Querida María Antonieta

Jean Chalon · Capítulo 38 de 49

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Querida María Antonieta

Una reina en guerra

 

(PRIMAVERA DE 1792)

 

Si María Antonieta evita las apariciones en público para no desencadenar

incidentes o comentarios malévolos, la gente no deja de propagar rumores absurdos

respecto de ella.

 

«Uno de febrero de 1792. Un triunvirato femenino conduce ahora todas las operaciones del Ministerio. Está compuesto por la reina, la señora de Lamballe y la señora de Staël. La reina, según se dice, ha tomado a su cargo las Relaciones Exteriores; la señora de Lamballe tiene el departamento del Interior, […] el de la Guerra le ha correspondido en el reparto a la señora de Staël

[…]»[113].

 

Este conglomerado de mentiras hace nacer una caricatura que muestra al rey

convertido en veleta hacia la cual sopla el «triunvirato femenino»… Otros rumores,

sin fundamento alguno, acerca de una huida del rey a Metz, provocan un tumulto ante

las Tullerías, con los habituales insultos y las bolas de fango arrojadas. Luis Augusto

se asombra ante semejante efervescencia:

 

«¿Entonces el pueblo no cree en mi promesa? No tengo intención alguna de abandonarlo, ni siquiera la de irme de la capital mientras mi presencia pueda contribuir a mantenerla confianza, el orden y la tranquilidad públicos».

 

Hace tiempo que «la confianza, el orden y la tranquilidad pública» son apenas

otros tantos recuerdos.

 

«Francia estaba entregada, en todas sus provincias, al bandolerismo más atroz. Los bosques eran devastados, los graneros saqueados, la circulación de los cereales interrumpida, […]. El rey, a quien esta nueva Asamblea había despojado del poco de autoridad que le quedaba, no tenía medio alguno de oponerse a esos excesos. […]. La situación del rey era espantosa y se agravaba de día en

día» [114].

 

Lo que también se agrava —como consecuencia de tantas pruebas— es el mal

estado de salud de la reina. Resulta curioso comprobar que si bien Fersen ha

señalado, en su Diario íntimo, con fecha 14 de febrero, que el rey llevaba el «cordón rojo», no tuvo una sola palabra para el visible decaimiento físico de María Antonieta,

que llamaba la atención a todos aquellos que se le acercaban: sus cabellos

encanecidos, la inflamación de su tez, el enrojecimiento de sus párpados causado por

las lágrimas y las vigilias, su delgadez. No, el «más amante de los hombres» nada ha

visto en relación con todo eso. Es como si la reina, para Fersen, no fuese una mujer

de carne y hueso, sino un ente, un símbolo, una estatua a la cual se venera desde

lejos…

 

Dos golpes terribles, con quince días de intervalo, harán vacilar a la estatua en su

pedestal.

Leopoldo II muere el 1 de marzo. Se le adjudicaba esta frase: «Tengo una

hermana en Francia, pero Francia no es mi hermana». Lo cual no impide que María

Antonieta pierda en Leopoldo a uno de sus últimos apoyos, por débil que sea. Lo

remplaza en el trono de Austria su hijo Francisco, quien asegura que sus

disposiciones hacia Francia serán las mismas que las de su padre. María Antonieta

duda de ello.

Al enterarse de la muerte de Leopoldo, ocurrida en cuarenta y ocho horas y

acompañada de fuertes «dolores de vientre», la reina piensa, y no es la única, en un

envenenamiento organizado por los jacobinos. Para confirmar sus sospechas, éstos

organizan una fiesta en los jardines de las Tullerías. Leopoldo es colgado allí en

efigie, y su cabeza de cartón es paseada en el extremo de una pica, bajo el balcón de

María Antonieta.

El 16 de marzo es asesinado Gustavo III de Suecia. Nuevo motivo de regocijo

para los jacobinos y de dolor para la reina:

 

«Sufrimos una gran pérdida; había conservado por nosotros un verdadero apego, y nos hizo decir, en la víspera de su muerte, que una de sus penas, al abandonar la vida, era la de sentir que su ausencia podía perjudicar nuestros intereses»,

 

dice María Antonieta a la señora de Tourzel.

Ese mismo 16 de marzo, Dumouriez es nombrado ministro de Relaciones

Exteriores. Conquista la confianza del rey. No logra ganar la de la reina.

—Señora, dejaos salvar —suplica Dumouriez.

En vano. María Antonieta no cree en la sinceridad de ese ministro a quien

considera demasiado vinculado a Robespierre.

