Querida María Antonieta

Jean Chalon · Capítulo 2 de 49

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Querida María Antonieta

Un viaje encantado

 

(21 DE ABRIL-13 DE MAYO DE 1770)

 

Indiferente, María Antonieta va de convento en castillo, de albada ofrecida por

monjes músicos a serenata cantada por muchachas adornadas con flores. Recibe

ramilletes, preside distribuciones de vituallas y, poco a poco, con su séquito de 132

personas y 376 caballos, se va acercando al reino de Francia. Como nada ignora

acerca del deterioro de ese reino, y como sabe que arroja a Antonieta al cenagal de

Versalles, alianza franco-austríaca obliga, María Teresa, cediendo a una legítima

inquietud, renueva, el 4 de mayo, los reproches que había escrito el 21 de abril: «Os

recomiendo, mi querida hija, que releáis mi papel todos los días 21». En la misma

carta del 4 de mayo, no puede dejar de trazar un retrato demasiado elogioso de Luis

XV: «Encontraréis un padre tierno, que al mismo tiempo será vuestro amigo, si lo

merecéis». Un «padre tierno», un «amigo»: se diría que María Teresa trata de

convencerse y de atenuar sus remordimientos de conciencia por confiar su hija a un

hombre notoriamente esclavizado por una antigua cortesana, la señora Du Barry. Ella,

María Teresa, que no vacila en hacer azotar a las mujeres públicas…

De Luis XV, la emperatriz pasa a referirse al delfín:

 

«Del delfín, nada os digo; conocéis mi delicadeza al respecto. La mujer está sometida en todo a su esposo, y no debe tener otra ocupación que la de complacerlo y hacer su voluntad. La única dicha verdadera en este mundo es un matrimonio feliz; puedo decirlo. Todo depende de si la mujer es complaciente, dulce y divertida».

 

Es verdad que el matrimonio de María Teresa de Austria y de Francisco de

Lorena ha sido, a su manera, un matrimonio dichoso, aunque María Teresa no

siempre ha sido tan «complaciente, dulce y divertida» como recomienda a su hija que

lo sea.

María Teresa es una corresponsal infatigable. Mercy también. De 1770 a 1780 los

dos intercambiarán innumerables cartas. Esta [8] Correspondencia se mantendrá en

secreto. María Antonieta se asombra, y aun llega a irritarse, en ocasiones, cuando ve

que su madre está informada de sus menores actos y gestos. Nunca sospechará de

Mercy. Atribuía esas informaciones a los «malditos espías de Federico II»[9].

Se entabla una partida apasionante entre la emperatriz y su embajador en París,

con la conducta que debe tener la delfina como apuesta del juego. Aun desde lejos,

María Teresa sabe ser omnipresente, y obsesionar a su hija por medio de incesantes

misivas.

Pero, ¡ay!, ni María Teresa ni Mercy se encuentran en Estrasburgo para

describirnos las fiestas ofrecidas en honor de María Antonieta, consolada en su

ilusión de llegar al país de cuento de hadas, ya que en la plaza del Ayuntamiento

manan fuentes de vino y en las calles se asan bueyes enteros.

En una isla, en medio del Rin, en un pabellón construido para tales circunstancias

con vistas a la ceremonia de la entrega, María Antonieta fue «entregada» por su

séquito austríaco al séquito francés, según una antigua costumbre que ya no se

respeta del todo. María Antonieta habría debido quitarse hasta las medias y, desnuda,

recibir sus «vestimentas a la moda francesa». Pero ya se encuentran «vestida al estilo

francés» cuando se despide de sus acompañantes vieneses y va hacia su dama de

honor, la condesa de Noailles, a quien rodean la duquesa de Villars, azafata, y cuatro

damas del Palacio, la duquesa de Picquigny, la marquesa de Duras, la condesa de

Mailly, la condesa de Sauh-Tavannes. Estas damas han pertenecido a la casa de la

difunta esposa de Luis XV, María Leszczynska. Para disculpar las infidelidades de su

yerno, y las suyas propias, Stanislas Leszczynski decía:

—¡Qué queréis, mi esposa y mi hija son las dos reinas más aburridas que me haya

sido dado conocer!

