Querida María Antonieta
«Ahora nada puede hacerme daño»
(NOCHE DEL 2 AL 3 DE AGOSTO DE 1793)
Pero me queda un hijo. Algún día sabréis,
Señora, por un hijo, adónde llega nuestro amor,
Pero no sabréis, al menos así lo espero,
En qué problema mortal nos hunde nuestro interés,
Cuando de tantos bienes que podrían halagarnos,
Es el único que nos queda, y el que quieren quitarnos.
RACINE
Para saber si María Antonieta y los suyos tendrán derecho a ropa de duelo, la
Comuna debe deliberar, y decide, al cabo de dos días de debates, hacer entrega de esa
vestimenta.
Cuando María Antonieta ve a su hija y su hijo vestidos de negro, no puede dejar
de decir:
—Mis pobres hijos, para ustedes es por mucho tiempo; para mí es por siempre.
Luego vuelve a su silencio y su postración.
En los días que siguen a la ejecución del rey,
«tuvimos derecho a un poco más de libertad. Los guardias creían que iban a soltarnos. Pero nada podía calmar la angustia de mi madre; no era posible hacer entrar esperanza alguna en su corazón: había llegado a serle indiferente vivir o morir. En ocasiones nos miraba con una piedad que nos
hacía estremecer. Por fortuna, la congoja aumentó mi enfermedad, cosa que le dio ocupación» [146].
Muselina la Seria se alegra de tener molestias en la pierna, porque su madre sale
de su aturdimiento para obtener la intervención del antiguo médico de los Hijos de
Francia, el doctor Bruier. Éste cura a Muselina en un mes.
María Antonieta se niega a bajar al cercado para no tener que pasar ante la puerta
donde Luis Augusto vivió sus últimos días. Rechaza todo lo que no sea su pena, y su
actitud conmueve a uno de sus guardias, Toulan. Este hombre de Toulouse, quien
participó en el ataque a las Tullerías, ahora quiere hacer evadirse a la reina y a sus
hijos. No es el único que tiene ese proyecto. En París todavía hormiguean los monarquistas acérrimos que tratan de demostrar, después del 21 de enero, su
devoción a la familia real, o a lo que queda de ella. El barón de Batz, el caballero de
Jarjayes, se cuentan entre esos fieles.
A comienzos de marzo de 1793 se establece un plan entre Jarjayes, Toulan y un
compañero de este último, Lepitre, a quien se ha ganado para la causa de María
Antonieta. La huida hacia Le Havre e Inglaterra queda fijada para el 8 de marzo. El 7,
París es presa de tres espectros amenazantes: el del hambre —falta la harina—, el de
una guerra civil —se subleva la Vendée—, y el del enemigo, que se acerca una vez
más. Los austríacos han reconquistado Lieja. Las salidas de París son vigiladas, y se
restringe la distribución de pasaportes. En tales condiciones, la huida resulta
imposible. El proyecto queda postergado, y después abandonado.
Como consuelo de este fracaso, María Antonieta recibe, el 9 de marzo, las
reliquias confiadas por Luis Augusto a Cléry, interceptadas por la Comuna y hurtadas
por Toulan. Por fin tiene el anillo de matrimonio de su difunto esposo…
Toulan y Jarjayes no se dejan desanimar por el fracaso del 8 de marzo. Están
decididos a salvar a la reina, sola, si consiente en aceptarlo, es decir, en huir sin sus
hijos, cosa que siempre se ha negado a hacer. María Antonieta termina por ceder a las
súplicas de Toulan y Jarjayes, a los ruegos de Isabel, quien promete hacer de segunda
madre de su sobrina y su sobrino.
En la víspera de la evasión, el delfín está acostado y duerme. Muselina no duerme
y más tarde podrá relatar al señor de Beauchesne la escena que sigue. María
Antonieta mira dormir a su hijo y dice:
—¡Dios quiera que este niño sea feliz!
—Lo será, hermana mía —responde Isabel.
—La juventud es breve, como la alegría; la felicidad termina, como todas las
cosas —suspira la reina, quien camina a grandes zancadas por la habitación, como
para huir a esa idea de huida.
Dice de nuevo a Isabel:
—Y a vos, mi buena hermana, ¿cuándo y cómo volveré a veros?
Luego reanuda su marcha y se detiene ante la cama donde reposa el delfín.
