Razas del futuro
Capítulo IV
músculos estuvieran controlados por el cerebro de Maltby. Como así era. Se acercó al cuadro instrumental, tocó un interruptor.
–Dame el cuarto de máquinas -dijo.
Y bajo la dirección y la voz de Maltby que le dictaba sus acciones, dio al Atmion las órdenes oportunas para tomar un derrotero que lo llevaría a la oculta capital de los Hombres Mixtos.
Capítulo IV
El Gran Capitán Laurr leyó el acta de «Anulación» y permaneció unos minutos sentada con los puños cerrados, colérica. Después, dominándose, llamó al capitán Wayless. El rostro del oficial se endureció al ver quién lo llamaba.
–Acabo de leer tu documento con las veinticuatro firmas -dijo ella plañideramente.
–Es legal, creo -respondió él en tono ceremonioso.
–De esto estoy segura… -respondió ella. Hizo una pausa y añadió-: Capitán, ¿por qué esta desesperada resolución de regresar inmediatamente?
La vida es algo más que legalidad. Estamos metidos en una gran aventura.
No dudo que te debe quedar algo de este sentimiento.
–Gran Capitán – dijo él fría y respetuosamente -, siento por ti admiración y afecto. Tienes una capacidad administrativa tremenda, pero tienes una marcada tendencia a inculcar tus propias ideas y te asombra y ofende que los demás tengan una opinión diferente a la tuya. Tienes con tanta frecuencia razón, que pierdes de vista que alguna vez puedes estar equivocada. Por esto una gran nave como ésta lleva treinta capitanes para aconsejarte y. en casos de urgencia, o eventualmente en cualquier caso, pueden, de acuerdo con los reglamentos, prescindir de tus disposiciones.
Créeme, todos te queremos. Pero conocemos nuestros deberes para con la demás gente de a bordo.
–Pero ahora te equivocas. Podemos poner esta civilización al descubierto -dijo ella-. Capitán -añadió después de haber vacilado-, ¿no quisieras seguir a mi lado por una vez?
Era como una súplica personal y en el acto se arrepintió de haberla hecho. La petición pareció calmar los nervios del capitán. Se echó a reír, trató de dominarse, pero se rió de nuevo,
–¡Perdóname…! – dijo finalmente-. Perdóname…
–¿Qué es lo que te ha hecho tanta gracia? – preguntó ella secamente.
–La frase «por una vez» -dijo él ya sereno-. ¿Es que no recuerdas habernos pedido ya otras veces que apoyásemos tus planes?
–Quizás un par de veces… -dijo ella cautelosa, tratando de recordar.
–No las he contado -dijo el capitán Wayless-. Pero haciendo un cálculo global aproximado, diría que nos has pedido nuestro apoyo de una opinión personal tuya, o has hecho uso de tus facultades reglamentarias para dar fuerza a tus ideas no menos de cien veces durante este viaje. Ahora, por una sola vez, la legalidad es usada contra ti. Y te ofende amargamente.
–No estoy ofendida. Estoy…-Se calló-. ¡Oh…!, veo que es inútil hablar contigo. Por una razón que ignoro, imaginas que seis meses son toda una eternidad.
–No es una cuestión de tiempo. Es una cuestión de propósito. Tú crees, sin la menor prueba, que puedes descubrir Cincuenta Soles diseminados entre cien millones de ellos. Una nave de este volumen no acepta una probabilidad contra dos millones. Si no eres capaz de comprender esto, nos veremos por una vez en la necesidad de desobedecerte, independientemente del afecto que podamos sentir por ti.
Lady Laurr vaciló. Los acontecimientos se ponían contra ella. Vio la necesidad de exponer más cautelosamente sus razones.
–Capitán -dijo lentamente-, no se trata aquí de un problema mecánico.
Si dependiésemos únicamente de la suerte, tu razonamiento sería exacto.
Nuestras esperanzas tienen que ser basadas en la psicología.
–Los que hemos firmado el acta de «Anulación» no lo hemos hecho a la ligera -dijo él lentamente-. Discutimos el aspecto psicológico.
