Razas del futuro

Alfred E. Van Vogt · Capítulo 7 de 25

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Razas del futuro

Capítulo VI

convencido de que él con su buena voluntad, era la única persona que reunía condiciones para hacerlo.

Seguía todavía pensando en la forma cómo dejaría que su nave fuese capturada cuando sonaron los timbres de alarma.

“Lady Laurr, hemos establecido contacto de alta resonancia con una nave de este sistema.”

“¡Apoderaos de ella!”.

Capítulo VI

De cómo ocurrió la cosa, Maltby no tenía una idea clara. Durante las primeras fases de la captura, sólo ansiaba ser capturado. Cuando los rayos tractores hicieron presa sobre el Atmion era ya tarde para analizar en qué forma la nave invasora había maniobrado para penetrar en el campo de rayos tractores.

Algo había ocurrido; una sensación física de ser absorbido por un remolino; una tensión y una contorsión de su cuerpo perfectamente perceptibles, como si la materia básica de que estaba compuesto estuviese sujeta a una tensión. Fuese lo que fuese, cesó abruptamente en cuanto los tractores hicieron presa y la nave de los Cincuenta Soles fue arrastrada hacia las remotas obscuridades donde la otra nave permanecía inmóvil, oculta todavía por la distancia. Maltby contemplaba ansiosamente los instrumentos que podían darle alguna estimación del tamaño de la otra nave. Mientras pasaban los minutos, empezó a darse cuenta de que era muy probable que consiguiese ver la nave enemiga. Era de noche, incluso los soles más cercanos no eran más que diminutos puntos de luz. Las características de cualquier cuerpo que se encontrase allá fuera, sólo podrían determinarse después de un período de tiempo.

Una cosa tan pequeña como una nave era igual a una mota de polvo perdida en la inconcebible oscuridad.

Sus dudas fueron confirmadas. Cuando la Atmion estaba todavía a varios minutos de luz de su captor, un agudo dolor retorció sus músculos.

Tuvo tiempo de suponer: rayos paralizadores. Y un segundo después se estaba retorciendo en el suelo del cuarto de controles, mientras la oscuridad se iba cerrando en torno a él.

Se despertó agitado, tenso, cansado, convencido de que era necesario dominar la situación fuese la que fuese. Supuso que debía haber manera de

controlar su mente y obligarla a dar informaciones. Podía incluso suponer que su poderosa doble mentalidad podía ser dominada, una vez sus potencialidades fuesen sospechadas.

Abrió los ojos levemente relajando los músculos de sus párpados. Fue como si hubiese hecho una señal. De algún sitio cercano a él en un extraño pero comprensible inglés, la voz de un hombre dijo:

–Muy bien; pasadla por la compuerta.

Maltby cerró los ojos, pero no antes de haber reconocido que estaba todavía en la Atmion. Y que, aparentemente, el proceso de meter la nave de guerra de los Cincuenta Soles dentro de la máquina capturadora, estaba en curso. El hecho de que yaciese todavía en el sitio del cuarto de controles donde había caído parecía indicar que los oficiales y tripulación de la Atmion no habían sido interrogados todavía.

Una oleada de excitación recorrió su cuerpo. ¿Iba a ser la cosa tan sencilla como eso? ¿Era posible que lo único que tuviese que hacer fuese obrar cautelosamente con su doble mentalidad y tomar el control de cualquier ser humano con el que estableciese contacto? ¿Y ganar así el control de la tripulación de la nave? ¿Iba a ser posible todo esto?

Lo era. Ocurrió.

Maltby fue conducido con los otros por un largo corredor. Miembros armados, masculinos y femeninos, de la tripulación de la nave de Tierra cubrían los dos lados de la columna de cautivos.

