Recuerdos de la medianoche

Sidney Sheldon · Capítulo 3 de 35

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Recuerdos de la medianoche

Capítulo 2

un traumatismo tan importante, que la única forma de conservar la cordura había sido bloquear su mente para no recordar el pasado tan terrible.

Y las imágenes seguían viniendo, cada vez más rápido. Era como si su mente de pronto se hubiese convertido en un gigantesco rompecabezas, y las piezas fueran colocándose de a poco en su lugar. Pero las piezas en sí no tenían sentido. Tuvo una visión de un inmenso estudio lleno de hombres con uniforme militar. Daba la impresión de que estaban filmando una película. ¿Habré sido actriz? No; ella parecía estar dirigiendo. Pero,

¿dirigiendo qué?

Un soldado le entregó un ramo de flores. Tendrás que pagarlas tú misma, dijo él, entre risas.

Dos noches más tarde, soñó con ese mismo hombre. Ella lo estaba despidiendo en un aeropuerto, y se despertó llorando porque sufría al tener que separarse de él.

A partir de ese momento ya no tuvo paz. Ésos no eran meros sueños; eran fragmentos de su vida, del pasado. Tengo que averiguar quién soy, quién soy.

E inesperadamente, en medio de la noche, un nombre afloró en su subconsciente. Catherine. Mi nombre es Catherine Alexander.

Capítulo 2

Atenas (Grecia)

El imperio de Constantin Demiris no podía ubicarse en los mapas, y sin

embargo él gobernaba un feudo de mayores dimensiones y más poderoso que muchos países. Era uno de los dos o tres hombres más ricos del mundo, y su influencia, incalculable. Pese a no contar con título ni cargo oficial alguno, constantemente compraba y vendía primeros ministros, cardenales, embajadores y reyes. Los tentáculos de Demiris llegaban a todas partes y se entrelazaban en medio de la trama de decenas de naciones. Era un hombre carismático, con una mente brillante y de llamativo aspecto físico: estatura superior al término medio, pecho y hombros anchos. De tez morena, tenía un perfil griego y ojos oscuros. En conjunto, su rostro era el de un halcón, un ave depredadora. Cuando se lo proponía, podía llegar a ser muy simpático. Hablaba ocho idiomas y era un famoso narrador. Poseía una de las colecciones de obras de arte más importantes del mundo, una flota de aviones privados, una docena de departamentos, chalets y residencias desparramados por todo el orbe. Era un experto en el tema de la belleza femenina, y las mujeres bellas le resultaban irresistibles. Se había hecho fama de ser un amante muy versátil, y sus aventuras amorosas eran tan pintorescas como sus aventuras financieras.

Constantin Demiris se enorgullecía de ser patriota -en su residencia de Kolonaki y en Psara, su isla privada, flameaba siempre la bandera blanca y azul de Grecia-, pero no pagaba impuestos. No se sentía obligado a cumplir con las normas que acataban los hombres comunes. Por sus venas corría la sangre de los dioses.

Casi todas las personas que conocían a Demiris pretendían obtener algo de él: financiación para algún proyecto comercial, una donación para alguna obra de caridad o simplemente el poder que se obtenía con sólo ser amigo suyo. A Demiris le gustaba adivinar qué era lo que se proponía cada persona, ya que rara vez era lo que parecía ser. Su mente analítica tomaba con escepticismo la verdad visible en la superficie, y por consiguiente no creía en nada de lo que se le decía, como tampoco confiaba en nadie. Su lema era: "Mantén cerca a tus amigos; y a tus enemigos, más cerca aún". A los periodistas que investigaban su vida se les permitía ver sólo su simpatía y cordialidad, todo su encanto de hombre de mundo. No tenían motivos para sospechar que, debajo de tan agradable fachada, Demiris era un asesino, un delincuente de los bajos fondos que apuntaba siempre a la

yugular del enemigo. No perdonaba ni olvidaba jamás un desprecio. Para los griegos de la antigüedad, la palabra thekaeossini -justicia -, a menudo era sinónimo de ekthekissis -venganza-, y a Demiris le obsesionaban ambas.

Recordaba hasta la última afrenta jamás sufrida, y los que tenían la desgracia de ser sus enemigos, padecían mil y una formas de venganza.

