Querida María Antonieta
La fiesta de Santa Teresa
(15 DE OCTUBRE DE 1793)
Oh ustedes, mujeres de todos los países, de todas las clases de la sociedad, escúchenme con la misma emoción que experimento. El destino de María Antonieta encierra todo lo que puede conmover el corazón de ustedes. Si son ustedes felices, ella lo ha sido; si sufren desde hace un año, desde hace más tiempo aún, todas las penas de la vida le han desgarrado el corazón […]. Mírenla, crueles, […], mírenla para contemplar las huellas de un año de desesperación. ¿Qué más necesitarían ustedes, si ella fuese culpable, y qué deben sentir entonces los corazones seguros de su inocencia?
La señora de STAEL
(Reflexiones sobre el proceso de la reina)
En ese otoño de 1793, el Terror hace estragos. Todos los días, o todas las noches,
hombres, mujeres, llegan a la Conserjería y no tardan en volver a salir, rumbo al
cadalso. María Antonieta se siente como protegida, preservada de ese vaivén.
Después de sus dos interrogatorios del 3 de setiembre y de su encierro en el calabozo-
farmacia, se la ha mantenido en total ignorancia acerca de lo que ocurre en el
exterior, y puede suponer, en efecto, que sus enemigos la han olvidado. No la olvidan.
Al contrario. Un paroxismo de invectivas escolta a la obsesión de «guillotinar a la
loba austriaca».
En Le Père Duchesne (El padre Duchesne), Hébert escribe:
«Se fija la hora catorce para juzgar a la tigresa de Austria, y se piden pruebas para condenarla, en tanto que si se le hiciera justicia tendría que ser picada como carne para pastel. […] Desde que ella reinó, sólo se ha pensado en el asesinato y la carnicería; más de un millón de hombres han sido víctimas. Los crímenes que ha cometido son apenas agua de rosas en comparación con aquellos que planeaba».
En otro periódico, el Rougyff:
«Toco a rebato junto a todos los oídos franceses, en relación con la infame Antonieta. Conserven a María Antonieta para hacer la paz, les dicen en voz baja, y yo les digo: háganle hacer el brinco
final, con las manos a la espalda».
En este concierto de imprecaciones, la Convención no descansa, da el tono de la
histeria colectiva. Uno de sus representantes, Billaud-Varennes, declara que es
inconcebible dejar sin juicio a la mujer que es la vergüenza de su siglo y de la
humanidad.
«La señora Capeto no es castigada; ya es hora de que la Convención haga pesar la espada de la ley sobre esa culpable. La malevolencia, que abusa del silencio de ustedes, hace correr el rumor de que María Antonieta, juzgada en secreto por el Tribunal Revolucionario y declarada inocente, ha sido vuelta a llevar al Temple; como si fuera posible que una mujer cubierta con la sangre del pueblo francés pudiera ser blanqueada por un tribunal popular. Pido que la Convención decrete en forma expresa que el Tribunal Revolucionario se ocupe en el acto del proceso y el juicio de la viuda Capeto»,
exclama Billaud-Varennes, el 3 de octubre. Su llamado es escuchado El proceso y el
juicio de la viuda Capeto son votados enseguida El 5 de octubre, el acusador público,
Fouquier-Tinville, se impacienta, y se queja de la falta de las pruebas necesarias para
condenar a María Antonieta. Hace que le comuniquen el expediente del proceso del
rey: no encuentra nada contra la reina.
El 7 de octubre, el alcalde y el procurador de la Comuna, junto con tres oficiales
municipales, acompañados por un miembro del Comité de seguridad general, el
pintor David, van al Temple para interrogar largamente a la hija y la cuñada de María
Antonieta. Nada obtendrán. Les irá mejor con su hijo, quien, debidamente
«trabajado» por Simon, acusa a su madre y a su tía de caricias indecentes. Enfrentada
a su sobrino, Isabel declara que «semejante infamia está muy por encima y muy lejos
de ella, como para poder contestarla; que por lo demás ese niño tenía ese hábito desde
hacía tiempo, y que debe recordar que ella y su madre se lo han reprochado muchas
veces». Luis Carlos precisa que «eso» ocurría por la mañana.