Era una ilusión. Los verdaderos prisioneros eran los oficiales que conducían a los cautivos. En el momento oportuno, el comandante -hombre robusto de unos cuarenta años- dio pausadamente, al grupo principal de cautivos, la orden de continuar siguiendo el corredor. Pero Maltby y los demás oficiales de astrografía y meteorología fueron llevados por un corredor lateral a una gran habitación a la que daban media docena de dormitorios.

En un tono de cosa sin importancia, el oficial de Tierra, dijo:

–Aquí estaréis bien. Os traeremos uniformes adecuados y podéis circular por la nave a vuestro antojo, con tal de que no habléis demasiado con nuestra gente. A bordo se hablan una gran cantidad de dialectos pero ninguno parecido al vuestro. No queremos que seáis observados, de manera que… ¡tened cuidado!

Maltby no estaba preocupado. Su problema, tal como él lo veía, era familiarizarse con la nave y sus costumbres. Era obvio que se trataba de una nave de considerables dimensiones y de que a bordo había más gente de la que un solo hombre es capaz de controlar directamente. Sospechaba que había también trampas dispuestas para los intrusos. Pero éste era un riesgo que había que correr.

Una vez tuviese una visión general de la nave y sus departamentos, exploraría rápidamente sus desconocidos peligros.

Una vez los “capturadores” se hubieron marchado, se reunió con los demás oficiales de astrografía para hacer una exploración de la cocina.

Como había medio supuesto, había varias clases de comida. Los humanoides Dellian y no-Dellian habían traído animales domesticados desde hacía milenios, y ahora en aquellos profundos frigoríficos había solomillos de buey, chuletas de cerdo y de cordero y una enorme variedad de volatería de origen terrestre, cada trozo conservado en un envoltorio transparente.

Comieron hasta saciarse, y Maltby estudió seriamente con ellos el misterio de por qué eran tratados como en realidad lo eran. Se daba perfecta cuenta de que había hecho una cosa muy peligrosa. Había cerca de él cerebros penetrantes, y si uno de ellos establecía relación entre lo ocurrido y el miedo que los habitantes de los Cincuenta Soles tenían de los Hombres Mixtos, su informe podía asustar a sus superiores más de lo que los había asustado la nave de Tierra. Sintió un cierto alivio cuando el oficial que él controlaba regresó con una provisión de uniformes.

El problema del control, frente a los hombres de los Cincuenta Soles, era delicado. Comportaba la “esclava” creencia de que estaba haciendo lo que hacía por una razón nacional. La razón que el hombre había aceptado era que obraba bajo la orden de conseguir la buena voluntad de los más valiosos oficiales de la nave capturada. Tenía la impresión, además de que sería imprudente comunicar esta información directamente a sus subordinados y que no tenía que discutirlo con sus camaradas oficiales de la nave.

Como resultado, estaba dispuesto a facilitar las instrucciones que permitirían a Maltby y a sus compañeros circular de una forma limitada por la nave Constelación, pero no a darles demasiadas informaciones acerca de la nave en sí. Mientras los demás estuvieron presentes, Maltby aceptó la

limitación. Pero fue él quien acompañó al oficial cuando éste, sintiendo su trabajo terminado, finalmente se marchó. Con gran disgusto por parte de Maltby, el hombre le resultó invulnerable cuando quiso ganar su control y saber informes sobre la nave. Estaba dispuesto a hacerlo, pero no podía comunicar estos datos. Algo -acaso hipnótico por naturaleza- se lo impedía.

Al final Maltby vio claramente que lo que quería saber tenía que conseguirlo por boca de más altos oficiales, que tuviesen libertad de acción.

Los oficiales de bajo rango evidentemente no la tenían y el método empleado para impedírselo era de una naturaleza que no tenía tiempo de descubrir y dominar.

Supongo que las autoridades de a bordo debían haber descubierto ya que los astrógrafos y meteorólogos de la Atmion habían desaparecido.

