Razas del futuro

Alfred E. Van Vogt · Capítulo 21 de 25

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Razas del futuro

Capítulo XX

–Ya te he dicho que no puedo tomar parte en empresas importantes.

La teniente Neslor se levantó.

–¿Pero vas a tratar de rescatar a Lady Gloria?

–Sí.

Dio media vuelta sin una palabra más y se marchó. Maltby la siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido por una puerta alejada.

Capítulo XX

El Gran Capitán, la Muy Honorable Gloria Cecily, Lady Laurr de la Noble Casa de Laurr, estaba sentada bajo dosel en su trono de recepción y escuchaba seriamente el relato de la psicóloga. Sólo cuando hubo terminado, la palidez de Gloria Cecily delató su agotamiento. Su voz, sin embargo, era vibrante cuando dijo:

–¿Entonces, definitivamente, no sospecha la verdad? ¿No sabe que la Constelación no ha sido jamás capturada? ¿No se ha dado cuenta de que fuiste tú quien lo sumió en la inconsciencia cuando aterrizó en el bosquecillo?

–¡Oh, sospechaba…!-dijo la teniente Neslor-. Pero… ¡cómo podía ni sospechar toda la verdad! En vista de nuestro silencio, ¿cómo podía sospechar que la triunfante declaración de Hunston no era sino una parte de la implacablemente mortal partida que estamos jugando en nuestro intento de destruirnos mutuamente? El solo hecho de que Hunston ha conseguido una nave de Tierra imposibilita a quien sea para conocer la verdad.

La noble dama asintió, sonriendo. Permaneció algún tiempo inmóvil, la reflexión pintada en sus altivos ojos, los labios separados y brillando sus blancos dientes. No había sido aquélla su expresión cuando por primera vez se enteró de que los Hombres Mixtos tenían también una nave de Tierra, y un maravilloso modelo, además, una nave cuyo proyecto había estado durante muchos años en estudio. En aquel momento, todos los recuerdos de aquella nave maravillosa a la que en los sectores navales se daba el nombre de Relámpago, acudían a su mente. Sus novecientos billones de fragmentos separados habían entrado en la producción en masa hacía setenta y cinco años, con la esperanza de que la primera nave estaría terminada al final de setenta años más. Eran muy pocas las naves de este género que estaban en servicio todavía, pero el caso era que una de ellas había sido robada.

¿Cuáles eran las intenciones de Hunston? ¿Cómo pensaba solventar el hecho de que la Imperial Tierra tuviese más naves de guerra que hombres, mujeres y chiquillos había en los Cincuenta Soles? Lentamente dijo;

–Es indudable que los Hombres Mixtos mandaron una nave a la galaxia principal en el momento que oyeron hablar de nosotros; y, desde luego, si entran en ella un número suficiente nada puede detenerlos.-Más animadamente, prosiguió-: Celebro que el capitán Maltby no te preguntase cómo tú y mil supervivientes más pudisteis escapar cuando Hunston hizo la supuesta presa de la Constelación. No me sorprende que no quisiera tomar parte activa en tu inocente plan de recuperar la nave. Lo importante es que, con tu inocente estratagema, te has enterado de lo que queríamos saber; que su amor hacia mí lo lleva a un intento de penetrar en la nave de Hunston.

Cuando el indicador que tenemos conectado hacia él desde que nos dejó en Atmion indique que está en el interior de la nave, actuaremos. Quedará muy sorprendido -añadió riéndose- cuando se dé cuenta del terreno que pisa.

–Puede ser muerto -dijo la teniente Neslor.

Hubo un silencio, durante el cual la sonrisa perduró en el bello rostro de Lady Laurr.

–No olvides que tu actual antagonismo contra él está influenciado por tu comprensión de cuan profundamente te habías entregado con anterioridad a un afecto emotivo hacia él -dijo apresuradamente la teniente Neslor.

–Es posible que tu acondicionamiento hubiese sido excesivamente entusiasta -reconoció el Gran Capitán-. Cualquiera que sea la razón, no deseo ser de otra forma que la que soy. Puedes por consiguiente considerar lo que te diré como una orden: En ninguna circunstancia quiero volver a ser acondicionada en la forma anterior. El divorcio entre el capitán Maltby y yo, ahora que ha sido ya pronunciado, es definitivo. ¿Está esto claro?

–Sí, noble dama.

Allí había naves, naves, naves, más naves de las que Maltby había visto jamás en las bases navales de Cassidor. La flota de los Cincuenta Soles estaba sin duda siendo desmovilizada con tanta rapidez como los Hombres Mixtos podían conseguir.

Las naves se extendían en hileras hacia el norte, el este, el sur, hasta donde alcanzaba la vista. Yacían sobre sus chasis formando hileras geométricas. De vez en cuando los hangares de superficie y los talleres de reparaciones rompían el mesurado ritmo de aquellas extensiones. Pero la

mayor parte de las veces las construcciones eran subterráneas o, mejor dicho, bajo grandes chapas de metal ocultas por una capa de aleación de acero transparente finamente acanalado.

La nave de Tierra estaba a unas cuatro millas de la entrada occidental.

La distancia no parecía producir un efecto de disminución en su tamaño. Se elevaba colosal en el horizonte, dominando las naves más pequeñas y el planeta, en las secciones de la ciudad que se extendía más allá de él. Nada de Cassidor, nada en el sistema de los Cincuenta Soles, podía soñar en acercarse a aquella nave en cuanto a tamaño y aparente aspecto de fuerza.

Incluso en aquel momento parecía increíble que aquella inmensa arma, aquel artefacto que era capaz de destruir planetas enteros, hubiese podido caer intacta en manos de los Hombres Mixtos, capturada por una estratagema. Y sin embargo, el mismo método que había usado para librar la Atmion era la prueba de que podía hacerlo. Haciendo un esfuerzo, Maltby arrancó su mente a la fútil contemplación y se alejó. Se sentía, frío, tranquilo y decidido. El oficial de la puerta era un no-Dellian de rostro agradable que lo acompañó diciéndole:

–Hay un transmisor de materia electrónica enfocado desde la nave a la puerta de este edificio.-Avanzó un centenar de metros hacia dentro y a un lado y añadió: -Esto te llevará dentro de la nave. Ahora métete este aparato de alarma en el bolsillo.

Maltby aceptó el diminuto instrumento, intrigado. Era una combinación ordinaria con un tubo emisor y receptor y un botón para activar la señal.

–¿Para qué es esto?

–¿Vas en busca del Gran Capitán, no?

Maltby asintió, pero tenía una idea detrás de la cabeza; y no se atrevía a hablar. Esperó.

–En cuanto puedas -prosiguió el hombre-, haz todos los esfuerzos posibles para alcanzar el cuadro de controles y anular los chorros de energía, conexiones de fuerza, pantallas automáticas y todo lo demás.

Entonces aprieta la señal.

Maltby sentía una especie de sensación de vacío interior. Le parecía estar caminando por el borde de un abismo.

–Pero… ¿qué idea es ésta? – preguntó.

–Se ha tomado la decisión -respondió el oficial con calma, fríamente- de tratar de apoderarnos de algunos transmisores y estamos dispuestos a