Recuerdos de la medianoche

Sidney Sheldon · Capítulo 15 de 35

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Recuerdos de la medianoche

Capítulo 14

Spyros Lambrou esbozó una sonrisa plácida.

–Porque le debo un favor a mi cuñado. Quiero que vaya a verlo. Tengo la sensación de que con todo gusto le permitirá usar sus barcos.

Capítulo 14

Dentro de sí se agitaban tormentas que no podía dominar. Llevaba en su interior un centro frío y ningún recuerdo cálido que lo contrarrestara. Esas tormentas habían comenzado el año anterior, cuando perpetró su acto de venganza contra Noelle. Supuso que con eso daba por terminado el asunto, que el pasado quedaría enterrado. Jamás se le ocurrió que pudieran producirse repercusiones hasta que, inesperadamente, Catherine Alexander volvió a entrar en su vida. Para eso fue necesario apartar del camino a Frederick Stavros y Napoleon Chotas. Ambos participaron en un juego letal para derrotarlo, y él les ganó. Pero lo que a Demiris le llamaba la atención era cuánto había disfrutado con el riesgo, la emoción del peligro. El mundo de los negocios era fascinante, pero palidecía en comparación con el juego de la vida y la muerte. Soy un asesino, se dijo. No, no un asesino sino un verdugo. Y en vez de sentirse consternado, le resultó estimulante.

Demiris recibía un informe semanal sobre las actividades que desarrollaba Catherine. Hasta ese momento todo iba saliendo a la perfección. El contacto social que tenía se limitaba exclusivamente a sus compañeros de trabajo.

Demiris sabía por Evelyn que Catherine de vez en cuando salía con Kirk Reynolds, pero como Reynolds trabajaba para él, no había problema. La pobre chica debe de estar desesperada, pensó. Reynolds era un tipo aburrido, que no sabía hablar más que de derecho. Pero tanto mejor. Cuanto más desesperada estuviera ella por tener compañía, más fácil se le haría todo a él. Tengo que estarle agradecido a Reynolds.

Catherine estaba saliendo con Kirk Reynolds, y cada vez lo apreciaba más.

No era apuesto, pero sí atractivo. Ya aprendí la lección sobre los hombres apuestos con Larry, pensó, apenada. Kirk Reynolds era un hombre bueno, confiable. Con él puedo contar, se dijo. No siento por él un amor apasionado, pero quizá nunca vuelva a sentir así por culpa de Larry. Ya he madurado lo suficiente como para aceptar a un hombre que me respete como compañera, alguien con quien compartir una vida limpia y sana, sin tener que preocuparme por el peligro de que me arrojen de arriba de una montaña o me maten dentro de una caverna oscura.

Concurrieron al teatro a ver The lady’s not for burning, de Christopher Fry, y otra noche, September Tide con Gertrude Lawrence. Fueron a nightclubs, donde las diferentes orquestas siempre interpretaban El tema del tercer hombre y La vida color de rosa.

–La semana que viene viajo a St. Moritz, – le anunció Kirk-. ¿Ya pensaste en lo que te dije?

Catherine había meditado largamente. Estaba segura de que Kirk la quería.

También lo quiero, pensó, querer es muy distinto de estar enamorado. ¿O

acaso es que soy una tonta romántica? ¿Qué es lo que busco? ¿Otro Larry?

¿Alguien que me tome en sus brazos, se enamore de otra mujer y trate de asesinarme? Kirk Reynolds va a ser un excelente marido. Entonces,

¿porqué dudo?

Esa noche cenaron en Mirabelle's, y cuando estaban en el postre, dijo Kirk:

–Catherine, por si no lo sabes, estoy enamorado y quiero casarme contigo.

Ella experimentó una sensación de pánico.

–Kirk… -No estaba segura de lo que iba a decir. Mis próximas palabras van a cambiar mi vida. Sería tan sencillo Pronunciar un "sí"'¿Qué es lo que me

detiene? ¿Es el miedo al Pasado? ¿Voy a vivir toda mi existencia atemorizada? No puedo dejar que me pase eso.

–Cathy…

–Kirk… ¿Por qué no vamos juntos a St. Moritz?

El rostro de Kirk cobró vida.

–¿Eso significa…?

–Vamos a ver. A lo mejor, cuando me veas esquiar, ya no querrás casarte conmigo.

El se rió.

–Por nada del mundo cambiaría de idea. Gracias a ti soy muy feliz. Vamos a ir el 5 de noviembre, día de Guy Fawkes.

