Razas del futuro
Sección 1
Razas del futuro
Sobrecubierta
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Tags: General Interest
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Alfred E. Van Vogt
Razas del futuro
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PRÓLOGO
La nave de Tierra pasó tan velozmente por delante del sol sin planetas Gisser, que los timbres de alarma de la estación meteorológica del aerolito no tuvieron tiempo de reaccionar. La gran nave era ya visible como una raya de luz en la pantalla de observación cuando Watcher se dio cuenta de ello. Los timbres de alarma debieron ser accionados también en la nave porque el brillante punto movedizo moderó visiblemente su velocidad y, frenando, describió un ancho círculo. Ahora iba alejándose lentamente, tratando sin duda de localizar el pequeño objeto que había afectado sus pantallas de energía.
Al entrar dentro del campo visual apareció vasto en el resplandor del lejano sol blanco-amarillento, mayor de todo lo hasta entonces visto por los Cincuenta Soles. Parecía una nave infernal que saliese del remoto espacio, un monstruo de un mundo semi-mítico, reconocible -si bien un nuevo modelo- por las descripciones de los libros de historia como una nave de guerra de la Imperial Tierra. Las advertencias de la historia de lo que podía ocurrir algún día habían sido horrendas… y allí estaba.
Watcher sabía su deber. Aquello era una advertencia, la desde tanto tiempo temida advertencia, que mandar a los Cincuenta Soles por radio subespacial no dirigida; y tenía que asegurarse de que no quedase en la estación indicación alguna. Mientras los motores atómicos sobrecargados se disolvían, la maciza construcción que había sido una estación meteorológica se descomponía en sus elementos constructivos.
Watcher no hizo el menor intento por salvarse. Su cerebro, a sabiendas, no debía ser influenciado. Sintió un breve y cegador espasmo doloroso en el momento en que la energía lo redujo a átomos.
Lady Gloria Laurr, Gran Capitán de la nave espacial Constelación, no se tomó la molestia de acompañar la expedición que aterrizó en el aerolito.
Pero la siguió con concentrado interés a través de la astroplaca. Desde el primer momento en que los rayos detectores mostraron una figura humana en la estación meteorológica -una estación meteorológica allá fuera-
comprendió la extraordinaria importancia del descubrimiento. Su mente saltó en el acto a las diversas posibilidades.
Estaciones meteorológicas significan viajes interestelares. Seres humanos significan origen Tierra. Imaginó cómo podía haber ocurrido; una expedición realizada desde largo tiempo; debía ser desde hacía largo tiempo, porque hoy tenía naves interestelares y esto significaba considerables poblaciones de muchos planetas. “Su majestad -pensó- estaría complacida.”
También ella lo estaba. En un arranque de generosidad llamó a la sala de energía.
–Tu rápida operación de incluir todo el aerolito en una esfera de energía protectora será recompensada, capitán Glone -dijo con calor.
El hombre cuya imagen aparecía en la astro-placa se inclinó.
–Gracias, noble dama. Creo que hemos salvado los componentes atómicos y electrónicos de toda la estación. Desgraciadamente, debido a la interferencia con la energía atómica de la estación, tengo entendido que el departamento fotográfico no consiguió obtener claras imágenes.
–El hombre será suficiente -dijo la mujer sonriendo-, y esto es una matriz para lo cual no necesitamos imágenes. – Cortó la comunicación, siempre sonriendo, y volvió su mirada a la escena del aerolito.
Mientras contemplaba la energía y la materia absorberse en su radiante glotonería, pensó; “Ha habido varias tormentas en el mapa de esta estación meteorológica.” Las había visto en el rayo escrutador; y una de las tormentas había sido considerable. Su gran nave no podía arriesgarse a avanzar muy rápidamente mientras la localización de la tormenta fuese dudosa.
Por la rápida visión que de él había tenido en el rayo detector, le había parecido un hombre joven y bello. De fuerte voluntad, valiente. Tenía que ser interesante, de una cierta forma incivilizada. En primer lugar, desde luego, tendría que ser condicionado, desprovisto de toda información relevante. Aun así, un error podía crear la necesidad de empezar una larga y laboriosa investigación que malgastaría decenios en aquellas cortas distancias de pocos años de luz, en las cuales una nave no podía ganar velocidad, ni se atrevía a mantener ésta una vez alcanzada, sin una exacta información del tiempo.
