Rendida a él
Capítulo 4
Caminar entre los viñedos era una maravilla. En muchas de las vides que tenían cultivadas podían verse pequeñas uvas, y según nos acercábamos al edificio donde todo se llevaba a cabo, las uvas iban siendo más grandes. Y
entonces vimos a varios hombres y mujeres, de diferentes edades, recolectaban el fruto en grandes cestas que después echarlas a un par de camiones.
—Luca —mi hermano llamó a un muchacho que tendría nuestra edad, este dejó de recolectar y sonrió al verle—. Veo que casi habéis terminado.
—Sí, señor. Le dije que entre el fin de semana y hoy, tendríamos todas las vides recolectadas.
—Bien. Mira, quiero presentarte a mi hermana y su amiga, las verás por aquí durante todo el verano. Delia, Aroa, él es Luca, el encargado de la recolección de los viñedos.
—Encantado de conocerlas, señoritas —dijo él, con una sonrisa, y estrechándonos la mano.
—Con tanto señorita, acabaré por sentirme de la nobleza —comentó Aroa.
—Tendrás que acostumbrarte, encanto —Oliver se encogió de hombros—.
Cuando acabéis, les dices que pasen a ver a Elisa para que les pague lo de estos tres días. Y tú puedes tomarte mañana y el miércoles libre.
—Gracias, señor —sonrió Luca con una leve inclinación de cabeza.
Seguimos caminando hacia el edifico que, al igual que la casa, tenía la fachada beige y las piedras de las puertas y ventanas en color marrón, solo que estas eran de aluminio y cristal. Incluso había una zona acristalada a nuestra derecha donde podía ver algunas mesas altas con taburetes.
Cuando entramos la decoración que nos recibía eran un par de vitrinas con botellas vacías de varios colores, así como una mesa amplia donde se encontraba una chica que tal vez tuviera un par de años menos que nosotras, hablando por teléfono en italiano.
—Buenos días, señor —lo saludó en castellano cuando colgó.
—Buenos días, Elisa. Chicas, ella es mi secretaria. Elisa, ellas son Delia y Aroa, mi hermana pequeña y su amiga.
—Bienvenidas a La Toscana —volvió a sonreír.
—Gracias.
—¿Todo bien, Elisa?
—Sí, señor. La secretaria del señor Giacomo me ha confirmado que en cuanto el vino esté listo y lo enviemos, empezarán con el proceso de embotellado.
—Bien. Venid, os enseñaré mi despacho.
Caminamos detrás de mi hermano y a solo unos metros de la mesa de su secretaria, abrió la puerta y entramos en el lugar donde él trabajaba.
Muebles de madera oscura, paredes blancas y en la vitrina que había detrás del escritorio, una botella de todos y cada uno de los vinos que había elaborado a lo largo de aquellos años como dueño de uno de los viñedos más importantes de toda Italia.
Además de fotos suyas con una copa de esos vinos en las presentaciones, y sobre el escritorio una de nuestra familia el día de su boda.
—Joder, y que de esto hayan pasado nueve años —dije al cogerla.
—Sí, aquel día solo conservo la que me hice con vosotros. Las demás las tiré, mi ex tampoco las quería.
—¿Sigue siendo tan bruja como siempre? —pregunté dejando de nuevo la foto.
—Sí, sus peticiones son absurdas, cuanto menos.
—¿Qué quiere ahora? ¿Uno de tus riñones?
—Insiste en que, si no fuera porque se enamoró de mí, no habría llegado tan lejos con los viñedos.
—No me digas que te está pidiendo dinero.
—Además de eso, quiere formar parte de la dirección, y ya sabe que eso es innegociable. Los únicos socios somos Fabio y yo.
Asentí. Mi hermano había levantado los viñedos de la nada, se los compró a un hombre que estaba a punto de jubilarse y dio un giro a esos vinos que toda la vida habían sido de los mejores de Italia, convirtiéndolos en mucho mejores aún.
Fabio, el hombre que conoció al poco de llegar allí y que se convirtió en un buen amigo, se asoció con él para llevar el nombre de aquellos viñedos a lo más alto, y entre los dos lo habían conseguido. Él estaba casado con Bianca, y por lo que me había contado Oliver en aquellos años, ambos eran como una segunda familia para él. Cuando su mujer le pidió el divorcio, estuvieron a su lado en todo momento.