Ellos jamás lo percibían, ya que la mente matemática de Demiris encaraba como un juego el hecho de tomarse la revancha, y con una enorme paciencia inventaba complicadas trampas y tramas complejas en las que, finalmente, el enemigo resultaba atrapado y destruido.

Disfrutaba de las horas que pasaba planeando la caída de sus adversarios.

Estudiaba detenidamente a la víctima, – analizaba su personalidad, evaluaba sus puntos fuertes y débiles.

Una noche, en una fiesta, Demiris oyó por casualidad que un productor cinematográfico se refería a él llamándolo "ese griego sucio". Demiris entonces esperó su oportunidad. Dos años más tarde, el productor contrató a una bellísima actriz de fama internacional como protagonista principal de una multimillonaria producción en la cual él invirtió su propio dinero.

Demiris aguardó hasta que se hubiera llegado a la mitad de la filmación y luego convenció a la actriz para que dejara la película y se fuera de viaje con él en yate.

–Será nuestra luna de miel, – le prometió.

La muchacha tuvo la luna de miel, pero no la boda. Hubo que dar por terminada la filmación, y el productor quedó arruinado.

En el jueguito de Demiris, había varios jugadores de quienes aún no se había desquitado, pero él no tenía prisa. Disfrutaba con la expectativa, el planeamiento y la ejecución. En esos momentos ya no se hacía de enemigos puesto que ningún hombre podía darse el lujo de serlo, de modo que sus víctimas eran sólo las que se habían cruzado en su camino en tiempos pasados.

Pero el sentido de justicia de Constantin Demiris tenía dos caras. Así como nunca perdonaba una ofensa, tampoco olvidaba un favor. Un pobre pescador que lo había protegido de niño pasó a ser dueño de una flota pesquera. Una prostituta que le había dado de comer y lo había vestido de joven, cuando él no tenía dinero para pagarle, misteriosamente heredó un edificio de departamentos, y nunca supo quién era su benefactor.

Demiris era hijo de un estibador del Pireo. Como eran catorce hermanos, en su casa nunca había comida suficiente en la mesa.

Desde muy pequeño demostró un talento natural para los negocios. Ganaba dinero realizando diversas tareas después de las horas de clase, y a los dieciséis años había ahorrado lo suficiente como para poner un puesto de venta de comida en el puerto, con un socio de más edad. El negocio anduvo sobre rieles, pero el socio lo estafó y le hizo perder su cincuenta por ciento.

Demiris demoró diez años en arruinarlo. El muchacho hervía de ambición.

Por las noches se quedaba despierto y pensaba en la oscuridad . Voy a ser rico. Voy a ser famoso. Algún día todos conocerán mi nombre. Ese era el único arrullo que lograba hacerlo dormir. No sabía cuándo iba a suceder, pero sí que iba a suceder.

A los diecisiete leyó un artículo sobre los pozos petroleros de Arabia Saudita, y tuvo la sensación de que de pronto se abría ante sus ojos una puerta mágica de entrada al futuro.

Entonces fue a hablar con su padre.

–Me voy a Arabia Saudita, a trabajar en los campos petrolíferos.

– Too-sou! ¿Qué sabes tú de campos petrolíferos?

–Nada, padre, pero pienso aprender.

Un mes más tarde Constantin Demiris se hallaba ya en camino.

La política de la Empresa Petrolera Transcontinental era que a los empleados del extranjero se les hacía firmar un contrato de trabajo de dos años de duración, pero Demiris no vaciló. Pensaba quedarse en Arabia Saudita todo el tiempo que fuese necesario para amasar una fortuna. Se había imaginado una aventura en el maravilloso país de las mil y una noches, un país misterioso, lleno de mujeres exóticas y oro negro que surgía de la tierra. La realidad lo dejó anonadado.

Una mañana de verano llegó a Fadhili, un sórdido campamento enclavado en medio del desierto, compuesto por un feo edificio de piedra, rodeado de barastis, míseras chozas de paja. Allí trabajaban mil operarios de última categoría, en su mayor parte sauditas. Las mujeres que caminaban por esas polvorientas calles de tierra usaban gruesos velos.

Demiris entró en el edificio donde tenía su despacho J.J. McIntyre, el jefe de personal.

McIntyre levantó la mirada al verlo.

–De modo que a usted lo contrató la oficina central, ¿verdad?

–Sí, señor.

–¿Tiene alguna experiencia de trabajo en campos petrolíferos, hijo?

