Recuerdos de la medianoche

Sidney Sheldon · Capítulo 7 de 35

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Recuerdos de la medianoche

Capítulo 6

Demiris la miró a los ojos.

–No te imaginas lo generoso que puedo llegar a ser.

Se quedó cohibida. Lo dice simplemente de amable que es, pensó. Debo de estar viendo visiones.

Al día siguiente, Demiris ya estaba listo para marcharse.

–¿Quieres acompañarme al aeropuerto, Catherine?

–Sí.

Le parecía un hombre cautivante, encantador. Era, también, divertido, inteligente, y la impresionaba mucho con la atención que le dispensaba.

Ya en el aeropuerto, Demiris le dio un beso suave en la mejilla.

–Me alegro de que hayamos podido pasar unos momentos juntos, Catherine.

–Yo también. Gracias, Costa.

Se quedó mirando decolar el avión. Es un hombre muy especial, se dijo. Voy a extrañarlo.

Capítulo 6

Todo el mundo se asombraba de la amistad aparentemente estrecha que unía a Constantin Demiris y Spyros Lambrou, su cuñado.

Spyros era casi tan rico y poderoso como Demiris. Éste último era dueño de la mayor flota de buques cargueros del mundo, y Spyros poseía la siguiente en orden de importancia. Demiris tenía una cadena de diarios, líneas aéreas, pozos petrolíferos, fábricas de acero y minas de oro. Spyros Lambrou, compañías de seguros, Bancos, un sinnúmero de bienes inmuebles y una planta química. Parecían amables competidores; más aún, amigos.

“¿No es maravilloso”, comentaba la gente, “que dos de los hombres más ricos del mundo sean tan amigos?”

En realidad, eran implacables rivales que se despreciaban el uno al otro.

Cuando Spyros Lambrou adquirió un yate de treinta metros de eslora, de inmediato Constantin Demiris encargó uno de cuarenta y cinco metros con cuatro motores GM diésel, una tripulación de trece personas, dos lanchas de carreras y una piscina de agua dulce.

Cuando la flota de Spyros Lambrou alcanzó un total de doce buques cisterna, y doscientas mil toneladas, Demiris aumentó la propia a veintitrés petroleros, o sea un total de seiscientas cincuenta mil toneladas. Lambrou adquirió una caballeriza de animales de carrera, y Demiris compró un haras de mayores dimensiones para correr contra él, y constantemente le ganaba.

Ambos se veían a menudo ya que integraban la comisión de sociedades de beneficencia y el directorio de diversas empresas, y de tanto en tanto concurrían a reuniones de familia.

De temperamento, eran exactamente lo contrario uno del otro. Así como Demiris era de extracción pobre y tuvo que luchar para ascender, Lambrou nació aristócrata. Era un hombre delgado y elegante, siempre impecablemente vestido, de modales distinguidos. Su árbol genealógico se remontaba hasta Otto de Baviera, que en una época fue rey de Grecia.

Durante las primeras sublevaciones políticas de Grecia, una pequeña minoría -la oligarquía – amasó fortunas en el mundo de los negocios, la industria naviera y la posesión de tierras. El padre de Spyros Lambrou fue

uno de ellos, y Spyros heredó su imperio.

Spyros era supersticioso. Valoraba la buena suerte que había tenido en la vida y no quería en absoluto hacer enojar a los dioses. De vez en cuando iba a ver a una adivina para pedirle consejo. Era lo suficientemente inteligente como para saber cuándo lo engañaban, pero había una adivina en particular que le resultaba extraordinaria. Esa mujer predijo que su hermana Melina iba a perder el embarazo y las consecuencias que ello acarrearía a su matrimonio, aparte de muchas otras cosas que luego ocurrieron. Vivía en Atenas y se llamaba madame Piris.

Con el correr de los años, Spyros Lambrou y Constantin Demiris continuaron con la farsa de su amistad, pero cada uno tenía la firme decisión de destruir al otro; Demiris, debido a su instinto de supervivencia, y Lambrou por la forma en que su cuñado trataba a Melina.

Constantin Demiris tenía por costumbre llegar todos los días a su oficina de la calle Aghiou Geronda a las seis de la mañana en punto. Cuando sus rivales empezaban a trabajar, él ya llevaba varias horas realizando transacciones con los representantes que tenía en decenas de países.

La oficina privada de Demiris era espectacular. Tenía una vista magnífica desde los ventanales, con la ciudad de Atenas a sus pies. El piso era de granito negro, y el mobiliario, de acero y cuero. En las paredes había una colección de cuadros cubistas, entre los que se destacaban obras de Léger, Braque y media docena de Picassos. Había un inmenso escritorio de acero y cristal y un imponente sillón de cuero. Sobre el escritorio, una mascarilla de Alejandro Magno, con la inscripción: Alexandros, el defensor del hombre.

Esa mañana en particular, cuando llegó a la oficina, estaba sonando su teléfono privado. Solamente seis personas conocían ese número.

