Rendida a él
Capítulo 1
“Sin lugar a dudas, un país donde la magia y el amor están en cada rincón, y que no puedes dejar de visitar”
Con esa frase terminaba mi artículo, el que acababa de redactar y maquetar junto con las fotos que hicimos durante nuestra estancia en París.
Ese era mi trabajo, redactora en una revista digital en la sección de viajes, por lo que cada dos semanas me subía a un avión dejando mi Jerez natal para visitar cualquier rincón del mundo y mostrarlo a los ávidos aventureros que, como mi mejor amiga Aroa y yo, disfrutaban viajando y conociendo otras culturas.
Había estudiado periodismo, al igual que ella, y tras un año trabajando como redactora de noticias del corazón, me di cuenta que eso no me llenaba. Que sí, que a mucha gente le gustaba estar al corriente de los dimes y diretes de los famosos: si Fulanita se casaba, si Menganito estaba a punto del divorcio, y blablablá… Pero a mí, no me llenaba meterme en la vida de los demás.
Y fue una tarde hablando con mis padres, esos que ya eran profesores de periodismo jubilados, quienes me abrieron los ojos y descubrí lo que realmente quería hacer.
Conocer el mundo, contar mi experiencia y mostrárselo a otros que también quisieran dejarse llevar por los encantos de cada rincón que yo recorrería con una maleta, la cámara de fotos, un cuaderno y el portátil para ir tomando notas.
Dejé la revista en la que estaba, una muy importante y de tirada nacional con formato en papel y digital, y le pregunté a Aroa si en la revista que ella trabajaba habría algún puesto vacante.
Ella era periodista deportiva, y donde trabajaba tocaban varias secciones, menos la del corazón. No tenían sección de viajes, pero tras hablar con su jefe, y exponerle mi idea, me dio la bienvenida a su equipo de redactores.
Me preguntó por qué no les había hecho esa propuesta a los dueños de mi antiguo empleo, pero cuando arqueé la ceja, se echó a reír.
En una revista exclusivamente del corazón, no estarían interesados en viajes por el mundo, a no ser que en ellos apareciera algún famoso importante que estuviera de actualidad.
Lo bueno de trabajar en una revista digital era que la mayor parte del tiempo lo hacía desde casa, como en esa ocasión.
Era viernes y tras estirarme un poco en la silla y reacomodar los músculos que se me habían quedado un poquito tensos y agarrotados, así como el cuello, fui a la cocina a ponerme un café.
En ello estaba cuando escuché el móvil, que lo había dejado en la mesa, y al ir a cogerlo vi que era mi madre en una de sus videollamadas.
—¡Hola, mamá! —saludé al tiempo que agitaba la mano.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás?
—Bien, ya sabes que no tienes preocuparte.
—Ay, hija, qué le voy a hacer, serás una mujer adulta, pero jamás dejarás de ser mi niña.
—Lo sé —reí—. ¿Qué tal el crucero?
—Precioso, y todo de lo más lujoso en el barco. Mira, mira qué vistas de la inmensidad del mar.
Mi madre giró el móvil y me mostró aquellas vistas en las que el azul del cielo se unía al azul del mar, y parecía no tener fin.
Desde que se jubilaron, hoy en día, a sus sesenta y ocho años, mis padres se dedicaban a vivir la vida recorriendo el mundo. En ese momento estaban de crucero por el Mediterráneo, pero ya habían visitado algunos países que yo
no había tenido el placer y estaban en mi lista de pendientes. Como, por ejemplo, China.
Noté que el móvil giraba de nuevo y me encontré a mi padre sonriendo.
Él, al igual que mi madre, tenía el cabello moreno y los ojos marrones, pero a esas alturas de la vida lucían alguna que otra cana salteada y que apenas se veían, puesto que aún se veían cuando tenían diez años menos.
Mi hermano y yo, habíamos heredado el cabello negro azabache de mamá, y los ojos marrón claro de papá.
—¿Cómo está mi niña?
—Tomándose un café después del trabajo —sonreí al tiempo que levantaba mi taza favorita, esa que él me había regalado cuando dije que sería redactora de viajes.
En ella había un avión, así como la figura del mundo dibujados con la frase:
“levántate y cómete el mundo”.