Por un momento Demiris estuvo tentado de mentirle.

–No, señor.

McIntyre sonrió.

–Le va a encantar este lugar. Está a millones de kilómetros de cualquier parte, la comida es mala, no hay mujeres que pueda tocar sin arriesgarse a que le corten las pelotas y además no hay nada para hacer de noche. Pero el

sueldo es bueno.

–Vine a aprender.

–¿Ah, sí? Entonces le voy diciendo lo que le conviene aprender en seguida: está usted en un país musulmán, y eso significa que tiene prohibidas las bebidas alcohólicas. Al que pescan robando, le cortan la mano derecha. La segunda vez, la izquierda. La tercera vez, le cortan un pie. Si mata a alguien, lo decapitan.

–No tengo intenciones de matar a nadie.

–Espere, – se fastidió McIntyre-. No se olvide de que acaba de llegar.

El campamento era una Torre de Babel de personas provenientes de una decena de países distintos y que hablaban sus respectivos idiomas. Demiris tenía buen oído y mucha facilidad para aprender las demás lenguas. Los hombres estaban ahí para construir caminos en el medio de un desierto inhóspito, levantar casas, realizar instalaciones eléctricas, establecer comunicaciones telefónicas, edificar talleres, organizar la provisión de agua y el sistema de cloacas, la atención médica y, según le parecía al joven Demiris, para llevar a cabo mil tareas más. Trabajaban con temperaturas superiores a los cuarenta grados, padecían el ataque de las moscas, los mosquitos, el polvo, la fiebre y la disentería. Aun en el desierto había una escala social. En la parte más alta estaban los hombres cuya misión era localizar el petróleo, y abajo los obreros y también los empleados, a los que se conocía por el sobrenombre de "pantalones brillosos".

Casi todos los hombres que participaban en la perforación -los geólogos, agrimensores, ingenieros y químicos del petróleo – eran norteamericanos puesto que el nuevo torno rotatorio se había inventado en los Estados Unidos, y por ende los norteamericanos estaban más familiarizados con su uso. El joven Demiris se desvivía por hacerse amigo de ellos.

Pasaba el mayor tiempo posible cerca de los perforadores, y nunca dejaba

de hacerles preguntas. Almacenaba la información y la absorbía de la misma forma que la arena caliente absorbe el agua. Pronto advirtió que se utilizaban dos métodos distintos de perforación.

Se acercó a uno de los operarios que trabajaban cerca de una gigantesca torre de cuarenta metros de alto, y preguntó:

–¿Por qué se usan dos formas diferentes de perforación?

El hombre se lo explicó.

–Para una se utilizan herramientas con cable y, para la otra, un instrumento giratorio. Ahora nos estamos dedicando más a este último sistema, aunque los dos empiezan de la misma manera.

–¿Ah, sí?

–Sí. En los dos hay que construir una torre como ésta para elevar el instrumental que luego se introduce en el Pozo, – Contempló el rostro ansioso del muchacho.-¿Sabes por qué a estas torres se las denomina

"derricks"?

–No, señor.

–Ese era el apellido de un famoso verdugo del siglo XVII.

–Entiendo.

–La perforación por sistema de cables se remonta a aquella época. Hace cientos de años, los chinos perforaban pozos de agua de esa manera. Hacían un agujero en la tierra levantando y dejando caer una pesada herramienta cortante que colgaba de un cable. Pero hoy en día el ochenta y cinco por ciento de los pozos se cavan por el método giratorio.-Se volvió para reanudar su trabajo.

–Perdón, pero ¿cómo funciona el sistema giratorio?

El hombre se detuvo.

–Bueno, en vez de hacer un orificio golpeando la tierra, se perfora uno.

¿Ves aquí? En la plataforma de la torre hay un platillo con un mecanismo que lo hace girar. Ese platillo sujeta y hace girar un tubo que va hacia abajo, y que en la punta lleva una mecha.

–Sencillo, ¿no?

–Es más complicado de lo que parece. Hay que poder sacar el material que se desprende al excavar, impedir que las paredes se derrumben y que entren agua y gas en el pozo.

–Con tanta perforación, ¿nunca se desafila el torno?

–Por supuesto. Entonces hay que sacar todo el aparato, ponerle una mecha nueva y volver a introducirlo en el pozo, ¿Piensas dedicarte a la perforación?

