Recuerdos de la medianoche

Sidney Sheldon · Capítulo 34 de 35

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Recuerdos de la medianoche

Capítulo 34

–Si. Yo no te hice acordar porque…

–No me hace mal, y quiero saberlo.

Él la miró Un instante; luego asintió.

–De acuerdo.

Catherine vio que se dirigía a una radio que había en un rincón. Buscó con el dial la estación de la BBC, que estaba transmitiendo las noticias.

"… Y el Primer Ministro presentó hoy su renuncia. El premier tratará de formar un nuevo gobierno". La transmisión se oía con mucho ruido, y la voz por momentos se perdía.

–Es esta maldita tormenta, – comentó Alan.

El sonido retornó.

"En Atenas, ha llegado a su fin el juicio a Constantin Demiris, y el jurado acaba de entregar su veredicto hace apenas instantes. Para sorpresa de todo el mundo, el veredicto…"

Ya no se oyó más.

–¿Cuál te parece que fue el veredicto, Alan?

Él la tomó en sus brazos.

–Depende de si crees, o no, en los finales felices.

Capítulo 34

Epílogo

Cinco días antes de la fecha de inicio del juicio a Constantin Demiris, el guardiacárcel abrió la puerta de su calabozo.

–Tiene visitas, – dijo.

Demiris levantó la mirada. A excepción de su abogado, hasta ese momento no le habían permitido visita alguna. No quiso demostrar ni la menor curiosidad. Esos hijos de puta lo trataban como a un preso común, y por eso no les iba a dar el gusto de demostrar emociones. Fue con el custodio hasta la pequeña salita de reuniones.

–Pase.

Demiris entró y se detuvo. En un sillón de ruedas vio a un anciano inválido de pelo totalmente blanco. Su rostro era un horrible remiendo de tejido quemado color rojo y blanco. La comisura de los labios le había quedado hacia arriba, formando un espantoso rictus de sonrisa. Demiris demoró un instante en darse cuenta de quién era.

–¡Dios santo! – exclamó, pálido.

–No soy un fantasma, – sostuvo Napoleon Chotas. Su voz era un ronquido áspero. – Pasa, Costa.

Demiris recuperó la voz.

–El incendio…

–Salté por la ventana y me quebré la espalda. El mayordomo consiguió alejarme antes de que llegaran los bomberos. No quise que te enteraras de

que había salvado la vida. Estaba demasiado cansado como para seguir peleando contigo.

–Pero… se encontró un cadáver.

–El de un sirviente mío.

Demiris tomó asiento.

–Me… alegro de que estés vivo, – dijo con voz tenue.

–Debería estarlo, porque voy a salvarte la vida.

Demiris lo observó, cauteloso.

–¿Ah, sí?

–Sí. Pienso defenderte.

Demiris soltó una carcajada.

–Leon, después de tantos años, ¿me tomas por tonto? ¿Cómo se te ocurre que voy a poner mi suerte en tus manos?

–Porque soy el único que puede salvarte, Costa.

Constantin Demiris se puso de pie.

–No, gracias.

Se encaminó a la puerta.

–Hablé con Spyros Lambrou y lo convencí de que declare que estuvo contigo a la hora en que murió su hermana.

Demiris se detuvo y giró sobre sus talones.

–¿Por qué lo haría?

Chotas se inclinó hacia adelante en su sillón de ruedas.

–Porque lo persuadí de qué apoderarse de toda tu fortuna sería una venganza mucho más dulce que enviarte a la muerte.

–No entiendo.

–Le aseguré que, si atestiguaba a tu favor, le cederías toda tu fortuna: tus barcos, tus empresas, todo lo que posees.

–¡Estás loco!

–¿Te parece? Piénsalo, Costa. Su testimonio puede salvarte. ¿Acaso tu fortuna tiene más valor para ti que tu propia vida?

Hubo un largo silencio. Demiris volvió a sentarse y lo miró con cara de desconfiado.

–¿Spyros está dispuesto a declarar que estuve con él a la hora en que murió Melina?

–Así es.

–¿Y a cambio pretende quedarse con…?

–Todo lo que tienes.

