Querida María Antonieta
Un lorito vienés
(1755-1770)
La vida de María Antonieta comienza como un sueño, en un palacio, en Viena, y
termina como una pesadilla, en una prisión, en París. Entre ese comienzo de sueño y
ese final de pesadilla, ¡cuántos encantamientos, bailes, fiestas, fuegos, juegos! En una
palabra, todo lo que componía esa legendaria «dulzura de vivir». En ese cuento de
hadas que termina en tragedia no falta ningún personaje: una madre despótica (María
Teresa), un príncipe adormilado (Luis XVI), un príncipe encantador (Fersen), una
ninfa de corazón leal (Lamballe), un genio malo (la Polignac), una criada abnegada
(la señora Campan), una Carabosse (Doña Adelaida), un monstruo (Felipe Igualdad),
una dueña intratable (la señora de Noailles), un protector prudente (Mercy-
Argenteau), dos cuñados pérfidos (Provenza y Artois) y una cuñada casi perfecta
(Doña Isabel). Toda esa gente está ahí, y como decorado tiene el castillo de Versalles
y su galería de los Espejos. Galería de espejos mágicos, porque María Antonieta se
refleja en ellos eternamente joven. Asesinada una quincena antes de cumplir treinta y
ocho años, María Antonieta, a quien sus asesinos comparaban injustamente con una
Jezabel, no tendrá que «reparar de los años la ofensa irreparable»… como la Jezabel
de Racine. Su breve existencia constituye la prueba de esa ineluctable Fatalidad de la
cual los pueblos guardan tantos ejemplos en su memoria común.
En su persona, María Antonieta encarna a las víctimas pasadas, presentes y
futuras. Es la víctima. Cuando trata a su esposo de «pobre hombre», no puede
imaginar que algún día se la designará, a su vez, como una «pobre mujer». Pobre
mujer que todo lo recibió, todo lo perdió, y que en el momento mismo de esa pérdida,
cuando sale del Temple en el cual abandona lo que tiene de más caro en el mundo, su
hijo, pronuncia su sublime «ahora nada puede hacerme daño». Comprobación que
basta para convertir en una cúspide el abismo en el cual ha caído María Antonieta.
Hija de Francisco de Lorena y de María Teresa de Austria, María Antonieta nace
en Viena el 2 de noviembre de 1755. Es el día de los muertos. Las campanas que
saludan su nacimiento no sonarán el día de su muerte. Las campanas estarán mudas,
entonces, en esas iglesias parisienses en las cuales ya sólo se celebrará el culto de la
Santa Razón, y ello en plena demencia revolucionaria, en pleno Terror.
Cuatro hermanos (José, el heredero del trono; Leopoldo, Carlos, Fernando) y siete
hermanas (María Ana, María Cristina, María Isabel, María Amelia, María Juana,
María Josefa, María Carolina) se inclinan sobre la cuna de esa recién nacida a quien
las hadas, o los astros disfrazados de hadas, dotan del más temible de los dones: la
seducción. Habituada a obtenerlo todo por la sola fuerza de su sonrisa y sus gracias,
que celebran en forma unánime sus contemporáneos, María Antonieta se convierte en
una verdadera máquina de agradar. De Luis XV a Barnave, de Luis XVI a Mirabeau,
todos los hombres enloquecen con sus encantos y sucumben a ellos. «¿Cómo resistir
a su poder de atracción, ante una Venus conjugada con el Sol en la Casa V, que es la
casa del amor, reforzada por la presencia de la Luna en el signo venusiano de la
Balanza? Pero su cielo astral está cruzado por una terrible, una temible oposición de
los planetas maléficos Marte y Saturno, que la ubican bajo el dominio de la
fatalidad»[1].
A la espera de que se cumpla ese destino previsto por los astros, María Antonieta
abre los ojos en un mundo que acaba de ser sacudido, en la víspera, 1 de noviembre
de 1755, por el temblor de tierra de Lisboa, imnortalizado por Voltaire y otros
pensadores de la época. El rey y la reina de Portugal, que contemplan las ruinas de su
palacio y el saqueo de su capital, son padrino y madrina de María Antonieta. Molesta
coincidencia, presagio de otras ruinas y otros saqueos que abrumarán a su ahijada.