–¿Qué es eso del día de Guy Fawkes?

–Es una historia fascinante. El rey Jacobo I de Inglaterra había puesto en práctica una estricta política contraria al catolicismo, por lo cual un grupo de católicos prominentes organizó una conspiración para derrocar al gobierno. Hicieron viajar desde España a un soldado de nombre Guy Fawkes para llevar adelante la conjura. Fawkes hizo esconder una tonelada de pólvora distribuida en treinta y seis barriles en el sótano de la Cámara de los Lores. Sin embargo, la mañana en que iban a hacer volar el edificio, uno de los conspiradores informó al gobierno, y todos fueron aprehendidos. A Guy Fawkes se lo sometió a tormentos, pero no habló. Todos fueron ejecutados. Actualmente se celebra en Inglaterra el descubrimiento del atentado con fuegos artificiales, y los niños hacen efigies que representan a Guy.

Catherine meneó la cabeza.

–Un feriado bastante sórdido.

Kirk le sonrió al decir:

–Te prometo que el nuestro no lo será.

La noche antes de partir Catherine se lavó el pelo, preparó el equipaje y desempacó dos veces de la emoción que sentía. En toda su vida había tenido relaciones carnales sólo con dos hombres: William Fraser y su marido. ¿Todavía se usa la palabra carnal? se preguntó. Dios mío, ojalá me acuerde de cómo se hace. Dicen que ocurre lo mismo que con el andar en bicicleta: una vez que uno aprendió a hacerlo, no se lo olvida más. A lo mejor se desilusiona conmigo en la cama. A lo mejor yo me desilusiono de mí misma en la cama. Quizá debería dejar de preocuparme e irme a dormir.

¿El señor Demiris?

–Sí.

–Catherine Alexander partió esta mañana a St. Moritz.

Se produjo un silencio.

–¿A St. Moritz?

–Sí, señor.

–¿Viajó sola?

–No. Fue con Kirk Reynolds.

En esta oportunidad el silencio fue más prolongado.

–Gracias, Evelyn.

¡Kirk Reynolds! Imposible. ¿Qué le veía? Esperé demasiado. Debí haber intervenido antes. Voy a tener que hacer algo. No puedo permitir que ella…

La secretaria lo llamó por el intercomunicador.

–Señor, un tal Anthony Rizzoli quiere verlo, No está citado…

–Entonces, ¿para qué me molesta? – le espetó y cortó.

Al instante el aparato volvió a sonar.

–Perdone que lo interrumpa, pero el señor Rizzoli trae un mensaje del señor Lambrou y dice que es muy importante.

–¿ Un mensaje? ¡Qué raro! ¿Por qué su cuñado no podía transmitir él mismo lo que quería?

–Hágalo pasar.

–Sí, señor.

Tony Rizzoli entró en el despacho de Constantin Demiris. Paseó la vista en torno y pudo apreciar que era más lujoso que el de Spyros Lambrou.

–Le agradezco que me haya atendido, señor Demiris.

–Tiene dos minutos.

–Me manda Spyros porque piensa que usted y yo deberíamos hablar.

–¿Ah, sí? ¿Y sobre qué?

–¿Puedo tomar asiento?

–No creo que lo necesite, por el tiempo que se va a quedar.

Rizzoli se ubicó en un sillón, frente a Demiris.

–Tengo una fábrica, señor Demiris, y envío mercadería a diversas partes del mundo.

–Entiendo. Entonces quiere alquilar uno de mis buques.

–Exacto.

–No sé por qué Spyros lo mandó a verme. ¿Por qué no le alquiló uno de los suyos? Casualmente en estos momentos tiene dos fondeados.

Rizzoli se encogió de hombros.

–Será porque no le gusta lo que envío.

–No entiendo. ¿Qué es lo que despacha?

–Drogas, – respondió Rizzoli, sereno-. Heroína.

Demiris se quedó mirándolo, incrédulo.

–¿Y espera que yo…? Váyase ya mismo de aquí si no quiere que llame a la policía.,

Rizzoli señaló el teléfono moviendo la cabeza.

–Llame, no más, – dijo. Cuando vio que Demiris se encaminaba al teléfono, agregó: -Yo también quiero hablar y contarles todo lo que sé sobre el juicio de Noelle Page y Larry Douglas.

Demiris quedó petrificado.

–¿De qué habla?

–Hablo de dos personas que fueron ejecutadas por haber dado muerte a una

mujer que todavía está viva.

Constantin Demiris se había puesto pálido.

