Querida María Antonieta
Niños, perros, caballos y un corsé
(JUNIO-DICIEMBRE DE 1770)
La caridad no tiene su lugar en Versalles, donde todos se agitan, poseídos por los
demonios de la intriga y de la galantería. La licenciosidad es extrema, nada se respeta
allí, y menos aún el amor conyugal:
—Señora marquesa, no os aflijáis, sois muy hermosa y eso ya es un defecto; pero
os será perdonado. Pero si queréis vivir tranquila aquí, ocultad un poco mejor vuestro
amor por vuestro esposo; el amor conyugal es el único que no se tolera —osa decir
un gran vicario a la señora de Osmond.
¡En ese pésimo lugar ha caído la hija de la austera María Teresa! En ese verano de
1770, María Antonieta percibe muy pronto que el rey de Francia no es un animal de
trabajo como la emperatriz de Austria. Es víctima de sus placeres, de los cuales se
ocupa más que de los asuntos de Estado. Un Estado que va a la deriva, hacia algún
diluvio. Luis XV tiene conciencia de ello cuando pronuncia su «después de mí, el
diluvio», con el cual borda esta variación: «Tal como están, las cosas durarán tanto
como yo».
Luis el Bienamado se ha convertido en Luis el Muy Odiado. Le importa un bledo.
Su corte se encuentra dividida entre el partido de Choiseul, proaustríaco, y el partido
de los «devotos», que no perdona a Choiseul la expulsión de los jesuitas. Cosa
curiosa, entre los «devotos» se ven obligadas a convivir, aunque se detestan, las
Señoras y la señora Du Barry, porque encuentra que Choiseul no es lo bastante
sumiso a sus caprichos.
En cuanto llega a Versalles, María Antonieta debe elegir entre los dos clanes. Sólo
puede optar por el partido de ese Choiseul, a quien debe su matrimonio. Elección que
la destinaría a la venganza de los anti-Choiseul, y en especial para la de Doña
Adelaida.
Ésta, quien confesaba a una de sus amigas, «soy débil […] tengo necesidad de ser
dirigida»[12], considera la juventud, la espontaneidad de la delfina, como otros tantos
insultos contra ella. Doña Adelaida pertenece demasiado a la corte de Versalles para
no practicar con virtuosismo una de las artes más apreciadas, el disimulo. Consigue
ocultar su antipatía hacia la Austríaca. Sus hermanas la imitan. Las tres ofrecen a la delfina «una llave de los corredores del castillo, por los cuales, sin séquito y sin ser
vista, podría llegar hasta los aposentos de sus tías y verlas en privado»[13].
Abandonada por su esposo al día siguiente de sus nupcias —uno creería estar
leyendo una mala novela por entregas—, María Antonieta, al comienzo de ese verano
de 1770, se desliza a menudo hacia los aposentos de las Señoras, para buscar en ellos
un poco de distracción. Se aburre, ¿y cómo no aburrirse cuando todos los días se
repiten, idénticos, monótonos, sin variaciones, sin sorpresas? He aquí el relato de uno
de esos días, que María Antonieta hace a su madre en una carta del 12 de julio:
«[…] Me levanto a las diez, o a las nueve, o a las nueve y media, y una vez vestida, digo mis oraciones de la mañana, luego desayuno y voy a ver a mis tías, donde casi siempre encuentro al rey. Eso dura hasta las diez y media; a continuación, a las once, voy a peinarme. [… ] Al mediodía, misa; si el rey está en Versalles voy con él y mi esposo y mis tías a misa; si no está, voy sola, con mi señor el delfín, pero siempre a la misma hora. Después de la misa almorzamos los dos ante todo el mundo, pero eso termina a la una y media, porque los dos comemos con mucha rapidez. De ahí voy a las habitaciones de mi señor el delfín, y si tiene cosas que hacer, vuelvo a mis aposentos, leo, escribo o trabajo, pues estoy haciendo un jubón para el rey, pero espero que con la gracia de Dios quede terminado en unos años. A las tres voy de nuevo a ver a mis tías, adonde el rey va a esa hora; a las cuatro viene el abad; a las cinco, todos los días, el maestro de clavicordio, o a cantar hasta las seis. A las seis y media voy casi siempre a las habitaciones de mis tías […]. A las siete se juega hasta las nueve, […]. A las nueve cenamos, vamos a acostarnos a las once. Ése es todo mi día».
¡No es posible dejar de bostezar de aburrimiento ante este empleo del tiempo que
se impone a una delfina de catorce años! Si por lo menos Luis Augusto manifestase
alguna solicitud hacia María Antonieta, pero nada, nada. Nunca se ha visto una
pareja tan mal avenida. Ella es fina. Él, tosco. Ella es osada. Él, tímido. Ella es altiva.