—¡Oh, monstruo! —no puede dejar de exclamar Isabel.
Esta calumnia supera a todas las que han abrumado a la reina desde el famoso
«nacimiento de la aurora» del verano de 1774… María Antonieta tiene hacia su hijo
el amor loco que Luis Augusto tenía para ella. Cuando se entere de la acusación de
Luis Carlos, no creerá ni por un instante que éste sea el autor de ella. Sólo Simon es
capaz de inventar «semejante infamia».
La maquinaria infernal destinada a derribar a la viuda Capeto ya está lista. Sólo
hace falta ponerla en marcha. El 12 de octubre, a las seis de la tarde, María Antonieta
es convocada al Palacio de Justicia, a la gran sala de audiencias. Se presenta ataviada
con su vestido negro y tocada con un gorro de hilo blanco, al cual ha agregado dos
cintas de crespón negro. En un estrado, la espera un sillón, en el cual se instala. Una
vez más, es la picota, antes de la ejecución.
El presidente del Tribunal Revolucionario, Armando Marcial José Hermann,
comienza el interrogatorio según las reglas: «Hemos hecho traer de la casa de la Conserjería a María Antonieta, viuda de Capeto, a quien hemos preguntado sus
nombres, edad, profesión, país y domicilio. Respondió que se llama María Antonieta
Lorena de Austria, de treinta y ocho años,[153] viuda del rey de Francia».
El interrogatorio continúa y se refiere a las relaciones de la acusada con los reyes
extranjeros, los millones entregados a su hermano, el emperador de Austria, sus
intervenciones para empujar a su esposo a ejercer su derecho de veto y a proteger a
los enemigos de la República.
—¿Sois vos quien enseñó a Luis Capeto ese arte de profundo disimulo con el cual
engañó durante demasiado tiempo al pueblo francés, que no sospechaba que se
pudiesen llevar a tal punto la maldad y la perfidia?
—Sí, el pueblo ha sido engañado; lo ha sido cruelmente, pero no por mi esposo ni
por mí.
[…]
—¿Fuisteis la instigadora principal de la traición de Luis Capeto; por vuestros
consejos, y quizá por vuestras persecuciones, quiso él huir de Francia para ponerse a
la cabeza de los furiosos que querían desgarrar su patria?
—Mi esposo nunca quiso huir de Francia; yo lo seguí a todas partes; pero si
hubiese querido salir de su país, habría empleado todos los medios para disuadirlo.
Sin embargo, no era ésa su intención.
—¿Cuál fue, entonces, el objetivo del viaje conocido con el nombre de Varennes?
—Conseguir la libertad que no podía tener aquí ante los ojos de nadie, y conciliar
desde allí a todos los partidos, para la dicha y la tranquilidad de Francia.
[…]
—Nunca, ni por un momento, dejasteis de querer destruir la libertad; ¿queríais
reinar, a cualquier precio que fuere, y volver a subir al trono sobre los cadáveres de
los patriotas?
—No teníamos necesidad de volver a ascender al trono, puesto que ya estábamos
en él; nunca hemos deseado otra cosa que la felicidad de Francia, queríamos que
fuese dichosa; pero si lo es, siempre estaremos contentos.
[…]
—¿Qué intereses ponéis en las armas de la República?
—Lo que deseo por encima de todo es, la dicha de Francia.
—¿Pensáis que los reyes son necesarios para la felicidad del pueblo?
—Una persona no puede decidir eso.
—Sin duda lamentáis que vuestro hijo haya perdido un trono al cual habría
podido ascender si el pueblo, esclarecido por fin respecto de sus derechos, no hubiese
derribado el trono.
—Cuando mi país sea feliz, no lamentaré nada por mi hijo.