Vio que los hombres abandonaban el aerolito. Cortó decididamente el comunicador interior, hizo un ajuste y pasó a través de un transmisor de materia a una sala de recepción situada a media milla de allí.
El oficial de guardia se levantó y saludó. Fruncía el ceño.
–Acabo de recibir las copias del departamento fotográfico. La sombra del resplandor de la energía es particularmente desoladora. Creo que deberíamos intentar primero reconstruir el edificio y su contenido, dejando el hombre para lo último. Pareció darse cuenta de su disconformidad, porque añadió rápidamente:
–Después de todo, cae dentro de la matriz humana común. Su reconstrucción, aun cuando básicamente más difícil, entra dentro de la misma categoría que su paso a través del transmisor, del puente de mando a aquí. En ambos casos hay disolución de elementos que tienen que volver a su constitución original.
–Pero, ¿por qué dejarlo para lo último?
–Hay razones técnicas relacionadas con la gran complejidad de los objetos inanimados. La materia orgánica, como sabes, es poco más que un compuesto de hidrocarbonado fácilmente reconstruible.
–Muy bien. – No estaba tan segura como él de que un hombre y su cerebro, con los conocimientos que había establecido aquel mapa, fuese menos importante que el mapa en sí. Pero si se podían conseguir ambas cosas… Asintió con decisión-: Muy bien. Sigue.
Vio el edificio adquirir forma en el gran receptor. Finalmente se deslizó sobre alas de anti-gravedad y fue depositado en el centro de un enorme suelo de metal. El técnico bajó del cuarto de controles moviendo la cabeza.
La llevó a ella, con media docena más que habían llegado, a través de la reconstruida estación meteorológica, señalándoles sus defectos.
–En el mapa aparecen marcados sólo veintisiete soles -dijo-. Esto es ridículamente bajo, aun suponiendo que esta gente estén solo organizados para una limitada área de espacio. Además, fíjate en cuántas tormentas hay marcadas, algunas considerablemente más allá del área de soles reconstituidos y… -Se detuvo, la mirada fija en el suelo oscuro, detrás de una máquina que se hallaba a veinte pies.
Los ojos de la mujer siguieron los suyos. Un hombre yacía allí, retorciéndose.
–Creía -dijo ella frunciendo el ceño- que el hombre tenía que ser dejado para lo último.
–Mi ayudante debió entenderlo mal -dijo el científico excusándose.
–No importa -cortó ella en seco-. Que lo manden en el acto a la Clínica Psicológica y dile a la teniente Neslor que estaré allí dentro de poco.
–En el acto, noble señora.
–¡Espera! Presenta mis respetos al primer meteorólogo y ruégale que venga aquí a examinar este mapa y aconsejarme con sus descubrimientos.
Dio media vuelta, mirando al grupo que la rodeaba, mostrando sus perfectos y blancos dientes al sonreír:
–¡Por el espacio! ¡Por fin tenemos acción, después de diez aburridos años de observaciones! Vamos a hacer salir a esta gente que juega al escondite en un santiamén.
La excitación ardía en su interior como una fuerza vigorizadora.
Para Watcher lo más extraño era que antes de despertar sabía ya por qué estaba vivo todavía. Pero no hacía mucho. Sentía la aproximación de la conciencia. Instintivamente comenzó a hacer los ejercicios Dellian del predespertar: musculares, nerviosos y mentales. En medio del curioso y rítmico sistema, su cerebro se detuvo en una espantosa pausa.
¿Volver a la conciencia…? ¡Él!
Fue en aquel momento, cuando su cerebro amenazaba estallar bajo la impresión, que tuvo conocimiento de cómo había sido hecho. Permaneció inmóvil, pensativo. Miró a la bella muchacha que inclinaba una silla hacia su cama. Tenía un hermoso rostro ovalado y un aspecto sumamente distinguido pese a ser tan joven. Le estaba observando con unos ojos grises y brillantes. Bajo esta mirada fija, la mente de Watcher fue serenándose.