Él, modesto. Ella tiene ingenio. Él no lo tiene, y cuando un adulador se lo asigna, él
rectifica: «Os equivocáis, señor, no soy yo quien tiene ingenio, sino mi hermano
Provenza». Ella es adorada por su madre, sus hermanos, sus hermanas; Él no es
querido. Y lo sabe. De niño, durante una lotería en la cual se debía dar lo que se
ganase a la persona por quien uno era querido, Luis Augusto fue el único que guardó
sus regalos. Como hubo mucho asombro, respondió con esta confesión desgarradora:
«Es que nadie me quiere aquí».
Luis Augusto es sombrío, melancólico. ¿Cómo no serlo? Tantos duelos han
ensombrecido sus primeros años… Su hermano mayor, el duque de Borgoña, muere
en 1761. Su padre fallece en 1765 y su madre en 1767. He aquí que Luis Augusto
queda huérfano a los trece años, y su única familia es su preceptor, el señor de La
Vauguyon, «un hombre malévolo», según la opinión de la corte, que sabía de esas
cosas. La muerte de su hermano mayor, y después la de su padre, han hecho de Luis
Augusto el sucesor de Luis XV. Él es el delfín, el futuro rey de Francia, cosa que no
tardará en exasperar a sus dos hermanos, Provenza y Artois, a quienes devorará el
ansia de ceñirse la corona si…
Como nadie lo quiere, Luis Augusto ha remplazado el amor por la caza, la
carpintería, la cerrajería, sus tres pasiones. María Antonieta no pediría otra cosa que ser la cuarta… o suplantar las otras tres para ser la única pasión de Luis Augusto.
Emprende ese camino, y el 14 de julio de 1770 Mercy anuncia a María Teresa:
«El artículo más satisfactorio para la señora delfina es que todos los días conquista mayor ascendiente sobre el espíritu del señor delfín. Se comporta ante él con tanta alegría y gracia, que este joven príncipe se encuentra subyugado; le habla con confianza de cosas acerca de las cuales no se ha franqueado con nadie. Su carácter sombrío y reservado lo había vuelto impenetrable hasta hoy, pero la señora delfina le hace decir todo lo que quiere […]».
Es posible imaginar la escena, con María Antonieta desplegando sus gracias y su
ingenio ante un niño a quien nadie ha dedicado nunca la menor atención… En agosto,
una noche, el delfín come tantos pasteles, que sufre las consecuencias de su
glotonería: una indigestión. A la noche siguiente la delfina da la orden de que se
lleven las pastas que hay en la mesa, y prohíbe que se las sirva hasta nueva orden. El
delfín, asombrado ante esta señal de consideración, sonríe de felicidad. A partir de
entonces, la influencia de María Antonieta sobre su esposo no dejará de crecer.
Influencia que se detiene en el lecho. Luis Augusto no ha cumplido nunca con su
deber conyugal, cosa que inquieta a María Teresa, asombra a Luis XV, deja perplejas
a las Señoras y hace parlotear a la corte de Francia y a las cortes de Europa. Ante
semejante agitación, Luis Augusto promete que para el 20 de setiembre y, luego, para
el 10 de octubre. Nada, siempre nada. Para tratar de aclarar lo extraño de tal
situación, resulta imposible proceder por alusión o por perífrasis. Hay que llamar al
pan, pan, y a un prepucio, prepucio. El de Luis Augusto se adhiere demasiado al
glande, cosa que hace que la erección resulte desagradable y que los intentos de
penetración sean dolorosos, y aun insoportables. A esta imposibilidad fisiológica se
agregan una cierta timidez, una sensualidad todavía adormecida. El delfín gasta su
ardor en las cacerías o en modelar el hierro. Al cabo de un día de actividades
incesantes, se duerme con el sueño que derriba a los deportistas y artesanos. Luis
Augusto también se ve contenido por los escrúpulos religiosos inspirados por su
preceptor, el señor de La Vauguyon. Se libera, con la ayuda de María Antonieta,
desprendiéndose de ese Vauguyon, a quien sorprende escuchando ante las puertas.
¡Inadmisible! Pero nada, siempre nada.
También es posible que Luis Augusto no se sienta tan atraído por el placer, sin
por ello ser un impotente, como dicen los rumores. No hacer el amor es una manera
como cualquier otra de protestar contra la Lujuria (Luis XV) y el Desenfreno (la
señora Du Barry). En esa alegoría del Desenfreno y la Lujuria, el delfín, que es un
puritano, se vería en el papel de un Arcángel Justiciero. En esa misma alegoría, María
Antonieta haría la figura de la Inocente Perseguida. Porque la delfina sufre ahora, por
intermedio de muchas personas, las persecuciones de la señora Du Barry.