Atendió.

– Kalimehra.

– Kalimehra.- La voz pertenecía a Nikos Veritos, el secretario privado de Spyros Lambrou, y parecía nervioso.

–Perdone que lo moleste, señor Demiris, pero como usted me dijo que lo llamara cuando tuviera alguna información que pudiese…

–Sí. ¿De qué se trata?

–El señor Lambrou piensa adquirir una empresa llamada Aurora International, que cotiza en la Bolsa de Nueva York. Un amigo del señor Lambrou, que está en el directorio, le avisó que el gobierno le va a asignar un importante contrato a la compañía para la construcción de bombarderos.

Desde luego, este dato es confidencial. Las acciones registrarán una fuerte alza cuando se haga el anuncio…

–No me interesa el mercado accionario, – le interrumpió Demiris-. No vuelva a molestarme a menos que tenga algo importante que comunicarme.

–Lo siento, señor. Pensé…

Pero Demiris ya había cortado.

A las ocho de la mañana, cuando llegó Giannis Tcharos, su secretario, Demiris le dijo:

–Hay una empresa que cotiza en la Bolsa de Nueva York y se llama Aurora International. Notifique a todos los diarios que se está investigando a esa compañía por prácticas fraudulentas. Utilice una fuente anónima, pero haga correr la voz. Quiero que sigan machacando sobre el tema para que caiga el valor de las acciones. Después, empiece a comprar hasta que yo tenga la mayoría.

–Sí, señor. ¿Algo más?

–No. Cuando yo tenga la mayoría, dé a publicidad que los rumores eran infundados. Ah, sí, y busque la forma de que la Bolsa de Nueva York sepa que Spyros Lambrou compró sus acciones porque contaba con información confidencial que alguien le vendió.

Giannis Tcharos habló entonces en tono cauto.

–Señor Demiris, en los Estados Unidos eso constituye un delito penal.

Constantin Demiris sonrió.

–Ya lo sé, – dijo.

A menos de dos kilómetros de allí, en la plaza Syntagma, Spyros Lambrou, se hallaba en su oficina. El lugar donde trabajaba reflejaba su gusto ecléctico. Los muebles eran piezas de anticuario, de estilo francés e italiano.

Tres de las paredes ostentaban cuadros de los impresionistas franceses. La cuarta estaba dedicada a varios pintores belgas, desde Van Rysselberghe a De Smet. El cartel de la entrada rezaba: LAMBROU Y ASOCIADOS, pero nunca había habido socio alguno. Spyros Lambrou heredó un negocio próspero de su padre, y con el correr de los años lo convirtió en un conglomerado de empresas que abarcaban todo el orbe.

Spyros Lambrou debía ser un hombre feliz puesto que era rico y gozaba de excelente salud; sin embargo le resultaba imposible serlo verdaderamente en tanto y en cuanto Constantin Demiris siguiera vivo. Su cuñado era anatema para él, y además, lo despreciaba. Consideraba a Demiris un polymichanos, es decir, un hombre de muchos recursos, un sinvergüenza sin moral. Siempre lo había odiado por la forma en que trataba a Melina, pero la salvaje rivalidad entre ambos tenía otras causas también.

Todo había empezado diez años antes, un día en que Spyros invitó a

almorzar a su hermana, quien nunca lo había visto tan entusiasmado.

–Melina, ¿sabías que cada día el mundo consume el combustible fósil que demoró mil años en producirse?

–No.

–Va a haber una tremenda demanda de petróleo en el futuro, y no habrá suficientes buques-tanque como para transportarlo.

–¿Piensas construir algunos, Spyros?

El asintió.

–Pero no petroleros comunes. Voy a construir la primera flota de buques cisterna de enormes dimensiones, el doble del tamaño de los actuales. –

Hablaba con una gran pasión. – Hace meses que vengo estudiando las cifras. Escucha: un galón de crudo transportado desde el Golfo Pérsico hasta un puerto de la costa Este norteamericana cuesta siete centavos por galón, pero en uno de esos enormes buques costará apenas tres centavos el galón. ¿Te das una idea de lo que podría significar?

–Spyros, ¿de dónde vas a sacar el dinero para construir semejante flota?

–Esa es la parte más linda del plan: no me costará un centavo.

-¿Qué?

El hermano se Inclinó hacia adelante.

–El mes que viene viajo a los Estados Unidos para conversar con los directivos de las grandes empresas petroleras. Con esos buques podré transportarles el petróleo a la mitad de precio de lo que están pagando en la actualidad.

–Pero… tú no tienes ninguno de esos buques.

Spyros sonrió, feliz.

–No, pero si esas compañías firman contratos de largo plazo conmigo, los Bancos me van a adelantar el dinero necesario para construirlos. ¿Qué te parece?

–Creo que eres un genio. El plan es brillante.