A ese aburrimiento se agregaba la pasión de María Leszczynska por la etiqueta,

pasión contagiosa que había comunicado a la condesa de Noailles, a quien María

Antonieta, burlona, apodará muy pronto Dona Etiqueta, ya que «la etiqueta era para

ella una especie de atmósfera: al menor descalabro del orden consagrado, se habría

dicho que estaba por ahogarse»[10]. Pero nada, en esos días de regocijo estrasburgués,

ni siquiera las trabas de la etiqueta logran borrar la sonrisa de María Antonieta, quien

escucha discursos fatigosos y arengas interminables como si oyese sus arias de ópera

favoritas.

Ansioso de complacer a la delfina, el señor D’Antigny, «jefe del Magistrado», le

dirige la bienvenida en alemán. Con ese espíritu de oportunidad que conservará hasta

el final, en los peores momentos, María Antonieta lo interrumpe con un «no hable en

alemán, señor, a partir de hoy no escucho otro idioma que el francés». Ante estas

palabras, la tormenta y los truenos que habían acompañado la ceremonia de la

entrega se alejan como malos augurios conjurados por tanta gracia.

Una gracia deslumbrante, que más tarde testimoniará en sus Memorias una de las

asistentes de las fiestas de Estrasburgo, Enriqueta Waldner, futura baronesa de

Oberkirch:

 

«El porte de su cabeza, la majestuosidad de su talla, la elegancia y la gracia de su persona […], todo en ella respiraba la grandeza de su raza, la dulzura y la nobleza de su alma; atraía a todos los corazones».

Los corazones se rinden a ese atractivo, incluido el corazón corrompido del

obispo-coadjutor de la diócesis, el príncipe Luis de Rohan, Caza a la mujer y al zorro

con igual placer, no se fija en gastos. Desenfrenos y prodigalidades lo preparan para

ser un actor ideal en «el caso del Collar». Rohan desea a la delfina, en la catedral de

Estrasburgo, que «el feliz Imperio de Antonieta y Luis Augusto» vea perpetuarse «la

dicha de que gozamos bajo el reino de Luis el Bienamado».

Después de Estrasburgo y la bendición de Rohan, vienen las alabanzas de Nancy,

los vivas de Lunéville, los aplausos de Commercy. Se corre, se acude, hay

apiñamientos para aclamar a la delfina. A pocas leguas de Chálons, un viejo cura

rural que había tomado como tema de su felicitación algunos versículos del Cantar de

los Cantares, queda sin voz al ver a la resplandeciente María Antonieta, y se

conforma con murmurar: «¡Ah, señora, no os asombréis de mi escasa memoria; ante

vuestro aspecto, Salomón habría olvidado su arenga y dejado de pensar en su bella

egipcia!».

El entusiasmo es aumentado por los beneficios que provoca el paso de la delfina.

En esa ocasión, en Châlons, seis jovencitas dotadas por la ciudad recitan a María

Antonieta los siguientes versos:

 

Princesa cuyo ingenio, gracias, atractivos,

Vienen a embellecer nuestros climas,

En este día glorioso, ¡cuánta es nuestra dicha!

Debemos nuestro himen al esplendor del vuestro.

El cielo ha hecho al Estado dos favores a la vez

En esta augusta y pomposa alianza:

Nosotros daremos súbditos a Francia

Y vos le daréis reyes.

 

En Reims, en Soissons, el viaje adquiere visos de hechicería, en especial en

Soissons, donde las calles que recorren la delfina y su cortejo están adornadas de

árboles frutales «de veinticinco pies de altura, entre los cuales corrían guirnaldas de

hiedra, de flores, de gasas de oro y plata, entremezcladas con linternas».

La delfina multiplica sus sonrisas, sus risas, sus impulsos de espontaneidad. Esa

alegría, esa vivacidad, tan temidas y tan combatidas por María Teresa, causan

admiración. Unánimes, los gacetilleros repiten que basta ver a la delfina para quedar

encantados, ¡y que si se tiene la buena suerte de escucharla, eso es el arrebato!

Cada familia contiene un monstruo a quien se denomina —gracias, señor de La

Palice— el monstruo de la familia. La familia de los Luises ya no cuenta a sus

monstruos, sus ovejas negras, sus corderos sarnosos. Las monstruosidades, las

negruras, las sarnas mentales, se disimulan bajo cortesías exquisitas y modales

suaves… María Antonieta pasa, sin otra transición que ese breve viaje encantado, de

la sencillez de la corte de Viena a las inextricables complicaciones de la corte de Versalles, ese laberinto en cada uno de cuyos recodos se refugia un Minotauro, un

Luis.