El 3 de noviembre, María Antonieta Josefina Juana de Lorena de Austria[2] es
bautizada por el arzobispo de Viena con los sones de un Te Deum. En la ceremonia, el
rey y la reina de Portugal son representados por el hermano mayor de María
Antonieta, José, y por una de sus hermanas, María Ana. En cuanto ha terminado el
bautismo, Doña Antonia es confiada, según lo dicta la costumbre, a una nodriza.
Tendrá un hermano de leche, Weber, quien escribirá sus Memorias. De Weber a la
señora Campan, hay una larga lista de familiares de la reina que escribirán sus
Memorias, como si quisieran perpetuar el privilegio de haber conocido a un ser
inolvidable.
En noviembre de 1755, María Teresa, emperatriz de Austria, reina de Bohemia y
de Hungría, se repone poco a poco de su parto. Todavía no tiene cuarenta años. Hace
hijos como otras hacen tapicería, con aplicación y puntualidad. En cada uno de sus
hijos, y tuvo dieciséis, de los cuales seis murieron a corta edad, María Teresa ve la
esperanza de un soberbio matrimonio que, además de su magnificencia, asegure una
paz definitiva con algunos vecinos temibles.
Ascendida al trono a los veintitrés años, María Teresa debió enfrentar traiciones,
coaliciones, guerras. Formó ejércitos, disolvió alianzas. Salió victoriosa de esa lucha
incesante, conservó su tan amenazado trono, y sólo perdió Silesia de entre sus reinos
tan codiciados. Tiene conciencia de ser uno de los más importantes monumentos vivientes de Europa, y lo sacrifica todo a los deberes de sus innumerables estados.
La emperatriz no tiene tiempo que perder en pequeñeces. La vida en la corte de
Viena es muy sencilla. En ella se desconoce la etiqueta. Goethe compara a la familia
imperial con una familia de grandes burgueses alemanes. Burguesa necesitada, María
Teresa se levanta a las cuatro de la mañana en verano, a las seis en invierno. Trabaja,
trabaja y trabaja. Se acuesta siempre a las diez de la noche. En un horario tan estricto,
los niños no tienen su lugar, y pasan de manos de las nodrizas a las de las
institutrices. De vez en cuando, María Teresa recuerda que tiene hijos e hijas. Los
convoca, los interroga y, según sus respuestas, los besa o los censura. Esa tirana
política es también una déspota doméstica. Todo debe doblegarse a la voluntad de
María Teresa, su familia lo mismo que sus súbditos. Ninguno de sus hijos se
recuperará de ello, y cualquiera de ellos habría podido hacer grabar sobre su tumba el
epitafio elegido por José: «Aquí yace José II, quien fue desdichado en todas sus
empresas».
Tener por madre a una María Teresa es abrumador. Es la madre absoluta, la
madre-maza, la que aplasta y tritura, la ogresa que devora a sus propios hijos. Como
la mayoría de las madres abusivas, pasa «con facilidad del estado de la más dichosa
de las madres al de madre mártir». Frente a María Teresa, María Antonieta será una
niñita desamparada. Ese temor de desagradar a su diosa-madre no la abandonará, ni
siquiera cuando sea reina de Francia, y acentuará su naturaleza profunda de mujer-
niña. Tanto como a su madre, María Antonieta teme el aburrimiento. Ya se verá a qué
extremos la empujarán estos dos temores…
María Teresa es una de las raras personas que pretende ser, en apariencia[3],
insensible a la precoz seducción de la pequeña archiduquesa. Por más que Doña
Antonia multiplique los mohínes y las frases que divierten a las institutrices y las
vuelven indulgentes, María Teresa, esa trabajadora infatigable, ha traído al mundo
una holgazana que, en cuanto puede, huye de la sala de estudio para correr por el
parque de Schönbrunn, en compañía de sus hermanas, de sus amigas, Luisa y Carlota
de Hesse, y de los perros de éstas, dogos de color fuego. Pero de todas las hijas de la
emperatriz de Austria, Doña Antonia es quien mejor practica, de manera innata, ese
arte de agradar, esencial para vivir y aun para sobrevivir en la corte de Versalles.
Hacer de Doña Antonia la reina de Francia es uno de los sueños más caros de
María Teresa, su gran proyecto. No ahorra esfuerzo alguno para llevar a buen puerto
un matrimonio que pondrá fin a dos siglos de hostilidades entre los dos países.
