Razas del futuro
Capítulo XVI
Cuando te pedí que llamases al Gran Capitán y le dije que de cien millones de soles había encontrado…
Fue en este punto cuando Maltby lo interrumpió.
–Un momento -dijo-, ¿dices que le dijiste a Lady Laurr anoche…?
–¿Era de noche aquí? – preguntó el capitán Planston interesado-. Vaya, vaya… A propósito, casi lo olvido, estos asuntos de casamiento o no casamiento no son importantes ya para mí, que soy un hombre viejo. Pero felicidades.
La conversación era demasiado rápida para Maltby. Sus mentes estaban analizando todavía la primera declaración. Esto lo había sabido siempre.
Fijó su atención, titubeando, en sus últimas palabras.
–¿Felicidades? – repitió.
–Era verdaderamente hora de que tuviese marido -chilló el capitán-. Ha sido siempre una mujer de carrera, ya lo sabes. Por otra parte, esto tendrá un efecto vivificador sobre los otros… robots, perdóname. Te aseguro que la palabra no quiere decir nada para mí. En todo caso, la misma Lady Laurr ha dado la noticia hace pocos minutos, de manera que baja y ven a verme otra vez. – Y se alejó con un gesto de su gruesa mano.
Maltby se dirigió al transmisor más cercano. Seguramente Gloria estaría esperándolo ya.
No quedaría decepcionada.
Capítulo XVI
El globo tenía una luminosidad pálida y unos tres pies de diámetro.
Colgaba en el aire en el centro aproximado de la estancia y el arco más bajo estaba a la altura de la barbilla de Maltby. Frunciendo el ceño, su doble mentalidad en tensión, saltó de la cama, se puso las zapatillas y se acercó a la forma luminosa. Al pasar por su lado, se desvaneció.
Se echó rápidamente atrás y volvió a aparecer. Maltby hizo una mueca de extrañeza. Era como había supuesto una proyección lanzada desde el subespacio a su cama, pero sin existencia real en la habitación. Por consiguiente no podía ser vista desde atrás. Su expresión ceñuda se profundizó al aumentar su extrañeza. Si no fuese porque sabía que no poseían aquel comunicador, hubiera supuesto que estaba a punto de ser advertido de que había llegado el momento de la acción.
Esperaba fervientemente que no. Estaba tan lejos como siempre de tomar una decisión. Y sin embargo, ¿quién podía si no estar tratando de comunicar con él? Sintió el impulso de apretar el botón que conectaría el centro de control de la gran nave con lo que estaba ocurriendo en su habitación. No era conveniente que Gloria pudiese pensar que estaba en comunicación secreta con extraños. Si alguna vez despertaba sus sospechas, ni el hecho de que estuviese casado con ella lo salvaría de ver sus dos mentalidades investigadas por la psicóloga de la nave, la teniente Neslor.
Sin embargo, tenía otras preocupaciones que su matrimonio. Se sentó en la cama, miró fijamente a la cosa y dijo:
–Voy a hacer una suposición acerca de tu identidad. ¿Qué quieres?
Una voz muy fuerte, confiada, habló a través del globo:
–¿Crees saber quién llama a pesar del medio inusitado?
Maltby reconoció la voz. Sus ojos se entornaron, tragó con dificultad; después recobró el control de sí mismo. Se dijo que podían haber otros auditores que podrían sacar consecuencias de su inmediato reconocimiento de la voz. A su intención fue que dijo:
–La lógica es relativamente simple. Soy un Hombre Mixto a bordo de la nave de guerra Constelación que está cruzando por la zona de los Cincuenta Soles de la Gran Nebulosa de Magallanes. ¿Quién puede tratar de ponerse en contacto conmigo sino los «Ocultos» de mi propia raza?
–Sabes esto -dijo la voz con intención-. ¿Y no has hecho nunca intento alguno de traicionarnos?
Maltby permaneció silencioso. Dudaba que aquella observación fuese de su agrado. Como sus propias palabras, reconoció que aquéllas iban dirigidas también a posibles auditores. Pero no era un acto amistoso llamar la atención de estos auditores sobre el hecho de que guardaba la conversación para él. Con mayor intensidad que nunca se le ocurrió pensar que no debía echar en olvido su posición política, tanto allí, en la nave, como fuera de ella. Miró el objeto luminoso y decidió que era mejor revelar abiertamente la identidad del visitante. Secamente, dijo:
–¿Quién eres?
–¡Hunston!