Alguien se preocuparía de esto de la forma seca y autoritaria de las mentalidades militares. Si tan sólo tuviese la oportunidad de hablar con la mujer que asumía el mando supremo de esta nave de Tierra… Pero esto, por sí sólo, hacía ya necesario dar otros pasos esenciales. ¿Huir?

Pese a que era esencial no perder tiempo, necesitaba sin embargo dos horas más para ganar el control de los oficiales que tenían a su cargo los cautivos de los Cincuenta Soles y de la Atmion; controlarlos de forma que, a una señal dada, coordinasen sus acciones y les preparasen una fuga. En cada caso era necesario producir una orden alucinatoria procedente de un superior con el fin de obtener la aquiescencia automática del subordinado.

Por cautela, Maltby dio también la explicación de que la Atmion tenía que ser liberada en un amistoso gesto y devuelta al gobierno de los Cincuenta Soles.

Hecho esto, sugirió a un alto oficial que el Gran Capitán insistía en verlo. De cómo saldría la cosa, Maltby no tenía más que una vaga idea.

La teniente Neslor llegó al puente de mando y se desplomó sobre una silla.

–Aquí pasa algo -suspiró.

El Gran Capitán abandonó por un instante lo que estaba haciendo de cara al cuadro de controles y se volvió hacia el oficial, pensativa.

Finalmente, se encogió de hombros con un gesto de irritación y con cierto timbre de cólera en la voz, dijo:

–Algunos de estos habitantes de los Cincuenta Soles deben de saber seguramente dónde están sus planetas.

–No hemos encontrado ningún oficial de astrografía a bordo -dijo la oficial psicólogo moviendo la cabeza-. A los demás prisioneros les sorprende tanto como a nosotros.

–No lo entiendo… -dijo Lady Laurr frunciendo el ceño.

–Son cinco -añadió la teniente Neslor-. Todos fueron vistos pocos minutos antes de que capturásemos la Atmion. Ahora han desaparecido.

–¡Que se registre la nave! – gritó Gloria Cecily-. ¡Que toquen a alerta general! – . Hizo el gesto de volverse hacia el cuadro instrumental de abordo y se detuvo. Pensativa, miró a la psicóloga-. Veo que no te parece el método adecuado.

–Hemos hecho ya una experiencia con un Dellian -respondió ésta.

Lady Gloria se estremeció ligeramente. El recuerdo de Gisser Watcher, el hombre que había sido capturado en la estación del aerolito, no estaba todavía completamente borrado en su espíritu. Finalmente, dijo:

–¿Qué propones?

–¡Espera! Cualquiera que haya sido el método empleado para huir de nuestro control de energía tienen que haber seguido un plan. Me gustaría saber dónde tratan de ir, qué quieren averiguar.

–Comprendo… -fue el único comentario del Gran Capitán, mirando al parecer a lo lejos.

–Naturalmente -dijo la teniente Neslor-, necesitas ser protegida. Me encargo personalmente de la misión.

–No concibo imaginar cómo un intruso recién llegado a esa nave pueda esperar encontrar mis apartamentos -dijo Lady Laurr, encogiéndose de hombros-. ¿Es esto todo lo que se te ocurre proponer? – añadió-. ¿Sólo esperar y ver qué ocurre?

–Eso es todo.

–Para mí no es bastante, querida -dijo la muchacha-. Supongo que mis primeras órdenes acerca de las precauciones a tomar están en vigencia todavía. – Se volvió rápidamente hacia el cuadro de controles. Un momento después aparecía un rostro en la placa de visión-. ¡Ah, capitán! – dijo Gloria-. ¿Qué está haciendo su policía en este momento?

–Buscando y vigilando.

–¿Con éxito?

–La nave está completamente a salvo de explosiones accidentales. Las bombas están dispuestas, con observadores controlando las entradas clave.

No hay sorpresa posible.

–Bien -dijo Lady Laurr-. Sigue adelante. – Cortó la comunicación y bostezó-. Me parece que es hora de dormir. Ya te veré querida.