Gracias a esa unión, la Casa de Francia y la Casa de Austria dejarán de mirarse como
enemigos hereditarios. Es hora de que cambie esa actitud. Hay que aliarse para
enfrentar a los dos enemigos que Francia y Austria tienen ahora en común: Prusia e
Inglaterra.
Desde 1761, en el momento de la firma del Tratado de París, cuando Doña
Antonia tenía apenas seis años y Luis Augusto, el futuro Luis XVI, sólo siete, se
habían iniciado negociaciones que culminaron, en 1766, en un acuerdo que debía mucho a los «buenos oficios» de uno de los ministros de Luis XV, el duque de
Choiseul. María Teresa no era una ingrata, y supo transmitir a su hija sus
sentimientos de gratitud hacia Choiseul.
Mientras esperaba su presentación en la corte de Versalles, Doña Antonia hace, a
los cuatro años, su presentación artística en un espectáculo familiar. Canta algunas
coplas, mientras José toca el violonchelo, Carlos el violín, Fernando el tambor, María
Ana y María Cristina el piano. ¿Las razones de tanto alboroto? Se trata de un
espectáculo organizado por la emperatriz en honor de su esposo, Francisco de
Lorena.
Francisco de Lorena contaba entre sus antepasados al rey Renato, quien en el
siglo XV, en Provenza, mereció el epíteto de «bueno». De este rey Renato, Francisco
y su hija María Antonieta recibieron como herencia una bondad natural. Ambos
desconocen la maldad. Francisco tiene la pasión de la música, de la danza, de las
fiestas y del caballo. María Antonieta compartirá en exceso los gustos de su padre. En
los momentos más graves de su vida, sabe ser la digna hija de María Teresa. En la
vida cotidiana no es más que la hija de Francisco de Lorena, y como éste, se mantiene
apartada de las cosas serias y sólo se ocupa de música, bailes, fiestas y paseos a
caballo…
Francisco de Lorena parece tener una preferencia por María Antonieta. En agosto
de 1765, cuando Francisco va a asistir a las nupcias de su hijo Leopoldo, gran duque
de Toscana, abraza a su novena hija más larga, más tiernamente que a los otros.
Varios días después de estas efusiones, el 18 de agosto, Francisco de Lorena muere de
un ataque de apoplejía. María Teresa comparte entonces el poder con su hijo mayor,
quien se convierte en emperador con el nombre de José II. A modo de consuelo, el
difunto deja una Instrucción para mis hijos, tanto para la vida espiritual como para
la temporal, en la cual María Antonieta puede leer, entre otras cosas:
«No estamos en este mundo únicamente para divertirnos, y Dios sólo ha dado todas esas diversiones como un reposo del espíritu […]. Una cosa que creo muy necesario recomendaros es la de evitar estar ocioso. Las compañías a quienes se frecuenta son también un asunto delicado; porque a menudo nos arrastran, a pesar nuestro, a muchas cosas en las cuales no caeríamos como ellas […]. Os recomiendo que os toméis dos días, todos los años, con el fin de prepararos para la muerte, como si estuvierais seguros de que son los dos últimos días de vuestra vida […]».
Si hubiese seguido esos sabios consejos, el destino de Doña Antonia tal vez
habría cambiado. Se podría escribir una biografía de María Antonieta con los «si»…
¿Qué podía entender, una niña que aún no tenía diez años, de esa Instrucción que
predicaba la economía, el horror al juego y al favoritismo, la caridad? María
Antonieta adorará los gastos, el juego, los favores que comete el error de confundir
con la caridad. Adora dar hasta la prodigalidad. Una noche de invierno cuando oye
hablar de la miseria que reina en ciertos barrios de Viena, Doña Antonia entrega a su
madre una caja que contiene cincuenta ducados:
—He aquí cincuenta ducados —dice—, es todo lo que tengo; permitid que se los
distribuya a esos desdichados.
María Antonieta ya sabe que hay que dar, ¡y que, aunque se dé todo, nunca se
dará lo suficiente! A esta caridad de la donación material se agrega otra, más
delicada: la caridad del gesto y la palabra, ilustrada por su encuentro con Mozart.
Mozart, niño prodigio, invitado a la corte de Viena en 1763, resbala en el
entarimado. Estallan las risas y las burlas. Sólo María Antonieta, quien tiene siete
años, se precipita para ayudar al pequeño músico a ponerse de pie.