–¡Oh! – exclamó Maltby. Su sorpresa no era totalmente simulada. Había una diferencia entre un reconocimiento interno de una voz y tener este
reconocimiento verbalmente comprobado. Las implicaciones de la identidad eran bastante profundas.
Hunston había sido liberado una vez la Constelación hubo localizado los Cincuenta Soles. Desde entonces, Maltby, debido a su situación, no había tenido virtualmente comunicación con el mundo exterior.
Suavemente, Maltby repitió su primera pregunta.
–¿Qué quieres?
–Tu apoyo diplomático.
–¿Mi… qué? – preguntó Maltby.
La voz adoptó un tono resonante y orgulloso.
–De acuerdo con nuestra creencia, que con toda seguridad compartes, de que los Hombres Mixtos tienen derecho a una parte igual en el gobierno de los Cincuenta Soles, independientemente de su corto número, he ordenado hoy que se proceda al control de todos los planetas de este sistema. En este momento, los ejércitos de los Hombres Mixtos, apoyados por la mayor concentración de armas conocida en la galaxia, están procediendo a operaciones de desembarco y conseguirán en breve el control. Tú… -la voz hizo una pausa; lentamente añadió:- ¿Me sigues, capitán Maltby?
La pregunta fue como el silencio que sigue al estallido del trueno.
Lentamente, Maltby fue saliendo de la fuerte impresión de las noticias. Se puso de pie y volvió a sentarse. Finalmente, acudió a él la conciencia de que pese a que el mundo había cambiado la habitación seguía allá. La habitación, el globo luminoso y él.
La cólera brotó en él como una llamarada de fuego. Con furia mal retenida gritó:
–¡Has dado esta orden…! – Se retuvo. Su mente trataba de comprender analizando el significado de esta información. Finalmente, con la triste realidad de que en su situación no podía discutir el asunto, dijo -: Estás pendiente de la aceptación de un hecho consumado. Lo que sé de la inalterable política de la Imperial Tierra me convence de que tus esperanzas son vanas.
–Al contrario -respondió el otro vivamente-. Sólo el Gran Capitán Lady Laurr tiene que ser convencida. Tiene plena autoridad para obrar como lo juzgue conveniente. Y es tu esposa.
Más tranquilo ya, Maltby vacilaba. Era interesante ver que Hunston, después de haber obrado por iniciativa propia, buscaba ahora su apoyo.
Pero no demasiado interesante, sin embargo. Lo que en realidad mantenía a Maltby silencioso era el haberse dado súbitamente cuenta que había sabido siempre que algo de este género ocurriría; lo había sabido desde el preciso instante en que se había propagado la noticia de que la nave de guerra de Tierra había descubierto la civilización de los Cincuenta Soles hacía algunos meses ya. Durante diez años, cinco años, un año incluso, el sello de la aprobación de Tierra pesaría para siempre jamás sobre el sistema democrático de los Cincuenta Soles, tal como era. Y las leyes de este gobierno excluían expresamente a los Hombres Mixtos de toda participación. En aquel momento, dentro de un mes, un cambio sería aún teóricamente posible. Después…
Veía claramente que había sido demasiado lento en tomar una decisión.
Las pasiones de los otros hombres se habían convertido en ideas de acción y finalmente en las mismas acciones. De uno u otro modo tenía que abandonar la nave y averiguar qué ocurría. De momento, sin embargo, cautela era la palabra indicada.
–No soy contrario a exponer tus argumentos a mi esposa -dijo Maltby-.
Pero algunas de tus declaraciones no me impresionan en lo más mínimo.
Has dicho, «la mayor concentración de armas conocida en la galaxia».
Reconozco que este método de utilización de la radio subespacial es nuevo para mí, pero tu declaración, en conjunto, no tiene sentido. Es totalmente imposible que conozcas la cantidad de armas poseídas incluso por esta nave porque, a pesar de todas mis oportunidades, yo lo ignoro. Es una lógica suposición, sin embargo, creer que ninguna nave puede llevar a bordo algunas de las grandes armas que Tierra puede suministrar en breve plazo a cualquier lugar explorado del universo. No puedes, aislados como hemos estado todos, ni tan sólo suponer qué clase de armas son éstas, y menos aún declarar con absoluta certeza que las tuyas son las mejores. Por consiguiente, mi pregunta relacionada con esto es: ¿Por qué formulas siquiera esta velada amenaza? De todos tus argumentos, es el que tiene menos probabilidades de despertar nuestro entusiasmo por tu causa. ¿Bien?