Finalmente la idea acudió a él.
–He sido acondicionado para fácil despertar. ¿Qué más han descubierto?
– La idea pareció irse desarrollando hasta que sintió que hinchaba su cerebro -. ¿Qué más?
Vio que la mujer lo miraba con una sonrisa casi de humorismo. Era para él como un tónico. Aumentó incluso su calma cuando la mujer dijo:
–No te alarmes. Es decir, no te alarmes demasiado. ¿Cómo te llamas?
Watcher abrió los labios, los volvió a cerrar y movió tristemente la cabeza. Sentía el impulso de explicarle que incluso contestar una pregunta hubiera sido quebrantar la servidumbre de inercia mental Dellian y daría como resultado la revelación de una valiosa información. Pero la información hubiera constituido una especie distinta de derrota. La suprimió y de nuevo movió la cabeza.
Vio que la muchacha fruncía el ceño.
–¿No quieres contestar una sencilla pregunta como ésta? – dijo.-. No creo que tu nombre pueda hacerte ningún daño.
“Su nombre – pensaba Watcher -; después sería de qué planeta era, dónde estaba este planeta en relación con el sol de Gisser, qué sabía de las tormentas…”Y así sucesivamente. No tendría fin. Cada día que pudiese ocultar a aquella gente las informaciones que deseaban daría a los Cincuenta Soles más tiempo para organizarse contra las más poderosas máquinas que jamás habían volado por aquella parte del espacio.
Sus pensamientos se moderarían. La mujer seguía sentada a su lado, mirándolo con unos ojos que se habían vuelto de acero. Su voz adquirió una resonancia metálica al decir:
–Seas quien seas debes saber una cosa. Que estás a bordo de la Nave de Guerra Imperial Constelación, Gran Capitán Laurr a tu servicio. Debes saber también que es nuestro inquebrantable deseo que nos prepares una órbita que lleve nuestra nave con seguridad a nuestro principal planeta.
Con voz vibrante prosiguió:
–Es mi creencia que sabes ya que Tierra no reconoce gobiernos separados. El Espacio es indivisible. El universo no tiene que ser una zona de incontables pueblos soberanos querellándose y luchando por el poder.
Esta es la ley. Los que se alzan contra ella, son réprobos sujetos a cualquier castigo que pueda serles aplicado según los casos. Teme la advertencia.
Sin esperar una respuesta, volvió la cabeza.
–Teniente Neslor -dijo volviéndose hacia el muro que Watcher tenía delante-, ¿has hecho algún progreso?
–Sí, noble señora -contestó una voz de mujer-. He planteado una integral basada en los estudios de Muir-Grayson sobre pueblos coloniales que han sido aislados de la rama principal de la vida galáctica. No hay precedente histórico de un aislamiento tan largo como parece haberse obtenido aquí, de manera que he decidido partir de la base de que han pasado del período estático y han hecho algún progreso por cuenta propia.
Creo que empezamos muy simplemente, sin embargo. Algunas respuestas forzadas abrirán su cerebro a ulteriores presiones; y entre tanto podemos sacar conclusiones valiosas por la rapidez con que ajusta su resistencia a la máquina cerebral. ¿Continúo?
La mujer, tumbada en la chaiselongue, asintió. De la pared frente a Watcher brotó un destello de luz. Trató de esquivarlo, pero por primera vez se dio cuenta de que algo lo sujetaba a la cama. Ni cuerda, ni cadena, ni nada visible. Pero algo palpable, como un caucho acerado.
