Recuerdos de la medianoche

Sidney Sheldon · Capítulo 11 de 35

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Recuerdos de la medianoche

Capítulo 10

invitación?

Esa noche, a última hora, Demiris la llamó por teléfono. Estuvo tentada de contarle lo de Kirk Reynolds, pero a último momento resolvió no decir nada.

Capítulo 10

Atenas.

El padre Konstantinou estaba intranquilo. Desde que leyó en el diario la noticia de que Frederick Stavros había muerto atropellado por un automovilista que luego huyó, se sentía atormentado. El sacerdote había oído millares de confesiones desde su ordenación, pero la dramática confesión de Stavros, seguida de su muerte, le causaba una profunda impresión.

–Eh, ¿qué es lo que te preocupa?

Konstantinou se volvió para mirar al bello jovencito que estaba tendido, desnudo, a su lado.

–Nada, querido.

–¿Acaso no eres feliz conmigo?

–Sabes que sí, Georgios.

–Entonces, ¿cuál es el problema? ¡Actúas como si yo no estuviera aquí, por Dios!

–No uses el nombre de Dios en vano.

–No me gusta que me dejen de lado.

–Perdón, querido, pero es que… un fiel de mi parroquia murió en un accidente de auto.

–A todos nos va a llegar la hora, ¿no?

–Sí, claro, pero ese hombre estaba muy alterado.

–¿Quieres decir que estaba loco?

–No. Tenía un secreto terrible, que le resultaba demasiado pesado para cargar sobre sus espaldas.

–¿Qué clase de secreto?

El sacerdote acarició el muslo de su amigo.

–Sabes que no puedo hablar de eso porque lo supe en el confesionario.

–Pensé que no había secretos entre nosotros.

–No los hay, pero…

– Gamoto! De todas maneras el tipo se murió. Entonces, ¿qué importa?

–Supongo que nada…

Giorgios Lato estrechó en sus brazos al sacerdote y le susurró al oído:

–Tengo curiosidad.

–Me haces cosquillas en la oreja.

Lato comenzó a acariciar el cuerpo de Konstantinou.

–Ah… qué delicia…

–Cuéntame.

–Bueno. Supongo que a esta altura ya no puede provocar perjuicio alguno…

Giorgios Lato había ascendido en la vida. Provenía de los barrios bajos de Atenas, y a los doce años se prostituyó con hombres. Al principio recorría las calles y se alzaba con unos pocos dólares por servir a borrachos en los callejones, y a turistas en sus hoteles. Era moreno, apuesto, y tenía un cuerpo fuerte.

A los dieciséis, un proxeneta le dijo: "Giorgios, eres un pouIaki. Estás desperdiciando tu talento. Si trabajas para mí, te llenarás de dinero".

Y cumplió con su promesa. A partir de ese momento, Giorgios Lato sirvió sólo a hombres ricos e importantes, y por ello fue generosamente recompensado.

Cuando conoció a Nikos Veritos, el secretario privado del magnate Spyros Lambrou, su vida cambió radicalmente.

–Estoy enamorado de ti, – le confesó Nikos Veritos-. Quiero que dejes de andar levantando a cualquiera por ahí. Desde ahora eres mío.

–Claro, Niki. Yo también te quiero.

Veritos lo mimaba constantemente con regalos. Le compraba la ropa, pagaba el alquiler de su pequeño apartamento y le daba dinero para movilizarse, pero se preocupaba por lo que Giorgios hacía cuando no estaba con él. Para solucionar ese problema, un día le anunció:

–Te conseguí un empleo en la empresa de Spyros Lambrou, donde trabajo yo.

–¿Así puedes controlarme de cerca? No permitiré…

–Por supuesto que no es para eso, querido… sólo que me gusta tenerte cerca.

Giorgios protestó al principio, pero luego cedió. Sorprendido, comprobó que le gustaba trabajar en la compañía. Se desempeñaba como cadete, lo cual le daba cierta libertad para juntar algo más de dinero afuera, con clientes agradecidos como el padre Konstantinou.

