Razas del futuro
Capítulo I
de la mujer. ¡Oh, cuánto hubiera deseado arrastrarla con él al reino de la muerte!
De nuevo Gloría Cecily gritó:
–¡Teniente Neslor! ¿Estás loca? ¡Cesa el fuego!
Poco antes de que el tercer disparo lo alcanzase con indescriptible violencia pensó, con una terrible sensación sardónica:
«Todavía no sospechaba. Pero alguien sospechó; alguien que en el momento decisivo había adivinado la verdad. Demasiado tarde -siguió pensando-, demasiado tarde, idiotas… Seguid adelante y buscad. Han sido advertidos, han tenido tiempo de esconderse más eficazmente. Y los Cincuenta Soles están diseminados… diseminados entre millones de estrellas, entre…»
La muerte detuvo su pensamiento. La mujer se levantó laboriosamente del suelo tratando de recobrar sus sentidos. Se dio vagamente cuenta de que la teniente Neslor venía a través de un transmisor, se detenía delante del cuerpo de Gisser Watcher y se acercaba corriendo a ella.
–¿Estás herida, querida? Era tan difícil disparar a través de una astroplaca…
–¡ Estás loca! – dijo Gloria Cecily jadeante-. ¿No comprendes que un cuerpo no puede ser reconstituido una vez el fuego ha devorado los órganos vitales? Es el único método definitivo. Tendremos que regresar sin… -Se detuvo. Vio que la psicóloga la estaba mirando.
–Su intención de agredir era inconfundible -dijo la teniente Neslor-, y según mis gráficos era demasiado pronto. No ha sido adaptado nunca a la psicología humana. Y en el último momento posible me acordé de Joseph Dell y la destrucción de los superhombres Dellian hace quince mil años. Es fantástico pensar que algunos de ellos escaparon y establecieron una civilización en esta remota parte del espacio… Ya lo ves ahora… Dellian; Joseph M. Dell, el inventor del robot Dellian perfecto.
Capítulo I
El altavoz de la calle cobró vida. La voz de un hombre dijo con resonancia:
–¡Atención, ciudadanos de los planetas de los Cincuenta Soles! Aquí la nave de Tierra Constelación. Dentro de pocos momentos la Muy Honorable
Gloria Cecily, Lady Laurr, Gran Capitán de la Constelación, hará una declaración.
Maltby, que caminaba en dirección a un vehículo aéreo, se detuvo al oír la voz. Vio que los demás transeúntes se detenían también.
Lant era un planeta nuevo para él; su capital era una ciudad rural deliciosa, después, de la superpoblada Cassidor, donde las Naves del Espacio de los Cincuenta Soles tenían su base principal. Su nave había aterrizado el día anterior, obedeciendo las órdenes generales de que todas las naves de guerra tenían que buscar inmediatamente refugio en el planeta habitado más cercano.
Era una orden de urgencia que implicaba pánico y peligro. Por lo que había oído decir en las cantinas de oficiales, la orden tenía algo que ver con la nave de Tierra, cuya emisión estaba ahora siendo transmitida por el sistema general de alarma.
Por la radio, la voz del hombre seguía diciendo impresionantemente:
–Y aquí tenemos a Lady Laurr…
La voz argentina, clara y firme de una mujer comenzó:
–¡Habitantes de los Cincuenta Soles, sabemos que estáis aquí…!
»Durante muchos años mi nave Constelación ha estado levantando el mapa de la Gran Nebulosa de Magallanes. Casualmente tropezamos con una de vuestras grandes estaciones meteorológicas y capturamos a su operador. Antes de que consiguiese matarse, nos enteramos de que en algún lugar de esta nebulosa de cien millones de estrellas hay cincuenta sistemas solares habitados, con un total de setenta planetas ocupados por seres humanos vivientes.