¡Quienes han hundido a Francia en el Terror no tienen en la boca otra palabra que «felicidad»! Este vocablo, en boca de María Antonieta, debe de tener un sabor
amargo…
—¿Cuál es vuestra opinión sobre la jornada del 10 de agosto, en la cual los
suizos, por orden del amo del castillo, dispararon contra el pueblo?
—Me encontraba fuera del castillo cuando comenzaron a disparar; sólo sé que
nunca di la orden de hacerlo.
Nunca, tampoco, conseguirá el presidente del Tribunal Revolucionario sorprender
a la reina en falta. El testimonio de ello son las actas de la sesión. Frente a esos locos
furiosos que quieren hacer caer su cabeza para la dicha de los pueblos, María
Antonieta opone su razón, su sensatez, su dignidad. El informe oficial precisa que
«durante su interrogatorio, María Antonieta conservó casi siempre una actitud serena
y segura, mientras movía los dedos, con expresión distraída, sobre los brazos de su
sillón, como si tocara el clave».
Exasperado por tanta altivez, que es incapaz de entender, Hermann pone fin al
interrogatorio, renunciando a obtener la confesión abrumadora, y designa de oficio, a
esa acusada que tan bien se defiende por sí sola, dos abogados, Chauveau-Lagarde y
Tronçon-Ducoudray.
María Antonieta vuelve a su calabozo. Allí tendrá un gendarme, para vigilarla a la
vista, hasta el 16 de octubre por la mañana.
El 13 por la tarde, Chauveau-Lagarde y Tronçon-Ducoudray van a la Conserjería.
Ruegan a la reina que solicite una postergación, para que puedan examinar las
innumerables hojas del proceso.
—¿A quién hay que dirigirla? —pregunta la reina.
—A la Convención Nacional.
—No, nunca.
La reina se niega a pedir nada a quienes considera los asesinos de su esposo. Los
abogados insisten, y argumentan que por sus hijos María Antonieta no puede perder
la ocasión de justificarse plenamente. La madre triunfa sobre la esposa. María
Antonieta escribe a Hermann la siguiente esquela:
«Ciudadano presidente, los ciudadanos Tronçon y Chauveau, que el tribunal me ha designado como defensores, me hacen saber que se les ha dicho hoy cuál es su misión; debo ser juzgada mañana, y les resulta imposible tomar conocimiento, en tan breve plazo, de las actas del proceso, y ni siquiera leerlas. Debo a mis hijos no omitir ningún medio necesario para la total justificación de su madre. Mis defensores piden tres días de aplazamiento; espero que la Convención se los otorgue».
Esquela que queda sin respuesta. El proceso debe comenzar al día siguiente, lunes 14 de octubre, no se admitirá postergación alguna, y comienza ante una sala colmada.
No todos los días se puede ver a una reina de Francia acusada de crímenes
«desconocidos en el infierno». Como todas las personas de excepción, María
Antonieta se encuentra en todas partes a sus anchas, sea en un palacio o en un
tribunal, ya que en todas partes es siempre ella misma. Escucha al acusador público,
Fouquier-Tinville, como quien oye caer la lluvia, una lluvia de demencias pomposas:
«De ello resulta que, a la manera de las Mesalinas, Brunildas, Fredegundas y Médicis, a quienes otrora se calificaba de reinas de Francia y cuyos nombres, por siempre odiosos, no se borrarán de los fastos de la Historia, María Antonieta, viuda de Luis Capeto, ha sido, desde su permanencia en Francia, el azote y la sanguíjuela de los franceses».
Fouquier-Tinville retorna los agravios enumerados por Hermann durante el
interrogatorio, hace a María Antonieta responsable de la «orgía» del 1 de octubre de
1789, de la «horrible matanza» del 17 de julio de 1791 y de la «horrible
conspiración» del 10 de agosto. María Antonieta es acusada, además, de haber
dilapidado del tesoro nacional, de haber dado sumas «incalculables» a su hermano el
emperador de Austria, de haber mantenido informaciones y correspondencias con los
enemigos de la República, de haber atentado contra la seguridad interior y exterior de
Francia, y de haber encendido la guerra civil. ¿Dónde están las pruebas de todo eso?