—Sois buena, quiero desposaros —habría dicho Mozart.
El matrimonio de Mozart y María Antonieta, materia para soñar y para construir
una vez más, y no es la última, otro destino sobre frágiles «sí»… De esta declaración,
sólo recordaremos lo esencial: «Sois buena». María Antonieta es más que buena: es
capaz de apiadarse. Es imposible que haya pronunciado esa atrocidad que todavía se
le atribuye en nuestros días: «¡Si no tienen pan, que coman bollos!». Es verdad que
una de las tías de Luis XVI, Doña Victoria, formuló algo parecido. Al enterarse de
que los parisienses carecían de pan, exclamó: «¡Por Dios, si pudieran habituarse a
comer costra de pastel…!», porque consideraba que esa costra era indigesta, llenaba
demasiado. De ese pastel convertido en bollo se han hecho, si puedo decirlo,
montañas de odio y de malignidad. Algunas frases, sobre todo cuando no han sido
pronunciadas, tienen una vida prolongada.
De niña, María Antonieta es rebelde a toda enseñanza. Logra imponer silencio a
sus profesores por medio de sus incesantes, sus divertidos parloteos. Habla, tal como
su madre trabaja, sin descanso. Es un lorito vienés. Se embriaga con las palabras,
emborracha con ellas a quienes la rodean. Más tarde, su conversación deslumbrará a
sus íntimos, y los extranjeros de paso por Versalles repetirán las frases de la reina.
En 1766, a los once años, María Antonieta llega a seducir con su garrulería y sus
gracias a la señora Geoffrin, de paso por Viena, quien tenía uno de los salones más
cotizados de París y había elevado la conversación hasta convertirla en un arte de
vivir.
—He aquí una niña a quien me gustaría llevarme conmigo —dijo la señora
Geoffrin, conquistada.
Para ejercer sus talentos en materia de parloteo, María Antonieta tiene una
compañera selecta en su hermana, María Carolina. Cuando las dos están juntas, sólo
se escuchan cuchicheos seguidos de risas alocadas. Las dos pequeñas tienen en
común un defecto que acarreará graves consecuencias, a la una como a la otra: adoran
burlarse de la gente. En el momento de emitir una burla, María Antonieta hace callar
su bonísimo corazón en beneficio de su ingenio punzante. Eso se puede tolerar en una
burguesa. Pero es insoportable cuando una se encuentra en la cumbre de la pirámide social, cuando se debe dar el espectáculo de una dignidad inexpugnable y no
descender a los comadreos que, transmitidos de boca en oreja, hieren a quienes son
objeto de ellos.
Cuando se entera del pasatiempo favorito de María Antonieta y María Carolina,
María Teresa no pierde un minuto y decide, en el acto, separar a las dos culpables. El
19 de agosto de 1767 María Teresa escribe a María Carolina la siguiente esquela:
«Os advierto que seréis separada por completo de vuestra hermana. Os prohíbo todo secreto, información o conversación con ella; si la pequeña volviera a hacerlo, ¡no tenéis por qué prestarle atención! […]. Este embrollo terminará así enseguida; por lo demás, esos secretos sólo consisten en observaciones contra vuestro prójimo o vuestra familia o vuestras damas».
La «pequeña» tiene doce años. Adora, como cualquier niña de su edad, los
secretos, los pasteles de crema, los perros, las flores, los árboles y, por sobre todo, la
música. Al contrario de lo que piensa su hermano José, que la tratará de «cabeza
hueca», la cabeza de María Antonieta no está vacía, sino que contiene oberturas de
óperas, movimientos de sinfonías, melodías de las sonatas que se esfuerza por tocar
en su clavicordio. Tiene como profesor de música a Gluck, y hasta los doce años de
edad su institutriz es la señora de Brandeiss, con quien se entiende demasiado bien y
que no ha logrado enseñar gran cosa a su alumna. La señora de Brandeiss escribe a
lápiz los deberes de María Antonieta, quien sólo necesita pasarlos en tinta.
¡Consternación de María Teresa, cuando se entera de esta complacencia!