«Es nuestra intención encontraros, pese a que os pueda parecer a primera vista imposible conseguirlo. Localizar cincuenta soles esparcidos entre cien millones de estrellas parece difícil desde un punto de vista puramente mecánico. Pero hemos encontrado una solución al problema que no es más que parcialmente mecánica.
«Escuchad bien ahora, pueblo de los Cincuenta Soles. Sabemos quiénes sois. Sabemos que sois (así llamados) robots Dellian y no-Dellian; no verdaderos robots, sino humanoides de carne y hueso. Y, leyendo nuestros libros de historia, hemos encontrado los alocados alborotos y carnicerías de hace quince mil años que os atemorizan y os hacen abandonar la galaxia principal y buscar refugio lejos de la civilización humana.
»Quince mil años es mucho tiempo. Los hombres han cambiado.
Incidentes desagradables como los que vuestros antepasados experimentaron no son posibles ya. Porque tenéis que volver al redil. Tenéis que uniros a la Unión Galáctica de Tierra, someteros a un cierto número mínimo de prescripciones y establecer puertos comerciales interestelares.
»Debido a las razones especiales que podáis tener para ocultaros, se os concede una semana sideral para revelar la situación de vuestros planetas.
Durante este tiempo no emprenderemos acción alguna. Transcurrido este plazo, por cada día sideral que transcurra sin que se haya establecido contacto habrá una sanción.
»De una cosa podéis estar seguros. Os encontraremos. ¡Y pronto!
El locutor permaneció silencioso, como si quisiera dejar que el significado de sus palabras surtiese efecto. Cerca de Maltby un hombre dijo;
–Sólo una nave. ¿Qué podemos temer? Destruyámosla antes de que pueda regresar a la Galaxia y comunicar nuestra presencia.
–¿Dice la verdad o está haciendo un «bluf»? – preguntó una mujer inquieta-. ¿Creerá realmente que puede localizarnos?
–Es imposible – dijo otro hombre -. Es el eterno problema de la aguja en un pajar, pero en peor.
Maltby no dijo nada, pero estaba dispuesto a asentir. Le parecía que el Gran Capitán Laurr, de la nave de Tierra, estaba rondando por la mayor oscuridad que jamás había ocultado una civilización.
En la radio, la Muy Honorable Gloria Cecily seguía diciendo:
–Por el caso en que no calculaseis el tiempo de la misma forma que nosotros, os diré que el día sideral tiene veinte horas de cien minutos cada una. Hay cien segundos en un minuto y en este segundo la luz recorre 100.000 millas exactamente. Nuestro día es ligeramente más largo que el antiguo día normal, en el cual el minuto tenía sesenta segundos y la velocidad de la luz era de 186.300 millas por segundo, aproximadamente.
»Haced, pues, vuestros cálculos de acuerdo con estos datos. Dentro de una semana a partir de hoy volveré a llamar.»
Hubo una pausa. Entonces la voz de un hombre, no la del que había presentado a la mujer, dijo: -¡Ciudadanos de los Cincuenta Soles, habéis oído el mensaje transmitido.! Fue pronunciado hace una hora y ha sido retransmitido en emisión diferida de acuerdo con las instrucciones del
Consejo de los Cincuenta Soles con nuestro deseo de que la población esté al corriente de todo desarrollo de este peligro, el más grave que jamás nos ha amenazado! Seguid vuestras ocupaciones cotidianas y tened la completa seguridad de que cuanto es posible hacer será hecho. Ulteriores informaciones serán retransmitidas a medida que se reciban.
»Esto es todo por ahora.»
Maltby subió al vehículo aéreo, que se detuvo obedeciendo a su señal.
En el momento en que se sentaba en el asiento vacante, una mujer se acercó y se sentó a su lado. Maltby sintió una extraña sensación en su mente. Abrió un poco los ojos, pero no dio ninguna otra prueba de que hubiese sentido la penetración de la mente investigadora de la mujer.
–¿Has oído la radio? – dijo la mujer al cabo de un momento.