Entonces entiende que no puede abandonar a su hijo.
—¡Es imposible! No, es imposible —repite.
Ha adoptado su decisión irrevocable. No partirá. Al día siguiente explica a
Toulan:
—Os molestaréis, pero he reflexionado. Aquí sólo hay peligro; más vale la
muerte que el remordimiento.
Toulan se inclina ante tanta voluntad y acepta hacer llegar a Jarjayes esta esquela:
«Hemos forjado un hermoso sueño. Eso es todo; Pero hemos ganado mucho, al encontrar en esta ocasión una nueva prueba de vuestra total abnegación hacia mí. Mi confianza en vos no tiene límites. Siempre encontraréis en mí carácter y valentía; pero el interés de mi hijo es el único que me guía. Cualquiera que fuese la dicha que hubiera experimentado cuando estuviera fuera de
aquí, no puedo aceptar separarme de él. No podría gozar de nada sin mis hijos, y esa idea ni siquiera me deja una pena».
El 27 de marzo, Robespierre exige el destierro de todos los miembros de la
familia real, con excepción de María Antonieta, quien deberá ser enjuiciada ante el
Tribunal revolucionario, y de su hijo, quien quedará detenido en la Torre del Temple.
Por el momento, su petición no obtiene resultados.
El 19 de abril, la señorita Tison va al Temple y solicita permiso para ver a sus
padres. Los municipales se niegan, cosa que enfurece al señor y la señora Tison,
quienes la toman con sus prisioneras. Las denuncian; han visto a la reina dejar caer
un lápiz, han visto a Isabel esconder cera y plumas en una caja. Qué no han visto y
escuchado: conciliábulos con el doctor Brunier, con Toulan, Lepitre y algunos otros
municipales. Las denuncias de los Tison provocan un registro en el Temple. El 20, o
más bien en la noche del 20 al 21 de abril, llegan Hébert y sus acólitos, con orden de
«registrar a discreción». Registran por todas partes, hasta las cuatro de la mañana, sin
resultado alguno. Ni el menor rastro de «correspondencia con el exterior». No por
ello dejan de ser tachados Toulan y Lepitre de la lista de comisarios encargados de la
vigilancia del Temple. María Antonieta pierde a sus dos últimos caballeros
servidores. Y los otros, y Fersen, y Mercy, ¿qué hacen mientras tanto?
Después de la muerte del rey, Austria había pensado en reclamar a la reina. El 29
de enero de 1793, Mercy escribía a uno de sus amigos: «Por no haber creído posible
el asesinato del rey de Francia, tal vez no se hizo todo lo posible para prevenir ese
horror. Tratemos, por lo menos, de que no ocurra lo mismo en relación con esta
infortunada reina, quien ahora debe convertirse en el objeto constante de nuestra
solicitud». El 3 de febrero, Fersen se inquietaba por esas actividades, y no ocultó su
inquietud a Mercy: «El interés que el embajador manifieste por su tía, ¿no será una
razón para los facciosos y un medio del cual se servirán para perderla, al despertar el
odio contra los austríacos y mostrar a la reina como extranjera y cómplice de los
crímenes imputados al rey?». Fersen preconizaba que «otro medio más eficaz para
servir a la reina sería, en mi opinión, el de agentes (inteligentes) de Inglaterra,
quienes ganarían, a fuerza de dinero y de promesas, a los dirigentes del partido de
Orléans, como por ejemplo Laclos, Santerre, Dumouriez; pues no habría que abordar
al duque de Orléans, es tan nulo e incapaz como canalla y cobarde, y sólo hay que
llegar a él por intermedio de los otros. Vos estáis en mejores condiciones que yo para
saber hasta qué punto es posible ese medio».
Ese medio es posible con el general Dumouriez, quien se siente indignado por la
muerte del rey, asqueado por el cautiverio de María Antonieta, por las atrocidades
que se cometen en nombre de la libertad. Dumouriez responde en forma favorable a
las solicitaciones de Austria:
«Nos resulta imposible seguir siendo espectadores tranquilos de tantos horrores. Quiero dispersar esa convención criminal, restablecer la monarquía constitucional, proclamar rey de Francia al delfín, salvar la vida de la reina».