Al principio del verano de 1770, por una cuestión de precedencia, las compañeras
de la delfina —entre ellas la condesa de Grammont— y las de la señora Du Barry se
habían enfrentado. Estas damas habían intercambiado frases tan punzantes que la favorita se quejó ante el rey. Éste, que nada podía negar a la señora Du Barry, a quien
le debía el conocimiento de sus últimas voluptuosidades, había exiliado a la condesa
de Grammont a quince leguas de París. La condesa enfermó allí, y pidió a María
Antonieta que interviniese en su favor. Nunca se pedía en vano una ayuda a María
Antonieta. La delfina intervino ante el rey, quien se negó. La delfina insiste. Un tanto
irritado, el rey piensa en cerrar el incidente con un «Señora, creo haberos dicho que
os daría una respuesta». Eso es no tener en cuenta el espíritu de réplica de María
Antonieta, quien enseguida replica:
—Pero papá, con independencia de las razones de humanidad y justicia, pensad
en la pena que sería para mí si una mujer que se encuentra unida a un servicio llegase
a morir en desgracia con vos.
«Papá» no tuvo más remedio que sonreír y prometer a su nieta que la satisfaría.
Encarga al duque de La Vrillière que envíe a la señora de Grammont el permiso para
ir a hacerse atender en París. El duque omite avisar a la delfina, quien se enoja y
declara con tono cortante:
—Señor, como se trata de una petición de la cual os he encargado, y que se refiere
a una dama de mi servicio, habría debido ser la primera en recibir la información, y
por vos, de la decisión que el rey adoptara respecto de ella; pero veo, señor, que me
habéis tratado como a una niña y tengo el gusto de deciros que no lo olvidaré.
Se creería oír a María Teresa hablando por boca de María Antonieta. Se admirará
aún más esta réplica cuando se sepa que el duque de La Vrillière se cuenta entre los
amigos de la señora Du Barry. Las Señoras aplauden a María Antonieta por su
conducta y sus frases. Doña Adelaida reconoce que no habría tenido el mismo valor,
o la misma inconsciencia, y suspira:
—¡Ya se ve que no sois de nuestra sangre!
Las Señoras adquieren una influencia cada vez mayor sobre María Antonieta.
Estimulan su inclinación a la burla, y la señora Du Barry es con frecuencia el blanco
de ésta, cosa que molesta al rey.
Las Señoras se convierten en modelos para la delfina, quien con el ejemplo de
ellas, juega a mostrarse asustada. Ya no se atreve a hablar al rey, se libera lo más
posible de sus deberes de representación, y cuando debe cumplirlos lo hace con una
agitación terrible, que el abad de Vermond trata en vano de calmar. El 10 de octubre,
Doña Luisa recibe en Saint-Denis el hábito de carmelita, de manos de María
Antonieta. Temerosas de que su sensibilidad sufra demasiado durante la ceremonia,
las Señoras no asisten a ella. La delfina vuelve de prisa a contarles los detalles. Ya no
se separan. Cosa que deplora Mercy y que exaspera a María Teresa, quien ve que su
autoridad materna es minada por esas tres viejas arpías. Las Señoras alientan en
exceso el gusto de su hija por las niñerías, en todos los sentidos que puede tener este
término.
María Antonieta adora a los niños y gusta de participar en sus juegos. El pequeño
Misery, de cinco años, hijo de una de sus camareras, va con demasiada frecuencia a los aposentos de la delfina y provoca tanta distracción durante «los momentos de
lectura y de ocupaciones serias» que Vermond se queja de ello. «Siempre le ha
gustado demasiado jugar con niños», reconoce María Teresa, quien para remediar
esta distracción pide a su hija «una especie de diario de las lecturas que hace con el
abad». ¡María Teresa tendrá que esperar su «diario» mucho tiempo!
Durante el verano de 1770, María Antonieta sólo lee dos libros, las Cartas del
conde de Tessin y las Bagatelas morales del abate Coyer. Antes que la lectura,
prefiere con toda claridad los juegos con el pequeño Misery o el pequeño Thierry, de
cuatro años, también hijo de una de sus camareras. A sus juegos se unen dos perros
«muy sucios» de María Antonieta. Se distraen como pueden.