En el puente de mando, la Muy Honorable Gloria Cecily se apartó de la placa de visión que le revelaba la habitación de Maltby. Su bello rostro
estaba contorsionado por la reflexión. Dirigiéndose a su compañera, dijo lentamente:
–¿Qué sacas en claro de todo esto, teniente Neslor?
–Creo, noble dama -respondió la psicóloga marcando las palabras- que éste es el momento de que hablamos cuando por primera vez me preguntaste cuáles serían los efectos psicológicos de tu matrimonio con Peter Maltby.
El Gran Capitán miró a su subordinada atónita.
–¿Estás loca? Su reacción ha sido correcta en todos los detalles. Me ha dado extensamente su opinión sobre la situación de los Cincuenta Soles y cada una de sus palabras concuerda…
La radio interior de la nave lanzó un zumbido. La cabeza y los hombros de un hombre aparecieron en la pantalla.
–Draydon, comandante de comunicaciones, al habla -dijo-. Haciendo referencia a tu pregunta acerca de la onda de radio dirigida ahora a la habitación de tu marido, un dispositivo similar fue inventado en la galaxia principal hace unos ciento noventa años. La intención era instalarlo en todas las nuevas naves de guerra y en las naves antiguas tipo crucero, pero estábamos ya en camino antes de que la producción en masa comenzase.
»En este campo por lo menos, por consiguiente, los Hombres Mixtos han igualado las invenciones de los genios creadores humanos, si bien es difícil saber cómo un tan corto número de ellos pueden producir tanto. La misma exigüidad de su número hace altamente probable que no se den cuenta de que nuestros descubridores comunicarán instantáneamente la presencia de su manifestación de energía. Es totalmente imposible que hayan descubierto todos los subproductos de su invención. ¿Alguna otra pregunta, noble dama?
–Sí, ¿cómo funciona?
–Por energía. Pura e inadulterada energía. Las ultra-ondas son dirigidas a un cono, a un vasto sector de espacio donde la nave que tiene que recibirla se supone situada. Todos los motores de la nave emisora son conectados con el rayo. Creo que, experimentalmente, se establecieron contactos tan remotos como tres mil quinientos años de luz.
–Bien, pero -dijo Gloria Cecily con impaciencia- ¿cuál es el principio?
¿Cómo, por ejemplo, descubrirán la Constelación entre otras cien naves?
–Como sabes -dijo la respuesta-, nuestra nave emite constantemente rayos de identificación de una longitud de onda especial. Los rayos ultra son adaptados a esta longitud de onda y cuando establecen el contacto reaccionan literalmente al instante. Inmediatamente, todos los rayos enfocan el centro de la fuente de las ondas de identificación y permanece enfocada cualquiera que sea la velocidad o el cambio de dirección.
Naturalmente, una vez la onda transmisora está enfocada, la transmisión de la imagen y la voz es sencillo.
–Comprendo.-dio Gloria, al parecer pensativa-. Gracias.
Cerró el contacto y volvió a la imagen de la escena de la habitación de Maltby.
–Muy bien -estaba diciendo su marido-, expondré tus argumentos a mi esposa.
La respuesta del globo de luz fue su desaparición. Gloria se sentó, fría.
Toda la conversación había sido grabada en un hilo, de manera que la parte que había perdido podría oírla después. Se volvió lentamente hacia la teniente Neslor y le expresó la idea que no había abandonado su mente por un solo instante.
–¿Qué motivos tienes para decir lo que has dicho un momento antes de que fuésemos interrumpidas?
–Lo que ha ocurrido aquí es básico de todo el problema de los Cincuenta Soles. Es demasiado importante emitir cualquier interferencia.
Tu marido debe ser sacado de esta nave, y tú debes permitir ser acondicionada fuera del amor hacia él hasta que este asunto quede definitivamente resuelto. ¿Lo comprendes verdad?
–¡No! – dijo Lady Laurr obstinadamente-. No lo comprendo. ¿En qué basas tu opinión?
–Hay varios puntos importantes -dijo la psicólogo-. Uno de ellos es el hecho de que te hayas casado con él. No te hubieras casado nunca con un hombre ordinario, Gloria.
–Naturalmente -respondió con orgullo el Gran Capitán.-. Tú misma has afirmado que su doble I.Q., ambos, son superiores al mío.
La teniente Neslor se echó a reír irónicamente.
–¿Y desde cuándo I.Q. tiene importancia para ti? Si esto fuese una razón para reconocer la igualdad, las nobles y reales familias de la galaxia estarían desde hace mucho tiempo saturadas de profesores sabios. No, no,