–¿Y en qué basasteis la decisión de rechazarlo? ¿En la ignorancia?
Era una observación violenta, y vio que el capitán se irritaba. Con voz pausada, éste prosiguió:
–Lady Laurr, hemos observado algunas veces con contrariedad, tu tendencia a confiar casi exclusivamente en el consejo dado por la teniente Neslor. Las reuniones que tienes con ella son siempre privadas. Lo que se dice en ellas no trasciende nunca al público, salvo que de repente tomas una determinación basada en lo que te ha aconsejado.
Esta imagen le impresionó un poco. A la defensiva, dijo:
–Confieso que no lo había considerado nunca así. Me limito a consultar al jefe del departamento de psicología de esta nave.
–Si el consejo de la teniente Neslor es tan valioso -prosiguió el capitán Wayless-, tendría que ser elevada al rango de capitán y dársele la autorización de exponer sus ideas delante de los demás capitanes. – Se encogió de hombros y sin duda debió leer el pensamiento de su interlocutora, porque antes de que ella pudiese decir nada, prosiguió-: Y por favor, no digas que vas a hacer inmediatamente el nombramiento. Para esta promoción se necesita un mes, aun en el caso en que nadie tenga ninguna objeción que hacer; y el nuevo capitán pasa dos meses sin voz ni voto aprendiendo los procedimientos en una reunión del consejo.
–¿Y no permitirías esta demora de tres meses? – preguntó Lady Laurr malhumorada.
–No.
–¿No aceptarías pasar por alto el procedimiento ordinario para hacer este nombramiento?
–En un caso de urgencia, sí. Pero esto es sólo el empeño tuyo de encontrar una civilización, que puede ser buscada, y eventualmente encontrada por una expedición mandada con este propósito.
–¿Entonces insistes en la «Anulación»?
–Sí.
–Muy bien. Convocaré un plebiscito para dentro de quince días. Si me es contrario y nada ocurre hasta entonces, emprenderemos el regreso.
Y con un gesto, cortó la comunicación.
Analizó su situación tal como estaba establecida, bajo dos aspectos. En uno de ellos, había la lucha contra el capitán Wayless y su mayoría de cuatro quintos, que la había permitido obligarla a reunir un plebiscito. Por otro lado, había la batalla que estaba librando para obligar a los habitantes de los Cincuenta Soles a mostrarse a la luz. En ambos terrenos no había hecho más que empezar la lucha. Llamó a «Comunicaciones». El capitán Gorson contestó:
–¿Estamos todavía en contacto con esta nave de los Cincuenta Soles que nos está observando? – preguntó Lady Laurr.
–No. Te comuniqué cuándo perdimos el contacto. No ha vuelto a ser establecido. Probablemente nos conectarán mañana cuando radiemos para comunicar nuestra posición.
–Avísame.
–Desde luego.
Cortó la comunicación y llamó a «Armamento». Le contestó un subordinado pero esperó hasta que pudo hablar con el oficial de servicio.
–¿Cuántas bombas has soltado? – preguntó.
–Siete en total.
–¿Todas al azar?
–Es el procedimiento más sencillo, Lady Laurr. Las probabilidades nos protegen contra el peligro de alcanzar un planeta susceptible de tener vida.
Gloria Cecily asintió pero se sentó frunciendo el ceño. Finalmente, comprendiendo la necesidad de restablecer la situación, dijo:
–Intelectualmente, estoy de acuerdo. Emocionalmente… Un simple error, capitán, y tú y yo podemos ser condenados a muerte si la cosa llega a ser sabida.
–Conozco bien la ley, excelencia – dijo él melancólicamente -. Es uno de los inconvenientes de estar al frente de «Armamento». – Vaciló un instante y añadió-: Mi impresión es que has hecho una amenaza muy peligrosa, peligrosa para nosotros, quiero decir. La gente no debe ser sometida a tales presiones.
–¡Asumo la responsabilidad! – exclamó ella secamente.