—¿Ya has acabado el artículo de París? —preguntó.
—Sí, lo he enviado a la revista, mañana podréis leerlo.
—Así lo haremos, cariño.
No tenía la menor duda de que tanto mis padres, como Aroa y mi hermano mayor, Oliver, eran mis mayores fans.
—Te llamamos mañana, hija, que nos están avisando para que nos preparemos, en nada llegaremos a puerto y toca excursión —dijo mi madre.
—Venga, a pasarlo bien, haced muchas fotos y, ya sabéis, un souvenir para vuestra hija favorita —sonreí.
—Cuídate, ¿sí? Y come.
—Tranquilo, papá, que de hambre no me voy a morir.
Nos despedimos lanzando besos al aire y corté la llamada. Me encantaba cuando llamaban desde sus viajes y me mostraban un poquito de esos rincones que veían.
La paternidad les vino tarde, según decía mi madre, puesto que ambos tenían treinta años cuando nació mi hermano Oliver, que ya tenía treinta y ocho, y diez años después, por sorpresa y sin que me esperaran, vine yo al mundo.
Yo seguía viviendo en la casa con ellos, toda en una sola planta, con cuatro habitaciones, tres de ellas con cuarto de baño, un aseo, amplio salón, cocina de ensueño y jardín trasero con un porche acristalado, donde incluso en invierno podíamos salir a desayunar o cenar.
Me dijeron que no tenía necesidad de alquilar un piso ni comprar una casa, que ahorrara el dinero para cuando llegara el momento. Y eso hacía.
Oliver, por el contrario, emprendió vuelo cual pajarillo abandonando el nido a mi edad, con veintiocho años, cuando en unas vacaciones de verano se enamoró en las playas de Mallorca de una italiana por la que decidió mudarse a vivir a Italia después de aquel idílico y precioso amor de verano.
Solo que la reina de su cuento de hadas resultó ser la bruja mala, y tras cuatro años con ella en aquel país, tres de los cuales estuvieron casados, ella le pidió el divorcio diciendo aquello que cantaba la Jurado: “se me rompió el amor de tanto usarlo”.
Hacía ya seis años de aquello, pero esa mujer, que era mala como la que más, no dejaba de ir a buscarlo para tener broncas por tonterías, como él decía. Por más que lo intentaba convencer de que regresara con nosotros a Jerez, decía que tenía allí su vida, que no era otra que los viñedos que con tanto amor y valentía puso en marcha hacía ocho años.
Me llegó un mensaje al móvil de mi jefe diciendo que habían recibido el artículo y me invitaba a comer, como siempre, para que le contara de qué país sería el siguiente artículo. Eché un vistazo a la hora, y tras aceptar la invitación, fui a ponerme ropa de persona formal, por muy cómodo que fuera el conjunto de pantalón corto y camiseta que llevaba para estar en casa, no era el atuendo adecuado para el restaurante al que iba.
Vaqueros, una camiseta de hombro caído, zapatos de tacón, una coleta alta, un poco de maquillaje, y lista para pasearme por Jerez.
Cogí el coche y me planté en el restaurante, puntual como siempre, algo que formaba parte de mi manera de ser, por eso cuando Aroa llegaba cinco minutos tarde donde hubiéramos quedado, sacaba lo peor de mí.
—Buenas tardes, Raúl —sonreí al llegar a la mesa y, como de costumbre, apoyé la mano en su hombro y me incliné para besarle en la mejilla. Nos conocíamos desde hacía tres años y la cercanía y el cariño eran inevitables.
—Hola, preciosa.
—¿Ya me has servido el vino? ¿No será que quieres emborracharme para que me deje hacer?
—No —rio—. Qué cosas tienes. Pero si te quiero como a una hija.
—Ostras, me habrías tenido con catorce añitos.
—Fui un chico precoz —hizo un guiño y sonreí.
Raúl era un hombre de esos atractivos que te hacían pensar en cosas malas, muy malas, que hacer con él. Alto, de cabello castaño, ojos verdes, sonrisa de infarto y mirada seductora. Vamos, que a un revolcón nadie diría que no, pero él era un profesional y sabía separar el trabajo del placer.