Antes de que pudiese pensar nada más, la luz estaba en sus ojos, en su mente; era una sensación furiosa, vibradora y deslumbrante. Voces que parecían brotar a través de ella, voces que parecían bailar y cantar y hablaban a su cerebro, voces que decían:
–Una pregunta sencilla como ésta… desde luego, la contestaré… desde luego, desde luego, desde luego… Me llamo Gisser Watcher. Nací en el planeta Kaider III, de padres Dellian. Hay setenta planetas habitados, cincuenta soles, treinta billones de habitantes, cuatrocientas tormentas importantes, la mayor a latitud 473. El gobierno central reside en el glorioso planeta Cassidor VII…
Con el terrorífico horror de lo que estaba haciendo, Watcher sujetó su furiosa mente en un nudo Dellian y detuvo la devastadora explosión de revelaciones. Sabía que no volvería jamás a ser cogido de aquella forma, pero… era demasiado tarde, pensó, de mucho demasiado tarde…
La mujer no estaba tan segura de ello. Salió de la habitación y volvió donde la teniente Neslor, mujer de media edad, estaba clasificando sus descubrimientos en bobinas de recepción.
La psicóloga levantó la vista del trabajo y con voz sorprendida dijo:
–Noble dama, su resistencia durante el momento de detención registró un equivalente de I.Q.800. Ahora bien, es absolutamente imposible, particularmente porque empezó a hablar a un punto de presión equivalente a I.Q. 176, lo cual concuerda con su aspecto general, y que, como sabes, es normal. Debe tener un sistema de entrenamiento mental inferior a su resistencia. Y me parece que encuentro el indicio en su referencia en su ascendencia Dellian. Su grafía aumentó el cuadrado de intensidad cuando usó esta palabra. La cosa es seria y puede ocasionar un gran retraso… a menos que estemos dispuestos a destrozar su cerebro.
El capitán movió la cabeza y solamente dijo;
–Comunícame los próximos acontecimientos.
En camino hacia el transmisor se detuvo para comprobar la posición.
Sus labios esbozaron una tenue sonrisa al ver en el reflector la sombra de una nave girando alrededor de la más brillante sombra de un sol. Ganando
tiempo, pensó, sintiendo un escalofrío de premonición. ¿Era posible que un hombre solo pudiese apoderarse de una nave suficientemente fuerte para conquistar toda la galaxia?
El meteorólogo de la nave, teniente Cannos, se levantó al verla acercarse a él en la sala receptora de comunicaciones, donde estaba todavía la estación meteorológica de los Cincuenta Soles. Tenía el cabello gris y era muy viejo, recordó ella, muy viejo. Mientras se acercaba a él iba pensando:
“Había una lenta pulsación de la vida de estos hombres que observaban las grandes tormentas del espacio. Tenían que tener un sentido de futilidad en todo aquello, una sensación de perpetuidad. Las tormentas que necesitaban un siglo para alcanzar su plena madurez, estas tormentas y los hombres que las catalogaban tenían que adquirir una especie de afinidad de espíritu.”En su voz había también una entonación de lenta ceremoniosidad, mientras se inclinaba con respeto y decía:
–Gran Capitán, muy Honorable Gloria Cecily, Lady Laurr de la Noble Laurr, me siento honrado con tu presencia.
Gloria Cecily se inclinó ante el cumplido y se volvió hacia él y le expuso la situación. Cannos la escuchó, frunciendo el ceño, y dijo:
–La latitud que nos dio de la tormenta es de una cantidad insignificante.
Esta gente increíble, ha construido un sistema de relación solar en la Gran Nebulosa de Magallanes, en la cual el centro es un punto arbitrario sin relación reconocible en el centro magnético de toda la Nebulosa.
Probablemente han descubierto algún sol, lo han llamado centro y edificado toda su geografía espacial en torno a él.
El anciano se alejó súbitamente de ella y la precedió hacia la estación meteorológica, en el borde del pozo sobre el cual pendía el mapa meteorológico reconstruido.
–Este mapa es absolutamente inútil para nosotros – dijo sucintamente.
–¿Cómo?
Vio que él la estaba mirando, con sus ojos azules de porcelana, pensativos.
–Dime, ¿qué idea tienes sobre este mapa?
La mujer permaneció silenciosa, sin querer pronunciarse ante una actitud tan netamente definida. Después frunció el ceño y dijo:
–Mi impresión es muy aproximada a como la has descrito. Tienen un sistema propio y lo único que tenemos que hacer es descubrir la clave.
