Razas del futuro
Capítulo XXIII
»Pero dejemos esto. Estos transmisores de materia reducen el cuerpo a un chorro electrónico y reconstruyen el cuerpo con la ayuda de un proceso de restauración de tejidos. El proceso ha llegado a ser tan sencillo como encender una luz y…»
Fue en aquel momento cuando Maltby desencadenó su ataque. El horrible temor de que Hunston apuntase a sus pies, brazo o cabeza cesó.
Porque en el último momento el hombre vaciló y como cien millones de hombres delante de él, estuvo perdido. El arma disparó en el momento en que Maltby lo agarraba por la muñeca. Pero la llamarada dio inofensiva en el suelo invulnerable. Y el arma cayó, fuera de la lucha.
–¡Granuja! – jadeaba Hunston-. ¡Sabías que no mataría al jefe hereditario de los Hombres Mixtos! ¡Traidor…!
Maltby no sabía nada de todo aquello. Y no perdió tiempo en reflexionar. La voz de Hunston se desvaneció porque Maltby le tenía la cabeza sujeta como en un tornillo y la empujaba hacia su pecho. La sorpresa de su gesto debió ser desconcertadora. Durante un momento vital Hunston dejó de luchar, Durante este momento, Maltby lo metió por el transmisor como si lo hubiese metido en su propio cuerpo.
Mientras desaparecía el último pie, estremeciéndose Maltby arrancaba los cierres de su traje. Hizo un paquete con él y las superficies del transmisor fueron desvaneciéndose una tras otra.
Frenéticamente, salió de su traje y dirigiéndose al cuadro de controles ajustó los mandos para que accionasen por él y manejó algunos otros dispositivos que conocía. Poco después la nave era suya.
Quedaba sólo la necesidad de comunicar a los tres grupos su decisión. Y
quedaba también… Gloria,
Capítulo XXIII
La reunión tuvo lugar el décimo día en presencia de los capitanes reunidos a bordo de la Constelación. Debió haber preliminares cambios de impresiones, porque cuando Maltby entró estaban ya todos sentados con los rostros compungidos y la mirada fija. Al mirar a Gloria, Maltby adivinó que a última hora había hecho un esfuerzo por evitar la conferencia, pero había fracasado.
Maltby se sentó en el sitio indicado por uno de los oficiales y esperó a ser llamado. Sentía una cierta nerviosidad, pero no era desgraciado.
Esperaba que tendría que emplear argumentos muy convincentes para ganar, pero el precio valía todos los esfuerzos que había hecho hasta entonces y los que le quedaban por hacer.
Miró de reojo hacia el precio, y apartó la mirada en el acto en cuanto la de ella se fijó en la suya frente a frente, con intermitentes chispas y heladas miradas que parecían saltar de unos ojos a otros. Se levantó y se acercó a él.
–Capitán Maltby -dijo en voz baja-, te ruego que no fuerces esta decisión.
–Excelencia -dijo Maltby-, tienes para mí tanto atractivo cuando estás enojada que cuando eres… condescendiente.
–Esta es una observación vulgar que no le perdonaré nunca -dijo con calor.
–Siento que me juzgues vulgar -respondió él-. Este no ha sido siempre tu sentimiento, como puedes recordar.
Un leve rubor tiñó sus delicadas mejillas.
–No tengo deseos de recordar lo que ahora me parece desagradable -dijo secamente-. Si fueses un caballero no forzarías esta decisión.
–Espero -dijo Maltby- que seguirás considerándome un caballero en el sentido aceptado de la palabra. Pero no veo qué tiene que ver esto con nuestro mutuo afecto que sentimos el uno por el otro.
–Ningún caballero trataría de forzar un afecto cuando no es recíproco.
–Mi único deseo es restaurar el afecto que ha sido alterado por la fuerza.
Gloria lo miraba con los puños cerrados, casi como si intentase agredirlo.
–¡Maldito abogado del espacio! – exclamó-. ¡Ojalá… ojalá no te hubiese dejado entrar nunca en la biblioteca!
–Gloria, querida… -dijo Maltby sonriendo, en tono confidencia -. Creo que eres también una deliciosa abogado del espacio. Voy a hacer una apuesta contigo.
–No me gusta jugar.
Aquella era una declaración tan ultrajante después de todo lo ocurrido, que Maltby quedó momentáneamente enmudecido por su extravagancia.
Después volvió a sonreír, más calmado.
–Querida -dijo-, el hecho es que posees el conocimiento que te puede hacer ganar este caso. Mi apuesta es que, básicamente, quieres que gane yo,
de manera que no recordarás el argumento esencial que podría hacerte ganar.
–No existe tal argumento. Ambos conocemos la ley; y me estás deliberadamente atormentando con esta conversación. – Súbitamente las lágrimas aparecieron en sus ojos.– ¡ Por favor, Peter -suplicó-, deja esto!
Déjame seguir libre…
Maltby vaciló, impresionado por la intensidad de su súplica. Pero no tenía intención de ceder. Aquella mujer se había entregado voluntariamente a él sin reservas de ninguna clase, en el planeta de S. Doradus. Si después de haber sido liberada del deseo psicológico artificial, ella seguía no queriéndolo, era libre.
–Querida…-dijo-, ¿de qué tienes miedo… de ti misma? Recuerda, la elección será tuya, después. Ahora mismo, crees que vas a elegirme y de momento te horroriza la idea. Una vez estés libre de la presión psicológica artificial puedes considerar que deseas que el matrimonio continúe.
–¡Jamás! ¿No comprendes que se conservaría el recuerdo de este período, el recuerdo de haber sido obligada? ¿No lo comprendes?