Tanto le impresionó el plan de su hermano, que esa noche se lo contó al marido en la cena. Cuando terminó de explicarlo, le preguntó:

–¿No te parece espléndido?

Constantin Demiris permaneció un instante en silencio.

–Tu hermano es un soñador. Jamás podría dar buenos resultados.

Lo miró, asombrada.

–¿Por qué no, Costa?

–Porque es una idea descabellada. En primer lugar, no va a haber tanta demanda de petróleo, de modo que esos buques que imagina seguramente navegarán vacíos. Segundo, las compañías petroleras no van a entregar el petróleo a una flota fantasma que ni siquiera existe. Y tercero, cuando tu hermano vaya a ver a los banqueros, se le van a reír en la cara.

Melina puso cara de desencanto.

–Spyros estaba tan entusiasmado. ¿Por qué no conversas con él?

Demiris meneó la cabeza.

–No, Melina; que se quede con su sueño. Lo mejor es que ni siquiera se

entere de esta conversación.

Está bien, Costa. Lo que tú digas.

A primera hora del día siguiente, Demiris viajaba a los Estados Unidos para iniciar las tratativas por los buques tanque de gran tonelaje. Sabía que las reservas petrolíferas fuera de los Estados Unidos y el bloque de territorios soviéticos estaban manejadas por las "siete hermanas": la Standard Oil de Nueva Jersey; la Standard Oil de California; la Gulf Oil, la Texas Company, la Socony-Vacuum, la Shell holandesa y la Anglo-Iraní. Sabía también que, si conseguía aunque más no fuera a una de ellas, atrás vendrían las demás.

Su primera visita fue a las oficinas de la Standard Oil de Nueva Jersey, para ver al cuarto vicepresidente, Owen Curtiss.

–¿En qué puedo servirlo, señor Demiris?

–Tengo una idea que seguramente será muy beneficiosa en el plano económico para su empresa.

–Sí; ya me lo anticipó por teléfono. – Miró rápidamente la hora. – Dentro de unos minutos tengo una reunión, de modo que le pido sea breve…

–Seré muy breve. Traer el crudo desde el Golfo Pérsico a ustedes les está costando siete centavos el galón.

–Correcto.

–¿Qué diría si yo le asegurase que puedo traérselo por tres centavos el galón?

Curtiss sonrió con aire condescendiente.

–¿Y cómo conseguiría semejante milagro?

–Construyendo una flota de superpetroleros. Cada buque tendrá el doble de la capacidad de los que hay en la actualidad. Yo podría acarrear el petróleo en el mismo tiempo que ustedes demoran en extraerlo de la tierra.

Curtiss lo observaba con expresión meditativa.

–¿De dónde va a sacar tales barcos?

–Los pienso construir.

–Lo siento, pero no nos interesa invertir…

Demiris lo interrumpió.

–A ustedes no les costará un centavo. Lo único que les pido es un contrato a largo plazo para transportarles el petróleo a la mitad de precio de lo que están pagando ahora. La financiación me la darán los Bancos.

Se produjo un silencio largo, significativo. Luego Owen Curtiss carraspeó.

–Venga conmigo arriba, a conocer a nuestro presidente.

Ese fue el comienzo. Las demás compañías petroleras Se manifestaron igualmente deseosas de celebrar contratos con Constantin Demiris. Cuando Spyros Lambrou se enteró de lo que pasaba, ya era tarde. Viajó a los Estados Unidos y pudo cerrar trato con algunas de las empresas independientes, pero Demiris se había llevado ya la mejor parte del mercado.

Es tu marido, – se indignó Spyros-, pero te juro, Melina, que algún día me las pagará por lo que ha hecho.

Melina sintió un profundo remordimiento pues tenía la sensación de haber traicionado a su hermano. Pero cuando encaró a Demiris, éste se encogió de

hombros.

–Yo no fui a buscarlos, Melina, sino que ellos vinieron a mí. ¿Cómo podía negarme?

Y ahí terminó la conversación.

Pero las cuestiones de negocios no eran nada en comparación con lo que Lambrou sentía por la forma en que Demiris trataba a su hermana.

Podía pasar por alto que fuera un afamado tenorio (al fin y al cabo, el varón tenía derecho a darse los gustos), pero el hecho de que lo hiciera tan abiertamente constituía una afrenta no sólo para Melina sino también para toda la familia Lambrou. El romance de Demiris con la actriz Noelle Page había sido el ejemplo más atroz. Ocupó los titulares del mundo entero.

Algún día, pensó Spyros Lambrou. Algún día…

Nikos Veritos, su secretario, entró en el despacho. Veritos trabajaba con Lambrou desde hacía quince años. Era competente aunque poco imaginativo, un hombre sin futuro, gris, anónimo. La rivalidad que existía entre los cuñados le presentó una oportunidad que él consideró de oro.

Como creía que a la larga iba a ganar Demiris, de tanto en tanto le pasaba información confidencial, esperando que éste lo recompensara debidamente.