En ocasiones, la delfina sale de exploración por el parque de Versalles, ¡huyendo
de todas las coerciones, incluida la… de llevar un corsé! Esa negativa hace correr ríos
de tinta entre Mercy y María Teresa. Durante dos meses, María Antonieta persistirá
en su rechazo, y sólo usará un corsé en octubre. Muy pronto olvida el asunto del
corsé para dedicarse a una nueva diversión, los paseos a lomo de asno, tres o cuatro
veces por semana. María Teresa encuentra que eso es demasiado, que es algo rayano
en la disipación. La emperatriz de Austria no ha terminado con sus aflicciones. Como
ha adquirido, con los asnos, el gusto por la equitación, María Antonieta quiere montar
a caballo. Negativa de María Teresa. Alentada por las Señoras, María Antonieta pasa
por encima de ésta y monta a caballo. Furor —contenido— de María Teresa cuando
se ve ante el hecho consumado. El 2 de diciembre de 1770 escribe a su hija:
«He llegado a un punto al cual sin duda habéis tratado ya, con precipitación, de llevarme: se trata de eso de montar a caballo. Tenéis razón en creer que nunca podré aprobarlo a los quince años; vuestras tías, a quienes citáis, lo hicieron a los treinta. Eran las Señoras, y no la delfina, y me siento un tanto molesta con ellas por haberos animado con sus ejemplos a sus complacencias; pero me decía que el rey aprueba, y también el delfín, y todo queda dicho para mí: ellos son quienes deben daros órdenes, en sus manos pongo a esta amable Antonieta: montar a caballo arruina el cutis, y a la larga vuestro cuerpo se resentirá y parecerá mucho más grande».
Aunque picada en su coquetería, María Antonieta no dejará de hacer sus paseos a
caballo. Con la emperatriz de Austria, la delfina aprende a manejar, para su beneficio,
los sermoneos, como lo demuestra esta exquisita escena de enfado, digna de un
Marivaux y comunicada por Mercy:
«Desde hace mucho tiempo, la señora delfina exhorta al señor delfín a no demorarse tanto en la caza, y ese día le había rogado que regresara a una hora razonable, para que estuviese vestido y no se hiciera esperar para el espectáculo. Mi señor el delfín volvió tarde y, según su costumbre, mucho después que el rey. Encontró a la señora delfina en los aposentos de Su Majestad; se acercó a ella con expresión un tanto turbada y le dijo: “Ya veis que he llegado a tiempo”. La señora delfina le respondió con tono bastante seco: “¡Sí, bonita hora!”. Fueron al espectáculo, donde mi señor el delfín fue víctima todo el tiempo de la irritación de ella. Al regreso del teatro, trató él de pedir una explicación; entonces la señora delfina le dirigió un pequeño sermón, muy enérgico, en el cual le expuso con vivacidad todos los inconvenientes de la vida salvaje que él hacía. Le hizo entender que nadie, en su séquito, podía resistir ese tipo de vida, tanto menos cuanto que su aire y sus modales
groseros no ofrecían compensación alguna a sus seguidores, y que si continuaba con ese método, terminaría por destruir su salud y hacerse detestar. Mi señor el delfín recibió esta lección con dulzura y sumisión; reconoció sus errores, prometió repararlos y pidió formalmente perdón a la señora delfina».
Algunos reproches pueden ser considerados como otras tantas pruebas de amor.
Luis Augusto no se engaña al respecto. Es amado por María Antonieta, se encuentra
persuadido de ello, convencido. Está en el paraíso. Es amado por un ángel. Todos los
días le traen nuevas pruebas de la bondad de su angélica mitad.
En diciembre, durante una cacería, el postillón de la delfina resulta herido. En esa
época, los grandes no se detenían en tales detalles y continuaban con la cacería.
María Antonieta se detiene durante una hora, se ocupa de todo, lo dirige todo y relata,
con la alegría que se difunde por la corte:
—Dije a todo el mundo que eran mis amigos, pajes, palafreneros, postillones. Les
dije: «¡Amigo mío, ve a buscar a los cirujanos! ¡Amigo mío, corre en busca de unas
angarillas!».
¿No es conmovedora, esta delfina de quince años que ve amigos por todas partes?
¿No se parece a un cuadro de Greuze, El postillón herido?
Al día siguiente de este accidente, María Antonieta envía a pedir noticias de su
protegido, cuando un cortesano tiene la desgracia de decir en su presencia: «La gente
de las caballerizas tiene el cuero duro». Indignada, María Antonieta comunica esta
afirmación al abad de Vermond, quien la comenta:
«[…] Las personas que hablan así se equivocan mucho, la gente pobre vive más junta, es menos disipada y debe quererse tanto, por lo menos, como los grandes entre sí».