–No, señor. Pienso ser dueño de pozos petrolíferos.

–Felicitaciones. ¿Ahora puedo volver a mi trabajo?

Una mañana, Demiris vio que introducían una herramienta en el pozo, pero en vez de cavar hacia abajo, la máquina cortaba pequeños pedacitos circulares a los costados de la perforación, y sacaba rocas.

–Perdón. ¿Para qué hacen eso? – preguntó.

El operario se secó la frente.

–Esto se llama sondaje de las paredes laterales. Se extraen esas rocas para analizarlas y determinar si tienen petróleo.

–Comprendo.

Cuando las cosas salían bien, Demiris oía que los perforadores gritaban:

"Voy a girar a la derecha", lo cual significaba que estaban perforando un agujero. Notó que había decenas de hoyos diminutos por todo el campo, a veces de diámetro tan pequeño como cinco o seis centímetros.

–Perdón. ¿Para qué son ésos? – preguntó.

–Son pozos de ensayo. Sirven para saber qué hay debajo, y a la compañía le ahorran mucho tiempo y dinero.

–Entiendo.

Todo resultaba fascinante para el muchacho, y sus preguntas eran infinitas.

–Perdón. ¿Cómo saben dónde hay que perforar?

–Los geólogos miden los estratos y estudian los cortes de los pozos.

Después los perforadores…

Constantin Demiris trabajaba desde la mañana temprano hasta el atardecer arrastrando aparejos por el desierto ardiente, limpiando el instrumental, conduciendo tractores por esa zona donde se elevaban llamas de los picos rocosos. Las llamas ardían día y noche, llevándose los gases venenosos.

J.J. McIntyre había dicho la verdad. La comida era mala, las condiciones de vida espantosas, y de noche no había nada que hacer. Demiris tenía la sensación de que cada poro de su cuerpo estaba lleno de granos de arena. El desierto tenía vida, y no había forma de escapar de él. La arena se filtraba en la choza, se le metía en la ropa y en el cuerpo hasta trasmitirle la sensación de que se estaba volviendo loco. Pero después la situación empeoró.

Llegó el shamaal. Durante un mes entero hubo tormentas de arena lo suficientemente intensas como para enloquecer a todos.

Demiris miraba los remolinos de arena desde la puerta de su choza.

–¿Vamos a salir a trabajar en medio de semejante vendaval?

–Por supuesto. Esto no es un baño termal.

Dos personas llegaron al campamento: un geólogo inglés y su mujer. Henry Potter tenía algo menos de setenta años, y Sybil, su esposa, apenas más de treinta. En otro contexto, Sybil Potter habría sido una mujer obesa y fea, de voz desagradable. En Fadhili, era toda una belleza. Como su marido estaba siempre afuera, buscando sitios para nuevos pozos, ella quedaba mucho tiempo sola.

El joven Demiris recibió la orden de ayudarla a instalarse en sus aposentos.

Éste es el sitio más espantoso que he visto en la vida, – se quejó Sybil Potter con su voz chillona-. Henry vive arrastrándome a lugares horribles como éste. No sé cómo lo tolero.

–Su marido realiza un trabajo muy importante.

La mujer estudió al muchacho.

–Mi marido no está cumpliendo con todas sus obligaciones… no sé si me entiendes.

Demiris le entendió perfectamente.

–No, señora, – dijo, sin embargo.

–¿Cómo te llamas?

–Demiris, señora. Constantin Demiris.

–¿Cómo te dicen tus amigos?

–Costa.

–Bueno, Costa, creo que tú y yo vamos a hacernos muy amigos. Por cierto no tenemos nada en común con todos esos extranjeros.

–Tengo que volver al trabajo, – anunció el muchacho.

Durante las semanas siguientes, Sybil Potter a cada rato encontraba pretextos para mandarlo llamar.

–Henry volvió a partir esta mañana. Se fue a hacer esas estúpidas perforaciones. – Y agregó, enojada: -Debería hacer más perforaciones en su casa.

Demiris nada respondió. Un geólogo ocupaba un cargo alto en la empresa, y él no tenía la menor intención de mezclarse con la mujer de Potter y poner en peligro su empleo. No sabía muy bien cómo, pero tenía la convicción de que, de alguna manera, ese trabajo sería su pasaporte para acceder a esa otra vida que soñaba. El petróleo era el futuro, y estaba decidido a desempeñar un papel preponderante en él.