Demiris meneó la cabeza.

–Yo tendría que quedarme con…

– Todo. Quiere desplumarte entero. Ésa sería su venganza.

Algo tenía intrigado a Demiris.

–¿Y esto a ti qué te reportaría, Leon?

Los labios del abogado formaron algo que quiso ser una sonrisa.

–Yo me quedo con todo.

–No te entiendo.

–Antes de que le transfieras, la Corporación Helénica a Lambrou vas a ceder todos los bienes a una empresa nueva. Una compañía de mi propiedad.

–Y así Lambrou no recibiría nada.

Chotas se encogió de hombros.

–Siempre hay uno que gana y otro que pierde.

–¿Y él no sospechará nada?

–De la manera que voy a hacerlo, no.

–Si lo traicionas a él, ¿cómo sé que no harás lo mismo conmigo?

–Muy sencillo, mi estimado Costa. Estás protegido. Vamos a firmar un convenio por el cual la nueva empresa me pertenecerá sólo en caso de que te absuelvan. Si te condenan, no me toca nada.

Por primera vez Demiris sintió interés. Estudió con la mirada al abogado paralítico. ¿Sería capaz de arruinar el juicio y perderse cientos de millones de dólares sólo para vengarse de mí? No, no es tan tonto.

–De acuerdo, – dijo lentamente-. Acepto.

–Bien. Acabas de salvar tu vida, Costa.

He salvado mucho más que eso, pensó él, gozoso. Tengo cien millones de dólares escondidos en un sitio donde nadie los puede encontrar.

La reunión de Chotas con Spyros Lambrou había sido difícil. Lambrou casi lo echa de su oficina.

–¿Pretende que declare para salvarle la vida a ese monstruo? Váyase de aquí.

–Usted quiere vengarse, ¿no?

–Sí. Y lo voy a conseguir.

–¿Le parece? Conoce muy bien a Costa, un hombre al que le importa más la fortuna que su vida. Si lo ejecutan, sufrirá apenas unos minutos, pero si usted logra quebrarlo, si le saca todo lo que tiene y lo obliga a seguir viviendo sin dinero, le infligiría un castigo mucho mayor.

Lo que el abogado sostenía era cierto. Demiris era el hombre más codicioso que hubiera conocido.

–¿Dice que está dispuesto a transferirme todos sus bienes?

–Todo. Su flota, la empresa, hasta la última compañía de su propiedad.

Era una tentación enorme.

–Déjeme pensarlo. – Lambrou lo miró salir en su sillón de ruedas. Pobre tipo, pensó. ¿Qué aliciente tiene para seguir viviendo?

A medianoche llamó por teléfono a Chotas.

–Ya me decidí, – dijo-. Trato hecho.

El periodismo estaba enloquecido. No sólo se juzgaba a Constantin Demiris por el homicidio de su mujer sino que también lo defendía un hombre que había vuelto de entre los muertos, el prestigioso penalista que, según se suponía, había fallecido en un holocausto.

El juicio tuvo lugar en la misma sala donde se realizó el de Noelle Page y Larry Douglas. Sentado a la mesa de la defensa, Constantin Demiris parecía envuelto en un aura de invisibilidad. A su lado, Napoleon Chotas en su silla de ruedas. Por la otra parte, el fiscal especial Delma.

En ese momento, Delma se dirigía al jurado.

–Constantin Demiris es uno de los hombres más influyentes del mundo. Su enorme fortuna le concede numerosos privilegios. Pero hay uno que no tiene: el derecho a cometer un asesinato a sangre fría. Nadie tiene ese derecho. – Se volvió para mirar al acusado. – Esta fiscalía demostrará de manera indubitable que Constantin Demiris es culpable de haber asesinado brutalmente a su esposa, que lo amaba. Cuando hayan terminado de escuchar las declaraciones, estoy seguro de que sólo podrán arribar a un veredicto: culpable de homicidio premeditado.-Regresó a su asiento.

El juez se dirigió a Chotas.

–¿Está lista la defensa para presentar su exposición inicial?