Esa tarde, cuando Giorgios dejó la cama del sacerdote, su mente era un torbellino. El secreto que su amigo le había contado era una noticia asombrosa, por lo que rápidamente se puso a pensar en cómo podía convertirla en dinero. Podía contársela a Nikos Veritos, pero sus planes eran más ambiciosos. Con esta noticia puedo ir directamente al patrón, se dijo; él sí me recompensará como corresponde.

A la mañana siguiente, Lato ingresó en la oficina de recepción de Spyros Lambrou.

La secretaria levantó la mirada del escritorio.

–Ah. El correo llegó temprano hoy, Giorgios.

Lato hizo un gesto de negación con la cabeza.

–No, señorita. He venido para ver al señor Lambrou.

La mujer sonrió.

–¿De veras? ¿Por qué asunto es? ¿Tiene alguna propuesta comercial que hacerle? – bromeó.

Lato le respondió con seriedad.

–No, nada por el estilo. Acaban de avisarme que mi madre se está muriendo, y yo… tengo que viajar a casa. Quería agradecer al señor Lambrou por haberme dado un puesto aquí, nada más. Lo molestaría apenas un minuto, pero si está tan ocupado… -Giró sobre sus talones como dispuesto a marcharse.

–Espere. Estoy segura de que lo atenderá.

Diez minutos más tarde, Giorgios Lato se hallaba en el despacho de Spyros Lambrou. Nunca había estado allí, y la opulencia lo deslumbró.

–Bueno, muchacho, lamento enterarme de que su madre está por morir.

Quizá una suma de dinero…

–Gracias, señor, pero en realidad no es por eso que he venido.

Lambrou lo miró, ceñudo.

–No entiendo.

–Señor Lambrou, tengo cierta información muy importante, que quizá sea de valor para usted.

Advirtió la expresión de escepticismo en el rostro de Lambrou.

–¿Ah, sí? Mire, estoy muy ocupado, así que…

–Es acerca de Constantin Demiris.-Las palabras salieron a borbotones.-Un íntimo amigo mío es sacerdote. Un hombre se confesó con él y a los pocos minutos murió en un accidente automovilístico. Lo que ese hombre le contó a mi amigo tiene que ver con Demiris. El señor Demiris cometió un acto

abominable, realmente abominable, por el cual podría terminar preso. Pero si a usted no le interesa…

Spyros Lambrou de repente sintió un profundo interés.

–Siéntese… ¿Cuál es su nombre?

–Giorgios Lato.

–Muy bien, Lato. ¿Qué le parece si empieza por el principio?

El matrimonio de Constantin Demiris y Melina venía desintegrándose desde hacía varios años, pero no había habido entre ellos violencia física hasta muy poco tiempo atrás.

Todo comenzó en medio de una encendida pelea que se originó por la relación amorosa que Demiris mantenía con la amiga íntima de Melina.

–A todas las mujeres las conviertes en putas, – gritó ella-. ¡Todo lo que tocas se envilece!

–¡ Skaseh! Cállate la boca, imbécil.

–No me puedes obligar, – lo desafió-. Voy a contar a los cuatro vientos cómo eres. Mi hermano tenía razón. Eres un monstruo.

Demiris levantó el brazo y le dio un fuerte sopapo, tras lo cual ella salió corriendo de la habitación.

A la semana siguiente tuvieron otra discusión, y Constantin volvió a pegarle. Melina hizo su equipaje y tomó un avión rumbo a Atticos, la isla de propiedad de su hermano. Ahí permaneció una semana, sola y triste.

Extrañaba a su marido, y comenzó a justificarlo por su proceder.

Fue culpa mía, pensó. No debí haberlo provocado. perdió los estribos y no se dio cuenta de lo que hacía. Además, si no me quisiera tanto, no se habría tomado el trabajo de golpearme, ¿no?

Pero a la larga se dio cuenta que ésas no eran más que excusas porque no se atrevía a disolver su matrimonio. El domingo siguiente regresó a su casa y encontró a Demiris en la biblioteca.

–Así que decidiste volver.

–Esta es mi casa, Costa. Tú eres mi marido y yo te quiero. Pero te advierto algo: si vuelves a tocarme, te mato.

Demiris la miró a los ojos y comprendió que hablaba en serio.

