Recuerdos de la medianoche
Prólogo
A Alexandra, con cariño
No me entonen canciones a la luz del día
Porque el sol es enemigo de los amantes.
En cambio canten a las sombras y las tinieblas Y a los recuerdos de la medianoche
SAFO
Prólogo
Kowloon, mayo de 1949.
–Debe parecer que fue un accidente. ¿Podrá hacerlo?
Lo tomó como un insulto y sintió que crecía la furia en su interior. Uno le hacía esa clase de preguntas a algún vago que encontraba por la calle, y tentado estuvo de responder irónicamente: Sí, creo que puedo hacerlo.
¿Prefiere un accidente en el interior de alguna casa? Puedo hacer que ella ruede por una escalera y se quiebre el pescuezo. La bailarina de Marsella.
También podría emborracharse y terminar ahogada en la bañera. La rica heredera de Gstaad. Podría ser que ingiriera una sobredosis de heroína. De esa forma había eliminado a tres. O bien, quedarse dormida en la cama con un cigarrillo encendido. El detective sueco, en L’Hôtel de París. ¿O prefiere que ocurra al aire libre? Podría ser un accidente de tránsito, uno de avión, o también desaparecer en el mar.
Pero nada de eso dijo pues, a decir verdad, el hombre que tenía sentado ante sí le daba miedo. Había oído demasiadas historias aterradoras sobre él, y tenía motivos para creerlas. Por eso, lo único que dijo fue:
–Sí, señor, puedo hacerlo. Nadie lo sabrá jamás. – Y en el momento en que pronunciaba tales palabras, pensó: Él sabe que lo sabré yo. Entonces, esperó.
Se hallaban en el primer piso de un edificio de la ciudad amurallada de Kowloon, construida en 1840 por un grupo de chinos para protegerse de los bárbaros británicos. Los paredones habían sido derribados en la Segunda Guerra Mundial, pero había otras barreras que contenían el ingreso de extraños en esa zona: bandas de asesinos, drogadictos y violadores que merodeaban por la conejera que formaban esas calles angostas y sinuosas, esas escaleras oscuras que desembocaban en la penumbra total: A los turistas se les advertía que no debían acercarse, y ni siquiera la policía se aventuraba a trasponer la calle Tung Tau Tsuen, de los alrededores. Desde ese piso alcanzaba a oírse el rumor de la calle y el discorde sonido políglota de las diversas lenguas que hablaban los residentes de la ciudad.
El hombre lo estudiaba con una mirada impasible, y por fin habló. Muy bien. El método elíjalo usted.
–Sí, señor. ¿La persona se halla aquí, en Kowloon?
–En Londres. Se llama Catherine Alexander.
Una limusina, seguida por un segundo auto en el que viajaban dos guardaespaldas armados, llevó al hombre a la Casa Azul, en la zona de Tsim Sha Tsui. Allí se atendía sólo a clientes especiales: jefes de Estado, artistas de cine y presidentes de grandes empresas. La gerencia se enorgullecía de su discreción. Años atrás, una de las chicas que allí trabajaban le había hecho comentarios a un periodista sobre los clientes del local, y a la mañana siguiente la encontraron en el puerto de Aberdeen: le habían cortado la lengua. En la Casa Azul se podía comprar cualquier cosa: vírgenes, niños, lesbianas que se satisfacían sin el "tallo de jade" de los hombres, animales. Era el único sitio donde aún se practicaba el arte de Ishinpo, del siglo X. La Casa Azul era una cornucopia de placeres prohibidos.
En esa oportunidad el hombre pidió por las mellizas, un par de bellezas, de cuerpo increíble y sin la menor inhibición. Recordaba la última vez que había estado ahí… la banqueta alta sin fondo y las lenguas y los dedos suaves de las mellizas, la bañera llena de agua tibia y aromática que se desbordaba sobre el piso de cerámica, mientras las bocas calientes se apoderaban de su cuerpo. Entonces, sintió el comienzo de una erección.
–Ya llegamos, señor.
Tres horas más tarde, cuando acabó con ellas, satisfecho y feliz, el hombre ordenó que la limusina enfilara hacia la calle Mody, en la zona de Tsim Sha Tsui. Miró por la ventanilla las luces brillantes de la ciudad que nunca dormía. Los chinos la llamaban Gaulung -nueve dragones-, y él imaginó a esas bestias que medraban por las montañas en las afueras de la ciudad, listas para abatirse y aniquilar a los débiles e incautos. Él no era ni lo uno ni lo otro.
Llegaron a la calle Mody. El sacerdote taoísta que lo aguardaba parecía una figura sacada de un antiguo pergamino. Vestía la clásica túnica oriental y tenía una larga barba blanca.
-Jou Sahn.
-Jou Sahn.
-¿Gei Do Chin?
-Yat-Chihn.
-Jou.
El sacerdote cerró los ojos, oró en silencio y comenzó a agitar el chim, la