Querida María Antonieta
La conquista de París
(8 DE JUNIO DE 1773)
El 23 de enero de 1772, Mercy señala a María Teresa:
«Si la salud del rey continúa debilitándose, ello podría producir grandes cambios en esta corte; y ése sería el momento en el cual dependería de la señora archiduquesa representar un papel tan brillante como útil; pero para ello haría falta que Su Alteza Real quisiera prestar un poco más de atención a las cosas serias, y que supiese sacrificarles algunas pequeñas diversiones que la absorben por entero. Se aburre con el rey, y no siempre se toma la molestia de disimularlo».
El aburrimiento, como los malos olores —de orina y de lo demás (uno se alivia
como puede y donde puede)—, reinan en Versalles[20]. «Del domingo al sábado, se
vivía en Versalles en una tranquilidad horriblemente aburrida», informa la señora de
Boigne. Para quitarse de encima esta monotonía, que continuará bajo Luis XVI,
María Antonieta está dispuesta a hacer cualquier cosa, y hará cualquier cosa.
Mientras tanto, para distraerse, la delfina borda o se entrega «a una de esas tareas
manuales que siempre le dieron un gran gusto». Para satisfacción de su madre, quien
por fin ha obtenido su «diario de lecturas», lee Anécdotas de la corte de Felipe
Augusto, de la señorita de Lussan; la Pequeña Cuaresma, de Massillon; la Historia de
Inglaterra, de Hume. ¡Huir del aburrimiento byendo libros tan aburridos es caer de
Caribdis en Escila! Se entiende que después de tales lecturas forzadas, ejecutadas
bajo la dirección del abad de Vermond, la delfina abra muy de vez en cuando un libro
cuando se convierte en reina. Cosa que no le impide aconsejar al delfín que lea las
Memorias de Sully…
María Antonieta no habría sido sensible, y es lo menos que se puede decir, a los
autores de su época. Los ignorará a casi todos. Prefiere con claridad la música a la
literatura. Pertenece a esos elegidos para quienes la música es el lenguaje de los
dioses, y que lo olvida todo cuando escucha algunas notas.
Cuando va a ver a las Señoras, María Antonieta canta melodías de Grétry,
acompañada al arpa por Juana Luisa Enriqueta Genet, que ha nacido en París, el 2 de
octubre de 1752. Su padre, el señor Genet, es primer oficial en el Ministerio de
Relaciones Exteriores. Enriqueta aprende el italiano y el inglés. También recibe lecciones de canto y dicción. Es una pequeña Parisiense tan consumada que su
juvenil reputación llega hasta Versalles. En octubre de 1768 llega al cargo de lectora
de las Señoras. Luego se casa con un oficial de cámara de la delfina, Pedro Domingo
Francisco Bertholet-Campan. A partir de 1774, ella se contará entre las primeras
camareras de la reina. Ella, la señora Campan, es la autora de las famosas Memorias.
Al cantar los aires de Grétry en compañía de Enriqueta Genet, ¿olvida María
Antonieta la presencia de las Señoras? Es posible creerlo así. Después del asunto Du
Barry, María Antonieta advirtió que sólo había recibido de sus tías malos consejos y
malos ejemplos. Se libera de la nefasta tutela de ellas y, como lo señala Mercy en
febrero de 1772:
«Desde que la señora delfina comenzó a abrir los ojos en cuanto a la influencia de las Señoras, y sobre los inconvenientes que resultaban de ello, Su Alteza Real adoptó la sabia decisión de quitarse de encima el yugo. Ahora se encuentra en conveniente relación con las Señoras, sus tías, en un tono de desenvoltura y de buena amistad; […] nadie la gobierna».
Si por el momento nadie la gobierna, María Antonieta tiene el placer de gobernar
a los otros, y no siempre con el éxito que espera. En ese mismo mes de febrero de
1772 compromete al delfín para que vaya a ver, por decoro, a su antiguo preceptor, el
duque de La Vauguyon, quien agoniza. El delfín se niega, y ésa será una de las pocas
veces en que se lo verá negar algo a su querida María Antonieta. Contentísimo de
librarse de su «malévolo» mentor, Luis Augusto participa en la «alegría general» que
causaba ese fallecimiento. El señor de La Vauguyon no era querido en Versalles…
Esa muerte oculta a María Antonieta un acontecimiento que resultará ser para ella
de una importancia fatal: el príncipe Luis de Rohan es nombrado embajador de
Francia en Viena. Apenas ha llegado, cuando ya María Teresa ansía que se vaya:
—No podría otorgar mi aprobación al embajador Rohan; es un gordinflón repleto
de malas palabras, poco acordes con su condición de eclesiástico y ministro, y que
pronuncia con imprudencia en cualquier encuentro; sin conocimiento de los negocios
y sin talentos suficientes, con un gran fondo de ligereza, presunción e
inconsecuencia[21].
