Razas del futuro

Alfred E. Van Vogt · Capítulo 4 de 25

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Razas del futuro

Capítulo III

de la duración total del viaje, a condición de que este poder discrecional no exceda de seis meses. Decreto por consiguiente que permaneceremos seis meses más en la Gran Nebulosa de Magallanes. Y ahora, vamos a examinar los medios de localizar uno de los planetas de los Cincuenta Soles. He aquí mi idea.

Fríamente, procedía a exponerla.

Capítulo III

Maltby estaba leyendo en su camarote de la nave de guerra Atmion, cuando sonó el timbre de alarma.

–¡Todo el mundo a su puesto!

No hubo aullido de sirenas, de manera que no se trataba de un alerta de batalla. Dejó su libro, se puso la chaqueta y se dirigió hacia la sala de instrumentos y astrografía. Varios oficiales, incluyendo al oficial ejecutivo de astrografía de la nave estaban ya allí cuando él llegó. Lo saludaron, más bien fríamente, pero la cosa era usual. Se sentó a su mesa y sacó del bolsillo el instrumento de su oficio; una regla de cálculo, con una conexión de radio que conectaba con el cerebro mecánico más cercano, en este caso el de la nave.

Estaba sacando papel y lápiz del bolsillo, cuando sintió que la nave se movía bajo sus pies. Simultáneamente un altavoz entró en funcionamiento, y la inconfundible voz del vicealmirante Dreehan dijo:

«Este mensaje va dirigido sólo a los oficiales. Como sabéis, hace poco más de una semana establecimos contacto con la nave de Tierra Constelación, que nos dio un ultimátum cuyo plazo máximo ha expirado hace cinco horas. Hasta ahora, los diversos gobiernos de nuestro pueblo han indicado que no se ha recibido nuevo mensaje alguno. Sin embargo, ha sido recibido un segundo ultimátum hace tres horas conteniendo una inesperada amenaza. Es de temer que el público se alarmase indebidamente si la naturaleza de la amenaza fuera conocida. La actitud del gobierno será, por consiguiente, la de que no se ha recibido este segundo mensaje. Pero para vuestra información personal, el ultimátum es el siguiente.

Hubo una pausa, después de la cual una voz firme, profunda y resonante de hombre, dijo:

“Su Excelencia la Muy Honorable Lady Gloria Cecily Laurr, Gran Capitán de la nave Constelación, va a dirigir un segundo mensaje al pueblo

de los Cincuenta Soles.”

Otra pausa. Y entonces, en lugar de la voz del Gran Capitán Laurr, se oyó de nuevo la del vicealmirante Dreehan:

“He sido solicitado para llamar vuestra atención sobre esta imponente lista de títulos. Al parecer, una mujer de la llamada noble cuna asume el mando de la nave enemiga. Que una mujer pueda asumir este mando puede parecer muy democrático, indicando una igualdad de sexos. Pero, ¿cómo ha conseguido su nombramiento? ¿Por rango? Por otra parte, la mera existencia de los rangos es una clara indicación del género de gobierno totalitario que existe en la principal galaxia.

Maltby no estaba de acuerdo con este análisis. Los títulos eran palabras que tenían un significado de acuerdo con la costumbre. En los Cincuenta Soles habían habido eras totalitarias en las que los dirigentes se daban la denominación de “Servidor Jefe”. Habían habido “Presidentes” cuyo capricho podía representar la muerte de un individuo. “Secretarios” que controlaban absolutamente los gobiernos, todos ellos individuos inmensamente peligrosos rangos cuyos nominales cubrían una mortífera realidad. Más aún, el deseo de un símbolo verbal de supremacía se filtraba a través de todo esfuerzo personal en todos los tipos de sistemas políticos.

Incluso mientras hablaba, el «Almirante» Dreehan ejercía su rango. Al escuchar la transmisión privada de este ultimátum, el «Capitán» Maltby recibía el privilegio especial de rango y posición. El «jefe» de un negocio, el «dueño» de una propiedad, el «técnico» en un determinado ramo, todos, cada cual a su manera, tenían un rango. Todos ellos daban a su poseedor una satisfacción emotiva similar a la posición obtenible en cualquier grado.