–Sí, su Señoría. – Chotas se arrastró en su sillón y fue a colocarse delante de los miembros del jurado. Pudo distinguir una expresión de lástima en sus rostros cuando trataban de no mirar su cara grotesca y su cuerpo tullido. – A Constantin Demiris no se lo juzga porque sea rico o poderoso. O quizá sea debido a eso que se lo haya traído ante este tribunal. Los débiles siempre tratan de destronar a los poderosos, ¿verdad? Al señor Demiris puede culpárselo de ser rico y poderoso, pero algo voy a probar con absoluta

certeza: que no es culpable de haber dado muerte a su mujer.

El juicio había comenzado.

El fiscal Delma interrogaba al teniente de policía Theophilos.

–¿Puede describir lo que vio cuando llegó a la casa de veraneo de Demiris, teniente?

–Mesas y sillas tiradas por doquier, Todo se hallaba revuelto.

–¿Daba la impresión de que hubiera habido un terrible forcejeo?

–Sí, señor. Como si hubieran entrado en la casa a robar.

–¿Encontró usted un cuchillo ensangrentado en el lugar del crimen?

–Sí, señor.

–¿Había en él huellas digitales?

–Así es.

–¿A quién pertenecían?

–A Constantin Demiris.

Los ojos de los miembros del jurado se posaron en el acusado.

–Cuando registraron la casa, ¿qué más encontraron?

–Al fondo de un placard hallamos un pantalón de baño ensangrentado, que tenía bordadas las iniciales de Demiris.

–¿Podría ser que ese pantalón hubiese estado desde hace tiempo en la casa?

–No, señor. Todavía estaba húmedo de agua de mar.

–Gracias.

Le tocó entonces el turno a Chotas.

–Teniente Theophilos, usted tuvo oportunidad de conversar personalmente con el reo, ¿verdad?

–Sí, señor.

–¿Cómo lo describiría físicamente?

–Bueno… -Miró hacia donde estaba Demiris-. Yo diría que es fornido.

–¿Le pareció fuerte? Quiero decir, físicamente fuerte.

–Sí.

–No del tipo de hombre que necesitaría dejar patas arriba toda una habitación para matar a su mujer.

Delma se puso de pie.

–Protesto.

–Ha lugar. El defensor se abstendrá de orientar al testigo.

–Pido disculpas, Su Señoría. – Chotas volvió a dirigirse al teniente. – Al conversar con el señor Demiris, ¿lo consideró usted un hombre inteligente?

–Sí, señor. No creo que nadie pueda hacerse tan rico sin ser muy inteligente.

–Totalmente de acuerdo con usted, teniente. Y eso nos lleva a una interesante cuestión. ¿Le parece usted que un hombre inteligente como él va

a ser tan tonto de cometer un crimen y dejar en el lugar del hecho un cuchillo con sus impresiones digitales y un pantalón de baño con manchas de sangre? ¿No diría que eso no fue muy inteligente?

–Bueno, a veces en el apasionamiento, al cometer un crimen la gente hace cosas extrañas.

–La policía encontró un botón de la chaqueta que supuestamente vestía Demiris, ¿verdad?

–Sí, señor,

–Y ésa es una prueba clave contra el acusado. ¿La teoría policial es que su esposa se lo arrancó en el forcejeo cuando él intentaba matarla?

–Correcto.

–Así, tenemos a un hombre que acostumbra a vestir con corrección. Le arrancan un botón del saco, pero no se da cuenta. Vuelve a su casa con el saco puesto y sigue sin notarlo. Después se lo quita y lo cuelga en el placard… y todavía no lo advierte. De ser cierto, mí defendido no sería sólo tonto sino también ciego.

El señor Katelanos, dueño de la agencia de investigaciones, se hallaba en el estrado y trataba de sacar el máximo provecho de su momento de gloria.

Delma lo estaba interrogando.

–¿Es usted propietario de una agencia de detectives privados?

–Sí, señor.

–¿Es cierto que unos días antes de morir, la señora de Demiris fue a verlo?

–Así es.

–¿Qué quería?

–Protección. Dijo que iba a divorciarse del marido, y que éste había amenazado con matarla.

Corrió un murmullo entre los espectadores.

