Rendida a él

Janis Sandgrouse · Capítulo 6 de 34

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Rendida a él

Capítulo 6

Aquel martes era oficialmente nuestro primer día en La Toscana, y tenía planeado visitar Florencia, por estar más cerca de los viñedos.

Tras una ducha rápida, recogerme el pelo y ponerme unos leggins, camiseta y deportivas, cogí la mochila y bajé a desayunar.

Ya estaban en la mesa Oliver y Aroa tomando café.

—Buenos días —dije con la mejor de mis sonrisas.

—Buenos días, hermanita. Te veo con energía.

—Sí, voy a tope de power que hoy me recorro Florencia con esta mujer de arriba abajo.

—Ale, ya me ha tocado —rio Aroa.

—Tendrás queja de los viajes tan chulos a los que te llevo —volteé los ojos.

—No, no, para nada.

—Eso pensaba.

Me serví el café, zumo de naranja y un par de tostadas del pan casero que preparaba Julieta con mantequilla y mermelada que estaban de muerte, y charlamos con Oliver sobre lo que haríamos.

Nos dijo varios sitios en los que podríamos comer y disfrutar del auténtico sabor de Italia en sus platos, así como algunos rincones que nos encantaría ver y fotografiar.

—Los lectores de la revista se enamorarán de las vistas y querrán visitarlo

—comentó.

—Pues perfecto, ya tenemos la mañana planeada. Esta tarde improvisamos, Aroa —comenté dando el último bocado a mi tostada.

—¿Estaréis aquí para cenar? —preguntó mi hermano.

—¿Tendremos visita otra vez? —Arqueé la ceja.

—No, esta noche no. Tal vez mañana, tenemos una reunión aquí en los viñedos y seguramente se nos hará tarde.

—Vale, pues nos vamos ya para estar aquí a tiempo para la cena.

—¿Cómo vais a ir?

—Había pensado en pedir un taxi.

—Coge las llaves que hay colgadas en el recibidor de la entrada, son de un Fiat pequeño con el que podéis moveros el tiempo que estéis aquí.

—Ay, si es que te como la cara, hermanito —le di un beso en la mejilla al tiempo que le rodeaba los hombros con mis brazos, y él se echó a reír.

—Había olvidado que a veces eras un poquito pelota. Divertíos, y tened cuidado.

—Sí, papá —dijimos ambas al unísono antes de salir del salón.

Cogí las llaves de donde me había dicho y fuimos al aparcamiento, allí estaba ese pequeño Fiat blanco en el que Aroa y yo nos subimos dispuestas a pasar nuestro primer día de turismo.

En el camino le pedí que hiciera algunas fotos, y ella no dudó en coger mi móvil y empezar a plasmar aquellos rincones.

Cuando llegamos a Florencia buscamos en Internet un lugar donde poder aparcar el coche y dimos con un aparcamiento público justo a la entrada.

—Bienvenida a Florencia —dije al salir, extendiendo los brazos.

—¿Por dónde empezamos, callejera viajera?

—Por la Piazza del Duomo, como ha dicho Oliver.

Aroa asintió y nos encaminamos hacia allí, con el GPS puesto en el móvil como solíamos hacer siempre de modo que así sabíamos más o menos el tiempo que tardaríamos en llegar andando a cada lugar que visitábamos.

La plaza nos recibió apenas sin gente y eso que eran ya las nueve de la mañana. Aroa me hizo una primera foto posando en aquel lugar con una amplia sonrisa y las gafas de sol a modo de diadema sobre la cabeza, después nos hicimos un selfi juntas en plan divertido, guiñando un ojo al tiempo que sacábamos la lengua. Esa era para nosotras, no para el artículo.

Tiré varias fotos al Baptisterio di San Giovanni, a la Catedral de Santa María del Fiore y al Campanile de Giotto, considerado uno de los mejores miradores del centro histórico .

Esos lugares emblemáticos de la plaza, construidos en mármol blanco y verde, debían quedar inmortalizados sí, o sí.

Fuimos directas hacia la Catedral para ver, tal como nos había recomendado mi hermano, la plaza y disfrutar de las vistas de Florencia desde el mirador que había en la cúpula.

No era exageración cuando leí que contaba con cuatrocientos sesenta y tres escalones para subir hacia allí, pero al menos el trayecto se hacía más ameno al poder disfrutar mucho más de cerca de las pinturas que adornaban el interior de la cúpula, obras de Giorgio Vasari y Federico Zuccari en las que se representaban El Juicio Final.

—Esto es como una clase muy heavy de step, de ese —dijo Aroa casi sin aliento—. Verás qué piernas sacamos de esta visita.

—Qué exagerada eres —reí.

—¿Alguna vez en tu vida habías subido más de cuatrocientos escalones?

Por Dios, Delia, que parece que nos estemos entrenando para las pruebas de bombero, o algo así.

Pero al fin llegamos a lo más alto de aquel lugar y disfrutamos, desde el mirador, de las impresionantes vistas de Florencia, así como del aire que se respiraba. Hice varias fotos, cerré los ojos y respiré hondo, fue entonces cuando escuché una risita de mi amiga. Al mirarla, vi que tenía su móvil en la mano, me había sacado una foto.

—Estás feliz, y se ve la paz que este lugar te aporta —dijo cuando me la enseñó.

Asentí y retomamos el camino de regreso hacia la entrada de la Catedral para ver el interior, ese mismo que fotografiaría para el artículo. Por suerte las bajadas siempre resultaban mucho menos pesadas.

—¿Nos tomamos un café? —propuse saliendo de nuevo a la plaza, y fuimos a una cafetería con terraza en la que no dudé en hacer más fotos de aquella zona, así como del café y el dulce que nos pusieron para acompañarlo.