Y cortó la comunicación. Se levantó y anduvo arriba y abajo. ¡Dos semanas! Parecía imposible que pudiese ocurrir nada, entonces… En dos semanas, tal como ella lo había planeado, la presión sobre los Dellian y no-Dellian apenas habría empezado.
Pensar en ellos le recordó algo. Se dirigió al transmisor de materia, hizo las manipulaciones necesarias y pasó a través hasta la biblioteca centralmente situada a poco más de un tercio de milla de sus alojamientos.
Se encontró en el despacho particular de la bibliotecaria-jefe que estaba sentada, sin verla, escribiendo. Instantáneamente, Lady Laurr, le dijo:
–Jane, ¿tienes los informes del levantamiento Dellian de…?
La bibliotecaria tuvo un sobresalto, se medio levantó de la silla y volvió a sentarse. Suspiró.
–Gloria. Tú serás mi muerte. ¿No podrías decir algo antes de irrumpir de esta manera?
–Perdona -dijo Gloria arrepentida-. Estaba impaciente. Pero si tienes…
–Sí, lo tengo. Si hubieses podido esperar diez minutos más te lo hubiera mandado de la forma ordinaria. ¿Has comido ya?
–¿Comido? ¡No, desde luego, no!
–Me encanta cómo lo dices. Y conociéndote como te conozco, sé lo que quieres decir. Bien, pues vas a venir a comer conmigo. Y no hay discusión que valga de Dellians y no-Dellians hasta que hayamos comido.
–Es imposible, Jane. No puedo perder este tiempo ahora…
La bibliotecaria se había puesto de pie. Salió de detrás de su tarima y cogió a Lady Laurr firmemente por el brazo.
–¡Conque no puedes…! Bien, pues escucha esto. No tendrás de mí la menor información hasta que hayas comido. Y ve con tus derechos e invoca los reglamentos si quieres, y verás si me importa. Y ahora vamos.
Gloria se resistió durante algunos segundos; después pensó:
–¡Es el maldito factor humano éste! ¡Es imposible conseguir que el pueblo comprenda! – Esta tensión cesó también y tuvo súbitamente la visión de su imagen, ceñuda e inquieta, como si el destino del universo pesase sobre sus hombros. Lentamente, se fue calmando. – Gracias, Jane-dijo-. Me encantará comer algo y tomar un vaso de vino.
Pero no olvidaba que tenía razón; que, aunque pudiese descansar durante una hora, la realidad subsistía. Los Cincuenta Soles tenían que ser descubiertos, por una simple razón que ahora iba madurando en su cerebro con todas sus mortales potencialidades.
Después de comer, empezaron a discurrir sobre la civilización de los Cincuenta Soles al suave son de una música de fondo. El resumen histórico dado por la bibliotecaria, fue extraordinariamente simple y conciso.
«Hacía unos quince mil años, Josep M. Dell había ideado una primitiva variación del transmisor de materia. La máquina requería una síntesis mecánica de un cierto tipo de tejido, particularmente de glándulas endocrinas que no podían ser netamente descubiertas. Pudiendo un ser humano entrar por un extremo y emerger un instante después a mil millas o más de allí, no se observó inmediatamente que en el individuo que usaba este método de teletransporte se producían cambios extremadamente sutiles.
»No era que faltase nada, pese a que los Dellian fueron siempre en lo sucesivo lentos en la obra creativa. Pero bajo ciertos respectos parecía haberse añadido algo.
»Los Dellian resultaron ser menos sujetos a la tensión nerviosa. Su fuerza física excedía en mucho a todo lo soñado por los seres humanos.
Podían llegar a un esfuerzo sobrehumano por un curioso proceso de progreso interno de tensión muscular.
»Naturalmente.-la bibliotecaria puso cierta ironía al tocar este punto-, eran llamados robots por los seres humanos más atemorizados. El nombre no turbó a los Dellian, pero despertó en los seres humanos un odio de tal intensidad que no fue inmediatamente observado por las autoridades de la Tierra.