Veritos se acercó a Lambrou.

–Perdone, pero está aquí un tal Anthony Rizzoli, que quiere verlo.

Lambrou dejó escapar un suspiro.

–Mejor terminar cuanto antes con el asunto. Hágalo pasar.

Anthony Rizzoli tenía algo más de cuarenta años, pelo negro, nariz aguileña

y ojos castaños. Caminaba con el típico andar de los boxeadores profesionales. Llevaba puesto un costoso traje claro, camisa amarilla de seda y zapatos de cuero de buena calidad. Hablaba con voz suave y cortés, y sin embargo trasmitía cierto aire amenazante.

–Un gusto conocerlo, señor Lambrou.

–Tome asiento, señor Rizzoli. ¿En qué puedo servirlo?

–Bueno, tal como le expliqué al señor Veritos, yo querría contratar uno de sus buques de carga. Tengo una fábrica en Marsella y desearía enviar por barco ciertas maquinarias a los Estados Unidos. Si llegamos a un acuerdo, estoy en condiciones de conseguirle mucho más trabajo en el futuro.

Spyros Lambrou se recostó sobre el respaldo de su sillón y estudió el semblante del hombre que tenía ante sí. Desagradable.

–¿Eso es lo único que piensa remitir, señor Rizzoli? – preguntó.

–¿Qué? No entiendo lo que me pregunta.

–Yo creo que sí entiende. Mis barcos no están disponibles para usted.

–¿Por qué? ¿Qué me quiere decir?

–Señor Rizzoli, usted trafica con drogas.

El visitante entrecerró los ojos.

–¡Usted está loco! Además, cree cualquier rumor que oye.

Sin embargo, eran algo más que rumores. Lambrou había hecho investigar a Rizzoli, y así se enteró de que era uno de los principales traficantes de Europa. Pertenecía a la mafia, y se comentaba que se había quedado sin medio de transporte para sus productos, Por eso estaba tan ansioso por llegar a un acuerdo.

–Lamentablemente tendrá que buscarse a algún otro.

Tony Rizzoli lo midió con la mirada, hasta que por fin hizo un gesto de asentimiento.

De acuerdo. – Sacó una tarjeta del bolsillo y la arrojó sobre el escritorio. –

Si cambia de parecer, puede localizarme aquí. – Se levantó, y un instante después se había marchado.

Spyros Lambrou tomó la tarjeta, que decía: Anthony Rizzoli. Importación Exportación. Figuraba la dirección de un hotel de Atenas, y un número de teléfono.

Nikos Veritos había escuchado, muy sorprendido, la conversación. Cuando vio que Rizzoli se marchaba, preguntó:

–¿De veras es…?

–Sí. Trafica con heroína. Si alguna vez le permitimos usar un barco nuestro, el gobierno podría prohibirnos el uso de toda la flota.

Tony Rizzoli salió de la oficina hecho una furia. ¡Ese griego hijo de puta lo había tratado como a un ser inferior! ¿Y cómo se había enterado de lo de las drogas? El cargamento iba a ser desusadamente grande, con un valor de venta en la calle de por lo menos diez millones de dólares. Pero el problema era transportarlo hasta Nueva York. Atenas estaba inundada de esos malditos policías especializados en estupefacientes. Voy a tener que llamar por teléfono a Sicilia para ganar algo de tiempo. Tony Rizzoli nunca había perdido un cargamento, y no pensaba perder ése. Se consideraba un triunfador nato.

Se había criado en el barrio Hell's Kitchen (la Cocina del Diablo), de Nueva York. Geográficamente, la zona estaba ubicada en el sector oeste de

Manhattan, entre la Octava avenida y el río Hudson, y en el sentido norte-sur, entre las calles Veintitrés y Cincuenta y nueve. Pero psicológica y emocionalmente, Hell's Kitchen era una ciudad dentro de la ciudad, un enclave armado En las calles dominaban las bandas. Estaban las Tortugas, la Pandilla del SaIón, los Gorilas y la banda de Rhodes. Los contratos para matar a alguien se cotizaban en cien dólares; con descuartizamiento, un poco más.

Los habitantes de Hell's Kitchen vivían en sucios inquilinatos infestados de piojos, ratas y cucarachas. No había bañeras, carencia que los jóvenes suplían a su manera: se arrojaban desnudos a cierta distancia de los muelles del río Hudson, donde desagotaban las cloacas. La zona de los muelles apestaba con el hedor de perros y gatos muertos, ya hinchados.

En la escena callejera siempre había acción. Un camión de bomberos que respondía a un aviso de incendio… una pelea entre bandas en el techo de algún conventillo… una procesión de bodas… un partido de béisbol en la acera… alguien que corría tras un caballo desbocado… un intercambio de disparos… Los únicos lugares para jugar que tenían los niños eran la calle, los techos, los baldíos convertidos en basurales y, en el verano, las ruidosas aguas del río North. Y como telón de fondo en todas partes, el olor acre de la pobreza. En ese ambiente se había criado Tony Rizzoli.