Alrededor de esta posibilidad de restablecimiento renacen las intrigas. ¿Quién
asegurará la regencia? ¿María Antonieta o Provenza? ¿La madre o el tío? Sí, se
intriga en derredor de los prisioneros del Temple, ¡como si ya hubiesen sido liberados
por Dumouriez! Pero el ejército se niega a marchar sobre París y a seguir a su general
en su traición. Dumouriez huye y se refugia en Mons.
Otra esperanza para Fersen: canjear a la reina y sus hijos por los comisarios de la
Convención entregados por Dumouriez a los austríacos y detenidos en Maëstricht. Se
establecen negociaciones, que luego fracasan. No por ello deja Fersen de conservar la
esperanza de que «la desgraciada familia […] sea liberada del cautiverio en el cual
languidece desde hace seis meses».
Al emplear ese verbo languidecer en una carta fechada el 29 de abril de 1793,
Fersen no sabe que está expresando con tanta exactitud la realidad. Privados de aire
puro y ejercicio, sometidos a un régimen draconiano, María Antonieta y los suyos
padecen y languidecen en él, sobre todo el delfín, cuya salud comienza a declinar. Se
acerca a la edad en que desapareció su hermano. Y María Antonieta se muere de
inquietud cuando, el 9 de mayo, su hijo se queja de un dolor en el costado, y luego en
la cabeza, todo ello acompañado por una fiebre violenta. En el acto hace llamar al
doctor Brunier. Se ríen de sus alarmas de madre gallina, de madre loba. Brunier es
sospechoso: los Tison así lo han denunciado. La fiebre del delfín va en aumento.
María Antonieta vive atormentada. A fuerza de insistencia, obtiene la visita de
Thierry, médico corriente de las prisiones, «puesto que mandarle otro sería lesionar la
igualdad», ha decretado la Comuna. Buen hombre, Thierry examina al delfín,
conversa con Brunier y logra curar por completo el dolor de cabeza. La fiebre y el
dolor en el costado reaparecen de tiempo en tiempo.
De mayo a julio, el boticario Robert proporciona muchos medicamentos para el
delfín, quien entretanto, el 11 de junio, se hiere jugando con un bastón. Debe guardar
cama, y María Antonieta lee Gil Blas para distraerlo y distraerse, ya que la traición de
Dumouriez ha producido el efecto de redoblar la vigilancia y las vejaciones. Ello no
impide que los amigos de la reina —y todavía los tiene— continúen soñando con su
liberación y hagan algunos intentos.
Una vez, una inglesa, la señora Atkyns, ofrece a María Antonieta cambiar de
vestimenta con ella y ocupar su lugar. Subterfugio que habría permitido a la reina
partir, pero sola, cosa que rechaza. Otra vez, el barón Batz y Michonis, un municipal
de servicio en el Temple, están a punto de concretar su plan de evasión cuando el
zapatero Simon recibe esta esquela: «Michonis os traicionará esta noche, tened cuidado». Simon se precipita y denuncia a Michonis, quien logra salir bien de un
interrogatorio intenso: es reconocido como no culpable. Simon ha sido tratado de
visionario. No es el único a quien se acusa de tener visiones. La señora Tison
presenta señales de perturbación del espíritu. Poco competente para hacer su papel de
espía, pierde la razón y un día se precipita a los pies de María Antonieta mientras
exclama:
—Señora, pido perdón a Su Majestad, soy una desdichada, soy la causa de
vuestra muerte y la de Doña Isabel.
Frase de que no deja de repetir. El 29 de junio, la señora Tison, totalmente loca,
sale del Temple rumbo al Hospital general. María Antonieta, quien ha aprendido a
practicar el perdón de las ofensas, pregunta:
—¿La señora Tison está bien cuidada?
A consecuencia de ello, el señor Tison olvida sus prevenciones contra la reina y
cesa en sus persecuciones.
El 30 de junio, miembros de la sección de Pont-Neuf se presentan ante el Comité
de Salud Pública para denunciar una conspiración tramada por el general Dillon. Éste
quiere disolver la Convención, llevarse al delfín y proclamar regente a su madre. El
Comité se estremece, y para frenar semejante posibilidad decreta, al día siguiente, 1
de julio, que Luis Capeto sea separado de su madre, ubicado en una habitación aparte,
la «mejor defendida de todas las instalaciones del Temple». Será puesto en manos de
un preceptor que elegirá la Comuna. La Convención ratifica el decreto del Comité, y
el 3 de julio se ejecuta el decreto.