La señora de Brandeiss es remplazada por la condesa de Lerchenfeld, más
enérgica, y con quien María Antonieta no se entiende. El resultado de esta
incomprensión y de esa falta de instrucción es casi un desastre. A los doce años,
María Antonieta apenas sabe escribir. Su ortografía es aventurada. Desconoce la
literatura, la historia. Habla un poco el italiano y pronuncia a duras penas unas
palabras de francés. Baila espléndidamente, pero sólo danzas alemanas.
Es entonces cuando el proyecto de matrimonio entre María Antonieta y Luis
Augusto se define cada vez más, y Luis XV hace saber al conde Mercy-Argenteau,
embajador de Austria en París, que aprecia en especial la pureza del idioma francés, y
que la futura esposa de su nieto deberá esforzarse en aprenderlo. Informada del deseo
del rey de Francia, la emperatriz de Austria levanta los ojos al cielo: su «Antonieta»
sólo es «capaz de aplicación en sus miradas». No importa; se tratará de convertir el
estudio del francés en un juego, gracias a dos comediantes de gira por Viena:
Aufresne y Sainville.
Aufresne enseña a María Antonieta pronunciación y declamación, y Sainville le
enseña a cantar. Esta elección no agrada a Choiseul, quien prefiere para la
archiduquesa guías más serios, capaces de iniciarla en los usos y los gustos del país
en el cual reinará. María Antonieta, quien sabe ceder cuando hace falta, despide a los
dos comediantes y pide a Choiseul que él mismo designe un preceptor. Y he ahí a
Choiseul, a su vez, en un problema. Habla de ello al arzobispo de Toulouse, Loménie de Brienne, quien recomienda con tanta vivacidad al abad de Vermond, «doctor de la
Sorbona» y bibliotecario del colegio de las Cuatro Naciones, que éste es contratado
enseguida.
Vermond se pone en el acto en camino hacia Viena, donde lo espera el trigésimo
trabajo de Hércules: enseñar a María Antonieta el francés sin sus sutilezas, tan
alabadas por Luis XV, y también la historia de Francia, el conocimiento de las
grandes familias, sobre todo de aquellas que tienen cargos en la corte, algunas
nociones de literatura útiles en el país de Rabelais, Ronsard, Racine, Rousseau, y
necesarias en ese reino en el cual los escritores adquieren importancia y manejan a
una recién nacida: la opinión pública.
Si no es Hércules, el abad de Vermond tampoco es el tenebroso personaje pintado
por la señora Campan en sus Memorias y que, «por un cálculo diestro pero culpable,
habría dejado a su alumna en la ignorancia». No se entiende en qué podía beneficiar a
su preceptor la ignorancia —inmensa— de María Antonieta. Ante la inminencia del
matrimonio y lo mucho que se juega en él, María Teresa vigila en forma personal los
progresos de su hija. En el otoño de 1769 interroga durante más de dos horas a María
Antonieta, y se declara «satisfecha» con la conversación. Se digna felicitar al abad de
Vermond por haber encontrado a su alumna «muy capaz de razonamiento y de juicio,
sobre todo en las cosas de la conducta». Vermond comparte la opinión de la
emperatriz. También él considera que el juicio de María Antonieta es «casi siempre
justo». Deplora, de todos modos, «un poco de pereza y mucho de ligereza». ¡Ah, esa
ligereza de la cual María Antonieta no se corregirá nunca, cosa que hace de ella uno
de los seres más aéreos de su siglo!
Muy feo, «trata como sus iguales a la gente más elevada», muy sutil, tan
parlanchín como su alumna, Vermond entendió muy pronto que sólo podría instruir a
María Antonieta dando a sus lecciones la apariencia de una conversación. Sólo
dispone de una hora por día, una hora que pasa como un relámpago con esa
archiduquesa que se distrae con demasiada facilidad. «No podía acostumbrarla a
profundizar un tema cualquiera, aunque sintiese que era muy capaz de hacerlo»,
señala el abad, quien trata de continuar sus enseñanzas, por la noche, en el círculo de
la familia imperial.
«María Teresa, tanto para darle influencia sobre el espíritu de la archiduquesa
como para adueñarse del de él, le había permitido asistir todas las noches al círculo
íntimo de su familia, donde desde hacía un tiempo era admitida la futura delfina»[4].