En los Cincuenta Soles gozaba de gran popularidad el desprecio de reyes y príncipes de toda la historia., Esta actitud, al no tener en cuenta las circunstancias, era tan infantil como lo opuesto; la inculcada adoración de los dirigentes. Los Hombres Mixtos, en su desesperada posición, habían nombrado con reluctancia un jefe hereditario para evitar la amarga rivalidad de los ambiciosos. Su plan había recibido un fuerte golpe cuando su

«heredero» fue capturado. Pero la resultante lucha por el poder los había decidido a reafirmar el «statu quo». Maltby tenía vagamente la sensación de que jamás un hombre se había sentido menos gobernante hereditario. Pero incluso mientras ejercía a desgana su rango, reconocía cuan necesario había sido. Y cuan gravemente pesaba sobre él la obligación de obrar

decisivamente en un momento de crisis. Sus divagaciones cesaron, porque su «Excelencia» seguía diciendo:

–Nosotros, que representamos la civilización de Tierra, reconocemos con profundo sentimiento el carácter recalcitrante del gobierno de los Cincuenta Soles. Podemos declarar de la forma más solemne que el pueblo ha sido descarriado. El advenimiento del poder de Tierra a la Gran Nebulosa de Magallanes beneficiará a todos los grupos e individuos de todos los planetas. Tierra tiene mucho que ofrecer. Tierra garantiza al individuo los derechos básicos amparados por la ley, garantiza las libertades básicas y la propiedad económica a los grupos y exige a todos los gobiernos la elección por votación libre y secreta.

«Tierra no permite un estado soberano separado en ninguna parte del Universo.

»Un poderío militar separado de este género puede llegar hasta el corazón de la galaxia, en planetas densamente poblados. Ha ocurrido ya.

Podéis imaginar lo que hicimos con los gobiernos que patrocinaron un semejante proyecto. No podéis escaparos. Si por un azar no consiguiésemos ahora localizaros con una sola nave, dentro de pocos años diez mil naves estarían buscándoos. Desde nuestro punto de vista, es más seguro destruir una civilización entera que dejarla subsistir como un cáncer de la gran cultura de la cual brotó.

»Sin embargo, no creemos fracasar. A partir de ahora, mi gran nave de guerra Constelación seguirá un derrotero netamente establecido a través de la Gran Nebulosa de Magallanes. Necesitaremos varios años para recorrer quinientos años de luz de cada sol del sistema. Y mientras avancemos, dirigiremos bombas de rayos cósmicos al azar contra los planetas y la mayoría de las estrellas de una determinada área del espacio.

»Comprendiendo que una tal amenaza puede causaros el temor de confiaros a nosotros he indicado por qué hemos adoptado esta reconocidamente implacable actitud. Todavía no es tarde para que os reveléis. En cualquier momento el gobierno de un planeta puede radiar su consentimiento a identificar la situación de los Cincuenta Soles. El primer planeta que tal haga será en adelante, y por todo el futuro, la capital de los Cincuenta Soles. El primer individuo o grupo que nos dé la situación de su planeta recibirá un billón de dólares platino, válidos en toda la Galaxia, o si preferís, el equivalente de la suma en vuestra moneda.

»No temáis. Mi nave puede protegerse contra el poderío organizado de las fuerzas militares de los Cincuenta Soles. Os haré radiar por nuestro astrógrafo las cifras que os permitirán seguir nuestro derrotero a través de la Nebulosa.

El mensaje terminó bruscamente. El almirante Dreehan tomó la palabra y dijo:

–Voy a dar ahora estas cifras al departamento de astrografía, ya que es nuestra intención seguir la nave Constelación y observar los resultados de su anunciado programa. Se me ha rogado que llame vuestra atención también sobre otra implicación de las declaraciones que acaba de hacernos Lady Laurr. Su tono, actitud y conceptos parecen indicar que manda una nave de gran porte. No imaginéis, por favor -añadió el almirante precipitadamente-, que llegamos a ninguna conclusión. Pero examinad algunas de sus declaraciones. Dice que la nave Constelación «dirigirá»

bombas de rayos cósmicos a la mayoría de los planetas de la Nebulosa.