Tras ese pequeño descanso fuimos andando por la Via Roma hasta la Loggia del Mercato Novo, un precioso mercado cubierto que fotografié a conciencia, y donde se encontraba la escultura de un jabalí de bronce llamado el Porcellino.

—Delia, aquí en el folleto dice que, si frotas el hocico del jabalí con la mano, volverás a Florencia —dijo Aroa, leyendo el papel que habíamos cogido en uno de los puestos de información al salir de la Catedral.

—Pues venga, vamos a tocarlo —reí.

Y eso hicimos, sin olvidarnos de la foto que incluiría en el artículo, contando la leyenda florentina de aquella escultura.

Continuamos nuestro recorrido y llegamos a Piazza della Signoria, un lugar rodeado de edificios medievales y de algunos de los monumentos más importantes de Florencia, como eran la fuente de Neptuno, las esculturas de Hércules y Cao, y una réplica de la escultura del David de Miguel Ángel.

No pudimos ni quisimos perdernos la visita al pequeño museo al aire libre que había en la plaza cuyo nombre era la Logia dei Langi, y donde, al igual que con el resto de esculturas, pude plasmar la belleza y el paso del tiempo de la que había allí de Perseo con la cabeza de Medusa.

Otro edificio emblemático por el que pasamos y en el que las dos nos hicimos fotos, fue por el Palazzo Vecchio, que contaba con una torre de noventa y cuatro metros de altura.

—Dime que no estás pensando en entrar y subir a lo alto de la torre —dijo Aroa—, porque te aseguro que por hoy voy bien servida de escalones.

Veremos cómo subo a la habitación esta noche, igual repto cual culebrilla.

—Más exagerada y no naces, anda que… —reí, doblándome incluso, al imaginar a mi mejor amiga subiendo de esa guisa la escalera de la casa de mi hermano.

Después de varias fotos más hicimos una parada para comer en uno de los bares que había por allí. Nos decantamos por una tabla de quesos, una ensalada y un poco de pasta. Desde luego que mi hermano no mentía al asegurar que disfrutaríamos del auténtico sabor de la comida italiana. Nada que ver con los restaurantes que había en España, esos que, por mucho empeño que pusieran, jamás tendrían aquel delicioso sabor de la bella Italia.

Y tras reponer fuerzas y un café, continuamos con la visita por Florencia siguiendo a pies juntillas los lugares que Oliver nos había propuesto.

Por lo que era el turno de visitar la Piazza Santa Croce, donde impresionantes palacios y la Iglesia que, además de dar nombre a la plaza, era conocida como el Panteón de Florencia, dado que en ella se encontraban las tumbas de históricos personajes como Miguel Ángel y Maquiavelo, entre otros. Aquellos edificios eran una maravilla para la vista y hacían las delicias de quienes, como yo, fotografiaban todo.

Seguimos avanzando por la orilla del río Arno, ese que inmortalicé en varias fotos para después elegir las mejores para el artículo, y llegamos hasta la galería Uffizi, uno de los mejores museos de la ciudad con la colección más valiosa del mundo en cuanto a obras de arte se refería, obras de artistas tan importantes como Leonardo da Vinci y Botticelli entre ellos, esas que tanto Aroa como yo disfrutamos al máximo.

Y por fin la joya de la corona, esa que me moría de ganas por ver desde que mi hermano lo había mencionado. El Puente Vecchio, esa construcción donde se encontraban multitud de joyerías y desde donde se contemplaban las casas de colores situadas a la orilla del río Arno.

—Esto es una maravilla —dijo Aroa mientras contemplábamos las vistas que ofrecía el puente.

—De aquí no vamos a querer irnos de vuelta a España —sonreí.

—No te diría que no, Oliver escogió bien dónde asentarse. No así a la mujer que hizo su esposa.

—Calla, que esa bruja me pone malita.

Nos compramos un gelato cada una, ella de frutos rojos y yo de chocolate y vainilla, una delicia para el paladar eran aquellos artesanales helados italianos, y fuimos hacia la Piazza de Michelangelo, desde donde Oliver nos dijo que podríamos ver la puesta de sol en el mirador que se encontraba en ella.

Impresionante y precioso, así describiría aquellas vistas que ofrecía. Pero más aún lo eran las que disfrutamos cuando subimos a la Basílica de San Miniato al Monte.

—Creo que tengo los gemelos más duros, Delia —dijo Aroa cuando estábamos bajando de nuevo hacia la plaza.

—Y diría que el culo también, nena, mira, mira qué glúteos —reí mientras le daba unos leves apretones.

—Serás cabrita —rio ella.

Hicimos el camino de vuelta hasta el coche y, tras una última foto a la ciudad que empezaba a envolver la noche, regresamos a casa de mi hermano.

Nos recibió con un abrazo, le enseñamos las fotos que habíamos tomado de cada rincón mientas cenábamos un par de pizzas caseras que había preparado Julieta y que estaban de muerte, y dimos el primer día en Florencia por terminado tras un café.

Antes de meterme en la cama eché un vistazo al mapa y decidí que el día siguiente lo emplearía en redactar el borrador del artículo con todo lo que habíamos vivido ese día en Florencia, tampoco quería cansar a Aroa llevándola de aquí para allá caminando todos los días, y como teníamos tres meses por delante para conocer cada rincón de La Toscana, por la mañana nos quedaríamos en la casa y por la tarde visitaríamos los viñedos.

Me moría de ganas de estar en el centro de todo lo que conllevaba la elaboración de los famosos vinos de mi hermano, esos que tan orgullosos hacían sentir a nuestros padres, y a mí misma.

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