Allí se habla de la gente, de los príncipes, de las cortes y de Francia. En Viena, en
ese otoño de 1769, Francia está a la orden del día. La archiduquesa aprende a
peinarse y vestirse «a la francesa». Para ello abandonará su pereza y mostrará mucha
seriedad.
El abad de Vermond no se ocupa sólo de cultivar el espíritu de su alumna.
También se dedica a su aspecto. Señala a Mercy-Argenteau dos defectos de la futura
delfina: una frente demasiado abombada y dientes mal implantados. Se pone remedio
a una y otra cosa. Un peinador, Larseneur, crea un peinado especial para disimular la
frente de la archiduquesa. Un especialista, Laveran, obtiene, al cabo de tres meses de
tratamiento, «dientes hermosísimos y muy bien ordenados». Vermond puede enviar a
Mercy-Argenteau este boletín victorioso:
«Espero que Su Excelencia se sienta encantado con la señora archiduquesa. Su fisonomía adquiere cada día nuevos atractivos. Se pueden encontrar siluetas de más bella regularidad; pero no creo que sea posible encontrarlas más agradables».
En otra carta a Mercy-Argenteau, Vermond celebra «el tono de bondad,
afabilidad, alegría, que se pintaba sobre esa encantadora figura».
Las enseñanzas del abad, los cuidados del peinador y el especialista, el uso de
«algunas modas francesas» bastaron para dar a María Antonieta «un barniz». Ese
«barniz» que se admira en la corte de Viena, ¿cuánto tiempo resistirá en la corte de
Versalles?
Mercy [5] va en persona, a comienzos de 1770, a conocer los progresos de María
Antonieta, quien,
«exactamente el jueves 7 de febrero, a las cinco y cuarto de la tarde, deja de ser una niña… precisión íntima que proporciona un “placer infinito” a la emperatriz, y que un correo de la Embajada de Francia se apresura a llevar a rienda suelta, a Versalles, al rey Luis XV, cuyo placer,
según parece, no ha sido menos intenso»[6].
María Antonieta es iniciada en la vida pública, que en adelante será la que haga;
es decir, que debe ofrecerse sin cesar en representación, transformar cada uno de sus
actos en una ceremonia inmutable. Ya no se trata, por ejemplo, de correr por el
parque de Schönbrunn: la archiduquesa debe caminar por él con esa grave lentitud
que hay derecho a esperar de una futura reina de Francia. Tiene apenas catorce años y
medio…
En compañía de María Teresa, María Antonieta aprende a recibir príncipes y
embajadores. «Esa importante compañía le daba el mejor sostén y el mejor buen tono
posibles; todo el mundo se sentía encantado, y la emperatriz más que ninguna otra
persona», se extasía Vermond.
Otro motivo de satisfacción para el abad, quien es al mismo tiempo el confesor de
su alumna: María Antonieta realiza un retiro de tres días en Semana Santa. «Tal vez
necesitaría más tiempo para expresaros todas mis ideas», dice ella a Vermond al cabo
de esos tres días. Demasiado tarde. El tiempo apremia. El 14 de abril de 1770 María
Teresa anuncia solemnemente a sus ministros el matrimonio de su hija con el delfín
de Francia.
«El 16 —se puede leer en la Gaceta de Francia—, a eso de las seis de la tarde, en una recepción de gran gala en la corte, el embajador de Francia fue objeto, por parte de Sus Majestades Imperiales y Reales, de una audiencia solemne, en la cual, en nombre del rey su amo, hizo la petición de la señora archiduquesa Antonieta como futura esposa de mi señor el Delfín».
El 17, «según la costumbre observada en tales circunstancias por la Casa de
Austria», María Antonieta jura sobre los Evangelios renunciar a la sucesión
hereditaria, tanto paterna como materna.
Estas diversas ceremonias van acompañadas por espectáculos (se representa La
madre confidente de Marivaux, ballets de Noverre), cenas de mil quinientas personas,
bailes de máscaras y de fuegos de artificio, todos los cuales tienen por tema el
Templo del Himen. La música de los ballets y la de los Te Deum se mezcla a las
salvas de artillería. Aun los cañones parecen aplaudir, con su tronar, el matrimonio
por procuración de la señora archiduquesa y el señor delfín.