–Sí.
–¿Qué piensas de ello?
–Parece muy categórico.
–¿Has observado que nos ha clasificado a todos los habitantes de los Cincuenta Soles en robots Dellian y no-Dellian?
A Maltby no le sorprendió que se hubiese fijado también. La gente de Tierra no sabía que había un tercer grupo en los Cincuenta Soles: el Hombre Mixto. Desde miles de años después de la emigración un matrimonio Dellian y no-Dellian no había producido nunca hijos.
Finalmente, por lo que era conocido por «sistema de presión fría», la procreación era posible. El resultado eran los llamados Hombres Mixtos, con dos mentalidades: fuerza física Dellian y facultad generadora no-Dellian. Las dos mentes, debidamente coordenadas, podían dominar cualquier persona que tuviese sólo una mente.
Maltby era un hombre Mixto. Lo mismo que la mujer que se había sentado a su lado, como él había reconocido en el acto por la forma como estimuló su cerebro. La diferencia entre ellos era que él ocupaba una posición legal en Lant y otros planetas de los Cincuenta Soles y ella no. Si era descubierta podía ser condenada a prisión o muerte.
–Hemos estado siguiéndote para ponernos en contacto contigo, desde que nuestro cuartel general oyó este mensaje hará cosa de una hora.-dijo ella-. ¿Qué crees que debemos hacer?
Maltby vacilaba. Era un poco duro para él aceptar su papel de jefe hereditario de los Hombres Mixtos, siendo al mismo tiempo capitán de la
flota del espacio de los Cincuenta Soles. Hacía veinte años, los Hombres Mixtos habían tratado de apoderarse del control de los Cincuenta Soles. El intento había terminado en un desastroso fracaso, como resultado del cual habían sido declarados fuera de la ley. Maltby, entonces un chiquillo, fue capturado por una patrulla Dellian. La flota lo educó. Era un experimento.
Era cosa reconocida que el problema de los Hombres Mixtos tenía que ser resuelto. Se hizo el prolongado esfuerzo de inculcarle la lealtad a los Cincuenta Soles como un todo; y hasta un considerable punto, fue un éxito.
Lo que sus profesores ignoraban era que tenían en su poder al jefe nominal de los Hombres Mixtos.
Aquello había creado un conflicto en la mente de Maltby; un conflicto que todavía no había resuelto. Lentamente dijo:
–De momento, mi impresión es que tenemos que seguir automáticamente con el grupo. Obremos abiertamente con los Dellian y los no-Dellian. Después de todo, también nosotros pertenecemos a los Cincuenta Soles.
–Se ha hablado ya de la posibilidad de sacar algún beneficio de abandonar la localización de uno de los planetas -dijo la mujer.
De momento, a pesar de su entrenamiento ambivalente, aquello chocó un poco a Maltby. Y, sin embargo, veía claramente lo que quería decir: La situación estaba saturada de dinámicas potencialidades. Tristemente pensó:
«Temo no ser temperamentalmente apto para la intriga.» Se calmó, más pensativo, más dispuesto a discutir el problema objetivamente. «Si Tierra localiza esta civilización y reconoce su gobierno, no será posible ningún cambio. Cualquier plan para alterar la situación en nuestro favor…»
La mujer -era una rubia esbelta- sonrió, con cierto destello de ferocidad en sus ojos azules.
–Si los abandonamos -dijo-, podemos imponer la condición de que a partir de entonces tendremos un estatuto igual. Eso es todo lo que queremos, básicamente.
–¿Sí?.-Maltby no era de esta opinión y no estaba contento-. Me parece recordar que la guerra que sostenemos tenía otro propósito.
–Pero… -dijo ella recelosa-, ¿quién tiene mejor derecho a la posición dominadora? Somos fisiológicamente superiores a los Dellian y no-Dellian.