–Estoy casi segura de que puedes dormir tranquilamente -dijo la teniente Neslor.

Salió. La muchacha pasó todavía media hora dictando notas a los diversos departamentos, ajustando cada una de ellas a la hora en que debían ser comunicadas. Finalmente se desnudó y se fue a la cama. Se quedó dormida casi en el acto.

Se despertó con una curiosa sensación de malestar. Salvo el constante y tenue resplandor del cuadro de controles, el puente estaba a obscuras, pero al cabo de un instante pensó, sorprendida:

–En esta habitación hay alguien.

Permanecía absolutamente inmóvil, saboreando la amenaza, recordando lo que había dicho la teniente Neslor. Le parecía increíble que alguien no familiarizado con la monstruosa nave la hubiese localizado tan rápidamente. Sus ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad, y en aquella penumbra podía distinguir la silueta de un hombre, de pie, a corta distancia de su cama.

Sin duda estuvo esperando a que ella lo descubriese, y debió darse cuenta de que ella estaba despierta, porque dijo:

–No enciendas la luz. Y ten mucho cuidado.

Su voz era suave, casi amable; y sin embargo la convenció de que el intruso era un hombre sumamente peligroso. Su orden la retuvo en cama y su mano donde estaba, debajo de las sábanas, inmóvil. Le produjo incluso la primera angustiosa sensación de miedo, la idea de que antes de que pudiese llegar a ella algún auxilio, podía morir. Su única esperanza era que la teniente Neslor estuviese despierta y vigilando.

–No te ocurrirá nada si haces exactamente lo que te diré – dijo de nuevo el intruso.

–¿Quién eres? – dijo ella en un tono que revelaba su deseo de saber.

Maltby no contestó. Había descubierto, una silla y se sentó en ella, pero la situación no le hacía feliz. A bordo de una nave de guerra había demasiados dispositivos mecánicos para que se sintiese seguro de lo que estaba haciendo. Podía ser vencido, incluso destruido, sin previo aviso.

Imaginaba que aquella escena podía estar siendo observada en aquellos mismos momentos desde un lugar remoto que era incapaz de controlar.

–Lady Laurr -dijo lentamente-, no te ocurrirá nada si no haces ningún gesto hostil. Estoy aquí con la esperanza de tener respuesta a algunas preguntas. Para tranquilizarte, te diré que soy uno de los astrógrafos de la nave de guerra Atmion. No entraré en detalles de cómo escapamos a vuestras redes, pero estoy aquí hablándote de esta forma debido a tu propaganda. Tenías razón al suponer que existían diferencias de opinión entre los habitantes de los Cincuenta Soles. Algunos creen que debíamos aceptar tus garantías. Otros tienen miedo. Naturalmente, los temerosos, siendo mayoría, han ganado. Siempre parece más seguro esperar y conservar las esperanzas.

Hizo una pausa y pensó en sus palabras con su oído mental; y, pese a que hubiera podido quizás expresarse mejor, por lo menos así se lo parecía a él, en esencia le parecían justas. Si las gentes de aquella nave podían jamás ser persuadidos de creer algo de lo que pudiese ser dicho en aquel momento, sería porque él y los demás como él no estaban decididos todavía. Maltby continuó, en el mismo tono cauteloso y sin precipitaciones:

–Represento un grupo que ocupa una posición única en este asunto.

Sólo los astrógrafos y meteorólogos de los diversos planetas y naves están en condiciones de comunicar la posición de los mundos habitados. Hay probablemente decenas de miles de presuntos traidores dispuestos a traicionar a su pueblo por un beneficio personal, pero no constan entre el personal técnico y disciplinado del gobierno o de las fuerzas. Estoy seguro de que comprenderás muy bien lo que esto significa.