Terminadas las fiestas, María Antonieta vuelve a la alcoba de María Teresa, que
comparte desde hace algún tiempo. ¿Qué se dicen madre e hija en esas últimas
noches? ¡Lo que una madre dice a su hija en tales circunstancias! A esos consejos
orales se agrega un «reglamento de vida» que María Teresa envía, en forma de carta y
como un último regalo, a María Antonieta cuando esta última sale de Viena, el 21 de
abril de 1770:
«No os encarguéis de ninguna recomendación, no escuchéis a nadie, si queréis estar tranquila […]. También es preciso saber negarse […]. No os avergoncéis de pedir consejo a todos, y no hagáis nada por vuestra propia cuenta».
Es la primera de las cartas que María Teresa dirige a María Antonieta. Las que
sigan contendrán los mismos consejos, y con más vehemencia, porque éstos no han
sido obedecidos. Según Weber, la archiduquesa conservará una sola de las enseñanzas
de la emperatriz: «Hija mía, en la desdicha acordaos de mí».
Eso, María Antonieta no lo olvidará nunca. Como tampoco olvidará otra desdicha
causada por el autoritarismo de María Teresa, en el mes de abril de 1767. La mujer de
José II muere de viruelas «de la peor especie». Su féretro es depositado en el panteón
de la familia. Una de las hermanas de María Antonieta, María Josefa, debe salir de
Austria para unirse en Italia a su futuro esposo, el rey de Nápoles. María Teresa
«recomienda» a María Josefa que vaya a «recogerse», antes de su partida, junto al
ataúd de su cuñada. Recomendación que es una orden. Orden que equivale a una
sentencia de muerte que María Josefa no se atreve a infringir, como lo confiesa,
llorando, a María Antonieta. No se desobedece a María Teresa. María Josefa baja a la
cripta y muere, dos semanas más tarde, víctima de las viruelas. María Carolina es
quien desposará, en su lugar, al rey de Nápoles.
¡Se puede suponer que, advertida por el deplorable ejemplo de María Josefa,
María Teresa no pidió a María Carolina que fuese a recogerse ante los ataúdes de su cuñada y su hermana! María Antonieta, quien entonces tenía once años, recordó
siempre el fin de María Josefa, que, confió más tarde a la señora Campan, «le había
hecho una impresión tan fuerte que el tiempo no había podido borrarla».
Terrible María Teresa, que no se prodiga en sentimentalismos, y a quien la salud
de sus hijos no preocupa en exceso. «La Antonieta tiene convulsiones», escribe
tranquilamente, el 10 de noviembre de 1763, al conde Sylva Tarouca, uno de sus
hombres de confianza. La Antonieta se encuentra sin conocimiento, y María Teresa
continúa, imperturbable, su correo.
Terrible María Teresa, de quien, ese 21 de abril de 1770, María Antonieta se
separa, sin embargo, con lágrimas que terminan por secarse, por convertirse en
lágrimas de alegría, ya que va hacia el que cree ser «el más bello reino del mundo».
¿Cómo podía dudarlo? Se le ha elogiado tanto esa tierra de Francia como una Tierra
Prometida en la cual el vino y la leche manan en oleadas… Imagina ese país como un
inagotable palacio de Abundancia. No puede saber que «el más bello reino del
mundo» ha dejado de serlo, y que ha comenzado su decadencia. Reina el desorden en
las finanzas, agotadas por guerras sucesivas, entre las cuales figura la desastrosa
guerra de los Siete Años. Durante siete años se ha combatido por el rey de Prusia, o
dicho de otro modo, para enriquecer el idioma francés con una expresión, «combatir
por el rey de Prusia», que significa luchar por nada. ¡Una frase que cuesta cara!
María Antonieta también cree que todo sigue desarrollándose en Versalles,
cuando el siglo recibe sus luces de París. «El foco del espíritu y de las luces estaba en
París»[7]. La ciudad triunfa sobre la corte, y cuando lo haya entendido, María
Antonieta no contribuirá en poco a asegurar el triunfo de las luces de la ciudad sobre
las tinieblas de la corte. Pero eso es el futuro.
Por el momento, al dejar a su madre y contener sus últimos sollozos, María
Antonieta se conforma con escuchar las alabanzas que nacen a su paso y que, de
Viena a Versalles, convertirán su viaje en un viaje encantado. ¿Cómo resistir a tantos
cumplidos? El lorito vienés se siente con la estatura suficiente para metamorfosearse
en un perfecto cisne Parisiense…