María Teresa comunicará a su hija su aversión, y para acabar con eso el príncipe
de Rohan, Luis de Rohan, con su ligereza, su presunción y su inconsecuencia, se
prestará a las maquinaciones que formarán el asunto del Collar.
Como sienten que el viento cambia y que la salud del rey declina al mismo
tiempo que el poder de la señora Du Barry, el conde y la condesa de Provenza se
alejan de la favorita para acercarse —o tratar de hacerlo— a María Antonieta:
«[…] estos dos últimos han abandonado de verdad el partido de la favorita y del duque de
Aiguillon; por lo menos aparentan haberlo hecho. El conde de Provenza ha tratado de tener explicaciones al respecto con la señora archiduquesa; […] la señora delfina ha escuchado todo sin
responder nada que pudiese comprometerla»[22].
María Antonieta sabe a qué atenerse con referencia a la «sinceridad» de su cuñado Provenza.
Para conservar la paz de la familia, «finge» aceptar las explicaciones. Cada uno cree engañar al otro, y todo el mundo queda contento. Es un entendimiento que tiene la fragilidad de la pieza de porcelana que se encuentra en la chimenea de la alcoba del conde de Provenza, y que el delfín toma a menudo entre sus manos, cuando va a ella. Cosa que inquieta a Provenza, como es lógico. En junio de 1772, la porcelana se cae de las manos del delfín y se quiebra en fragmentos.
«En su primer movimiento de cólera, el señor conde de Provenza avanzó hacia mi señor el
delfín; se aferraron y se dieron unos puñetazos. La señora delfina, muy molesta por esta escena, tuvo la presencia de ánimo de separar a los combatientes, y en esa ocasión recibió un rasguño en la
mano»[23].
¡Una familia encantadora! Para huir del aburrimiento y de los enojos, que
predominan en ella, María Antonieta mira cada vez más hacia París:
«Hace mucho tiempo que la señora delfina tiene un gran deseo de ver París. Se había propuesto hacer preparar caballos de silla a cierta distancia, llegar en coche, montar a caballo y pasearse por los bulevares sin entrar en la ciudad. […] En consecuencia, la condesa de Noailles hizo surgir
tantas dificultades, que la partida proyectada no se llevó a cabo» [24].
Sólo se trata de una partida postergada, y María Antonieta no deja de mantener la
vista clavada en París. En cuanto se entera de que en la noche del 29 al 30 de
diciembre de 1772 un incendio ha devorado al Hospital Municipal, envía enseguida
mil escudos a los «desdichados», con su generosidad y su discreción habituales:
—No dije nada; me hicieron elogios que molestan —confiesa a su madre.
El dominio que ejerce María Teresa sobre su hija no deja de crecer. Cuando debe
escribir a la emperatriz, la delfina queda como paralizada:
—No tengo en el espíritu un pensamiento que no quiera comunicar a mi madre,
pero temo inquietarla haciéndole conocer las cosas al revés —confiesa a Mercy.
Y luego agrega:
—Amo a la emperatriz, pero le tengo miedo, aunque de lejos; inclusive cuando le
escribo, no me siento a mis anchas con ella.
Confesión capital: María Antonieta se siente siempre vagamente culpable ante la
Diosa Irreprochable que tiene por progenitora. Para atenuar lo que estas confesiones
pudieran tener de inquietante, María Antonieta pronuncia ante Mercy esta profesión
de fe:
—No hay nada que no pueda hacer para demostrar a mi madre mi amor por ella.
Tranquilizado, Mercy demuestra a la delfina que ella no siente los mismos
temores con su hermano, el emperador José II.
—¡Ah, eso es muy distinto, el emperador es mi hermano; le replicaba cuando me
enojaba, y estaba habituada a bromear con él!
No se bromea con María Teresa, a quien nada se le escapa. Al enterarse de que su
hija continuaba escribiéndose con su antigua institutriz, la señora de Brandeiss,
decide suprimir ese intercambio de cartas:
«Como la correspondencia de la condesa de Brandeiss podría culminar en noticias capaces de inspirar prejuicios contra distintas personas, que podrían experimentar su efecto cuando llegaran a Francia, me parece mejor suprimir esa correspondencia, encargando en forma alternativa a alguien
de la familia que le haga llegar mis noticias con regularidad» [25].
María Antonieta puede llorar, suplicar; nada le servirá. Ya no tendrá el
«consuelo» de recibir las cartas de «su querida Brandeiss». ¿Cómo no quedar —para
emplear una palabra a la moda de hoy— «traumatizada» con semejante madre?