Supongamos, reduciendo estas palabras al sentido común, que se refiere a una bomba por cada cien planetas. Esto requeriría todavía varios millones de bombas. Pero nuestras propias manufacturas no pueden construir más que una bomba de rayos cósmicos cada cuatro días. Por lo menos, una factoría de este género requeriría una milla cuadrada de superficie. Ha declarado también que su sola nave puede proteger a los traidores contra las fuerzas militares de los Cincuenta Soles. En este momento tenemos más de cien naves de guerra en servicio, sin contar los cuatrocientos cruceros y mil naves de menos porte. Consideremos también el propósito original de la Constelación en la Gran Nebulosa de Magallanes. Era, según propia confesión, el establecimiento de un mapa estelar. Nuestras naves del servicio cartográfico son unidades anticuadas de escaso porte. Parece difícil creer que la Tierra dedique una de sus mayores y más perfectas naves a una tarea puramente rutinaria. – El almirante hizo una pausa- Quisiera -

prosiguió- que todos los oficiales me comunicasen sus impresiones personales sobre tales declaraciones. Y ahora eso es todo para la mayoría de vosotros. Comunicaré al departamento de Astrografía y Meteorología las cifras suministradas por la nave Constelación.

Se necesitaron exactamente cinco horas de minucioso y continuo trabajo para orientar el mapa procurado por la Constelación hacia el mapa estelar

establecido del sistema de los Cincuenta Soles. En aquel momento se calculó que la Atmion estaba a vinos 1.400 años de luz de la nave de Tierra.

La distancia no tenía importancia. Conocían la localización de todas las tormentas de la Gran Nebulosa de Magallanes. Y así trazaban fácilmente una órbita que permitía una velocidad aproximada de medio año de luz por minuto.

El prolongado esfuerzo había cansado a Maltby. En cuanto su parte de trabajo hubo terminado se retiró a su camarote y se durmió.

Lo despertó el timbre de alarma. Conectó rápidamente la placa visual que daba al puente de mando. El hecho de que la imagen apareciese inmediatamente indicaba que se permitía a los oficiales seguir los acontecimientos. Vio en la plací que estaba enfocada, a plena ampliación, en un lejano punto luminoso. La luz se movía y la placa seguía ajustándose a él, tratando de mantenerlo cerca del centro.

–Según nuestros calculadores automáticos -dijo una voz-, la nave Constelación está ahora a un tercio de año de luz de distancia aproximadamente.

Maltby frunció el ceño ante esta declaración, porque no estaba correctamente expresada. El locutor quería decir que las dos naves estaban cada una de ellas dentro de los campos de alta-resonancia de la otra, fenómeno secundario de la radio subespacial, que constituía una especie de eco ahogado de una onda de baja resonancia virtualmente ilimitada. Era imposible decir a qué distancia estaba la nave de Tierra, excepto que no podía ser superior a un tercio de año de luz. Podía ser sólo a unos cuantos centenares de millas, si bien era dudoso. Había dispositivos de radar para la detención a corta distancia de objetos en el espacio.

–Hemos reducido nuestra velocidad a diez días luz por minuto -

prosiguió la voz-. En vista de que vamos siguiendo el derrotero radiado por la nave de Tierra y no la hemos perdido, podemos suponer que igualamos su velocidad.

Tampoco esta afirmación era exacta. Era posible aproximarse, pero no igualar la rapidez de una nave viajando a más velocidad que la luz. El error aparecía claramente en cuanto las dos naves perdiesen el contacto de sus dos campos de alta-resonancia.

En el momento en que se le ocurría esto, la luz de la placa se apagó.

Maltby esperó y finalmente el anunciador dijo, contrariado;

–No os alarméis, por favor. Me dicen que el contacto será probablemente restablecido.

Transcurrió una hora y la luz no reapareció. Hacía ya tiempo que Maltby había dejado de prestar a la placa otra atención que la esporádica.

Su mente estaba pensando en lo que Dreehan había dicho acerca de las dimensiones de la nave Constelación. Comprendía que el almirante había expuesto la situación claramente. Era un problema cargado de peligrosas posibilidades. Le parecía imposible que ninguna nave pudiese tener las dimensiones que el Gran Capitán Laurr había insinuado. Y, por consiguiente, una parte de la prueba residiría en el número de bombas que lanzase.

