Recuerdos de la medianoche
Capítulo 23
C.: Parece una locura.
A.: Nuestro subconsciente no distingue entre locura y cordura.
C.: En el sueño, cuando el señor Demiris me entregaba el prendedor…
A.: ¿Sí?
C.: Oí una voz que decía: "Este hombre te va a matar".
Debe parecer un accidente. No quiero que nadie pueda identificar su cuerpo. Había muchas formas de darle muerte. Tendría que empezar a hacer los preparativos. Tendido en la cama, mientras pensaba en las distintas alternativas, advirtió que tenía una erección. La muerte era el orgasmo máximo. Por fin decidió cómo iba a hacerlo. Era tan sencillo. No quedarían ni rastros del cadáver para identificar. Constantin Demiris estaría conforme.
Capítulo 23
La casa de la playa de Constantin Demiris se hallaba cinco kilómetros al norte del Pireo, en un terreno con frente al mar. Demiris llegó a las siete de la tarde. Estacionó en el sendero de acceso, bajó del auto y se dirigió a la casa.
Al llegar, le abrió la puerta un hombre al que no conocía.
–Buenas tardes, señor Demiris.
Adentro pudo ver a unos seis oficiales de la policía.
–¿Qué pasa aquí? – preguntó de mala manera.
–Soy el teniente de policía Theophilos…
Demiris lo empujó a un lado y entró en el living. Lo encontró hecho un revoltijo. Sillas y sillones estaban tirados, dados vuelta. En el piso, un vestido de Melina, desgarrado. Demiris lo levantó y lo miró.
–¿Dónde está mi mujer? Tenía que encontrarme aquí con ella.
El policía le respondió.
–No está. Registramos la casa y revisamos la playa de arriba a abajo. Parece que entraron ladrones.
–Bueno, ¿y dónde está Melina? ¿Ella los llamó a ustedes? ¿Estuvo aquí?
–Sí, creemos que estuvo aquí, señor. – Sostenía un reloj pulsera de mujer en la mano. El vidrio estaba roto, y las agujas se habían parado en las tres.-
¿Éste es el reloj de su mujer?
–De aspecto es igual.
–En el reverso tiene grabado: "Para Melina, con amor, Costa".
–Entonces es. Fue un regalo de cumpleaños.
El detective Theophilos señaló unas manchas en el piso.
–Son manchas de sangre, – dijo. Recogió con cuidado un cuchillo que estaba tirado en el suelo para no tocar el mango. La hoja estaba ensangrentada. – ¿Conoce este cuchillo, señor?
Demiris le echó un vistazo.
–No. ¿Está diciendo que ella está muerta?
–Por cierto es una posibilidad. Encontramos gotas de sangre en la arena, camino al agua.
–Dios mío, – murmuró Demiris.
–Felizmente para nosotros, hay impresiones digitales muy claras en el cuchillo.
Demiris se sentó pesadamente en un sillón.
–Entonces van a encontrar al asesino.
–Sí, en el caso de que tuviéramos registradas esas huellas. Las hay por toda la casa, pero tenemos que clasificarlas. Si nos permite tomarle las suyas, al menos podemos descartarlas de entrada.
Demiris vaciló.
–Sí, desde luego, – accedió después.
–El sargento que me acompaña se las tomará.
Demiris se acercó a un policía uniformado que tenía una almohadilla negra.
–Apoye los dedos aquí. – El trámite terminó en un instante.-Comprenderá que esto es de rutina.
–Entiendo.
El teniente Theophilos le entregó una tarjetita.
–¿Sabe algo de esto, señor?
Demiris leyó la tarjeta. Decía: "Agencia de detectives Katelanos, Investigaciones privadas". Luego la devolvió.
–No. ¿Acaso significa algo?
–No sé. Vamos a investigarlo.
–Naturalmente, quiero que hagan todo lo posible por averiguar quién fue el responsable. Y avísenme si tienen alguna noticia de mi mujer.
El policía lo miró a los ojos y asintió.
–No se preocupe, señor. Le avisaremos.
Melina. La chica de oro, linda, inteligente y divertida. Todo había sido tan maravilloso al comienzo. Después asesinó al hijo de ambos, y para eso no podía haber jamás perdón… sólo la muerte.
El llamado se produjo al día siguiente, al mediodía. Demiris se hallaba en medio de una reunión cuando sonó el intercomunicador.
–Perdone, señor, – dijo la secretaria.
–Le advertí que no quería que me molestaran.
–Sí, señor, pero está un tal inspector Lavanos al teléfono, y dice que es urgente. ¿Quiere que le…?
–No. Lo atiendo.-Se volvió hacia los hombres reunidos con él. – Si me disculpan un segundito, señores. – Tomó el tubo del teléfono. – Demiris.
–Habla el inspector Lavanos, señor. Nos ha llegado cierta información que quizá sea de su interés. ¿Podría pasar por el cuartel central de policía?
–¿Tienen novedades sobre mi mujer?
–Preferiría no hacer comentarios por teléfono, si no le molesta.
Demiris vaciló apenas un instante.
–Voy ya mismo para allá. – Cortó y se dirigió a las otras personas. – Ha surgido algo urgente. ¿Por qué no van al salón de conferencias y cambian ideas sobre mi propuesta? Yo pienso estar de vuelta a tiempo para que almorcemos juntos.
Hubo un murmullo general de asentimiento. Cinco minutos más tarde, Demiris se hallaba camino a la central de policía.
Había media docena de hombres aguardándolo en la Oficina del jefe de policía. Demiris reconoció a los oficiales que habían estado en su casa de veraneo.