En cierta extraña manera, la relación entre ambos mejoró después de ese episodio. Durante mucho tiempo, Demiris se cuidó muy bien de perder los estribos con su mujer. Seguía teniendo sus amantes, y Melina era demasiado orgullosa como para pedirle que las dejara. Algún día se va a cansar de todas esas rameras y comprenderá que únicamente me necesita a mí.

Un sábado por la noche, Demiris se estaba poniendo el traje de etiqueta para salir cuando Melina entró en el cuarto.

–¿Adónde vas?

–Tengo un compromiso.

–¿Te olvidaste de que teníamos que ir a cenar esta noche a lo de Spyros?

–No, no me olvidé, pero me surgió algo más importante.

Furiosa, Melina lo taladró con la mirada.

–¡Seguro que te vas con alguna de esas putas!

–Modera tu lenguaje. Te estás convirtiendo en una mujer vulgar, Melina -

Demiris se miró en el espejo.

–¡No te lo voy a permitir! – Lo que le estaba haciendo a ella ya demasiado horrible era, como para permitirle que encima ofendiera a su hermano.

Tenía que encontrar la forma de herirlo, pero sólo conocía una. – En realidad, los dos tendríamos que quedarnos en casa esta noche.

–¿Ah, sí? – preguntó él, indiferente-. ¿Y por qué?

–¿No sabes qué día es hoy?

–No.

–Es el aniversario del día en que maté a tu hijo, Costa. Me hice un aborto.

Él se quedó paralizado.

–Les pedí a los médicos que me operaran para no poder tener nunca más un hijo tuyo, – mintió.

Demiris perdió totalmente el control.

-¡Skaseh! -gritó.

Luego le dio un puñetazo en la cara y otro, y otro más.

Melina lanzó un alarido, dio media vuelta y salió corriendo, seguida por el marido, que la alcanzó junto al comienzo de la escalera.

–Te voy a matar por eso.-Cuando volvió a pegarle, Melina perdió el equilibrio y rodó por la escalera.

Quedó tendida al pie, dolorida, quejumbrosa.

–Dios santo. Ayúdame. Me quebré algo.

Demiris la miró con ojos despiadados.

–Voy a decirle a una de las empleadas que llame un médico. Yo no quiero llegar tarde a mi compromiso.

El llamado telefónico se produjo poco antes de la hora de cenar.

–¿Con el señor Lambrou? Habla el doctor Metaxis. Lo llamo por pedido de su hermana, que está internada en mi clínica. Tuvo un accidente…

Cuando Spyros entró en la habitación, se acercó a la cama y comprobó con espanto que su hermana tenía un brazo quebrado, contusiones diversas y el rostro tremendamente hinchado.

Spyros musitó una sola palabra:-Constantin.-Temblaba de la indignación.

A Melina se le llenaron los ojos de lágrimas.

–No lo hizo a propósito, – murmuró.

–Te juro por mi vida que voy a destruirlo.-Jamás había experimentado tal furia.

No soportaba la idea de lo que Demiris le había hecho a su hermana. Tenía que haber una forma de detenerlo. Pero, ¿cómo? Debía haber una manera.

Necesitaba algún consejo porque no sabía qué hacer. Como tan a menudo había hecho en el pasado, resolvió consultar a madame Piris. A lo mejor ella podía ayudarlo de algún modo.

Cuando iba a verla, pensó en cómo se reirían sus amigos si supieran que iba a consultar a una adivina, pero lo cierto era que, en el pasado, esa mujer le

había predicho cosas extraordinarias que llegaron a suceder. Tiene que ayudarme ahora.

Se sentaron a una mesa en un rincón oscuro de un bar poco iluminado. Ella le pareció más vieja que la vez anterior.

–Necesito ayuda, madame Piris.

La mujer hizo un gesto de asentimiento.

¿Por dónde empezar?

–Hace alrededor de un año y medio hubo un crimen… Una mujer de nombre Catherine Douglas fue…

A la adivina se le transformó el rostro.

–No, – pidió con una suerte de gemido.

Lambrou la miró intrigado.

–La asesinaron…

La mujer se puso de pie.

–¡No! ¡Las estrellas me dijeron que ella iba a morir!

Lambrou estaba muy confundido.

–Efectivamente murió. La mataron…

–¡Está viva!

Quedó azorado.