Rendida a él

Janis Sandgrouse · Capítulo 25 de 34

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Rendida a él

Capítulo 25

Cuando me desperté, estaba sola en la cama, desnuda y rodeada del perfume de Enzo en cada rincón de aquellas sábanas.

Miré hacia la puerta que daba al porche trasero y estaba abierta, por lo que intuí que mi italiano favorito estaría fuera.

Cogí su camisa, esa que había llevado el día anterior, y me la puse notando la suavidad de la tela y disfrutando con una sonrisa de su perfume. Dios, acabaría por llevarme una de sus camisas a España solo para poder olerla.

—Buenos días —dije cuando lo vi sentado allí, tomando café, llevando tan solo un pantalón de chándal.

Tenía una pierna cruzada sobre la otra, su cabello parecía algo húmedo y estaba alborotado. Sexy a rabiar, así lo encontré de buena mañana.

—Buenos días, pequeña. ¿Has descansado? —preguntó cogiéndome por la cintura para que me sentara en su regazo.

—Después de que me tuvieras gritando durante un par de horas, sí, he descansado —sonreí y me incliné para besarle.

—Desayuna, se te ve hambrienta.

Lo estaba, sí, y aquellos Donuts y croissants recién hechos que había en la mesa, junto con tostadas y fruta troceada, me llamaban a gritos. Por no hablar de ese delicioso aroma que desprendían.

Fui a levantarme y ocupar la silla libre, pero Enzo no me lo permitió, así que disfruté de mi desayuno con esas vistas que ofrecían los viñedos mientras él, me acariciaba la espalda y en alguna que otra ocasión se le iba un poquito la mano y me acaricia el trasero.

—Nunca imaginé que vería tan sexy a una mujer llevando mi camisa —dijo besándome el hombro.

—Ah, ¿te parece que me veo sexy?

—Muy sexy —respondió con esa mirada hambrienta de mí.

—Es cómoda, y suave.

—¿Hay algo debajo de mi camisa?

—Mi curvilíneo cuerpo creado para el pecado —respondí en el tono más sensual que pude, mientras me desabrochaba los botones de la camisa muy despacio.

—Dios, mujer, ¿quieres acabar conmigo? —dijo al verme los pechos desnudos.

Sus manos fueron directas a ellos, así como su boca. Llevó ambos lo más al centro que pudo y comenzó a lamer los pezones con los ojos puestos en los míos. Mordió, besó y devoró con avidez cada uno de ellos, mientras yo sentía que mi zona íntima se humedecía más a cada segundo que pasaba.

No dudé en sentarme a horcajadas sobre él, liberar su miembro duro y erecto y llevarlo al centro de mi placer.

Allí, con el cielo de Roma y los viñedos de fondo, volvimos a dejarnos llevar por el deseo de sentirnos, de poseernos y entregarnos a partes iguales, besándonos y acariciándonos hasta liberar el clímax sin importar si alguien podía escucharnos.

—Bonita manera de empezar un sábado —sonrió dándome un último beso antes de ponerse en pie y, sin bajarme, entró en el bungalow para ir a la ducha.

—¿Cuál es el plan de hoy? —pregunté mientras se dedicaba a enjabonarme y lavarme el pelo con mimo.

—Visitar Roma.

—¿No me digas? Y yo que pensaba que ibas a llevarme a Londres ahora —

volteé los ojos.

—¿Te gustaría conocer Londres? —se interesó.

—Es uno de los próximos viajes que haremos Aroa y yo para la revista.

Asintió y cuando acabó de ducharse él también, nos vestimos para comenzar con nuestro día de turismo.

Ambos íbamos en vaqueros, con camisetas y deportivas, era lo mejor para patearse las calles de cualquier ciudad a la que vas a hacer turismo.

Guardé el cuaderno de notas en mi mochila, y salimos del bungalow para coger el coche.

Tras el trayecto en el que me fue diciendo lo que veríamos antes de hacer una parada para comer, dejó el coche en un aparcamiento privado y me llevó de la mano todo el tiempo hasta el Coliseo romano. Aquello era como un sueño, de verdad que sí.

Me encantaba ver las fotos que otras personas compartían en Internet de aquel emblemático lugar del centro de Roma.

Entramos para verlo y a pesar de que nada tenía que ver con el anfiteatro que una vez fue, en el que se libraron batallas en las que la vida o la muerte

de alguno de ellos dependía del Emperador, el simple hecho de estar allí te transportaba a aquella época.

—Me siento como Russell Crowe en Gladiator —susurré mientras caminábamos junto a otros turistas siguiendo al guía.

—Mi nombre es Máximo Décimo Meridio —dijo Enzo, que, con su tono de voz, hizo que me estremeciera.

—Por Dios, me has puesto cachonda —murmuré.

—Esta noche me pongo un traje de gladiador solo para ti, mi reina —hizo un guiño y solté una carcajada.

Pero entonces, una visión de aquel hombre con un traje como el del actor, hizo que me mordisqueara el labio.

—Me estás imaginando, ¿a que sí? —sonrió socarrón el muy jodido, y al ver cómo resoplaba, el que rio, fue él.