Durante los seis días que siguieron la nave Atmion entró en el campo de alta-resonancia de la nave de Tierra. Cada vez mantuvo el contacto tanto tiempo como pudo, y después, habiendo comprobado el derrotero de la nave enemiga, examinó los planetas de los soles más cercanos. Sólo una vez encontraron vestigios de destrucción. Y la bomba debió haber sido mal dirigida, porque alcanzó un cometa exterior normalmente demasiado frío y remoto de su sol para soportar vida.

Ahora no estaba ya frío, sino que era un hirviente infierno de energía nuclear que había abrasado la corteza rocosa, penetrando en el mismo corazón metálico. Un sol en miniatura ardía allá. Su vista no alarmó a nadie a bordo del Atmion. La probabilidad de que una de las cien bombas alcanzase un planeta habitado era tan matemáticamente cercana a cero que la diferencia no contaba.

Fue el sexto día de la búsqueda cuando la placa de visión de Maltby volvió a iluminarse y la imagen del vicealmirante Dreehan apareció.

–Capitán Maltby -dijo.-, ¿quieres pasar por mi despacho?

–Sí, señor.

Maltby fue en el acto. El ayudante de servicio lo reconoció enseguida y lo hizo entrar. Maltby encontró al almirante sentado en una silla examinando al parecer un radiograma. El almirante dejó el papel a un lado e indicó con un gesto a Maltby que se sentase.

–Capitán, ¿cuál es tu posición entre los Hombres Mixtos?

¡Conque por fin había ido directamente a la cuestión básica…!

Maltby no estaba asustado. Miró al almirante y dejó que una expresión de perplejidad apareciese en su rostro. Dreehan era un hombre de media

edad, Dellian, con un bello físico y un agradable aspecto. Maltby contestó:

–No podría decirte exactamente qué concepto tienen de mí. Algunos me consideran como un traidor, me parece. Cada vez que alguno de ellos se pone en contacto conmigo, lo cual no dejo nunca de poner en conocimiento de mis jefes, insisto en que diga a sus superiores que recomiendo una política de conciliación e integridad.

Dreehan pareció quedar pensativo y finalmente dijo:

–¿Qué piensan los Hombres Mixtos de este asunto?

–No estoy seguro de ello. Mi contacto es demasiado vago.

–Sin embargo, tendrás una idea.

–Tal como lo tengo entendido – dijo Maltby -, un grupo, minoritario cree que la nave de Tierra acabará tarde o temprano por localizar los Cincuenta Soles, de manera, dicen, que sería ventajoso aprovechar la actual situación. La mayoría, que está cansada de vivir escondida, ha votado definitivamente seguir con el resto de los Cincuenta Soles.

–¿Qué porcentaje?

–Exactamente cuatro por uno – respondió Maltby sin vacilación.

Dreehan pareció vacilar. Después dijo:

–¿Existe alguna posibilidad de que la minoría disidente obre unilateralmente?

–Pueden quererlo – respondió Maltby rápidamente -, pero no pueden.

Así me lo han asegurado.

–¿Por qué?

–No tienen ningún meteorólogo espacial experimentado entre ellos.

También esto era mentira. El problema era más profundo que toda la ciencia poseída por cada grupo. El hecho era que Hunston quería alcanzar el control de los Hombres Mixtos por medios legales. Mientras creyese poderlo conseguir, no tomaría la ley en sus propias manos; así los consejeros de Maltby se lo habían informado. Sobre esta información basaba ahora esta telaraña de verdades y falsedades.

Dreehan parecía reflexionar sobre sus palabras. Finalmente, dijo:

–Los gobiernos de los Cincuenta Soles están alarmados por la naturaleza del segundo ultimátum, que ya has oído, por el hecho de ofrecer una oportunidad a los Hombres Mixtos. Pueden traicionarnos y conseguir ventajas tan grandes como las que hubieran tenido si hubiese ganado la guerra la generación anterior.

A esto Maltby no podía argumentar nada, salvo repetir una variación de su precedente mentira.

–Me parece que la victoria de cuatro a uno de los que prefieren seguir con los Cincuenta Soles marca claramente la tendencia general.