Tres de julio de 1793, en el Temple. Nueve y media de la noche. Luis Carlos
duerme. María Antonieta e Isabel cosen. Muselina lee en voz alta una Semana santa.
Irrumpen seis municipales y uno de ellos anuncia, sin miramientos:
—Venimos a notificaros la orden del Comité según la cual el hijo de Capeto será
separado de su madre y de su familia.
María Antonieta se yergue y grita:
—¡Quitarme a mi hijo! ¡Eso no es posible! No se puede ni pensar en separarme
de mi hijo. Necesita de mis cuidados.
—El Comité ha redactado ese decreto, la Convención lo ratificó; debemos
asegurar su inmediato cumplimiento —replica el municipal.
—No, no me exijáis esta separación —suplica María Antonieta, quien para
demostrar que esa exigencia es inaceptable se coloca, como un muro de contención,
ante el lecho de su hijo.
El delfín despierta y, al ver a esos hombres, se arroja a los brazos de su madre:
—¡Mamá, mamá, no me dejéis!
María Antonieta abraza a su hijo. Dispuesta a todo para defender lo último que le
queda, afirma:
—Antes de quitármelo tendréis que matarme.
Está segura de haber encontrado el argumento decisivo. Pero el municipal no se muestra impresionado.
—¿Para qué sirven estos alborotos? No matarán a tu hijo. Entréganoslo de buena
gana, o bien lo haremos por la fuerza.
María Antonieta resiste durante una hora. Una hora. Ni durante el regreso de
Varennes ni al enterarse de la muerte de su esposo, ha sufrido lo que sufre en esa
hora. «Así transcurrió una hora, con resistencia de parte de ella, injurias y amenazas
por parte de los municipales, llantos y defensas de todos nosotros. Por último, la
amenazaron tan firmemente con matarla, lo mismo que a mí, que tuvo que ceder, por
nosotros», atestiguará la hija de María Antonieta.
Ésta se declara vencida. Cede a la extorsión. Ella, que estaba dispuesta a dar su
vida por su hijo —«antes de quitármelo tendréis que matarme»—, no puede soportar
el ver que su hijo sea muerto entre sus brazos, que por último abre. Eudes, Gagnant,
Armand, Véron, Cellier y Devèze —éstos son los nombres de los seis municipales
encargados de ejecutar esa innoble tarea— pueden apoderarse de su presa. Habrá que
esperar al siglo XX, a la década del 40 y a las acciones de los nazis para volver en
París a semejantes escenas, de niños arrancados por la fuerza de los brazos de su
madre…
Agotada, aplastada, quebrada, incapaz de hacer un gesto, María Antonieta ruega a
su hija y a su nuera que vistan al delfín, y «después que estuvo vestido, lo tomó y lo
puso en manos de los municipales, bañándolo con sus lágrimas, y previendo que ya
no volvería a verlo. El pobre pequeño nos abrazó a todos con gran ternura, y salió,
bañado en lágrimas, con los municipales»[147].
Después de esa separación, María Antonieta piensa que no puede sufrir más. Pero
seguirá sufriendo, y «su desolación llegó al colmo cuando supo que a Simon, el
zapatero, a quien ella había visto como municipal, se le había encargado de la
persona de su infortunado hijo»[148].
Luego de dos días pasados en escuchar los llantos y los gritos de su hijo, María
Antonieta ya sólo escucha el silencio, un silencio inexplicable. Ya no está Cléry, ya
no hay nadie a quien interrogar. María Antonieta, su hija y su nuera han sido privadas
de sus domésticos. Se las arreglan por sí mismas, tienden sus camas, barren… Tres
veces por día, los guardias les llevan sus comidas, se aseguran de que las rejas de las
ventanas están firmes, impidiendo toda evasión, y oponen a las preguntas de María
Antonieta un mutismo absoluto.
El silencio del 6 de julio tortura a María Antonieta. ¿Qué se le ha hecho, qué se le
hace a su hijo? ¿Dónde está? El 7, como se ha difundido por París el rumor de que el
delfín ya no se encuentra en el Temple, se obliga al niño a bajar al cercado para que
sea visto por la guardia que sube. Presiden esta exhibición cuatro comisarios, entre
los cuales está el hombre de Varennes, Drouet. Apenas salen, Luis Carlos llama a su
madre a grandes gritos. «Se le hizo callar», se limita a comentar su hermana, quien no
indica por qué medios obtuvo Simon el silencio de su discípulo.