Nuestros principales problemas, a mi juicio -prosiguió más confidencialmente-, estribarán en determinar qué dirección tendremos que seguir en la inmediata vecindad de esta estación meteorológica que hemos encontrado. Si seguimos una dirección equivocada, se producirá una demora vejatoria, y, debido a ella, el principal obstáculo será que no osaremos ir más lejos por temor a una posible tormenta.
Lo miró interrogativamente al terminar y vio que él movía la cabeza gravemente.
–Temo -dijo- que no sea tan sencillo como esto. Estas brillantes réplicas puntiformes de soles parecen del tamaño de guisantes debido a la distorsión, pero examinados a través de un metróscopo muestran sólo algunas moléculas de diámetro. Si ésta es su proporción a los soles, representan…
Gloria Cecily había aprendido a ocultar sus sentimientos ante sus subordinados en momentos críticos. Permanecía, pues, interiormente agitada, exteriormente fría, pero, en general, calma. Finalmente dijo:
–¿Quieres decir que cada uno de estos soles, sus soles, está enterrado entre miles de otros soles?
–Peor que esto. Me atrevería a decir que tienen sólo un sistema habitado entre diez mil. No debemos olvidar que la Gran Nebulosa de Magallanes es un universo de unos cincuenta millones de estrellas. Es mucho sol. Si quieres -terminó el buen hombre tranquilamente-, prepararé órbitas comprendiendo velocidades máximas de diez días de luz por un minuto a las estrellas más cercanas. Podemos tener suerte.
–Una probabilidad en diez mil -respondió ella mirándolo iracunda -.
Tendríamos que visitar un mínimo de dos mil quinientos soles si estábamos de suerte, de treinta y cinco a cincuenta mil si no lo estábamos. No, no… -
añadió con una mueca que torció sus bellos labios-; no vamos a pasar quinientos años buscando una aguja en un pajar. Tengo más confianza en la psicolía que en el azar. Tenemos al hombre que entiende los mapas, y aunque se necesite tiempo, al final hablará.
Empezó a andar para retirarse, pero de nuevo se detuvo.
–¿Y qué hay del edificio? – preguntó -. ¿Has sacado algunas conclusiones de su estructura?
–Es del tipo usado en la Galaxia hace unos cincuenta mil años -asintió.
–¿Ninguna mejoría, cambio…?
–Ninguna que yo pueda ver. Un observador que hace todo el trabajo, sencillo, primitivo.
Gloria Cecily quedó pensativa, moviendo la cabeza, como tratando de alejar de sí una neblina.
–Parece extraño. Es de creer que después de cincuenta mil años hayan añadido algo. Las colonias suelen ser estáticas, pero no de esta forma estática.
Tres horas después estaban examinando los partes rutinarios cuando su astro-placa sonó dos veces, suavemente. Dos mensajes…
El primero era del Centro Psicológico, una sola pregunta: “¿Tenemos permiso para destrozar la mentalidad del prisionero?”
–¡No! – gritó el Gran Capitán Laurr.
La segunda pregunta le hizo mirar a través del cuadro de órbitas. El cuadro estaba lleno de fórmulas. ¡Aquel agotado anciano desobedeciendo sus órdenes de no preparar ninguna órbita! Sonriendo amargamente se acercó y estudió los cálculos y finalmente mandó una orden a la sala central de motores. Vio la gran nave sumergirse en la noche. Después de todo, pensó, hay una cosa que se llama jugar dos juegos a la vez. El contrapunto era más viejo en las relaciones humanas que en la música.
El primer día miró hacia el planeta exterior de un sol blanco-azulado.
Flotaba en la oscuridad bajo la nave, masa sin aire, de roca y metal, abrupto y terrible como cualquier aerolito, mundo de cañones del primoevo y montañas jamás acariciadas por las suaves brisas de la vida. Los rayos detectores sólo mostraban rocas, interminables rocas, ni un sólo indicio de movimiento presente ni pretérito.