–De modo que la señora estaba muy trastornada.

–Sí, sí. Mucho.

–¿Y contrató a su agencia para que la protegieran del marido?

–Correcto.

–Es todo. Gracias. – Se volvió hacia Chotas.-Su testigo, – dijo.

Chotas se acercó en su sillón de ruedas hasta el banquillo de los testigos.

–Señor Katelanos, ¿cuánto hace que está en el negocio de los detectives?

–Casi quince años.

Chotas se mostró impresionado.

–Bueno, es mucho tiempo. Entonces debe ser muy competente en su trabajo.

–Supongo que sí, – respondió el testigo, modestamente.

–Me imagino que tendrá mucha experiencia en tratar con personas que tienen problemas.

–Por eso vienen a verme, – se ufanó Katelanos.

–Y cuando la señora de Demiris fue a verlo, ¿la notó un poquito perturbada

o…?

–No, no. Estaba muy alterada. Podríamos decir, presa del pánico.

–Entiendo. Porque tenía miedo de que el marido la matara.

–Así es.

–Cuando la señora se fue de su oficina, ¿cuántos hombres envió con ella?

¿Uno? ¿Dos?

–Bueno, no. No mandé a ninguno.

Chotas frunció el entrecejo.

–No entiendo. ¿Por qué no?

–Porque ella dijo que quería que comenzáramos el lunes.

Chotas lo miró desconcertado.

–Me está confundiendo, señor Katelanos. La mujer que fue a verlo, aterrada de que el marido fuera a matarla, ¿se fue así no más, diciendo que no necesitaba protección hasta el lunes?

–Bueno… así fue,

–Yo me pregunto entonces, – reflexionó el abogado-, hasta qué punto estaba asustada la señora.

La criada de los Demiris se hallaba en el estrado.

–¿Oyó usted una conversación telefónica entre la señora Demiris y su esposo?

–Sí, señor.

–¿Podría relatar la conversación?

–Bueno, la señora le dijo al marido que quería el divorcio, y él le contestó que no se lo iba a dar.

Delma miró al jurado.

–Entiendo.

Volvió a mirar a la testigo.

–¿Qué más oyó?

–Él le pidió que se reuniera con él a las tres de la tarde en la casa de la playa, y que fuera sola.

–¿Especificó que debía ir sola?

–Sí. Y ella me dijo que si no estaba de vuelta para las seis, que diera aviso a la policía.

Se produjo una reacción visible en el jurado cuando todos se volvieron para mirar al reo.

–No hay más preguntas por ahora. Su turno, doctor Chotas.

El defensor se acercó al estrado en su silla de ruedas.

–Su nombre es Andrea, ¿verdad?

–Sí, señor.

La mujer trató de no mirar ese rostro desfigurado, lleno de cicatrices.

–Andrea, dice usted que oyó que la señora de Demiris le decía al marido

que iba a pedir el divorcio, y él le contestó que no se lo iba a dar; después, él le pidió que fuera sola a la casa de la playa, a las tres. ¿Correcto?

–Sí, señor.

–Recuerde que está bajo juramento, Andrea. Eso no es en absoluto lo que oyó.

–Sí, sí lo oí.

–¿Cuántos teléfonos hay en la habitación donde tuvo lugar la conversación?

–Uno solo.

Chotas acercó un poco más su sillón.

–¿Y usted no estaba escuchando por otro teléfono?

–No, señor. Jamás haría eso.

–Entonces, la verdad es que sólo oyó lo que decía la señora Demiris.

Imposible que oyera lo que hablaba el marido.

–Bueno, supongo…

–En una palabra, usted no oyó al señor Demiris amenazar a su esposa ni pedirle que fuera a la casa de veraneo, ni nada. Usted se imaginó todo a partir de lo que decía la señora.

Andrea parecía aturdida.

–Bueno, supongo que podría decirlo así.

–Lo estoy diciendo así. ¿Por qué se hallaba usted en la habitación cuando hablaba por teléfono la señora?

–Ella me pidió que le llevara un té.

–¿Y usted se lo alcanzó?

–Sí, señor.