Entonces, en una carta del 15 de febrero de 1773 María Antonieta apenas si se atreve
a recordar una inocente escapada en compañía de Luis Augusto:
«El señor delfín, el conde, la condesa de Provenza y yo estuvimos el jueves pasado en París, en el baile de la Ópera; lo hicimos en el mayor de los secretos. Todos llevábamos máscaras; sin embargo, al cabo de media hora nos reconocieron. El duque de Chartres y el duque de Borbón, que bailaban en el Palais-Royal, que está al lado, fueron a buscarnos, y nos insistieron para que fuésemos a bailar en casa de la señora duquesa de Chartres; pero yo me disculpé, ya que sólo tenía el permiso del rey para la Ópera. Vinimos aquí a las siete, y oímos misa antes de acostarnos. Todo el mundo está encantado con la satisfacción del señor delfín en relación con esa partida, a la cual se creía que era contrario».
Le parecería a uno estar leyendo el relato de una pupila escapada de su convento
por una noche. Otro motivo de diversión para María Antonieta: el matrimonio del
conde de Artois con una hermana de la condesa de Provenza. Provenza y Artois, así,
han desposado, cada uno, a una princesa de Saboya. Hay alusiones burlonas a
posibles indigestiones de… pasteles de Saboya.
Este aporte de masa de Saboya despierta desconfianza en María Teresa. ¿No se
intentará suplantar a su hija? «Se» quiere decir la «confabulación», la «camarilla
abominable», con las Señoras a la cabeza. La tutela de éstas sobre la delfina ha
terminado. Comienza su rencor. En el salón de las Señoras, y por boca de la propia
Doña Adelaida, se ha escuchado por primera vez ese apodo de «la Austríaca», y en el
mismo salón nacerán muchos de los libelos que abrumarán a María Antonieta con sus
calumnias y prepararán el camino que conduce al cadalso…
Por lo tanto, «se» intenta, con la ayuda del conde de Marmota, ministro de
Cerdeña, oponer la delfina a la condesa de Provenza y a la condesa de Artois. Se
renunciará a ello. La partida es demasiado despareja. La condesa de Provenza sólo es
capaz de pequeñas tretas ambiciosas, sin envergadura, y carece por completo de las
gracias de las cuales María Antonieta se encuentra colmada. La condesa de Artois no
ha sido mimada por la naturaleza, con su gran nariz, su boca grande, su falta de
ingenio, que sólo hace que se destaque mejor el de María Antonieta. La calidad
triunfa sobre la cantidad. Una vienesa vale mucho más que dos piamontesas. ¡Si se
hubiese querido elegir dos contrastes con la delfina, no se habría podido hacer mejor!
Provenza y Artois se enfurecen, y envidian a Luis Augusto su posibilidad de ser
apoyado por una esposa tan encantadora. Posibilidad de la cual el delfín, por cierto,
no abusa. Nada, siempre nada. No hay heredero alguno en el horizonte, y se entiende que así sea. Provenza y Artois recuperan el ánimo…
Para no mezclarse demasiado en las intrigas de sus cuñados y sus cuñadas, María
Antonieta ha organizado «una especie de agenda […] que abarca la distribución de
las horas del día».
«Allí se dice que al levantarse la señora archiduquesa empleará los primeros momentos en la oración, que luego se ocupará de la música, de la danza y de una hora de lectura razonable […]. El tocado, una visita al rey, la misa y el almuerzo llenan el resto de la mañana. Por la tarde hay una hora destinada a la continuación de las lecturas razonables; los paseos o la caza, y las
conversaciones con el señor delfín […] encuentran sucesivamente su lugar»[26].
Frente a este empleo del tiempo, María Antonieta declara, con tanta franqueza
como buena fe:
—No sé si cumpliré todo eso con exactitud, pero me aproximaré todo lo que
pueda.
¿Cómo aproximarse cuando se acerca el 8 de junio de 1773, el día tan esperado
por la delfina, de su solemne entrada en París?