Había además otros tres planetas, uno de ellos mundo cálido y verde, donde los vientos susurraban a través de las selvas vírgenes y los animales se esparcían por los llanos. Ni una casa a la vista, ni una sola forma erecta de un ser humano. Acercándose al comunicador interior de la nave, la mujer dijo fríamente:
–¿Hasta qué profundidad pueden penetrar exactamente sus rayos detectores en el suelo?
–Cien pies.
–¿Hay algún metal que pueda asimilar cien pies de tierra?
–Varios, noble señora.
Contrariada, cortó la comunicación. Aquel día el Centro Psicológico no llamó.
El segundo día, un gigantesco sol rojo apareció al alcance de su impaciente mirada. Noventa y cuatro planetas describían sus grandes órbitas en torno a su macizo generador. Dos eran habituales, pero una vez más se veía la profusión del desierto y animales usualmente encontrados sólo en planetas jamás tocados por la mano y el metal de la civilización.
El jefe del departamento zoológico notificó el hecho con voz precisa.
–El porcentaje de animales es paralelo en los mundos no habitados por seres inteligentes.
–¿No se te ha ocurrido pensar -soltó ella- que puede haber una política deliberada en la conservación de una vida animal abundante y leyes prohibiendo el cultivo del suelo ni tan sólo por placer?
No esperaba, ni recibió, contestación alguna. Y una vez más el jefe psicológico teniente Neslor no dijo ni una sola palabra.
El tercer sol estaba muy lejano. Reguló la velocidad a veinte días de luz por minuto y recibió una fuerte sacudida al penetrar la nave en una pequeña tormenta. Debió ser pequeña, porque la vibración del metal cesó apenas había comenzado.
–Se ha hablado de regresar a la galaxia y pedir que sea mandada una expedición a descubrir estos granujas ocultos -dijo Gloria Cecily a los treinta capitanes reunidos en la sala de oficiales-. Una de las más plañideras memorias que han llegado a mis oídos sugiere que, después de todo, estábamos en camino de regreso cuando hicimos nuestro descubrimiento, y que nuestros diez años en las nubes nos dan derecho a un descanso.
Sus ojos grises lanzaban chispas; su voz tomó una entonación helada.
–Podéis estar seguros de que los que apoyan este derrotismo no son los que tendrían que dar personalmente parte del fracaso al gobierno de Su Majestad. Por consiguiente, permitidme asegurar a los débiles de corazón y a los que sienten la nostalgia del hogar, que permaneceremos otros diez años en el espacio si es necesario. Decid a la oficialidad y tripulación que obren en consecuencia. Nada más.
De regreso al puente de mando vio que seguía sin haber llamada del Centro Psicológico. Marcó el número con un resto de cólera y ardiente impaciencia. Pero se dominó al aparecer en la placa el intenso e inteligente rostro de la teniente Neslor.
–¿Qué ocurre, teniente? – preguntó Gloria Cecily -. Estoy ansiosa esperando noticias del prisionero.
–Nada que comunicar -fue la respuesta.
–¡Nada! – exclamó ella con un tono de sorpresa en su voz dura.
–He pedido dos veces -dijo la psicóloga – permiso para destrozar su mente. Supongo que sabes que no aconsejaría tomar a la ligera una medida de tal trascendencia.
–¡Oh…! – Lo sabía, desde luego, pero el temor de la censura de Tierra, la necesidad de tener que justificar cualquier acción amoral contra cualquier individuo, habían hecho de la negativa una respuesta automática. Ahora…
Pero antes de que pudiese hablar, su interlocutora continuó:
–He hecho alguna tentativa de acondicionarlo mientras dormía, insistiendo en la inutilidad de resistir a Tierra cuando el descubrimiento eventual es seguro. Pero no ha hecho más que convencerlo de que sus primeras revelaciones no nos han sido de ninguna utilidad.
–¿Quieres decir en serio, teniente, que no tienes otro plan que la violencia? – preguntó el jefe-. ¿Nada más?
En la placa visual la cabeza del teniente hizo un gesto negativo.
–Un 800 I.Q. de resistencia en un cerebro 167 I.Q. es algo nuevo, en mi experiencia -dijo sencillamente.