–Y lo dejó sobre una mesa.

–Sí, señor.

–¿Por qué no se fue luego?

–La señora me hizo señas de que me quedara.

–¿Ella quiso que usted oyera la conversación o lo que supuestamente fue una conversación?

–Supongo… que sí.

La voz del defensor fue como un latigazo.

–De modo que usted no sabe si ella estaba hablando con su marido o no hablaba con nadie. – Acercó un poco más su sillón. – ¿No le parece raro que en medio de una conversación privada la señora la hiciera quedarse y escuchar? Sé que en mi casa, si estamos hablando algo íntimo, no le pedimos al personal que escuche. No. Yo le digo que esa conversación nunca se realizó. La señora Demiris no estaba hablando con nadie. Estaba tendiendo una trampa a su marido para que hoy, en esta sala, se lo juzgara con el riesgo de perder la vida. Pero Constantin Demiris no mató a su mujer. Las pruebas en su contra fueron dejadas expresamente, con mucho cuidado. Ningún hombre inteligente deja un reguero de pistas tan obvias que conducen a él. Y sea lo que fuere Demiris, no se puede negar que es un hombre inteligente.

El juicio se prolongó diez días más con acusaciones y refutaciones, y el testimonio de los peritos policiales y del médico forense. El consenso era

que probablemente Demiris fuese culpable.

Napoleon Chotas se guardó la bomba para el final, cuando puso a Spyros Lambrou en el banquillo de los testigos. Antes de empezar el juicio, Demiris había firmado un acta notarial por la cual transfería todos los bienes de la Corporación Helénica a Lambrou, Un día antes, dichos bienes habían sido cedidos secretamente a Napoleon Chotas, con la aclaración de que el convenio entraría en vigencia sólo si Demiris resultaba sobreseído en el juicio.

–Señor Lambrou. Usted y su cuñado, Constantin Demiris, no se llevaban bien, ¿no?

–No; en efecto.

–De hecho, no sería exagerado asegurar que se odiaban, ¿verdad?

Lambrou miró a Demiris.

–Creo que se queda corto en su afirmación.

–El día que desapareció su hermana, Demiris declaró a la policía que se hallaba lejos de la casa de veraneo. Más aún, que a las tres, hora en que se estima la muerte, estaba reunido con usted en Acrocorinth. Cuando la policía lo interrogó respecto de esa reunión, usted negó que se hubiera realizado.

–Es cierto.

–¿Por qué?

Meditó antes de responder. Luego habló con voz de enojo.

–Demiris trataba muy mal a mi hermana. Constantemente la humillaba, y yo quería castigarlo. Como me necesitaba a mí de coartada, resolví no declarar a favor de él.

–¿Y ahora?

–No puedo vivir más con la mentira, Tengo que confesar la verdad.

–Aquella tarde, ¿se reunió Constantin Demiris con usted en Acrocorinth?

–Sí. La verdad es que sí.

Se produjo un alboroto en la sala. Delma se puso de pie, con rostro demudado.

–Protesto, Su Señoría,

–No ha lugar.

El fiscal volvió a sentarse. Demiris estaba inclinado hacia adelante, con los ojos brillosos.

–Háblenos sobre esa reunión. ¿La había planeado usted?

–No. Fue idea de Melina. Nos engañó a los dos.

–Los engañó, ¿cómo?

–Me llamó por teléfono para decirme que su marido deseaba encontrarse conmigo en mi chalet para hablar de negocios. Después llamó a Demiris y le dijo que yo quería que nos reuniéramos allí. Cuando llegamos, no teníamos nada que decirnos.

–¿Y dicho encuentro se produjo a media tarde, a la hora en que se estableció la muerte de su hermana?

–Así es.

–Acrocorinth queda a cuatro horas de viaje en auto hasta la casa de playa.

Mandé que se tomara el tiempo. – Chotas miraba al jurado. – De modo que es imposible que el señor Demiris haya estado en Acrocorinth a las tres y de regreso en Atenas antes de las siete. – Se volvió para dirigirse a Lambrou. –

Está bajo juramento, señor Lambrou. Lo que acaba de relatar, ¿es la verdad?