De nuevo hubo un silencio. Y Maltby adivinó lo que en realidad había detrás de aquella conferencia. Era imposible que basasen sus esperanzas en las seguridades que pudiese darles el capitán Peter Maltby. Dreehan se aclaró la voz.

–Capitán, he oído hablar mucho de la doble mentalidad de los Hombres Mixtos, sin haber conseguido jamás una clara explicación de cómo funciona y qué hace. ¿Puedes ilustrarme?

–Es realmente sin importancia -dijo Maltby mintiendo tranquilamente por tercera vez-. Me parece que el gran terror que inspiraba durante la guerra tenía una estrecha relación con la ferocidad con que fueron libradas las últimas batallas. Ya sabes cómo es un cerebro normal… innumerables células, cada una de ellas separadamente conectable a las adyacentes. Bajo este concepto, el cerebro de los Hombres Mixtos no es diferente del tuyo.

Baja a otro nivel y encontrarás en cada célula del cerebro del Hombre Mixto una serie de moléculas de proteína, aparejadas. Las vuestras no son aparejadas; las de ellos, sí.

–¿Y qué efecto produce esto?

–El Hombre Mixto tiene la facultad Dellian de resistir el paro de su cerebro y la potencialidad no-Dellian para la obra creativa.

–¿Es eso todo?

–Es todo lo que yo sé -musitó Maltby.

–¿Y qué hay de la hipnosis devastadora que se supone tienen? No hay un claro informe de cómo funciona.

–Tengo entendido que emplean dispositivos hipnóticos -dijo Maltby-, lo cual es muy diferente. Causa el vago terror de lo desconocido.

Dreehan pareció haber tomado una decisión. Cogió el radiograma y lo tendió a Maltby.

–Esto es para ti -dijo-. Si viene en clave, no hemos sido capaces de descifrarlo -añadió francamente.

Venía en clave, desde luego, Maltby lo vio a la primera mirada. Y a esto era a lo que había ido desde el principio el almirante.

«Capitán Peter Maltby.

»A bordo de la nave Atmion.

»E1 gobierno de los Hombres Mixtos desea darte las gracias por tu actuación como mediador en las negociaciones con el gobierno de los Cincuenta Soles. Ten la seguridad de que se llegará a un completo acuerdo y que los Hombres Mixtos, como grupo, están deseosos de obtener los privilegios que les han sido ofrecidos.»

No había firma, lo cual significaba que la llamada pidiendo ayuda había sido transmitida por radio subespacial y captada directamente por la Atmion.

Tenía que fingir, desde luego, no saber una palabra de todo aquello…

hasta que hubiese decidido qué partido tomar. En tono intrigado, dijo:

–Veo que no hay firma. ¿Ha sido omitida a propósito?

El vicealmirante Dreehan parecía decepcionado.

–Tu suposición vale la mía.

Durante un instante, Maltby sintió compasión por él. Ni Dellian ni no-Dellian resolverían jamás la clave de aquel mensaje. Resolver su secreto dependía de tener dos mentes entrenadas a asociarse, y este entrenamiento era tan básico en la educación de los Hombres Mixtos que Maltby había recibido su plena dosis antes de ser capturado hacía más de veinte años.

El fondo esencial del mensaje era que el grupo de la minoría había anunciado su intención de ponerse en contacto con la nave Constelación, empezando una campaña que duró toda una semana buscando apoyo a la acción. El comité ejecutivo advertía que sólo aquellos que lo apoyasen obtendrían algún beneficio de su traición.

Hubiera tenido que ir allá en persona. ¿Cómo? Sus ojos se agrandaron un poco al darse cuenta de que sólo tenía un método de transporte disponible: aquella nave. Súbitamente comprendió lo que tenía que hacer.

Comenzó a poner en tensión sus músculos a la manera Dellian. Sentía ya la excitación eléctrica de este estímulo. En un instante sus dos mentes habían adquirido la fuerza suficiente.

Sintió la proximidad de otra mente. Esperó a que la sensación pareciese formar parte de su propio cuerpo y pensó: “¡Vacío!” Durante un momento mantuvo el pensamiento consciente apartado de su cerebro. Después se levantó. El vicealmirante Dreehan se levantó también de una forma absolutamente idéntica, con los mismos movimientos, como si sus