Un día, a medianoche, Sybil Potter lo mandó a llamar. Demiris llegó hasta la casa donde ella vivía, y golpeó la puerta.

–Adelante. Sybil tenía puesto un fino camisón, que lamentablemente no ocultaba nada.

–¿Quería verme, señora?

–Sí, pasa, Costa. Este velador no funciona bien.

Demiris esquivó la mirada, se dirigió al velador y lo tomó para revisarlo.

–No tiene lamparita…-En ese momento ella apretó su cuerpo contra él, y sus manos comenzaron a recorrerlo.

–Señora…

Lo besó con pasión, al tiempo que lo empujaba a la cama. Y él no tuvo ningún control sobre lo que sucedió después.

Se sacó la ropa y penetró a esa mujer que gritaba de felicidad.

–¡Así, así! ¡Dios mío, cuánto tiempo hacía…-Con un último estremecimiento, ella exclamó: -Querido, querido, te quiero.

Demiris estaba presa del pánico. ¿Qué hice? Si Potter llega a enterarse, estoy liquidado.

Como si le hubiera leído los pensamientos, Sybil soltó unas risitas.

–Los dos guardaremos el secreto, ¿verdad, mi amor?

El secreto se prolongó durante varios meses. Demiris no tenía forma de evitar a la mujer, y como Potter estaba ausente varios días cada vez que salía a hacer alguna exploración, el muchacho no encontraba excusas para no acostarse con la mujer. Lo que empeoró las cosas fue que Sybil Potter se enamoró perdidamente de él.

–Eres demasiado bueno como para trabajar en un lugar así, querido. Tú y yo nos volveremos a Inglaterra.

–Yo vivo en Grecia.

–Ya no. – Acarició el delgado cuerpo juvenil. – Regresarás conmigo. Voy a divorciarme de Henry y podemos casarnos.

Demiris sintió un repentino susto.

–Sybil… yo no tengo dinero…

Ella lo besó en el pecho.

–Eso no es problema. Conozco una forma para que hagas dinero.

–¿Ah, sí?

–Anoche Henry me contó que acaba de descubrir un importante campo petrolífero. Para esas cosas es muy competente. Bueno, estaba muy entusiasmado. Redactó el informe antes de partir y me pidió que lo despachara con el correo de esta mañana. Pero lo tengo aquí. ¿Quieres verlo?

El corazón de Demiris comenzó a latir con fuerza.

–Sí… me encantaría. – La miró bajarse de la cama y dirigirse hacia una mesita desvencijada que había en un rincón. La mujer tomó un sobre marrón de grandes dimensiones y lo llevó de vuelta a la cama.

–Ábrelo, – dijo.

Demiris titubeó apenas un instante. Abrió el sobre… sacó los papeles que había adentro, en total, cinco páginas. Las leyó rápidamente una vez; luego volvió al principio y fue leyendo detenidamente cada palabra.

–¿Vale algo esa información?

¿Vale algo esa información? Se trataba de un informe acerca de una nueva zona con posibilidades de convertirse en uno de los campos petrolíferos más ricos de la historia.

Demiris tragó saliva.

–Sí… Podría ser…

–Bueno, ahí está, – afirmó Sybil, feliz-. Ahora tenemos dinero.

–No es tan sencillo, – sostuvo él, con un suspiro.

–¿Por qué?

Demiris lo explicó.

–Esto vale mucho para una persona que pueda comprar, las opciones de terreno alrededor de esa zona. Pero para eso hace falta dinero.-Él tenía ahorrados trescientos dólares en el Banco.

–Ah, por eso no te preocupes. Henry tiene de sobra. Te extenderé un cheque. ¿Te alcanzará con cinco mil dólares?

Constantin Demiris no podía creer lo que estaba oyendo.

_Sí… No… no sé qué decir.

–Es para nosotros, querido. Para nuestro futuro.

El se incorporó en la cama, mientras pensaba a toda velocidad.

–Sybil, ¿puedes retener ese informe uno o dos días?

–Por supuesto. Lo retengo hasta el viernes. ¿Tendrás suficiente tiempo, querido?

Él asintió lentamente.

–Sí; eso me da tiempo para moverme.

Con los cinco mil dólares que le dio Sybil - no, no es un regalo sino un