—Silencio, Capeto, o mostraré a los ciudadanos cómo te trabajo cuando te lo mereces —dice Simon.
Cuando dejan al niño, Drouet y sus acólitos van a ver a la madre. María Antonieta
domina su repulsión por el hombre de Varennes y se queja a Drouet, «en los términos
más conmovedores, por la crueldad que se ha tenido al quitarle a su hijo». Drouet,
quien en su última entrevista con la prisionera no había escuchado el sonido de su
voz, lo escucha esa vez. La que se mostraba tan altiva suplica a Drouet que
intervenga, que logre que le dejen ver a su hijo por lo menos a las horas de las
comidas. ¿Es posible negar eso a una madre? Sí. Se lo negarán. María Antonieta sólo
verá a su hijo a través de una pequeña abertura: «Subíamos a la torre muy a menudo,
porque mi hermano iba allí por su lado y el único placer de mi madre era verlo pasar,
a través de una pequeña hendidura. Permanecía allí horas enteras para esperar el
instante de ver al niño; era su única expectativa, su única ocupación»[149]. y así,
María Antonieta ve un día a su hijo «trabajado», es decir, golpeado por Simon. Ya es
demasiado, confiesa María Antonieta, llorando, ante su cuñada:
—Mis presentimientos no me engañaban, sabía que sufría; si fuese desdichado a
cien leguas de mí, mi corazón me lo diría. Yo padecía, me agitaba, temblaba; es que
las lágrimas que mi pobre niño derrama lejos de mí, las siente caer sobre mi corazón.
Ya no encuentro placer en nada: Dios me ha abandonado; no me atrevo a rezar.
Luego, María Antonieta se arrepiente de su desfallecimiento —¡qué mal ejemplo
para su hija!— y asegura a su cuñada que rezará de nuevo:
—Perdón, Dios mío, y vos, hermana, perdón, creo en vos como en mí misma;
pero me siento demasiado atormentada para no estar amenazada por alguna nueva
desgracia.
Esa «nueva desgracia» no se demora. El 1 de agosto de 1793, la Convención
decide que María Antonieta sea enviada al Tribunal Revolucionario y trasladada del
Temple a la Conserjería. En esa época era una trivialidad decir que la Conserjería era
la «antesala de la muerte»: sólo se salía de ella para subir al cadalso.
«El 2 de agosto, a las dos de la mañana, vinieron a despertarnos para leer a mi madre el decreto de la Convención que ordenaba que, por decisión del procurador de la Comuna, sería conducida a la Conserjería para su procesamiento. Escuchó la lectura del decreto sin conmoverse y sin decir una palabra: mi tía y yo pedimos entonces que se nos dejara seguir a mi madre; pero no nos concedieron esa gracia. Mientras hacía el envoltorio de su vestimenta, los municipales no se separaron de ella; se vio obligada a vestirse ante ellos. Le pidieron sus bolsos, que ella les dio; los registraron y tomaron todo lo que había dentro, aunque no tuviese la menor importancia. Hicieron con ello un paquete, que dijeron que enviarían al Tribunal Revolucionario, donde sería abierto ante ella. Le dejaron sólo un pañuelo y un frasco, por temor de que se sintiera mal. Mi madre, después de haber abrazado con ternura a mi tía, me recomendó que tuviese valor, que cuidara a mi tía y la obedeciera como a una segunda madre, y me repitió las mismas instrucciones de mi padre; luego se echó entre los brazos de mi tía y le recomendó a sus hijos. Yo no le contesté nada, tanto me asustaba la idea de verla por última vez; mi tía le dijo algunas palabras en voz muy baja. Entonces mi madre salió, sin dirigirnos la mirada, sin duda por miedo de que la abandonara la firmeza. Volvió a detenerse al pie de la torre, porque los municipales comunicaron allí al conserje que lo descargaban de su persona. Al salir se golpeó la cabeza con un portillo, porque no pensó siquiera en inclinarse; le preguntaron si se había hecho daño: “¡Oh, no! —respondió—, ahora nada puede
hacerme daño”» [150].