Salimos del despacho y nos llevó a conocer el resto de las instalaciones.
Durante el tour nos presentó a Minerva, la ampelóloga que se encargaba de estudiar la vid. A Gianni, que era el ingeniero agrónomo que estudiaba la vid para obtener mejores resultados. Después conocimos a Pietro, el viticultor quien era el responsable de cultivar las vides.
Adriano, el vinicultor que elaboraba el vino, y Paola, la catadora experta.
Cada uno nos mostró su departamento y podía asegurar que el aroma de aquellos vinos que Adriano nos había permitido oler, era delicioso.
El ver todas aquellas barricas de madera con el producto del esfuerzo de mi hermano, su socio y cada uno de sus empleados, me emocionó y me hizo sentir orgullosa de aquel hombre que, cuando era una niña, me cuidaba y consolaba si me asaltaba el llanto por una pesadilla.
—Y ahora, preciosas, antes de comer, puesto que aún tenemos unos minutos para ello, vamos a tomar una copa de vino —hizo un guiño y nos llevó a esa zona acristalada que había visto desde los viñedos.
—Vaya, tienes aquí un pequeño bar, ¿eh, pillín? —dije dándole un leve codazo en el brazo.
—Aquí es donde hacemos las catas para los clientes que quieren comprar nuestro vino. Normalmente contratamos a un par de camareros que los sirven, pero hoy tendréis que conformaros conmigo —se encogió de hombros.
—Por favor, no podíamos tener un camarero más guapo, ni en sueños —
comentó Aroa y él sonrió de una manera que nunca antes había visto.
Mi hermano se puso tras la barra y cogiendo una de las botellas que había en la nevera, la descorchó y sirvió tres copas.
—Primero debéis dejar que se asiente en la copa, que se airee un poquito —
dijo cerrando la botella—. Después, la cogéis y girándola levemente, hacéis que el vino se agite, que se meza al tiempo que el delicado aroma que desprende llegue a vuestras fosas nasales. Os acercáis la copa, aspiráis despacio, el aroma de la uva, ese tono amaderado y con un ligero toque afrutado empezará a envolveros. Y entonces, aproximando la copa a los labios, dais un pequeño sorbo y disfrutáis de su sabor.
Hicimos todo lo que nos dijo y por Dios, el sabor de aquel vino era una pasada. En mi vida me había tomado un tinto tan exquisito como ese.
—De aquí me voy convertida en alcohólica, que lo sepáis —dijo Aroa—.
Este vino está buenísimo.
—Opino lo mismo. Sobre el vino, no sobre lo de volverme alcohólica —
sonreí.
—Me alegro de que os guste.
Disfrutamos de aquel delicioso vino y no pude evitar hacer una foto a las tres copas y la botella. De nuevo con ella en la mano y tras un nuevo sorbo,
miré por aquellos grandes ventanales hacia la zona de viñedos en la que seguían trabajando los recolectores.
Cuando dimos la cata por terminada, y salimos de nuevo al exterior, hice un par de fotos de aquellos trabajadores recolectando la uva y echándola al camión. Ya podía ver el artículo que iba a escribir, no solo sobre el viaje a cada rincón de La Toscana y de Italia que visitaríamos, sino sobre los viñedos de mi hermano, esos que él adoraba y que había llevado de la mano de su socio Fabio, con toda la ilusión y el esfuerzo, a lo más alto de los vinos de renombre italianos.
Regresamos a la casa y Julieta ya tenía la comida servida en la mesa del salón. Había preparado pan casero, así como una tabla de embutidos, quesos, ensalada y pasta también casera, a la carbonara, que hasta me hizo gemir al saborearla. Por no hablar del postre, un auténtico gelato italiano de vainilla con nueces que acompañó con un par de barquillos y chocolate caliente por encima.
Dimos por terminada la comida con un café y Oliver regresó al trabajo, tenía algo de papeleo que había atrasado por ir a recogernos al aeropuerto, por lo que tanto Aroa, como yo, dedicamos aquellas horas de la tarde a deshacer el equipaje, colocar nuestro material de trabajo en el escritorio que también había en esas dos habitaciones, y descansar un poco en aquella cómoda cama.
Aquel iba a ser, sin duda, el mejor verano de mi vida, y lo pasaría en La Toscana, nada menos.
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