El recuerdo más antiguo que tenía Tony Rizzoli era de haber sido derribado de un golpe, y que le robaron el dinero que llevaba para comprar leche.

Tenía en ese entonces siete años. Los chicos de más edad y más corpulentos constituían una eterna amenaza. El camino a la escuela era tierra de nadie, y la propia escuela era un campo de batalla. A los quince años, Tony tenía ya un cuerpo fuerte y una gran capacidad para el boxeo. Le gustaba pelear, y como lo hacía bien, eso le daba una sensación de superioridad. Junto con sus amigos organizaba peleas de box en el gimnasio de Stillman.

De tanto en tanto, alguno de los pandilleros se daba una vuelta para controlar a los boxeadores que le pertenecían. Frank Costello aparecía una o dos veces por mes, junto con Joe Adonis y Lucky Luciano. Les gustaban las

peleas boxísticas que organizaban los más jóvenes, y como diversión empezaron a apostar. Tony Rizzoli ganaba siempre, y muy pronto se convirtió en el favorito de los mafiosos.

Un día en que Rizzoli se estaba cambiando en el vestuario, oyó por casualidad una conversación entre Frank Costello y Lucky Luciano.

–Ese chico es una mina de oro, – decía Luciano-. La semana pasada le jugué cinco mil.

–¿Vas a apostar por él en la pelea con Lou Domenic?

–Por supuesto. Diez mil.

–¿Con qué margen?

–Diez a uno. Pero qué diablos, Rizzoli seguro que gana.

Tony no estaba seguro de haber entendido toda la conversación, por eso fue y se la contó a Gino, su hermano mayor.

–¡Caramba! – exclamó Gino-. Esos tipos están apostando fuerte a tus peleas.

–Pero, ¿por qué, si no soy profesional?

Gino pensó un instante.

–Nunca perdiste un match, ¿verdad, Tony?

–No.

–Lo que probablemente pasó es que hicieron algunas apuestas chicas para divertirse, y cuando vieron cómo te desenvolvías, empezaron a apostar en serio.

Tony se encogió de hombros.

–No significa nada para mí.

Gino lo tomó del brazo y habló con convicción:

–Podría significar mucho para ti, para nosotros dos. Escucha, muchacho…

La pelea con Lou Domenic tuvo lugar en el gimnasio de Stillman un viernes por la tarde, y asistieron todos los personajes importantes: Frank Costello, Joe Adonis, Albert Anastasia, Lucky Luciano y Meyer Lansky. Les gustaba ver pelear a los chicos, pero lo que más les atraía era el hecho de haber encontrado la forma de ganar dinero con ellos.

Lou Domenic tenía diecisiete años, uno más que Tony, y pesaba dos kilos y medio más. Sin embargo, no era digno rival para Tony, que tenía grandes méritos boxísticos y el instinto del triunfador.

La pelea era a cinco rounds. Tony ganó sin dificultad el primero, así como también el segundo… y el tercero. Los mafiosos ya estaban contando su dinero.

–Este muchacho va a llegar a campeón mundial, – vaticinó Lucky Luciano-.

¿Cuánto le apostaste?

–Diez mil, – respondió Costello-. Lo mejor que pude conseguir fue quince a uno, porque el chico ya tiene fama.

Hasta que de pronto ocurrió lo inesperado. En la mitad del quinto round, Lou Dominic asestó un gancho a Tony y lo noqueó. El árbitro empezó a contar muy lentamente, al tiempo que lanzaba miraditas temerosas al público.

–¡Levántate, hijo de puta! – gritó Adonis-. ¡Levántate y pelea!

La cuenta prosiguió hasta que, incluso a ese ritmo tan lento, llegó a diez.

Tony Rizzoli continuaba tendido en la lona. inconsciente.

–¡Hijo de puta! ¡Con un solo puñetazo!

Los hombres comenzaron a calcular lo que habían perdido. La cifra era cuantiosa. Gino transportó a Tony hasta el vestuario. El muchacho no abrió los ojos por miedo a que los demás se dieran cuenta de que estaba consciente y le hicieran alguna maldad.

Sólo cuando llegó a su casa pudo tranquilizarse.

–¡Lo hicimos! – exclamó el hermano-. ¿Sabes cuánto dinero nos ganamos?

Casi mil dólares.

–No entiendo…

–Pedí prestado dinero a los propios usureros de ellos para apostar por Domenic, y conseguí un quince a uno. Somos ricos.

–¿No se enojarán?

Gino sonrió.

–Jamás se van a enterar.

Al día siguiente, cuando Tony salía de la escuela, había una limusina negra esperándolo. Lucky Luciano iba sentado en el asiento de atrás y le hizo señas para que se acercara.

–Sube.