Por lo que sabemos, podemos ser la única super-raza de la galaxia. – Se interrumpió en seco-. Hay otra posibilidad más grande. Esta gente de Tierra
no ha visto nunca Hombres Mixtos. Si tenemos la ventaja de la sorpresa, si podemos meter suficiente gente de la nuestra en su nave, podemos capturar armas nuevas y decisivas. ¿Comprendes?
Maltby comprendía muchas cosas, incluso que todo aquello comportaba una gran cantidad de profundas reflexiones.
–Querida -dijo-, somos un grupo pequeño. Nuestra revolución contra el gobierno de los Cincuenta Soles fracasó, pese a la sorpresa inicial. Es posible que podamos llegar a realizar todas estas cosas, si nos dan tiempo.
Pero nuestras ideas son mayores que nuestro número.
–Hunston opina que el momento de actuar es durante una crisis.
–¡Hunston! – exclamó Maltby involuntariamente.
Y permaneció silencioso.
Al lado del exuberante y exigente Hunston, Maltby se sentía apagado.
Su impopular misión era mantener a raya las ardientes pasiones de la gente joven indisciplinada. A través de sus adeptos, la mayoría gente de edad, amigos de su difunto padre, sólo podía invocar cautela. Había resultado una tarea no agradecida. Hunston era un subjefe de los Hombres Mixtos. Su programa dinástico de acción actual impresionaba a la gente joven, para la cual el desastre de la generación anterior era una mera leyenda. Su actitud era: «Entonces hubo errores. Nosotros no los cometeremos.»
Maltby, por su parte, no sentía deseos de dominación sobre la población de los Cincuenta Soles. Durante años enteros se había hecho la pregunta;
«¿Cómo podría encauzar las ambiciones de los Hombres Mixtos hacia canales menos bélicos?» Hasta ahora, no había encontrado solución.
Lentamente, con firmeza decía: «Cuando el grupo está amenazado, los rangos tienen que apretarse. Queramos o no, pertenecemos a los Cincuenta Soles. Acaso fuese aconsejable traicionar esta civilización entregándola a Tierra, pero esto es una cosa que nosotros no podemos decidir una hora después de que la oportunidad se presente. Advertid a las ciudades ocultas que quiero tres días de discusión y opinión libre. El cuarto día habrá un plebiscito en el cual el lema será "¿Traición o no traición?". Nada más.»
Por el rabillo del ojo vio que la muchacha estaba contrariada. Su rostro se ensombreció; toda su actitud delataba una cólera reprimida.
–Amigo mío -dijo-, ¿supongo que no se te ocurrirá pensar en ir contra la mayoría?
Por su cambio de expresión, Maltby pudo ver que acababa de despertar el viejo conflicto democrático en su mente. Era su gran influencia sobre aquella gente, el hecho de que el Consejo de Hombres Mixtos, de los cuales era el cabecilla, apelaba en todas las situaciones importantes directamente a este grupo. El tiempo había demostrado que los plebiscitos despertaban los instintos conservadores de un pueblo. Individuos que durante meses enteros habían hablado violentamente de los enérgicos pasos que era necesario dar, se volvían cautelosos cuando se enfrentaban ante una votación plebiscitaria.
Más de una peligrosa tormenta política se había ahogado en la urna de votación.
La muchacha, que había permanecido silenciosa, dijo lentamente:
–En el plazo de algunos días otro grupo puede haber decidido hacer traición, y habremos perdido la ventaja. Hunston cree que en momentos de crisis un gobierno tiene que actuar sin demora. Más tarde puede preguntar al pueblo si cree que su actuación fue acertada.
A esto, por lo menos, Maltby tuvo una respuesta adecuada.
–El destino de toda una civilización está en juego. ¿Puede un hombre, o un grupo de hombres, comprometer primero algunos centenares de miles de hombres de su pueblo y a través de ellos, dieciséis billones de ciudadanos de los Cincuenta Soles? Creo que no. Pero aquí es donde me apeo. Suerte.