No las hay. María Antonieta lo sabe muy bien. Por lo tanto, puede escuchar la
requisitoria de Fouquier-Tinville mientras sigue tocando en un clavicordio
imaginario, sobre los apoyabrazos del sillón en el cual se encuentra sentada y del cual
las «furias de la guillotina», las tejedoras, las verduleras, exigen a veces que se
levante para responder de pie a las preguntas.
—¿El pueblo se cansará pronto de mis fatigas? —murmura la reina, a quien
también cansan sus incesantes hemorragias.
Terminada la requisitoria de Fouquier-Tinville, comienza el desfile de los
testigos. Porque si bien no existen pruebas, hay testigos. ¡Y qué testigos! Un
Lecointre, quien da detalles grotescos sobre las jornadas de octubre de 1789. Un
Lapierre, quien ha visto, en la noche del 20 al 21 de junio de 1791, a numerosos
desconocidos que entraban y salían en las Tullerías. Un Roussillon, quien encontró,
siempre en las Tullerías, bajo el lecho de la reina, botellas de vino para embriagar a
los suizos. Con el cuarto testigo, Jacobo Renato Hébert, las cosas se ponen más
serias. Informa de que «el joven Capeto, cuya constitución física decaía de día en día,
fue sorprendido por Simon en poluciones indecentes y funestas para su
temperamento; de que como éste le preguntara quién le había enseñado esa
manipulación criminal, respondió que a su madre y a su tía debía el conocimiento de
este hábito funesto. […] resulta que esas dos mujeres le hacían acostar a menudo
entre ellas; que ahí se cometían los actos de orgía más desenfrenados: que ni siquiera
se podía dudar, por lo que había dicho el hijo de Capeto, que hubiese habido un acto
incestuoso entre la madre y el hijo».
Hébert lanza esta acusación sin que nadie reaccione. El presidente interroga
entonces a la reina acerca de Michonis y de la «persona portadora del clavel». Un
jurado interrumpe el interrogatorio:
—Ciudadano presidente, os invito a hacer observar a la acusada que no ha
respondido acerca del hecho del cual habló el ciudadano Hébert, en relación con lo
que pasó entre ella y su hijo.
El presidente obedece y María Antonieta pronuncia estas palabras que todavía se
cree escuchar hoy:
—Si no he respondido, es porque la naturaleza se niega a responder a semejante
inculpación hecha a una madre. Que lo digan aquellas que puedan encontrarse aquí.
El actuario anota que «aquí la acusada parece vivamente emocionada». El público
también. Manifiesta un tumulto de aprobación que condena a Hébert y absuelve a
María Antonieta. Cuando se entere de «ese triunfo de interés público», Robespierre
no ocultará su descontento contra ese «imbécil de Hébert».
El quinto testigo, Silly, quien se hallaba de servicio en las Tullerías en la noche
del 20 al 21 de junio de 1791, provoca nuevas peticiones de aclaraciones en lo
relativo a la huida a Varennes. El presidente pregunta a la acusada:
—¿Quién os proporcionó u os hizo llegar el famoso coche en el cual partisteis
con vuestra familia?
—Un extranjero.
—¿De qué nación?
—Suecia.
—¿No es Fersen, quien vivía en París, en la calle de la Cuba?
—Sí.
Después de haber acusado a María Antonieta de incesto, ése era el momento —o
nunca— de acusarla de adulterio y de preguntar si Fersen era su amante. Ello habría
bastado para desencadenar la indignación de las madres virtuosas que se hallaban allí
y que habían respondido con tanto entusiasmo al llamado de la reina. Pero no, el
nombre de Fersen cae en medio de la indiferencia general, y el actuario no nota que,
al escuchar ese nombre, la acusada «parece aquí vivamente emocionada». El
presidente continúa con otra pregunta:
—¿Por qué viajasteis bajo el nombre de una baronesa rusa?
—Porque no era posible salir de París de otro modo.
—¿Quién os procuró el pasaporte?