Tony sintió que el corazón le latía con fuerza.

–No puedo, señor Luciano. Se me hace tarde para…

–Sube.

No tuvo más remedio que obedecerle. Luciano le habló entonces al chofer.

–Da la vuelta manzana, – dijo.

¡Gracias a Dios no lo llevaban a dar un paseo!

–Te dejaste ganar, – afirmó Luciano.

–No, señor.

–A mí no me mientas. ¿Cuánto embolsaste con esa pelea?

–Nada, señor…

–Te lo pregunto una vez más. ¿Cuánto ganaste con esa pelea?

El chico vaciló.

–Mil dólares.

Lucky Luciano reaccionó riéndose.

–Eso son moneditas, aunque, claro, para un chico de… ¿qué edad tienes?

–Casi dieciséis.

–Supongo que para un chico de dieciséis no está mal. Sabes que mis amigos y yo perdimos mucho dinero.

–Lo siento. Yo…

–No tiene importancia. Eres un muchacho inteligente, tienes futuro.

–Gracias.

–No voy a contarle a nadie este episodio, Tony, porque si no, mis amigos te cortan las pelotas y luego te obligan a comértelas. Pero quiero que el lunes vengas a verme. Tú y yo vamos a trabajar juntos.

Una semana más tarde, Tony Rizzoli trabajaba para Lucky Luciano.

Comenzó como vendedor de una lotería ilegal, pero como era un muchacho inteligente llegó a convertirse en el segundo de Luciano. Cuando su jefe fue detenido Y enviado a prisión, Tony Rizzoli continuó con la organización de Luciano.

Las Familias explotaban el juego, la prostitución, la usura y cualquier otro rubro que produjera ganancias ilegales. Por lo general no era bien visto el negocio de las drogas, pero cuando algunos de sus miembros quisieron iniciarse en ese campo, las Familias, con cierta renuencia les concedieron autorización para comenzar a traficar.

Para Tony Rizzoli la idea se convirtió en obsesión. Por lo que había visto, las personas que se dedicaban al tráfico de estupefacientes estaban totalmente desorganizadas. Cada cual hace lo suyo. Con un poco de inteligencia y de empuje…

Entonces tomó la decisión.

Tony no era hombre de emprender nada al azar. Por eso, comenzó a leer todo lo posible sobre la heroína.

La heroína se estaba convirtiendo rápidamente en la reina de las drogas. La marihuana y la cocaína daban a la persona la sensación de volar, pero la heroína creaba un estado de euforia total en el que no se sentía dolor, problema ni preocupación. Los que se esclavizaban con su consumo estaban dispuestos a vender todos sus bienes, robar cualquier cosa que se les pusiera

al alcance de la mano, cometer cualquier crimen. La heroína se transformaba en su religión, su razón de ser.

Turquía era uno de los principales productores de la amapola de la cual se extraía la heroína.

Como la Familia tenía contactos en Turquía, Tony Rizzoli tuvo una charla con Pete Lucca, uno de los capos.

–Voy a introducirme en esto, – anunció Rizzoli-. Pero quiero que sepas que todo lo que haga será para la Familia.

–Eres un buen muchacho, Tony.

–Quiero ir a Turquía para estudiar el panorama. ¿Puedes encargarte de mi viaje?

Lucca vaciló.

–Bueno, mandaré avisar. Pero ellos no son como nosotros, Tony. No tienen moral; son como animales. Si no confían en ti, te matarán.

–Tendré cuidado.

–Sí; te conviene.

Dos semanas más tarde, Tony Rizzoli emprendía rumbo a Turquía.

Viajó a Esmirna, Afyon y Eskisehir, las regiones donde se cultivaba la amapola, y al principio lo trataron con sumo recelo. Era un extranjero, y los extranjeros no eran bien recibidos.

–Vamos a hacer juntos muchos negocios, – aseguraba-. Querría echar un vistazo a las plantaciones de amapolas.

La persona se encogía de hombros.

–Yo no sé nada de plantaciones de amapolas. Vuélvase; está perdiendo el tiempo.

Pero Rizzoli estaba decidido. Se hicieron varios llamados y se enviaron cables en código. Por último, en Kilis, – localidad de la frontera turco-siria-, se le permitió observar la cosecha del opio en la hacienda de Carella, uno de los grandes terratenientes.

No entiendo, – comentó Tony-. ¿Cómo pueden obtener heroína de una flor de porquería?

Un científico de guardapolvo blanco se lo explicó.

–Hay varias etapas, señor Rizzoli. La heroína se sintetiza del opio, que se hace tratando la morfina con ácido acético. La heroína proviene de una variedad particular de amapola llamada papaver somniferum, la flor del sueño. El opio obtiene su nombre de la palabra griega opos, que significa jugo.

–Comprendo.