Entre la muerte de Leopoldo II y la de Gustavo III, el 10 de marzo trae otro

motivo de congoja para la reina. Ese día, en la Asamblea, retomando el llamado que

Mirabeau había lanzado en vísperas de las jornadas de octubre —«¡Que la Asamblea

decida que sólo la persona del rey es inviolable!»—, Vergniaud exclama, mirando en

dirección de las Tullerías:

—El espanto y el terror han salido con frecuencia, en los tiempos antiguos, de ese

palacio famoso. Que penetren hoy en nombre de la ley; ¡que todos aquellos que lo

habitan sepan que la Constitución sólo otorga inviolabilidad al rey! ¡Que sepan que la

ley alcanzará sin distinciones a los culpables, y que no habrá una sola cabeza convicta

como criminal que pueda escapar a la guillotina!

No sería posible amenazar con mayor claridad a María Antonieta. Se habla otra

vez de divorcio y de convento. Consciente de la gravedad del peligro, la reina quema,

con la ayuda de la señora Campan, los papeles que considera comprometedores para

sus amigos.

En esa primavera de 1792, María Antonieta ve sucederse, casi sin interrupción,

las penas y las congojas. Se entera de que una nueva edición de las Memorias de la

señora de La Motte se difundirá en París; se alarma y previene a Luis Augusto, quien,

con una celeridad, un espíritu de decisión inesperados, hace comprar enseguida los

volúmenes y quemarlos. Un ejemplar escapa a la destrucción, y el Comité de Salud

Pública lo reclama y lo hace imprimir. En verdad, Luis Augusto y María Antonieta no

tienen suerte en esa primavera de 1792…

La llama demasiado intensa de esa hoguera es seguida por otra, más modesta, la

de una vela que ilumina la Pascua clandestina de María Antonieta. Gracias a la

complicidad de la señora Campan, puede recibir la comunión, a las cinco de la

mañana, en la capilla de las Tullerías, de manos de un sacerdote no juramentado…

 

«Me siento muy atormentada en cuanto al preceptor de mi hijo. Nos hemos

decidido por el señor de Fleurieu, pero no sabemos todavía en qué momento se lo

diremos», escribe María Antonieta a Fersen, el 30 de marzo de 1792.

Luis Carlos ha llegado a la edad de pasar del «gobierno» de las mujeres al de los

hombres. Va a cumplir siete años. Como todas las madres, María Antonieta encuentra

que su hijo es el más bello. Es su alegría y su consuelo. «Su alegría y su amabilidad

eran las únicas diversiones que aliviaban las penas que abrumaban todos los días a la

reina»[115]. ¿Debía María Antonieta separarse de él? ¿No escuchar más a quien

canturrea «Mamá es la más querida de las mamás»? ¿Y para entregarlo a quién? A

hombres designados por la Asamblea, a un Pétion, a un Sieyès, e inclusive se ha

postulado el nombre de un Robespierre. María Antonieta se estremece. Convence a

su esposo de que sólo los padres tienen el derecho de elegir a quien educará a sus

hijos, y de que ese derecho es inalienable. Luis Augusto y María Antonieta han

elegido, con prudencia, al señor de Fleurieu, quien, como «estaba vinculado con

todos los miembros del partido constitucional, despertaría menos sospechas que

cualquier otro».

El 18 de abril, el rey escribe al presidente de la Asamblea:

«Os ruego, señor presidente, que prevengáis a la Asamblea Nacional de que como mi hijo ha llegado a los siete años de edad, he nombrado preceptor al señor de Fleurieu: su probidad y sus luces, reconocidas por todos, tanto como su apego a la Constitución, han determinado mi elección».

 

Otra precaución inútil: el nombramiento del señor de Fleurieu —quien nunca

ocupará su puesto— pasará totalmente inadvertido, ya que dos días más tarde, el 20

de abril, el rey declara la guerra a Austria. Es empujado a ella por sus ministros, la

mayoría de los cuales pertenecen al partido de los girondinos. El rey, «para cubrir su

responsabilidad en una medida tan grave, que rechazaba, había hecho que cada

ministro le hiciera llegar su opinión, motivada y firmada». Mientras el rey rechaza

esa guerra, la reina ve en ella la esperanza de realizar su plan. Sigue convencida de

que al «congreso armado» le bastará con desplegar sus fuerzas para que todo quede

en orden, sin efusión de sangre. La señora de Tourzel no está muy lejos de compartir

esa opinión:

 

«Francia comenzaba la guerra sin dinero, con un ejército desordenado, plazas sin defensa, y si los aliados no hubiesen dejado a los franceses el tiempo necesario para recuperarse de su primer susto, es más que probable que hubiesen terminado con la revolución e impuesto a Francia un gobierno razonable».