De nuevo se calló, para dar tiempo a Lady Laurr de entenderlo. A medida que Maltby había ido hablando, Gloria fue tranquilizándose. Sus palabras parecían lógicas, sus intenciones extrañas, pero no increíbles. Lo que la preocupaba parecía insignificante, en comparación. ¿Cómo había conseguido localizar su apartamento? Alguien menos familiarizado que ella con lo intrincado de las comunicaciones de la nave, hubiera aceptado la realidad de su presencia, sin pensar más en ello, pero ella sabía las leyes del azar que estaban afectadas. Era como si hubiese llegado a una ciudad desconocida de treinta mil habitantes y, sin previa información, hubiese llamado a la puerta de la persona a quien quería ver. Movió la cabeza con perplejidad, no encontrando explicación. Quería, sin embargo, que él

continuase hablando. Sus palabras la habían tranquilizado ya en cuanto a su seguridad y cada momento que pasaba le daba una mayor certidumbre de que la teniente Neslor estaba a la expectativa. Podía incluso enterarse de algo.

–Necesitamos algunas informaciones -prosiguió Maltby-. La decisión que tratas de imponernos es de una especie que todos deseamos aplazar.

Para nosotros, sería mucho más sencillo que regresases a la galaxia mandando nuevas naves aquí, y otras más tarde. Entonces habrá tiempo de amoldarnos a lo inevitable y nadie tendría que encontrarse en la poco envidiable situación de tener que traicionar a su pueblo.

Gloria asintió en la oscuridad. Lo comprendía. Preguntó:

–¿Qué preguntas quieres que te conteste?

–¿Cuánto tiempo lleváis en la Gran Nebulosa de Magallanes?

–Diez años.

–¿Cuánto más pensáis permanecer en ella?

–Esta información no está disponible -dijo Lady Laurr con voz firme.

Tuvo la sensación de que su aserto era verdad en cuanto a ella hacía referencia. El plebiscito no tenía que celebrarse hasta dentro de dos días.

–Te aconsejo formalmente contestar mis preguntas -dijo Maltby.

–¿Qué me ocurrirá si no las contesto?

Su mano, mientras hablaba, se había ido insensiblemente acercando a un instrumento de a bordo situado en el borde de la cama y alcanzó su meta.

Triunfante, apretó el botón y lo soltó inmediatamente. En la oscuridad, Maltby dijo:

–He decidido hacer esto. He pensado que te sentirías más en seguridad.

Su calma la desconcertó, pero se preguntaba si sabía realmente lo que había hecho. Fríamente, explicó que había accionado una batería de lo que era conocido por luces sensitivas. A partir de aquel momento, Maltby sería observado por una serie de ojos electrónicos. Cualquier tentativa por su parte de hacer uso de un arma de energía sería contrarrestada por fuerzas opuestas. Le impedía también a ella hacer uso de ningún arma, pero le pareció inútil mencionarlo.

–No tengo la menor intención de usar un arma de energía -dijo Maltby-.

Pero quisiera que me contestases más preguntas.

–Puedo hacerlo -dijo ella humildemente; pero empezaba a irritarse contra la teniente Neslor. Con toda seguridad una acción estaba indicada.

–¿Cuáles son las características de esta nave? – preguntó Maltby.

–Mil quinientos pies de longitud, con un complemento de tres mil oficiales y rangos subalternos.

–Es bastante grande – dijo Maltby impresionado, pero preguntándose hasta dónde exageraba.

Lady Laurr no hizo ningún comentario. La verdadera longitud era diez veces lo que había declarado. Pero no era tanto el tamaño lo que contaba como la calidad de lo que contenía en su interior. Estaba casi segura de que su interrogador no había empezado siquiera a comprender lo tremendo del potencial defensivo y ofensivo de la nave que mandaba. Sólo algunos altos oficiales comprendían la naturaleza de algunas de las fuerzas que podían ser puestas en acción. En aquel momento, estos oficiales tenían que estar bajo una constante vigilancia por parte de unos observadores de control remoto.