—Un ministro extranjero, que lo había pedido.
—¿Por qué os fuisteis de París?
—Porque el rey quería irse.
El nombre de Fersen no se volverá a pronunciar. A las tres, se suspende la
audiencia. Al salir de la sala, María Antonieta escucha que una mujer le dice a otra:
«¿Has visto cuán altanera es?», y se inquieta. Sus abogados la tranquilizan. Ha estado
perfecta, sólo tiene que continuar así.
La audiencia se reanuda alas cinco. Los testigos —hay unos cuarenta— continúan
su desfile. María Antonieta sólo teme a uno, Manuel, diputado de la Convención.
Séptimo testigo, Manuel se conforma con afirmar que «nunca ha tenido una
conversación personal con la esposa del rey anterior».
A las once de la noche se levanta la sesión. Son ya quince horas las que la reina
ha pasado en el banquillo. Está agotada. Tiene sed. El oficial de gendarmería que se
encuentra a su lado, el señor de Busne, le da de beber.
—Ya no veo, ya no puedo más, no podría caminar —dice la reina al regresar a su
calabozo.
El señor de Busne le ofrece su brazo, que la reina acepta. Por estos dos gestos de
simple humanidad, el señor de Busne es acusado de piedad contrarrevolucionaria y
arrojado a la cárcel.
El 15, a las nueve de la mañana, la audiencia se reanuda, y los primeros testigos
son el señor D’Estaing, quien se presenta como «marinero y soldado»,[154] y dos de
sus antiguos compañeros de armas, los La Tour du Pin. No aportan cargo alguno
contra la reina. Herman se ve reducido a exhumar antiguas cuentas, como las del
Trianon, o asuntos viejos, como el del Collar:
—¿De dónde sacasteis el dinero con el cual hicisteis construir y amueblar el
pequeño Trianon, en el cual ofrecíais fiestas de las cuales erais siempre la diosa?
—Era un fondo que se había destinado a ese efecto.
—Es preciso que ese fondo haya sido considerable, porque el pequeño Trianon
costó sumas enormes.
—Es posible que el pequeño Trianon haya costado sumas inmensas, tal vez más
de lo que yo habría deseado; nos vimos arrastrados a los gastos poco a poco. Por lo
demás, deseo, más que nadie, que se tome lección de lo que pasó.
—¿No fue en el pequeño Trianon donde conocisteis por primera vez a la señora
La Motte?
—Nunca la vi.
—¿No fue ella vuestra víctima en el asunto del famoso Collar?
—No pudo serlo, ya que no la conocía.
—¿Entonces insistís en negar que la hayáis conocido?
—Mi plan no es negar; lo que digo es la verdad, y continuaré diciéndola.
Continúa, y en lo que dice resulta imposible encontrar el menor indicio de
culpabilidad. Inclusive se llega a buscar en el paquete de objetos que se le han
quitado a María Antonieta cuando llegó a la Conserjería, el 2 de agosto. Hay ahí una
libreta de muaré verde que contiene algunas direcciones, una cartera de marroquí
rojo, tres retratos —el de la princesa de Lamballe y los de dos amigas de la infancia
de la reina, las «damas de Mecklemburgo y de Hesse»—, y cabellos, los del esposo y
los hijos de la acusada. Direcciones de médicos y de lenceras, cabellos, nada que
constituya la menor prueba de alguna culpabilidad de María Antonieta. Hay que
buscar en otra parte. El desfile de testigos continúa, y por fin termina, el 15 a la
medianoche, sin proporcionar cargo alguno que se pueda recordar. Hermann pregunta
a María Antonieta:
—¿No os queda nada que agregar para vuestra defensa?
—Ayer no conocía a los testigos. Ignoraba lo que iban a declarar. ¡Y bien, nadie
ha articulado contra mí nada que represente un hecho concreto! Termino señalando
que sólo fui la esposa de Luis XVI, y que era preciso que me adaptase a su voluntad
—responde con tranquilidad la señora Capeto.