 

Mucho antes de la declaración de guerra del 20 de abril, Mercy previno a María

Antonieta de que «si estalla la guerra, será muy importante que se conozcan en las

Tullerías los movimientos de todos los días y las intrigas de todos los partidos». El

hábito que tiene la reina de obedecer a ese guía impuesto por su madre es más fuerte

que cualquier otra cosa. María Antonieta revela a Mercy y a Fersen que está enterada

de los movimientos de tropas. El 5 de junio «hay órdenes para que el ejército de

Luckner ataque sin cesar; éste se opone, pero el Ministerio lo desea. Las tropas

carecen de todo, y se encuentran sumidas en el mayor desorden». El 11 de julio

«Luckner toma el ejército del Rin, La Fayette pasa al de Flandes; Biron y Dumouriez,

al del centro».

¿Tiene ella conciencia de estar traicionando a Francia? No. En primer lugar, esas

tropas «que carecen de todo» están compuestas de esos furiosos de quienes ella debe

temer cualquier cosa. Luego, considera la guerra como un asunto de familia en el cual

tiene voz, ya que su esposo, sus cuñados, su sobrino, para nombrar sólo a ellos, están

comprometidos. Y de esa guerra depende el futuro y la salvación de su hijo.

 

«Pero el comienzo de la guerra no fue feliz para Francia. Un destacamento del ejército del Norte

fue derrotado cerca de Tournay, y regresó a Lille en medio de un espantoso desorden» [116].

 

La Fayette se ve obligado a replegarse, Dumouriez es rechazado, Rochambeau

presenta su renuncia. Es la desbandada. Ya se imagina a los ulanos a las puertas de

París. Es el pánico. Se ataca al rey, a sus ministros y, sobre todo, a la reina con creciente violencia. «No os asombréis si os escribo un día para anunciaros el

asesinato del desdichado rey y de su esposa», escribe el 1 de mayo Coray, un sabio

griego que vivía en Francia.

El 16 de mayo, en los Anales patrióticos, un amigo de los girondinos, Carra,

denuncia las actividades de las Tullerías. El salón que allí dirige la señora de

Lamballe es presentado como un «comité austríaco», se acusa a la reina de preparar

una «noche de San Bartolomé de los patriotas» y al rey de querer huir y entregar las

plazas fuertes y el Ejército a los emigrados. La pregunta es: ¿con qué poderes?

Es demasiado. Ante semejantes extravagancias, el rey sale de su reserva, o de su

apatía, y juzga que el «interés del Estado y su tranquilidad interior no permitían dejar

pasar en silencio ese tipo de calumnias». Quería que «todo ese asunto fuese aclarado

perfectamente». No fue así. Amigo de los girondinos, Carra era intocable.

Convertido en alcalde de París en lugar de Bailly, Pétion aprovecha la agitación

para multiplicar las patrullas, cosa que mantiene a los parisienses en un constante

estado de alarma. Para no quedar atrás, los girondinos hacen disolver la guardia

constitucional asignada al rey, ya que, según ellos, dicha guardia sólo se compone de

sacerdotes refractarios y de aristócratas. El rey queda sin defensa.

El 26 de mayo, la Asamblea decreta que los sacerdotes no juramentados serán

condenados a deportación. El 8 de junio, decide la formación de un campamento de

veinte mil hombres cerca de la capital. El 19 de junio, el rey opone su veto a esos dos

decretos. El primero era un ataque contra la libertad de conciencia proclamada por la

Constitución y el segundo una amenaza para el orden público. ¿El rey dejará de ser

un fantoche? Ya ha despedido, el 13, a tres ministros girondinos, Roland, Clavière y

Servan. Esos tres despidos, ese doble veto, producen «grandes movimientos» en

París. Ese mismo 19 de junio, el rey remite a su confesor la siguiente esquela:

 

«Venid a verme; nunca he tenido tanta necesidad de vuestros consuelos. He terminado con los hombres; mis miradas se dirigen al cielo. Para mañana se anuncian grandes desgracias; tendré valor».

 

Luis Augusto tiene tanto más valor cuanto que María Antonieta muestra el suyo

cada día más. Esa bebedora de agua se embriaga de valentía, tal como antes se

embriagaba con el brillo de los diamantes. Los permanentes clamores de «¡Abajo

Doña Veto!» no la rozan siquiera. Doña Veto, Doña Déficit, Perra Austríaca… La

reina se niega a reconocerse en estas caricaturas que se venden bajo sus ventanas…