–Me intriga la forma cómo hemos sido capturados -dijo Maltby-.

¿Puedes explicármelo?

–¿Conque finalmente había venido a eso…? – Lady Laurr elevó la voz-.

¡Teniente Neslor!

–A sus órdenes, noble dama. – La respuesta vino inmediatamente en medio de la oscuridad.

–¿No crees que esta comedia ha durado ya bastante?

–Sí, en efecto. ¿Lo mato?

–¡No! Ahora quiero que sea él quien me conteste algunas preguntas.

Maltby captó el control de la mente de Gloria, mientras se dirigía precipitadamente hacia el transmisor. Detrás de él…

–¡No dispares! – dijo Gloria con intensa voz-. ¡Déjalo marchar!

Nunca analizó seriamente esta orden ni el impulso que la había inducido a darla. La explicación que se dio fue que puesto que el intruso no la había amenazado y siendo uno de los tan deseados astrógrafos, aniquilarlo sólo para evitar que pudiese huir a otra parte de la nave hubiera sido un acto irracional.

Como resultado, Maltby salió libremente del puente y pudo dar la señal que libertó a la Atmion. Mientras la nave de los Cincuenta Soles huía por el espacio, los oficiales de la nave de Tierra comenzaron a olvidar la parte que habían tomado en su fuga.

Mentalmente, Maltby no había llegado más allá. Entrar en la nave enemiga y volver a salir de ella… le había parecido una aventura suficiente

de por sí. Lo que había sabido no era totalmente satisfactorio, pero sabía que estaba luchando con una gran nave. Era una nave que tendría que andarse con cierta cautela para entendérselas con una flota, pero no dudaba que poseía armas capaces de destruir varias naves de los Cincuenta Soles a la vez.

Lo que le preocupaba era pensar en qué forma reaccionarían los oficiales y la tripulación de la Atmion en general ante el incidente. Le parecía demasiado complejo para que nadie pudiese calcularlo. Y en cuanto a lo que ocurría a bordo de la Constelación…, era más difícil de prever todavía. Todas las reacciones no se manifiestan inmediatamente. Maltby se enteró de que el vicealmirante Dreehan mandó un informe al gobierno de los Cincuenta Soles. Pero durante dos días no ocurrió nada. El tercero, la emisión cotidiana de la Constelación demostró que había alterado considerablemente su derrotero. La razón de este cambio era obscura.

El cuarto día, la placa visual de Maltby se iluminó con la imagen del vicealmirante Dreehan. El alto oficial dijo gravemente:

–Esta es una comunicación dirigida a todos los rangos. Acabo de recibir el siguiente mensaje del cuartel general de nuestra flota… Lentamente leyó.

«Por esta comunicación se declara que un estado de guerra existe entre los pueblos de los Cincuenta Soles y la nave de Tierra Constelación. La flota se situará en el camino del enemigo librando batalla. Las naves incapacitadas y en peligro de captura destruirán sus mapas estelares; y se ruega a todos los oficiales de astrografía y meteorología a bordo de dichas naves que se suiciden patrióticamente. La política declarada por el gobierno soberano de los Cincuenta Soles es que el invasor debe ser destruido.»

Maltby escuchó, pálido y tenso, mientras Dreehan proseguía en un tono menos ceremonioso.

–Tengo informaciones privadas de que el gobierno ha llegado a la conclusión de que la nave Constelación nos ha liberado porque no se ha atrevido a desencadenar la cólera de nuestro pueblo. Por éste y otros datos, los dirigentes han decidido que la nave de Tierra puede ser destruida por un ataque determinado. Si seguimos fielmente las instrucciones que hemos recibido, ni aun la captura de naves nuestras individuales daría al enemigo ninguna ventaja. He nombrado ya los ejecutores de todos los oficiales astrógrafos y meteorólogos para el caso en que no actuasen según su deber en el momento crucial. Se os ruega, pues, toméis nota de ello.