–No logro comprenderlo -dijo la otra.-. Tengo la impresión de que hemos omitido algún dato vital. La cosa es así, penetramos en una estación meteorológica de un sistema de cincuenta millones de soles en la cual hay un ser humano que, contrariamente a todas las leyes de la propia conservación, se mata en el acto para evitar caer en nuestras manos.
»La estación meteorológica en sí es de un viejo modelo galáctico que no revela el menor adelanto desde hace cincuenta mil años; y, sin embargo, el considerable tiempo transcurrido, el calibre de los cerebros afectados sugieren que los cambios obvios deberían haber sido hechos.
»Y el nombre del ser humano, Watcher[1], es típico del antiguo método
pre-espacial de Tierra, de poner los nombres según la profesión. Es posible
que incluso el sol, desde donde vigila, sea un servicio heredado de la
familia. Hay algo… deprimente, en todo esto que…
Hizo una pausa, frunciendo el ceño.
–¿Qué plan es el tuyo? – Un instante después bajó la cabeza-. Ya… muy bien, tráelo a una de las camas del puente principal. Y olvida el plan de
hacer que una de tus forzudas muchachas se maquille pareciéndose a mí.
Haré todo lo que sea necesario. Mañana. Perfectamente.
Se sentó, contemplando fríamente la imagen del prisionero en la placa de visión. Watcher estaba tendido en la cama con los ojos cerrados, pero con una curiosa tensión en el rostro. Parecía, pensó, un hombre que acababa de descubrir por primera vez desde hacía cuatro días que los invisibles lazos de energía que lo habían mantenido sujeto acababan de aflojarse.
Detrás de Gloria Laurr, la psicóloga susurró:
–Se siente todavía suspicaz, y seguirá probablemente así hasta que tranquilices parcialmente su cerebro. Sus reacciones generales irán concentrándose más y más en un solo plan. Cada minuto que pase aumentará su convicción de que sólo tiene un medio de destruir la nave, y que tiene que mostrarse decididamente implacable, despreciando todo riesgo. Durante las últimas diez horas lo he estado acondicionando a una resistencia a nosotros de una forma muy sutil. Verás…
Watcher estaba sentado en la cama. Sacó una pierna de bajo las sábanas y se puso de pie. Fue un movimiento que representó un gran esfuerzo.
Permaneció un momento de pie con su alta figura, vestido en un pijama gris. Sin duda, había planeado todos sus movimientos por anticipado, porque, después de una rápida mirada a la puerta, se dirigió hacia una hilera de cajones hundidos en la pared; trató de abrirlos y finalmente los abrió de un tirón sin aparente esfuerzo, haciendo saltar las cerraduras. La profunda aspiración que hizo no fue más que el eco de la del teniente Neslor.
–¡Válgame el Cielo! – dijo finalmente la psicólogo-. No me pidas que te explique cómo puede romper estas cerraduras de metal. La fuerza debe ser un subproducto de este entrenamiento Dellian. Noble dama…
–¿Y bien?.– preguntó ella impaciente.
–¿Crees, en estas circunstancias…, que debes representar este papel personal en su sumisión? Su fuerza es indudablemente tal que puede destrozar el cuerpo de cualquiera de a bordo…
Fue interrumpida por un gesto de impaciencia.
–No puedo exponer a nadie a que corra este riesgo -dijo la Honorable Gloria Cecily-. Tomaré una píldora antidolor. Dime cuando sea el momento de verlo.
Watcher sintió frío al entrar en la sala instrumental de esa cubierta principal. Había encontrado sus ropas en un cajón cerrado. No sabía que
estuviesen allá, pero los cajones habían excitado su curiosidad. Hizo los movimientos preliminares de extraenergía Dellian y los cajones se abrieron ante su fuerza colosal.
Deteniéndose en el umbral, dirigió su mirada hacia la gran habitación abovedada. Y después de un momento de profunda sospecha de que él y sus semejantes estuviesen perdidos, sintió otra oleada de esperanza. Estaba libre.
Aquella gente no podía tener ni la más remota sospecha de la verdad. El gran genio Joseph M. Dell tenía que ser un hombre de Tierra olvidado.