Tony fue invitado a visitar la hacienda de los Carella para la cosecha. Cada integrante de la familia contaba con un çizgi biçak, un cuchillo con forma de escalpelo con el cual se practicaba una incisión en la planta. Carella explicó:

–Las amapolas deben ser recolectadas en el término de veinticuatro horas; de lo contrario, la cosecha se echa a perder.

Había nueve miembros de la familia, y todos trabajaban sin pausa para levantar la cosecha dentro del plazo. El aire estaba impregnado de aromas que inducían al sopor.

Rizzoli se sentía mareado.

–Tenga cuidado, – le advirtió Carella-. Trate de no dormirse porque, si se acuesta en el campo, jamás volverá a levantarse.

Las puertas y ventanas de la casa se mantuvieron herméticamente cerradas durante esas veinticuatro horas.

Una vez que se recogieron las amapolas, Rizzoli observó cómo la sustancia blanca, gomosa, se transformaba en heroína en un “laboratorio” instalado en las montañas.

–De modo que esto es todo, ¿eh?

Carella negó con la cabeza.

–No, mi amigo. Esto es sólo el comienzo. Hacer la heroína es lo más fácil; lo difícil es transportarla sin ser capturado.

Tony Rizzoli sintió una profunda emoción interior. Ahí entraría a jugar toda su experiencia. Hasta ese momento, el negocio había sido dirigido por chapuceros. Él iba a enseñarles cómo opera un profesional.

–¿Cómo mueven la droga?

–Hay muchas formas. En camión, ómnibus, tren, auto, Mula, camello…

–¿En camello?

–Antes contrabandeábamos heroína en latas en el vientre de un camello, hasta que los guardias comenzaron a utilizar detectores de metales.

Entonces optamos por las bolsas de goma. Al terminar el viaje matamos a los camellos. El problema es que a veces las bolsas estallan dentro del camello, y el animal camina a los tumbos, como borracho. Así fue como los guardias se percataron del método.

–¿Qué ruta emplean?

–A veces la enviamos desde Alepo, Beirut y Estambul a Marsella. Otras veces la heroína viaja desde Estambul a Grecia, y de allí a Sicilia atravesando Córcega y Marruecos. Después cruza el Atlántico.

–Agradezco su colaboración, – dijo Rizzoli-. Todo esto lo informaré a mi gente. Pero antes quiero pedirle otro favor.

–¿Sí?

–Me gustaría viajar con el próximo cargamento.

Se produjo una larga pausa.

–Podría ser peligroso.

–Estoy dispuesto a correr el riesgo.

Al día siguiente, le presentaron a un hombre robusto, un delincuente de enorme bigote y cuerpo que parecía un tanque.

–Este es Mustafá, de Afyon. En turco, afyon significa opio. Mustafá es uno de nuestros contrabandistas mas diestros.

–Hoy en día es preciso ser un experto, – sentenció Mustafá, modestamente-porque hay muchísimos peligros.

Tony Rizzoli sonrió.

–Pero vale la pena correr el riesgo, ¿no?

–Usted habla de dinero, pero para nosotros el opio es algo más que una fuente de ingresos. Hay toda una mística que lo rodea. Es el único cultivo que significa más que la comida misma. La savia blanca de la planta es un elixir que viene del cielo y que, bebido en pequeñas cantidades, constituye

una medicina natural. Puede ser ingerido o aplicado directamente sobre la piel, y cura la mayoría de las enfermedades comunes: descomposturas de estómago, resfríos, fiebre, dolores, torceduras. Pero hay que tener cuidado.

Si se ingiere en grandes cantidades, no sólo obnubila los sentidos sino que también inhibe la destreza sexual, y en Turquía no hay nada que destruya más la dignidad del hombre que la impotencia.

–Claro.

El viaje desde Afyon se inició a medianoche. Un grupo de campesinos que caminaba en fila india en la noche negra se reunió con Mustafá. Había siete mulas fornidas, y a cada una se le cargaron trescientos cincuenta kilos de opio, que despedía un olor dulzón semejante al del heno húmedo. Los campesinos que habían ido a custodiar el opio que se comerciaba con Mustafá eran doce. Cada granjero iba armado con un rifle.

–En esta época hay que andar con cuidado, – explicó Mustafá a Rizzoli-.

Muchos policías y agentes de Interpol nos buscan. Antes era más divertido.

Solíamos atravesar una aldea o una ciudad con el opio escondido dentro de un ataúd, recubierto con un paño negro. Era emocionante ver a la gente y los policías por las calles, que se levantaban el sombrero en señal de respeto cuando veían pasar el cajón lleno de droga.

La provincia de Afyon se halla en la zona más occidental de Turquía, al pie de las montañas Sultán, en una meseta elevada, virtualmente aislada de las principales ciudades del país.

–Este terreno es muy bueno para nuestro trabajo, – sostuvo Mustafá-. Aquí no es fácil encontrarnos.