–… y éste es el fiscal especial Delma.
Se trataba de un hombre bajo, robusto, de cara redonda, cejas gruesas y ojos de mirada cínica.
–¿Qué pasó? – inquirió Demiris, en tono imperioso-. ¿Tienen noticias de mi esposa?
El inspector principal respondió:
–A decir verdad, hemos encontrado algunas cosas que nos intrigan.
Confiábamos en que usted pudiera ayudarnos.
–Lamentablemente es muy poco lo que puedo ayudarlos. Todo esto es tan terrible…
–¿Usted había quedado en encontrarse en la casa de la playa ayer, a eso de las tres de la tarde?
–¿Qué? No. Ella me llamó y me pidió que nos reuniéramos allí a las siete.
El fiscal Delma habló con voz pausada.
–Casualmente ése es uno de los puntos que nos tienen intrigados. En su casa, una de las criadas nos dijo que usted había llamado a su mujer a eso de las dos y le pidió que acudiera sola a la casa de la playa para esperarlo allí.
Demiris frunció el entrecejo.
–Se confundió. Mi esposa me llamó a mí y me pidió que estuviera allí a las siete.
–Ah. Entonces se equivocó esa persona.
–Obviamente.
–¿Sabe usted el motivo por el cual su señora pudo haberle solicitado que se encontrara con ella en la casa de la playa?
–Supongo que sería para disuadirme de que le pidiera el divorcio.
–¿Usted le había dicho que pensaba divorciarse de ella?
–sí.
–La criada dice haber escuchado una conversación telefónica durante la cual la señora le decía que ella quería divorciarse de usted.
–Me importa una mierda lo que diga la criada. Tiene que creer en mi palabra.
–Señor Demiris, ¿guarda usted pantalones de baño en la casa de la playa? –
preguntó el inspector principal.
–¿En esa casa? No. Hace años que no me meto en el mar. Me baño en la piscina de la casa que tengo en la ciudad.
El inspector abrió un cajón del escritorio y sacó un traje de baño de una bolsita plástica. Lo extrajo y se lo mostró a Demiris.
–¿Es suyo este pantalón? – preguntó.
–Supongo que podría ser mío.
–Tiene sus iniciales bordadas.
–Sí. Me parece que lo reconozco. Es mío.
–Lo encontramos en el fondo de un placard, en la casa de la playa.
–-¿Y qué? Probablemente quedó ahí hace mucho tiempo. ¿Por qué…?
–Todavía están húmedos de agua de mar. Los análisis demuestran que se trata de la misma agua que hay frente a su casa. Las manchas rojas que tiene son de sangre.
El ambiente se estaba caldeando.
–Entonces algún otro tiene que haberlo usado.
–¿Por qué haría eso una persona? Ésa es otra de las cosas que nos intrigan, señor Demiris.
El inspector principal abrió un sobrecito que tenía sobre el escritorio, y sacó un botón dorado.
Uno de mis hombres encontró esto debajo de una alfombra, en la casa de
playa. ¿Lo reconoce?
–No.
–Es de una chaqueta suya. Nos tomamos la libertad de enviar un detective hoy a su casa, a revisar su guardarropa. A uno de sus sacos le faltaba un botón. Los hilos coinciden perfectamente. Y el saco volvió de la tintorería hace apenas una semana.
–Yo no…
–Señor Demiris, usted dijo que le había avisado a su esposa que quería divorciarse y ella deseaba convencerlo de que no lo hiciera.
–Correcto.
El inspector exhibió la tarjeta comercial que le habían mostrado el día anterior en la casa de playa.
–Hoy visitamos la Agencia de detectives Katelanos.
–Ya les dije que no los conozco.
–Su mujer los contrató para que la protegieran.
La noticia le cayó como balde de agua fría.
–¿Melina? ¿Protegerla de qué?
–De usted. Según el dueño de la agencia, su mujer amenazaba con divorciarse de usted, y usted le advirtió que si lo hacía, iba a matarla. Él le preguntó por qué no acudía a pedir ayuda a la policía, y ella contestó que quería mantener la situación en privado, que no se la diera a publicidad.
Demiris se puso de pie.
–No voy a quedarme aquí a escuchar semejante sarta de mentiras. No hay…
El inspector sacó entonces de un cajón el cuchillo manchado de sangre que se había encontrado en la casa de veraneo. Usted declaró no haber visto nunca este cuchillo.
–En efecto.
–Sin embargo tiene sus huellas digitales.
Demiris clavó la mirada en el cuchillo.
–¿Mis impresiones? Debe de haber un error ¡Imposible! – Rápidamente fue repasando las pruebas en contra de él que iban acumulándose: la criada aseguraba que había llamado a las dos a su mujer para decirle que fuera sola a la casa de la playa… un pantalón de baño con manchas de sangre… un botón arrancado de su chaqueta… un cuchillo con sus huellas dactilares… -
¿No ven, idiotas, que se trata de algo tramado? – gritó-. Alguien llevó ese pantalón a la casa de la playa, echó unas gotas de sangre sobre el pantalón y el cuchillo, arrancó un botón de mi saco y…
El fiscal lo interrumpió.
–Señor Demiris, ¿puede justificar que estén sus huellas en el cuchillo?
–No… no sé. A ver, espere. Sí, ahora me acuerdo. Melina me pidió que le abriera un paquete. Ése debe de ser el cuchillo que me dio; por eso quedaron mis impresiones en el mango.
–Entiendo. ¿Qué había en el paquete?
–No sé…
–¿No sabe lo que había adentro?
–No. Yo me limité a cortar el piolín. Ella después no lo abrió.