«La muerte… -pensó con ferocidad-, la muerte para todos ellos, como han inferido la muerte una vez y volverán a hacerlo…»
Estaba examinando los cuadros de mandos y controles cuando de reojo vio a la mujer salir del muro más cercano. Watcher levantó la vista y, con una alegría salvaje, pensó: «¡El jefe!» Había cañones protegiéndola, naturalmente, pero ellos no sabían que durante todos aquellos días había estado preguntándose frenéticamente cómo podía forzar el uso de las armas.
Seguramente en el espacio no podían estar preparados para reunir de nuevo sus elementos componentes. El mismo acto de haberlo liberado mostraba intenciones psicológicas. Antes de que pudiese hablar, la mujer le dijo sonriendo:
–En realidad no tendría que dejarte examinar estos controles; pero contigo hemos decidido una táctica nueva. Libertad de la nave… una oportunidad para conocer la tripulación. Queremos convencerte…
convencerte…
Algo de la frialdad y la forma implacable que había en él debió impresionar a Gloria Cecily. Vaciló, demostró una visible contrariedad, sonrió forzadamente y en tono persuasivo dijo:
–Quisiéramos que te dieses cuenta de que no somos ogros. Quisiéramos que abandonases tu idea de que queremos mal a los tuyos. Debes saber, ahora que hemos encontrado que existes, que los descubrimientos son una mera cuestión de tiempo. Tierra no es cruel, ni dominadora, por lo menos no lo es ya. Sólo se exige un mínimo de sumisión, y esto sólo a la idea de la indivisibilidad del espacio. Se exige también que las leyes criminales sean uniformes y se mantenga un tipo mínimo de salario obrero alto. Las guerras de todas clases están prohibidas. Aparte de esto, cada planeta o grupo de planetas puede tener su propia forma de gobierno, comerciar con quien
quiera y vivir su propia vida. No creo que haya en todo esto nada suficientemente terrible que justifique tu curioso intento de suicidio cuando descubrimos la estación meteorológica.
“Tendría -iba pensando Watcher mientras la escuchaba- que romperle la cabeza primero. El mejor método de hacerlo sería agarrarla por los pies y aplastar su cuerpo contra la pared metálica o el suelo. Los huesos se quebrarían en el acto y así se conseguirían dos propósitos vitales. Primero, sería una eficaz y saludable advertencia a los demás oficiales de la nave. Y
precipitaría sobre él el fuego mortal de su guardia. En estos confines se darían cuenta demasiado tarde de que sólo el fuego podía detenerlo.”
Dio un paso hacia ella y comenzó a hacer los movimientos musculares y nerviosos necesarios para imbuir en su cuerpo Dellian un grado de sobrehumana capacidad.
–Has declarado antes -seguía diciendo Gloria Cecily- que tu pueblo ha habitado cincuenta soles de este espacio. ¿Por qué sólo cincuenta? En doce mil o más años una población de doce mil billones no estaría fuera de las posibilidades.
Dio otro paso. Y otro. Entonces se dio cuenta de que tenía que hablar si no quería despertar sospechas mientras iba acercándose pulgada a pulgada a ella. Más cerca…
–Unos dos tercios de nuestros matrimonios no tienen hijos -dijo.-. Es una desgracia, pero en nuestra especie existen dos tipos y cuando una unión se realiza sin impedimento…
Estaba ya casi lo suficientemente cerca y le oyó decir:
–¿Quieres decir que se ha producido una mutación y que los dos no se asimilan…?
No tuvo necesidad de contestar. Estaba a diez pies de ella y, como un tigre, se lanzó, franqueando la distancia.
El primer destello de fuego alcanzó su cuerpo demasiado bajo para ser fatal, pero le produjo una ardiente náusea y una terrible pesadez. Oyó al Gran Capitán gritar:
–¡Teniente Neslor…! ¿Qué estás haciendo?
Entonces la agarró a ella. Sus dedos sujetaron el brazo defensivo cuando el segundo golpe lo alcanzó en las costillas y llenó su boca de sangre espumosa. A pesar de toda su voluntad sintió sus manos resbalar del cuerpo