»Fue el período en que las multitudes recorrían las calles linchando a los Dellian. Algunos humanos amigos de los Dellian persuadieron al gobierno de dejarlos emigrar. Hasta ahora, nadie había sabido dónde se habían refugiado.»
Una vez el relato hubo terminado, la Muy Honorable Gloria Cecily permaneció un rato pensativa. Finalmente dijo:
–No me has sido realmente de gran utilidad. Todo esto lo sabía salvo, quizás, un par de detalles secundarios.
Se dio cuenta de que los ojos azules y penetrantes de la bibliotecaria la estaban mirando profundamente.
–Gloria… ¿detrás de qué andas? Cuando hablas así tratas generalmente de demostrar alguna teoría tuya personal.
La observación dio en el blanco. Lady Laurr vio en el acto que podía ser peligroso reconocerlo. Los que trataban de amoldar los hechos a sus teorías personales no eran considerados científicos. Se había mostrado con mucha frecuencia severa con oficiales que emitían vagas opiniones. Lentamente, dijo:
–Quiero simplemente recoger todas las informaciones que pueda. Es obvio que cuando una mutación como la Dellian lleva ciento cincuenta siglos de existencia, pueden haber ocurrido todas las eventualidades. Mi actitud es simplemente que no podemos descuidar el más mínimo detalle que podamos obtener.
La bibliotecaria asintió. Observándola, Lady Laurr decidió que la explicación había sido satisfactoria y que el momentáneo recelo había desaparecido de la mente de su interlocutora.
Se levantó. No podía correr el riesgo de ulteriores revelaciones. La segunda objeción podía no ser tan fácil de eludir. Se despidió distraídamente y regresó a su departamento. A los pocos minutos llamó a
«Biología» y como primera pregunta, dijo:
–Doctor, te he mandado ya previamente informaciones acerca de los pueblos Dellian y no-Dellian de los Cincuenta Soles. En tu opinión, ¿sería
posible que un Dellian y un no-Dellian, casados, tuviesen hijos?
El biólogo era un hombre de pensamiento lento que arrastraba las palabras al hablar.
–La historia dice que no -respondió.
–¿Y qué dices tú?
–Yo podría conseguirlo.
–Esto es lo que quería oírte decir – exclamó Lady Laurr triunfante.
El estímulo que le produjo la información no se desvaneció hasta que se metió en cama horas más tarde. Apagó la luz y permaneció algún tiempo mirando hacia el espacio.
La gran noche no había apenas cambiado. Los puntos luminosos estaban diferentemente ordenados, pero sin un dispositivo de aumento, no tenía la prueba visual de encontrarse en la Gran Nebulosa de Magallanes. No más allá de un centenar de estrellas aparecían como separadas unidades. De vez en cuando aparecían leves focos de luz que indicaban la presencia de centenares de miles, quizás millones, de estrellas.
Obedeciendo a un impulso se acercó a la placa ampliadora y la accionó al máximo. ¡Esplendor!
Un billón de estrellas parecían mirarla. Vio el cercano brillo de innumerables estrellas de la Nebulosa y la vasta espiral de la galaxia principal impregnada ahora con más puntos luminosos de los que sería jamás posible contar. Y lo que podía ver no era más que un mero punto de la constitución cósmica de las cosas. ¿De dónde venía todo aquello?
Decenas de millares de generaciones de seres humanos habían vivido y muerto, y de ello no había siquiera el principio de una respuesta satisfactoria.
Redujo el ampliador a cero y volvió al universo al nivel de sus sentidos.
Abriendo mucho los ojos, pensó: «Supongamos que hayan producido una raza, mezcla de Dellian y no-Dellian. ¿En qué sentido puede esto afectarme, en el plazo de dos semanas?»
No podía imaginarlo. Durmió intranquila.
La mañana… Mientras tomaba su frugal desayuno se le ocurrió pensar que sólo quedaban trece días. La idea le impresionó profundamente. Se levantó melancólicamente de la mesa pensando que vivía en un mundo de sueño. Si no actuaba de una forma positiva, toda la empresa a la que había