Tranquilizada acerca de la suerte de los pequeños que se quieren tanto como los
grandes, María Antonieta se prepara para las fiestas de Navidad, las primeras que no
pasará en su familia.
¡Para olvidar su alejamiento, esta desarraigada multiplica los actos de caridad
hasta tal punto que su reputación de bondad no cesa de crecer, y se le atribuyen
buenas acciones que no ha cometido! En ocasión de una disminución del precio del
pan, el pueblo de París afirma en voz alta que la señora delfina es quien ha obtenido
esa reducción, cuando en verdad nada tuvo que ver con ella. En París, lo mismo que
en Versalles, la buena reputación de María Antonieta se extiende y llega hasta Viena.
María Teresa se digna mostrar su satisfacción en una carta escrita en la víspera del
decimoquinto aniversario de su hija, el l de noviembre de 1770:
«Sois vos quien debe dar el tono en Versalles; y lo habéis logrado muy bien; Dios os ha colmado de tantas gracias, de tanta dulzura y docilidad, que todo el mundo tiene que quereros: es un don de Dios y hay que conservarlo, no para gloriaros con él, sino para cuidarlo con esmero, por vuestra propia dicha y por la de todos los que os pertenecen».
Para conservar ese estado de gracia que concuerda con las gracias de los quince
años, María Teresa recomienda la más estricta vigilancia:
«Os lo ruego, no os dejéis llevar por la negligencia: a vuestra edad, eso no conviene, y en vuestro lugar menos todavía; ello atrae el desaseo, la negligencia y la indiferencia, aun en todo el resto de vuestras acciones, y os hará daño; ésa es la razón de que os importune, y no puedo dejar de preveniros contra las menores circunstancias que podrían arrastraros a los defectos en los cuales ha caído toda la familia real de Francia, desde hace largos años: son buenos, virtuosos en sí mismos, pero en modo alguno están hechos para brillar […] o para divertirse honradamente, lo cual ha sido la causa común de esos extravíos de sus jefes, que, como no hallaban recurso alguno entre ellos, creyeron deber buscarlos afuera y en otras partes. […] Quedamos muy bien compensados de las pequeñas molestias que padecemos, gracias a la satisfacción y la alegría que semejante conducta produce y conserva. Por lo tanto os ruego, como amiga y como vuestra tierna madre, que habla por experiencia, que no os dejéis llevar a ninguna indiferencia, ni en relación con vuestro cuerpo ni en lo relacionado con las representaciones. Lamentaríais, pero demasiado tarde, el no haber escuchado mis consejos».
Gravedad de tono que no es el que usa, por lo general, para una carta de
cumpleaños. Y es que María Teresa no pierde una sola ocasión para poner en guardia
a su hija querida contra los peligros que ella advierte demasiado bien. El mal ejemplo
dado por la familia real de Francia, y ante todo por su jefe, puede tener, a la larga, la
más nefasta influencia sobre María Antonieta, quien tal vez sólo destacó de la carta
de su madre una única frase: «Tenéis todos los motivos del mundo para estar
contenta».
En ese final del año 1770, María Antonieta tiene «todos los motivos del mundo
para estar contenta», cuando, el 24 de diciembre, estalla el anuncio de la caída en
desgracia de Choiseul. Luis XV ofrece a la señora Du Barry, como regalo de
Navidad, la desgracia de ese ministro a quien la delfina debe su matrimonio. Sin
mostrar la menor molestia, Choiseul pone «la renuncia a su cargo de secretario de
Estado y de superintendente de Correos en manos del duque de La Vrillière». Viaja
de Versalles a París, donde es recibido con «aclamaciones honorables», y se retira,
por orden del rey, a sus dominios de Chanteloup. Los grandes señores, las damas a la
moda, se apresuran a visitar al exiliado.
No por ello deja de triunfar la señora Du Barry. Jaque a la delfina, quien había
elegido a Choiseul y su partido. A pesar de ese fracaso final, 1770 es un año muy
henchido de acontecimientos para María Antonieta: su partida de Viena, sus
encuentros, con pocos días de intervalo, con tres personas que tendrán tanta
importancia en su destino: Luis de Rohan, la princesa de Lamballe, la condesa Julio
de Polignac; su casamiento, su conquista de un esposo de lo más huidizo; su naciente
renombre. Se querría mantener intacta esta imagen de una María Antonieta de quince
años que juega con los corazones, con los niños, y cuya despreocupación, cuyos
impulsos de compasión, hacen retroceder por un instante el poderío de las Parcas y de
las fuerzas del mal.