguna vez su recuerdo: ¡estas cosas son muy dulces! —Yo, por otro lado, había nacido para el amor y para la fe—. Tal vez algún día, de regreso a esta ciudad, ¿tendré la felicidad de confesar a mi querida Timotina?… Ya que conservo de ella un dulce recuerdo: desde hace un año no me he quitado los calcetines que ella me dio…

¡Estos calcetines, Dios mío, los guardaré en mis pies, hasta en vuestro santo Paraíso!…