Se levantó y saltó al suelo. No miró hacia atrás mientras se dirigía hacia la barrera de acero, detrás de la cual había una de las diversas pequeñas bases que las Fuerzas Militares de los Cincuenta Soles mantenían en el planeta Lant.
El guardia de la puerta examinó su documentación frunciendo el ceño, y en tono severo dijo:
–Capitán, tengo órdenes de escoltarle hasta el edificio del Capitolio, donde los jefes del gobierno están en conferencia con los comandantes militares. ¿Quiere seguirme voluntariamente?
Sin la menor vacilación, Maltby contestó:
–Desde luego.
Un minuto después cruzaba por encima de la ciudad en un vehículo aéreo militar.
Hasta ahora -reconocía- no era una situación sin salida. Dentro de un instante podría concentrar sus dos mentalidades en una determinada forma y controlar primero su guardia y segundo el piloto del aparato.
Decidió no hacer ninguna de las dos cosas. Le parecía que una conferencia con los dirigentes del gobierno no envolvía un peligro inmediato para el capitán Peter Maltby. Al contrario, podía esperar aprender algo.
El pequeño vehículo aterrizó en un patio situado entre dos edificios cubiertos de hiedra: Maltby fue llevado a través de un ancho corredor brillantemente iluminado y lo hicieron entrar en una estancia donde un grupo de hombres estaban reunidos en torno a una mesa. Su llegada debía haber sido anunciada, porque ninguno de ellos hablaba cuando entró.
Maltby dirigió una rápida mirada a los rostros vueltos hacia él. A dos de ellos, los conocía personalmente. Ambos usaban el uniforme de oficiales de la flota. Ambos lo saludaron con un movimiento de la cabeza, al que respondió de igual forma.
A todos los demás, incluyendo cuatro de ellos de uniforme, no los había visto nunca personalmente, pero reconoció a varios jefes gubernamentales y algunos funcionarios. Era fácil distinguir los Dellian de los que no lo eran.
Los primeros eran, sin excepción, bellos, bien formados, fuertes. Los segundos variaban mucho. Presidiendo la mesa, frente a la puerta había un no-Dellian regordete que se levantó. Maltby reconoció en él por las fotografías que había visto a Andrew Craig, un ministro del gobierno local.
–Señores -comenzó Craig-, no nos mostremos evasivos con el capitán Maltby. Capitán -prosiguió dirigiéndose a él-, acabarnos de sostener unas conversaciones relacionadas con la amenaza de la llamada nave de Tierra, cuyo comandante femenino acaba de hacer por radio una declaración que probablemente has oído.
–En efecto -dijo Maltby, bajando la cabeza.
–Bien. La situación es la siguiente. Hemos decidido no revelar nuestra posición a este intruso, sean cuales sean los ofrecimientos hechos. Ha habido quien ha objetado que ahora que Tierra ha llegado a la Gran Nebulosa de Magallanes nuestro descubrimiento es inevitable tarde o temprano. Pero el factor intervalo de tiempo puede ser de miles de años.
Nuestra actitud es, pues, la de mantenernos unidos y rechazar todo contacto.
Durante el próximo decenio -y será necesario este lapso de tiempo-podemos mandar expediciones a la galaxia principal y ver qué ocurre exactamente en ella. Hecho esto, podemos tomar decisiones definitivas
acerca de establecer o no contacto. Como verás, me parece una decisión sensata.
Hizo una pausa, a la expectativa, y miró a Maltby. En su actitud había una sombra de ansiedad. En tono pausado y lento, Maltby dijo:
–Es indudablemente una decisión sensata.
Se oyó perfectamente un suspiro de alivio exhalado por varios de los asistentes.
–Sin embargo -continuó Maltby-, ¿estáis seguros de que ningún grupo o planeta revelará nuestra posición a la nave de Tierra? Muchos planetas tienen en ello intereses individuales…
–De esto -dijo el hombre regordete-, nos damos perfecta cuenta. Lo cual es el motivo por el que has sido invitado a esta reunión.