Súbitamente lo comprendió. De repente vio que había estado analizando aquel asunto bajo el punto de vista del hombre. Las mujeres eran diferentes.
Tenían que sentir la necesidad de un compañero de matrimonio sin la menor sombra de coacción. Aquello era un punto de vista decepcionante para él, porque había puesto en ello toda su pasión. Y, sin embargo, no conseguía decidirse a decir las palabras que la hubieran liberado.
Sentado allá, sus pensamientos vagaban hacia lo ocurrido durante los últimos diez días. Habían sido grandes días para él. Porque billones de personas habían llegado a un acuerdo sobre bases propuestas por él. Los más rápidos en aceptar fueron los Dellian y los no-Dellian. Cuando se radió la noticia de que la nave Constelación no había sido capturada y que Tierra seguía ofreciendo sus garantías originales con leves modificaciones, el gobierno de los Cincuenta Soles publicó su asentimiento.
Maltby había quedado un poco decepcionado por la reacción ante lo que consideraba noticias sensacionales. La información -que había obtenido en la biblioteca de la nave- de que los no-Dellian NO ERAN humanoides ni robots por extensión de la palabra, sino descendientes de seres humanos que habían ayudado a los humanoides originales a escapar, no pareció surtir efecto. Sólo les cupo preguntarse si no había demasiado otras cosas que
retenían la atención del público. Era razonable esperar que a la larga se produjese la reacción. Los no-Dellian sentirían una inmensa afinidad con los demás seres humanos. Los Dellian, comprendiendo que había habido seres humanos que en tiempos remotos se habían fingido no-humanos por el interés de subsiguientes generaciones, podían perfectamente considerar que éstos son gente digna de consideración.
El problema de los Hombres Mixtos había sido un poco difícil de resolver. Con su voluble dirigente Hunston prisionero, la gran mayoría pareció aceptar la derrota y adoptar la solución Maltby. En sus manifestaciones a las Ciudades Ocultas fue muy categórico. Habiendo elegido la guerra, podían considerarse afortunados de haberse concedido un status de igualdad con el gobierno de los Cincuenta Soles. Todas las naves de la Galaxia serían advertidas contra su táctica y durante muchos años se exigiría a los Hombres Mixtos usar signos distintivos. Sin embargo, se permitiría a los Dellian casarse con no-Dellian y no se aplicaría a la pareja la prohibición de tener descendencia por este sistema de presión fría.
Siendo invariablemente el resultado de estas uniones, Hombres Mixtos, se produciría durante un período de muchas generaciones un considerable aumento de Hombres Mixtos. Si esto significaba que la mutación iría gradualmente dominando por un legal y natural desarrollo, Tierra estaba completamente dispuesta a aceptar la situación. Las leyes que gobernaban estas posibilidades eran liberales y previsoras. Fundamentalmente, sólo la agresión estaba prohibida.
Recordando todas estas cosas, Maltby sonreía tristemente. Todos los problemas estaban resueltos menos el suyo. Allí estaba, indeciso, cuando fue convocada la reunión.
Tres horas más tarde, después de una breve discusión entre los jueces, el capitán Rutgers leyó la decisión. Había sido precipitadamente redactada y el oficial la leyó con voz sonora:
«La ley relativa a la reintegración de la artificialidad impuesta por presión psicológica no afecta al capitán Peter Maltby, que no era ciudadano de la Imperial Tierra en el momento en que fue condicionado. Pero afecta a Lady Gloria Cecily Laurr, ciudadana nata.
»En vista de que el capitán Maltby -prosiguió- ha sido nombrado agente permanente de los Cincuenta Soles en Tierra y de que éste es, el último
viaje de Lady Gloria por el espacio en una nave de guerra, no existen barreras geográficas para la continuación de matrimonio.
Por consiguiente – terminó -, queda acordado que se someta a Lady Gloria al necesario tratamiento que le devolverá su anterior afecto amoroso por su marido.»
Maltby dirigió una rápida mirada a Gloria; vio que tenía lágrimas en los ojos y se levantó.
–Excelencias-dijo-, quisiera hacer una petición.
El capitán Rutgers le indicó con un gesto que tenía la palabra. Maltby permaneció un instante silencioso. Después, tragando saliva, dijo:
–Quisiera liberar a mi esposa de la necesidad de someterse a este tratamiento con una condición.
–¿Cuál es esta condición? – preguntó una de las mujeres oficiales rápidamente.
–La condición -dijo Maltby- es que, en un lugar de mi elección, me conceda cuarenta y ocho horas para volverla a conquistar. Si a la expiración de este plazo sigue en la misma disposición de espíritu negativo, pediré que la ejecución de esta sentencia sea pospuesta indefinidamente.
La mujer miró a su superiora.,
–Me parece bastante justo, Gloria.
–¡Es ridículo! – exclamó el Gran Capitán de la nave Constelación, subiendo de color.
Esta vez fue Maltby quien se acercó a ella. Se inclinó, y en voz baja dijo:
–Gloria, ésta es tu segunda oportunidad. Al fin y al cabo, no aceptase la primera, como predije.
–No hubo tal primera. La decisión a que se había llegado era inevitable y lo sabías -evitó mirarlo directamente o así se lo parecía.
–Es la ley básica del matrimonio, más antigua que el viaje por el espacio, tan antigua cómo la historia humana.
Ahora no evitaba su mirada. Sus ojos estaban fijos en él, con un velo de comprensión en ellos.
–Sí, desde luego… -dijo-. ¿Cómo he podido olvidarlo?
Se puso medio de pie, como si quisiera ofrecerle el argumento.
Lentamente, volvió a sentarse.
–¿Qué te hace creer que no podremos tener hijos?-dijo.