Querida María Antonieta
La reina en el convento
(1 DE SETIEMBRE DE 1789)
Veinticinco de agosto de 1789. Fiesta de San Luis. Los concejales y la gente de
los arrabales de París llegan a Versalles para desear al rey una «buena fiesta». Son
recibidos en el acto por la reina. María Antonieta espera que el alcalde de París,
Bailly, apoye una rodilla en el suelo, como lo ha hecho en los años precedentes.
Bailly se conforma con ejecutar «una profunda reverencia». Desde la noche del 4 de
agosto, ya nadie se arrodilla ante nadie, y es mucho mejor así. La reina no lo ha
entendido. Escandalizada, despide al alcalde con un movimiento de cabeza por medio
del cual espera manifestar su desagrado. ¿Entonces la señora Noailles tenía razón
cuando quería mantener esa etiqueta que tanto molestaba a María Antonieta?
Veintiséis de agosto. La Asamblea Nacional, que había decretado la abolición de
los derechos feudales, vota la Declaración de los Derechos del Hombre. El artículo
primero, que contiene estas palabras en verdad mágicas, «los hombres nacen y se
mantienen libres e iguales en derechos», conmoverá el orden del mundo. A esta
sublime declaración el rey opone, ¡ay!, una negativa. Para Luis Augusto y para María
Antonieta, esa Declaración no es otra cosa que una serie de insolencias y mentiras.
Veintisiete de agosto. Necker continúa con su tarea y redacta un nuevo plan de
empréstito. Está agotado, tiene fiebre.
«La reina, atenta a agradar a la nación y al rey, manda a pedir a su casa, dos veces por día,
noticias de él»[89].
«Desde hace unos días, las cosas parecen tomar un mejor sesgo; pero no es posible alegrarse
por nada: los malévolos tienen tan gran interés y todos los medios para impedir y desviar las cosas más justas […]. Pero podéis tener la certeza de que las adversidades no han disminuido mi fuerza y mi valor».
escribe María Antonieta, el 31 de agosto, a la señora de Polignac, a quien la ausencia
devuelve sus atractivos perdidos.
El diálogo entre las dos amigas se reanuda. María Antonieta termina su carta del
31 con «Adiós mi corazón querido; ya sabéis cuánto os quiero, y que jamás podré
cambiar», Así, en sus frecuentes cartas a la duquesa Julio tiene la ilusión de encontrar
de nuevo esa intimidad fácil, riente, ligera, de antes, y de creer que nada puede cambiar nunca.
Axel de Fersen puede atestiguar esa constancia. Fersen está en guarnición en
Valenciennes y, según Saint-Priest, va a menudo a Versalles. Al contrario de los
Polignac, Vaudreuil, Coigny y compañía, Fersen es el amigo de los días malos.
Siempre según Saint-Priest, «la reina estuvo más aislada que nunca. Sólo le quedaba
el conde de Fersen, quien continuaba teniendo libre acceso a ella y frecuentes citas en
el pequeño Trianon».
Fersen es, entonces, el único, el incomparable amigo de la reina. Entre esos dos
seres reina la más enamorada de las amistades. Cambiar ese sentimiento en una
relación física —que sólo habría podido comenzar en ese verano de 1789, a favor de
la confusión que reina en la corte y que afloja un poco la incesante vigilancia de la
cual es objeto la reina—, ¿para qué? María Antonieta y Fersen tienen tantos otros
placeres que compartir. Sus sensibilidades coinciden, sus nostalgias se amalgaman.
Prefieren contemplar la tierra prometida, en vez de penetrar en ella. Uno no se cansa
de lo que no se ha alcanzado…
Para estar más cerca de su amiga en aprietos, Fersen decide tomar una vivienda
en Versalles. Ese aristócrata está tan abrumado como la reina por el giro de los
acontecimientos:
«En el reino ya no hay leyes, ni orden, ni justicia, ni disciplina, ni religión; todos los vínculos están rotos, ¿y cómo los restableceremos? Lo ignoro; pero he aquí los efectos de las Luces, de la anglomanía y de la filosofía; Francia se encuentra arruinada por mucho tiempo»,
escribe a su padre.
Siempre ansiosa de satisfacer a sus amigos, María Antonieta querría que el barón
de Staël, embajador de Suecia en París, sea remplazado por Fersen. Gustavo III hace
oídos sordos a esta petición. Fersen se conformará con hacer de agente secreto. Se
destaca en ese juego. Escucha, observa, previene a María Antonieta de que se
encuentra cada vez más amenazada. Informada por Fersen y por Mercy, María
Antonieta no ignora que es el enemigo a quien se quiere derribar. Se habla de
encerrarla en un convento, cosa que pondría «trabas» a la influencia que tiene sobre
el rey.
Este proyecto de encerrar a la reina en un convento atrae a numerosos partidarios.
En la noche del 31 de agosto al 1 de setiembre, 1.500 fanáticos van de París a
Versalles. No ocultan su intención de llevar al rey y al delfín a la capital, y conducir a
la reina al convento de San Ciro. La guardia nacional de Saint-Cloud ocupa el puente
de Sèvres e impide que pasen los 1.500 enfurecidos. Se dispersan, con la esperanza
de lograr su objetivo la próxima vez.
María Antonieta no tiene deseo alguno de enterrarse en San Ciro, como una
Maintenon en las últimas. No soporta el pensamiento de verse separada de su esposo,
de sus hijos, de Fersen. Retoma su proyecto de huida a Metz. Sí, es preciso huir, reunir fondos, convocar a las tropas. Es necesario evitar ese absurdo, ese delito de
lesa majestad: María Antonieta arrojada al convento por 1.500 amotinados delirantes.
En la noche de ese 1 de setiembre de 1789, la hija de María Teresa está dispuesta a
todo para evitar semejante afrenta.