Maltby no estaba muy seguro de que fuese precisamente una invitación pero no hizo ningún comentario. El orador prosiguió:
–Acabamos de recibir comunicaciones de los gobiernos de los Cincuenta Soles. Todos ellos están conformes en que debemos seguir ocultos. Pero todos ellos se dan perfecta cuenta también de que, a menos que obtengamos el consentimiento de los Hombres Mixtos de no sacar ventaja de su condición, nuestra unidad hubiera sido realizada en vano.
Desde hacía unos minutos Maltby había adivinado lo que iba a suceder.
Y había reconocido la situación como una crisis en las relaciones entre los Hombres Mixtos y los habitantes de los Cincuenta Soles. Era también, lo veía claramente, un momento crítico personal para él.
–Señores -dijo-, tengo la vaga idea de que me vais a pedir que establezca contacto con otros Hombres Mixtos. Como capitán de la flota de los Cincuenta Soles, cualquier contacto de este género me colocaría en una situación extraordinariamente difícil.
El Vice-Almirante Dreehan, comandante de la nave de guerra Atmion, del que Maltby era ayudante astrógrafo y jefe del servicio de meteorología, tomó la palabra:
–Capitán, tienes derecho a obrar libremente ante cualquier proposición que se te haga aquí. No temas que la anomalía de tu posición no sea tenida en cuenta.
–Desearía que se me diese esto por escrito y se tomase nota -dijo Maltby.
Craig hizo un signo a las estenógrafas.
–¡Tomad nota, por favor!
–Sigue-dijo Maltby.
–Como has supuesto muy bien – prosiguió Craig-, deseamos que transmitas nuestras proposiciones al… -Hizo una pausa, vacilando, con visible reluctancia a emplear una palabra que daba una aureola de legitimidad a un grupo ilegal.– al Consejo gobernante de los Hombres Mixtos. Tienes, según estamos informados, la oportunidad de establecer este contacto.
–Hace años -reconoció Maltby- informé a mi comandante de que había sido abordado por emisarios de los Hombres Mixtos y que en cada planeta de los Cincuenta Soles existían facilidades permanentes de enlace. En aquellos momentos decidimos no dar el menos indicio de la existencia de estas agencias, ya que sin la menor duda se hubieran ocultado de una forma mucho más eficaz, es decir, que no me hubieran advertido de su futura localización.
–En realidad, la decisión de informar a las fuerzas armadas de los Cincuenta Soles de la existencia de estas agencias había sido tomada por el plebiscito de los Hombres Mixtos. Había la impresión de que se podía sospechar ese contacto y por consiguiente tenía que ser admitido. Era además admitido que los Cincuenta Soles no molestarían a las agencias, salvo en caso de peligro. Pero aquí estaba ya el peligro.
–Francamente -dijo el hombre gordo-, tenemos la convicción de que los Hombres Mixtos van a considerar esta situación como susceptible de reforzar su ventajosa posición. – Se refería a un chantaje político y era un significativo comentario a la situación que no lo hubiese dicho.– Estoy autorizado -prosiguió- a ofrecer derechos de ciudadanía limitados, accesos a determinados planetas, eventualmente derechos a vivir en ciertas ciudades; con el problema total de los derechos legales y políticos a ser examinados cada diez años, y la seguridad de que cada vez, dependiendo del comportamiento durante el decenio, les serían adjudicados nuevos privilegios.
Hizo una pausa, y Maltby se dio cuenta de que todos lo estaban mirando con una intensa expectación. Un político Dellian rompió el silencio:
–¿Qué crees de esto?
Maltby suspiró; antes de la llegada de la nave de Tierra hubiera sido una oferta ventajosa. Era la vieja historia de la concesión hecha bajo presión en