Después de lo cual, Hermann anuncia que los debates han terminado y da la
palabra al acusador público, Fouquier-Tinville, quien se lanza a una interminable
requisitoria contra aquella a quien presenta como la «enemiga declarada de la nación
francesa, como una de las principales instigadoras de las perturbaciones que se han
producido en Francia desde hace cuatro años, y de las cuales fueron víctimas millares
de franceses». Esta requisitoria es reducida a la nada por Chauveau-Lagarde y
Tronçon-Ducoudray, quienes defienden a María Antonieta «con tanto celo como
elocuencia», reconocerá el Boletín del Tribunal Revolucionario.
—¡Cuán fatigado debéis estar, señor Chauveau-Lagarde, soy muy sensible a todos
vuestros esfuerzos! —murmura la reina al oído de su abogado.
Estas palabras, escuchadas, significan para Chauveau-Lagarde, y después para
Tronçon-Ducoudray, el ser puesto en estado de arresto. El presidente del tribunal se
dirige luego a los ciudadanos jurados, enumerando las «maquinaciones infernales de
esta moderna Médicis», y termina con:
«El pueblo francés es quien acusa a Antonieta, todos los acontecimientos políticos que se han producido desde hace cuatro años hablan contra ella.
»He aquí las preguntas que el tribunal ha decidido someteros:
»1º ¿Es verdad que existieron maniobras y entendimientos con las potencias extranjeras y otros
enemigos exteriores de la República, tendentes, tales maniobras y entendimientos, a proporcionarles ayuda en dinero, a permitirles la entrada en territorio francés y a facilitar el avance de sus armas?
»2º ¿María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, está convencida de haber colaborado
en esas maniobras y de haber mantenido esos entendimientos?
»3º ¿Es verdad que existió una conspiración tendente a encender la guerra civil en el exterior de
la República?
»4º ¿María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, está convencida de haber participado
en esa conspiración?».
Los jurados debaten durante una hora esas cuatro preguntas.
Durante una hora, en una habitación vecina a la sala de audiencia, María
Antonieta espera. ¿No tiene derecho a esperar un milagro, ya que el 15 de octubre,
que acaba de terminar, es el día de Santa Teresa, fiesta de su madre? Ésa no puede ser
otra cosa que una coincidencia feliz. En esa noche del 15 al 16 de octubre, la reina
espera, y sin duda reza, ya que, según su hija, «su prisión le había dado mucha
religión».
Un ujier lleva a María Antonieta a la sala de audiencias, donde ésta se entera de
que los jurados han respondido por la afirmativa a las cuatro preguntas. Sin prueba
alguna, es evidente. Fouquier-Tinville pide que la acusada sea condenada a la pena de
muerte, «conforme al artículo primero de la primera sección del título primero de la
segunda parte del Código penal». Hermann pregunta a la acusada si tiene «algunas
reclamaciones que hacer en cuanto a la aplicación de las leyes invocadas por el
acusador público». María Antonieta «sacude la cabeza en señal de negación». Ni el
presidente, ni el acusador público, ni el jurado, ni el público, volverán a escuchar el
sonido de su voz.
El presidente pronuncia su fallo:
«El tribunal, de acuerdo con la declaración unánime del jurado, basada, según derecho, en las requisitorias del acusador público, y de acuerdo con las leyes por él citadas, condena a la susodicha María Antonieta, llamada Lorena de Austria, viuda de Luis Capeto, a la pena de muerte».
El Monitor Universal y el Boletín del Tribunal Revolucionario coinciden en decir
que, al escuchar su condena de muerte, el rostro de María Antonieta no mostró
alteración alguna. Cosa que confirma Chauveau-Lagarde:
«No dio la menor señal de temor, ni de indignación, ni de debilidad. […] Bajó por las gradas sin proferir una palabra, sin hacer gesto alguno, atravesó la sala como si no viera ni oyera nada; y cuando llegó ante la barrera donde estaba la gente, levantó la cabeza con majestuosidad».
Son las cuatro de la mañana, y María Antonieta es llevada de nuevo a la
Conserjería.