Era habitual que esa ceremonia siguiera de cerca a la del matrimonio. Desde el 16
de mayo de 1770, María Antonieta espera, con una impaciencia compartida por
María Teresa, su entrada, demorada por la «confabulación», obstaculizada por la
«camarilla abominable», por los celos de las Señoras, la envidia de la señora Du
Barry y los temores de Luis XV, quien tiene miedo de ver que sus nietos sean
aplaudidos, en tanto que él ya no recibe aplausos desde hace mucho tiempo. Sus
recelos están muy justificados. El 8 de junio, la delfina ha conquistado a París. Tiene
plena conciencia de ello, como lo atestigua el relato que envía a su madre, varios días
más tarde, el 14 de junio:
«[…] lo que más me ha conmovido […] es la ternura y la solicitud de esa pobre gente, que, a pesar de los impuestos que la abruman, se muestra arrebatada de alegría al vernos. […] No puedo deciros, querida mamá, las demostraciones de alegría, de afecto, que se nos testimonian en este momento. Antes de retirarnos hemos saludado con la mano a la gente, cosa que provocó un gran placer. ¡Cuánta dicha se siente en nuestra situación, al conquistar la amistad de todo un pueblo con tan poca cosa! Y sin embargo no hay nada más precioso; lo he sentido, y no lo olvidaré».
¡Ay, lo olvidará!
Otro tema de satisfacción, ese día, para María Antonieta, es la soltura con que
Luis Augusto «ha respondido, de maravilla, a todas las arengas».
En el paseo de las Tullerías, en el puente Real, en el paseo Conti, en el puente
Nuevo, en el paseo de los Orfebres, el pueblo de París se encuentra presente para ver
a esa delfina cuya llegada espera, también él, desde hace tres años. Sólo se escuchan
gritos de alegría y de «¡cuán hermosa, cuán encantadora!». María Antonieta
recompensa esos gritos y esos comentarios con una sonrisa.
—Es imposible mostrarse con más gracia, más encantos y más presencia de ánimo que los que exhibió la señora archiduquesa en esa coyuntura —se complace en
señalar Mercy.
En un solo momento, cuando debe aparecer en el balcón de las Tullerías, María
Antonieta retrocede, asustada, ante la marea humana que había invadido los jardines,
y murmura:
—¡Dios mío, cuánta gente!
El duque de Brissac, gobernador de París, que se encuentra a su lado, declara con
galantería:
—Señora, que el señor delfín no se disguste, quienes os contemplan son otros
tantos enamorados.
Además de estas galanterías y de las aclamaciones que no se interrumpen, María
Antonieta y Luis Augusto reciben frutas y flores de las damas del Halle, se les ofrece
una misa en Notre-Dame de París, una visita a Santa Genoveva, versos recitados por
los estudiantes del colegio Montaigu. María Antonieta sonríe, y Luis Augusto no
puede dejar de imitar la radiante sonrisa de su esposa.
Cuando regresan a Versalles, cargados de ramilletes y ebrios de aclamaciones, el
delfín y la delfina son recibidos por Luis XV, quien los espera con cierta impaciencia:
—Hijos míos, estaba casi inquieto. Sin duda están muy fatigados por su viaje.
—Es el más dulce de nuestra vida —responde María Antonieta—. Es preciso que
Su Majestad sea muy querido por los parisienses, porque nos han festejado mucho.
¿Es posible imaginar adulación más delicada? ¡A Luis XV se debe ese éxito!
¡Querida María Antonieta!
Después de semejante triunfo, María Antonieta quiere aprovechar su conquista y
regresar lo antes posible a París. Obtiene el permiso del rey para ir una vez por
semana y asistir al espectáculo, «con gran aparato», es decir, con un despliegue de
guardias franceses y suizos, mientras truenan los cañones de la Bastilla y de los
Inválidos. Enemiga de los fastos inútiles, María Antonieta obtendrá la autorización
para presentarse en París con un pequeño séquito, sin guardias ni cañones.
Gran aparato o pequeño séquito, el éxito de la delfina se mantiene, deslumbrante,
en tanto que se inicia la declinación de la señora Du Barry, anunciada por Mercy a
María Teresa, el 16 de junio de 1773:
«Aunque desde hace un mes la salud del rey no ha empeorado, se advierte, sin embargo, que se ve aquejado cada vez más por los vapores y el aburrimiento. Como su primera atracción hacia la favorita ha sido atenuada por el tiempo, y como esta mujer tiene infinitamente pocos recursos en el espíritu y el carácter, el rey ya sólo encuentra en ella una disipación mediocre, y mezclada con todos los inconvenientes cuyos efectos experimenta a cada instante. Hay continuos asedios para obtener gracias a menudo injustas, casi siempre para personas poco estimables, que sólo tienen la existencia que les da la intriga».
El conde de Creutz, ministro de Suecia en Francia, señala al respecto:
—La pasión que el rey tiene por la señora Du Barry se mantendrá mientras su
salud se mantenga inalterable; pero si llegase a caer enfermo, según todas las apariencias la devoción remplazaría al amor.
María Antonieta podrá ir muy pronto a París, sin pedir permiso a nadie, ni
siquiera a Luis Augusto, su devoto, del cual será la diosa abusiva.