Recuerdos de la medianoche

Sidney Sheldon · Capítulo 31 de 35

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Recuerdos de la medianoche

Capítulo 31

En el subsuelo, la aguja llegó a los doscientos cuatro grados.

Felizmente, ya avistaba el, edificio. Se acercó al cordón de la acera de enfrente y clavó los frenos. Abrió la puerta y se bajó como una tromba.

Cuando corría hacia la entrada, se detuvo presa del horror. La tierra tembló en el instante en que todo el edificio estallaba como una bomba gigantesca, llenando el aire de llamaradas.

Y de muerte.

Capítulo 31

Atanas Stavich estaba tremendamente excitado, como le ocurría siempre que cumplía con un contrato. Acostumbraba tener relaciones sexuales con sus víctimas -hombres o mujeres- antes de matarlas, y eso siempre le resultaba emocionante. Ahora estaba frustrado porque no había tenido tiempo de torturar a Catherine ni forzarla a hacer el amor con él. Miró la hora. Todavía era temprano, porque su avión sólo salía a las once de la noche. Tomó un taxi hasta Shepherd Market, pagó, se bajó y echó a andar entre el laberinto de calles. En las esquinas, había grupos de muchachas jóvenes que llamaban a los hombres que pasaban.

–Hola, querido. ¿No quieres una clase francesa esta noche?

–¿No te gustaría una fiesta?

–¿Te interesa el estilo griego?

Ninguna de ellas se acercó a Atanas. Él se aproximó a una rubia alta que vestía una breve falda de cuero y zapatos de taco muy fino.

–Buenas noches, – dijo, cortés.

Ella lo miró, divertida.

–Hola, nene. ¿Tu mamá sabe que saliste?

Atanas sonrió con timidez.

–Sí, señorita. Pensé que, si no estaba ocupada…

La prostituta se rió.

–¿Ah, sí? ¿Y qué harías si yo no estuviera ocupada? ¿Ya te acostaste alguna vez con una mujer?

–Una vez, y me gustó.

–Eres como un enano, – se rió ella-. Por lo general rechazo a los muy pequeños, pero esta noche el negocio anda flojo. ¿Tienes un billete de diez?

–Sí.

–De acuerdo. Entonces vamos arriba.

Entraron por una puerta y subieron dos pisos de escaleras, hasta un departamento de un ambiente.

Atanas le entregó el dinero.

–Bueno, a ver qué es lo que sabes hacer, querido. – Se desnudó y observó desvestirse a Atanas. Quedó boquiabierta. – ¡Dios mío! Eres enorme.

–¿Sí?

La mujer se tendió en la cama.

–Con cuidado. No vayas a hacerme doler.

Atanas llegó a la cama. Habitualmente disfrutaba golpeando a las prostitutas porque así aumentaba su goce sexual, pero ése no era el momento de hacer algo que pudiera resultar sospechoso o dejar alguna pista para la policía. Por eso, sonrió y dijo:

–Hoy es tu noche de suerte.

–¿Qué?

–Nada. – Trepó encima de ella y la penetró. Le hizo doler, pero era Catherine la que gritaba pidiendo piedad, rogándole que parara. La golpeó salvajemente, cada vez más fuerte, porque los alaridos lo excitaban, hasta que por fin sintió que todo estallaba. Entonces, se tendió en la cama, satisfecho.

–Dios mío, – murmuró la mujer-. Eres increíble.

Atanas abrió los ojos, pero no era Catherine la que estaba a su lado. Se hallaba en una sórdida habitación, con una puta horrible. Se vistió, tomó un taxi hasta su hotel, empacó sus cosas y se marchó.

Había una fila pequeña frente al mostrador de la Olympic Airways. Cuando le llegó el turno a Atanas, entregó su boleto.

–¿El avión sale puntualmente?

–Sí.

El empleado leyó el nombre que figuraba en el pasaje. Atanas Stavich.

Volvió a mirar a Atanas; luego miró de reojo a un hombre que había a un costado e hizo un leve movimiento de cabeza. El hombre entonces se acercó al mostrador.