Por desgracia para mí y para otras muchas compañeras, y compañeros, de la revista.
El camarero se acercó a tomarnos nota y tras pedir una tabla de quesos para compartir, y el pescado al horno para ambos, charlamos sobre el trabajo.
Hasta que preguntó cuál sería mi próximo destino.
—Pues aún no lo sé, la verdad. ¿El Caribe? ¿Laponia?
—Joder, del calor abrasador al frío hipotérmico —rio.
—No, en serio, no he pensado un destino concreto aún. Tengo varios apuntados de los viajes que hacen mis padres, pero no sé si decantarme por uno de ellos, o por otro lugar.
—Sea cual sea seguro que es todo un éxito entre los lectores. No paran de comentar en cada artículo, compartirlo e incluso sugerir en sus blogs personales que echen un vistazo a la revista. Contar con tu sección fue todo un acierto.
—Gracias —sonreí.
—Si no fuera porque me salís caras Aroa y tú en esos viajes —arqueó la ceja.
—Oh, qué ataque más gratuito —me llevé la mano al pecho y se echó a reír.
—Sabes que bromeo, hasta en eso eres buena, pillas las mejores ofertas de vuelos y alojamientos.
—Ah, es que aprendí de mi madre —le hice un guiño.
—¿Puedo preguntarte qué le pasa a Aroa? Los días que viene a la redacción está, no sé, más decaída. Y eso es desde hace un par de meses.
—Bueno… no debería decirte nada, pero, tuvo algo con uno de los redactores, ella pensó que sería algo más serio, y no fue el caso.
—Dime que no fue con Iván.
—Con ese mismo.
—Joder, tenía que haberme dado cuenta —dijo pasándose la mano por el pelo.
—No podrías haberlo visto, lo llevaban muy en secreto.
—Normal. Qué cabrón.
—Bueno, Aroa acabó entendiendo por qué solo la llamaba de vez en cuando, porqué era casi siempre una cena rápida y un polvo —me encogí de hombros.
—Coño, que estaba a las puertas de la boda.
Y tanto que lo estaba, pero de eso mi amiga se enteró hacía un par de meses, después de haber estado seis con aquel compañero. Un día llegó a la redacción, y mientras se preparaba el café en la sala, escuchó en el pasillo la conversación del susodicho con otro compañero, en el que decía que su despedida de soltero había sido increíble.
En cuanto se echó a la cara a Iván, le dio una bofetada y no pidió explicaciones, pero, aun así, él dijo que, si había esperado que entre ellos hubiese algo más que un poco de sexo, es que era una idiota.
Una semana después Iván se casó y dejó la revista, se trasladaba a Valencia a vivir con su nueva esposa porque a ella le habían ofrecido un puesto de enfermera en el hospital.
—A ver, ya sabes que aprecio a Aroa porque está conmigo desde que salió de la universidad.
—Ajá.
—Podéis trabajar desde donde os dé la gana, siempre que haya Internet.
—Vaya, y yo que pensaba irme alguna vez en mitad de la nada, en una casita rodeada de árboles…
—Puedes, pero un fin de semana, más tiempo sin hablar con vosotras no pienso estar —me advirtió.
—Oído, jefe. Sigue, por favor.
—¿Y si os vais todo el verano de viaje? Podéis estar en un único destino, o en varios. Como prefiráis.
—¿Estás seguro de lo que hablas?
—Completamente. ¿Cuántas vacaciones, pero de verdad, para descansar, os habéis cogido en los tres años que llevas en la revista?
—Eh…
—Exacto, ninguna. Delia, hazme caso. Coge a Aroa, elegid dónde queréis desconectar de todo, haced las maletas, e iros.
Sonaba bien, muy bien, de hecho, aquella propuesta que muy pocos jefes, por no decir ninguno, habría hecho jamás. Pero él sí, porque así era Raúl, un hombre que entendía cuándo el cuerpo y la mente pedían un descanso.
Tres meses fuera, unas súper vacaciones, aunque como él bien decía seguiríamos trabajando aún en la distancia.
Tenía que hablar con Aroa, y sería esa noche que íbamos a salir. Si a ella le parecía bien, creía haber dado con nuestro destino.
OceanofPDF.com