Las mulas avanzaron lentamente por los montes desolados, y a medianoche llegaron a la frontera turco-siria. Allí fueron recibidos por una mujer vestida de negro, que arrastraba un caballo, el que a su vez transportaba una inocente bolsa de harina sobre el lomo. El animal llevaba una soga de cáñamo de unos sesenta metros de largo atada en la montura. El otro extremo no rozaba el suelo sino que de él se aferraba Mustafá y detrás, los

quince contrabandistas contratados. Caminaban agachados casi hasta el suelo, sujetándose con una mano de la soga y sosteniendo en la otra una bolsa de arpillera llena de opio. Cada bolsa pesaba diecisiete kilos. La mujer y el caballo cruzaron por una zona minada, pero había un sendero que había dejado antes un rebaño de ovejas arriadas por ese mismo lugar. Si la mujer dejaba caer la soga al suelo, Mustafá y los demás notarían que se aflojaba la tensión, lo cual era la señal de que había gendarmes más adelante. Si detenían a la mujer para interrogarla, los contrabandistas podían avanzar solos sin problemas, y atravesar la frontera.

Cruzaron en Kilis, el último punto fronterizo, que también se hallaba profusamente minado. Una vez que dejaron atrás la zona controlada por las patrullas de gendarmes, los contrabandistas recorrieron una zona neutra de cinco kilómetros de ancho hasta llegar al sitio de encuentro, donde fueron recibidos por sus colegas sirios. Colocaron las bolsas de opio en el suelo y se los agasajó con una botella de raki, que los hombres fueron pasándose uno a otro. Rizzoli observó cómo el opio era pesado y atado luego al lomo de una docena de sucios burros sirios. El trabajo estaba concluido.

Bueno, se dijo. Ahora veamos cómo se hace esto mismo en Tailandia.

La siguiente parada fue en Bangkok. Una vez que acreditó su identidad, se le permitió navegar en un pesquero que llevaba droga envuelta en polietileno, acomodada en el interior de tambores vacíos de querosén que tenían unos anillos en su parte superior. Cuando los buques se acercaban a Hong Kong, soltaban los tambores en una zona de aguas poco profundas cerca de las islas Lima y Ladrone, donde una embarcación más pequeña los recogía enganchándolos por el anillo.

–No está mal, – comentó Rizzoli. Pero tiene que haber una forma mejor.

Los narcotraficantes hablaban de la heroína como "H", pero Tony Rizzoli la definía como oro. Las ganancias eran asombrosas. Los campesinos que cultivaban el opio no elaborado recibían trescientos cincuenta dólares por

cada diez kilos, pero ese mismo opio, una vez procesado y vendido en las calles de Nueva York, había aumentado su valor a doscientos cincuenta mil dólares.

Es tan fácil, pensó. Carella tenía razón. Lo importante es no dejarse pescar.

Eso había sido al comienzo, diez años atrás, pero ahora era más difícil.

Interpol acababa de asignar la máxima importancia al tráfico de estupefacientes, por lo que todos los barcos que zarpaban de los principales puertos de contrabando y que parecían levemente sospechosos, eran minuciosamente revisados. Por eso Rizzoli fue a ver a Spyros Lambrou: porque su flota no despertaba sospecha alguna. Era muy difícil que la policía registrara alguno de sus cargueros. Pero el muy hijo de puta no había querido comerciar con él. Voy a encontrar otra manera, pensó. Pero más vale que la encuentre pronto.

–Catherine, ¿te molesto?

Era medianoche.

–No, Costa. Me encanta oír tu voz.

–¿Todo anda bien?

–Sí… gracias a ti. El trabajo me gusta realmente.

–Bien. Dentro de unas semanas me daré una vuelta por Londres. Tengo ganas de verte. – Con cuidado; No te apresures.-Quiero que hablemos sobre algunos miembros del personal de la empresa.

–Bueno.

–Entonces, hasta luego.

–Buenas noches.

Esta vez fue ella quien lo llamó.

–Costa, no sé qué decir. El medallón es precioso. No tendrías que…

–Es un regalo pequeño, Catherine. Evelyn me contó cuanto la ayudas, y me dieron ganas de demostrarte mi agradecimiento.

Es tan fácil, pensó Demiris. Pequeños obsequios, halagos. Después: voy a separarme de mi mujer.

Luego, la etapa de "me siento tan solo".

Cierta referencia imprecisa al matrimonio y una invitación para ir en yate a su isla. El método nunca fallaba. Esto va a ser particularmente emocionante porque tendrá un final distinto: ella va a morir.

Demiris llamó a Napoleon Chotas. El abogado se manifestó encantado de oírlo.

–¡Cuánto tiempo, Costa! ¿Todo bien?

–Sí, gracias. Necesito un favor.

–Por supuesto.

–Noelle Page tenía una pequeña residencia en Rafina. Quiero que la compres para mí, usando el nombre de algún testaferro.

–Desde luego. Le encargaré a uno de los abogados del estudio…

–Quiero que esto lo manejes personalmente.