–¿Cree que a la policía puede interesarle esa historia, señor? Si no les interesa a ellos, seguramente sí al periodismo. Ya me imagino los titulares.

¿Puedo decirle Costa? Spyros me contó que sus amigos le dicen Costa, y yo supongo que nosotros vamos a hacernos muy amigos. ¿Sabe por qué?

Porque los amigos no se andan delatando unos a otros. Vamos a mantener en secreto ese truquito que hizo usted, ¿verdad?

Demiris estaba sentado muy rígido. Cuando habló, lo hizo con voz ronca.

–¿Qué es lo que quiere?

–Ya le dije. Alquilar uno de sus barcos… y como somos amigos, supongo que no querrá cobrarme el flete, ¿verdad? Digamos que es un favor a cambio de otro.

Demiris respiró hondo.

–No puedo permitírselo. Si se llegara a saber que saqué drogas del país escondidas en uno de mis barcos, podría llegar a perder la flota entera.

–Pero nadie lo va a saber. En mi esfera de negocios, nadie anda publicando sus actividades. Haríamos todo muy calladitos.

La expresión de Demiris se había vuelto más dura.

–Comete usted un gran error. A mí no puede chantajearme. ¿Sabe quién soy?

–Sí. Mi nuevo socio, Usted y yo vamos a tener relaciones comerciales durante mucho tiempo, Costa, porque si me dice que no, voy directo a la policía y a los diarios y cuento todo. Y ahí se acabó su buena fama, su imperio; todo a la mierda.

Hubo un silencio largo, doloroso.

–¿Cómo… cómo se enteró mi cuñado?

Rizzoli sonrió.

–Eso no importa. Lo que sí importa es que a usted lo tengo agarrado de las pelotas, y si aprieto un poco, lo convierto en un eunuco y va a quedar cantando con voz de soprano toda la vida. Dentro de una cárcel, por supuesto.-Miró la hora.-Caramba, se terminaron mis dos minutos.-Se puso de pie. – Le doy sesenta segundos para decidir si me voy de aquí siendo su socio… o si me voy de aquí y nada más.

De repente, Constantin Demiris parecía diez años más viejo. Su rostro había perdido todo color, No se hacía la menor ilusión respecto de lo que sucedería si salía a luz la verdadera historia del juicio. El periodismo se lo comería vivo. Lo presentarían como un asesino, un monstruo. Quizás, hasta llegaran a abrir una investigación sobre la muerte de Stavros y de Chotas.

–Se cumplieron los sesenta segundos.

Demiris asintió lentamente.

–De acuerdo, – aceptó en un susurro-. De acuerdo.

Tony Rizzoli le sonrió.

–Veo que es inteligente, – dijo.

Demiris se levantó sin prisa.

–Por esta vez lo dejo salirse con la suya. No quiero enterarme de cómo ni cuándo lo hace. Uno de sus hombres podrá ir en mi barco. Más de eso no va a conseguir de mí.

–Trato hecho, – convino Rizzoli, pero para sus adentros pensó: A lo mejor no eres tan inteligente. Si transportas un cargamento de heroína, ya quedas enganchado, Costa. Nunca te permitiré desvincularte. En voz alta repitió: -

Trato hecho, por supuesto.

En el camino de regreso al hotel, Tony se sentía exultante. A la policía de estupefacientes nunca se le ocurrirá tocar la flota de Constantin Demiris.

De ahora en adelante voy a poder cargar todos los barcos suyos que partan de aquí. El dinero me llegará a montones. Genial: drogas y objetos de arte.

Se encaminó a la cabina telefónica de la avenida Stadiou e hizo dos llamados, el primero de ellos a Palermo, para hablar con Pete Lucca.

–Puedes sacar de aquí a tus dos gorilas, Pete, y mandarlos de vuelta al zoológico, de donde nunca debieron salir. La mercadería está por partir, en barco.

–¿Estás seguro de que el paquete no corre peligro?

Rizzoli soltó una risa.

–Es más seguro que el Banco de Inglaterra. Ya te voy a contar todo cuando nos veamos. Además, tengo otra buena noticia. Desde ahora en adelante podremos hacer un envío por semana.

–Fantástico, Tony. Siempre supe que podíamos contar contigo.

Qué vas a pensar eso, hijo de puta.

El segundo llamado fue a Spyros Lambrou.

–Todo salió bien. Su cuñado y yo vamos a encarar juntos ciertos negocios.

–Felicitaciones. Me alegro de oírlo, señor Rizzoli.