–Sí. Que Dios me castigue si no lo es.

El jurado estuvo cuatro horas deliberando. Demiris los estudió con la mirada cuando retornaron a la sala. Se lo veía pálido, nervioso. Chotas no miraba al jurado sino a su defendido. Demiris había perdido el aplomo y la arrogancia. Era un hombre que estaba haciendo frente a la muerte.

–¿El jurado ha arribado a un veredicto? – preguntó el juez.

–Sí, Su Señoría. – El presidente mostró un papel que tenía en la mano.

–Que me lo alcancen, por favor. – Un oficial se acercó al jurado, recibió el papel y se lo llevó al juez. Éste lo leyó y levantó la mirada. – El jurado declara que el acusado es inocente.

Se produjo un infierno dentro de la sala. La gente se levantaba; algunos aplaudían; otros silbaban.

La expresión de Demiris era de éxtasis. Respiró hondo, se puso de pie y fue hasta donde estaba su abogado.

Lo conseguiste, – dijo-. Estoy en deuda contigo.

Chotas lo miró a los ojos.

–Ya no, porque ahora yo soy rico y tú eres pobre. Ven, vamos a festejar.

Demiris empujó el sillón de ruedas. Cruzaron en medio del gentío, pasaron frente a los periodistas y llegaron a la playa de estacionamiento. Chotas señaló un coche que había cerca de la entrada.

Ése es mi auto.

Demiris lo llevó hasta la puerta.

–¿No tienes chofer?

–No lo necesito. Hice acondicionar el auto para poder conducirlo yo.

Ayúdame a subir.

Demiris le abrió la puerta, lo levantó y lo sentó al volante. Plegó la silla y la puso en el asiento de atrás. Luego se sentó en el asiento del acompañante.

–Sigues siendo el mejor abogado del mundo.

–Sí. – Puso en cambio y arrancó. – ¿Qué vas a hacer ahora, Costa?

Demiris midió su respuesta.

–Bueno, ya de alguna forma me voy a arreglar. – Con cien millones de dólares, puedo reconstruir mi imperio. – Se rió. – Spyros se va a disgustar mucho cuando se dé cuenta de que lo estafaste.

–No puede hacer nada. El contrato que firmó le otorga una compañía que no vale nada.

Iban rumbo a la montaña. Demiris miró a su compañero mover las palancas que accionaban el acelerador y el freno.

–Te manejas muy bien con esto.

–Uno aprende a hacer lo que necesita. – Subían por un camino angosto.

–¿Adónde vamos?

–Tengo una casita allá arriba. Vamos a brindar con champagne, y después

llamo a un taxi para que te traiga de vuelta. ¿Sabes, Costa? Estuve pensando en todo lo que sucedió… la muerte de Noelle y Larry Douglas. Y del pobre Stavros. Ninguna se debió a un asunto de dinero, ¿no? – Se dio vuelta para mirar a su acompañante. – Fue todo por odio. Por odio y amor. Tú amabas a Noelle.

–Sí. La amaba.

–Yo también. Eso no lo sabías, ¿verdad?

Demiris se sorprendió.

–No.

–Y sin embargo contribuí a matarla. Eso nunca me lo he perdonado. ¿Tú te lo has perdonado?

–Se merecía el castigo que le tocó.

–Creo que a la larga, todos nos merecemos lo que nos toca. Una cosa no te he contado, Costa. Ese incendio… desde aquella noche, he sentido dolores insoportables. Los médicos trataron de volver a armarme, pero no les salió bien. Quedé demasiado paralítico. – Movió una palanca que aceleró el coche. Tomaban velozmente curvas cerradas, y cada vez subían más. El mar Egeo se veía ya muy abajo.

“Precisamente, es tanto lo que sufro, que ya no tiene sentido seguir viviendo”. – Volvió a empujar la palanca, y el auto avanzó a más velocidad.

–Ve más despacio. Estás yendo demasiado…

–Entonces resolví que tú y yo íbamos a terminar juntos.

Demiris se volvió y lo miró horrorizado.

–¿Qué estás diciendo? Aminora, hombre, que nos vamos a matar.