Seguimos al guía que nos llevó a la parte más desconocida, los subterráneos del Coliseo, lugar en el que los gladiadores se preparaban para la lucha.

No costaba mucho imaginar allí a aquellos hombres de antaño, fornidos guerreros convertidos en esclavos para entretener al pueblo, al Emperador y esos importantes nobles de Roma que se acomodaban en sus asientos, sedientes de muerte en las conocidas luchas de sangre y arena.

Acabamos la visita accediendo a las gradas superiores, esas en las que aún parecían escucharse los gritos de quienes pedían muerte, o vida, para el pobre gladiador tendido en la arena con la punta de una espada en el cuello.

De ahí el guía nos llevó a ver el Foro Romano, uno de los espacios públicos más importantes de Roma de la época imperial, donde fuimos recibidos por aquellos increíbles y majestuosos templos que emperadores como Trajano y Marco Aurelio, entre otros, ordenaron construir.

—Qué fotos más increíbles me voy a llevar de aquí, Enzo —dije tras la última que tomaba antes de que el guía nos llevara al siguiente destino—.

Gracias por este viaje.

—No tienes que dármelas, ya sabes que te quería solo para mí durante dos días.

—Aun así, gracias. En nuestro viaje no contaba con visitar Roma, la verdad, me centraba solo en La Toscana. Esta parte de Italia, será el broche de oro del artículo, sin duda.

Enzo me besó y continuamos con aquella visita guiada junto con los demás turistas. La verdad es que me había sorprendido saber que él había hecho reservas de varias visitas en las que una guía nos iría contando la historia de aquellos lugares. Mucho mejor para mí que podría tomar notas de primera mano.

Y esa primera visita acabó en el Palatino. Desde aquella colina disfruté de unas más que inmejorables vistas de la ciudad de Roma, así como de los yacimientos arqueológicos de las antiguas residencias de los emperadores romanos.

—Espero que hayan disfrutado de la visita y que, durante estas horas, se hayan transportado a la época gloriosa de Roma —dijo el guía antes de que nos despidiéramos todos los del grupo.

—¿La has disfrutado, pequeña? —preguntó pasándome el brazo por los hombros.

—Por supuesto que sí —sonreí—. ¿Dónde vamos ahora?

—A ver las ruinas del Mercado de Trajano.

Asentí y Enzo me llevó de la mano por aquellas calles de Roma hasta aquel mercado.

Aquel lugar fue concebido para ser una gran zona comercial de la época romana. Según nos fue contando la chica que guiaba al grupo, contaba con seis niveles, tres en la parte inferior donde se comerciaba con vino, aceite, pescado, frutas, verduras y otros alimentos, y tres en la parte superior donde se encontraban las oficinas y una biblioteca.

Ya en la Edad Media le añadieron varios pisos, así como elementos defensivos, entre los que destacaba la Torre de las Milicias.

En la actualidad, no eran más que los restos de un gran monumento del pasado donde además se albergaba un museo.

Fotos, fotos y más fotos, del mercado, yo sola y con Enzo. Quien nos veía hacer locuras posando para las fotos se reía, y en alguna ocasión escuché decir que hacíamos una bonita pareja de enamorados.

¿Era así como realmente se nos veía desde fuera? Yo me había enamorado de él, de eso no tenía la menor duda, pero, ¿y Enzo? ¿Estaba él enamorado?

Suspiré guardando el móvil de nuevo en la mochila y ya estaba esperándome con la mano extendida y una amplia sonrisa. Era como si necesitara mi contacto constantemente.

—Hora de comer —dijo al ver que eran casi las dos del mediodía.

Asentí y caminamos hacia la Fontana di Trevi. En ese momento no me lo pensé ni un poquito, saqué dos monedas e hice una videollamada con Aroa.

—¡Hola! —gritó al verme.

—No adivinarías dónde estoy —sonreí.

—No me digas que has ido a ver al Papa, nena, que te excomulga por pecadora.

—No, creo que El Vaticano lo veré mañana, pero dudo que el Papa me conceda una audiencia.

—Mejor, porque solo faltaba que le dijéramos a tu madre que te ha excomulgado, y que cuando la espiches, no te reciben en el Cielo.

—Bueno, ¿dónde crees que estoy?

—¿Además de en Roma? —rio— No sé, sorpréndeme.

—Pues atenta —giré el móvil y la escuché gritar en cuanto vio la fuente.

—¡Me caigo muerta! Hija de fruta con suerte. ¿Estás allí de verdad? ¿No es coña?

—No, no lo es —reí mientras giraba y me enfocaba con la fuente a mi espalda.

—Madre mía, no se te ocurra alejarte de esa fuente sin lanzar una moneda,

¿me oyes? —exigió señalándome.

—Tranquila, que tengo dos.

—¿Vas a pedir dos deseos? Coño, con la avariciosa.

—Tonta, que una moneda es para ti.

—Pero, ¿los deseos que se piden a distancia se cumplen? —Frunció el ceño.

—¿Por qué me miras con esa cara de estar oliendo a mierda?

—¿Qué dices loca?

—No estoy loca, pero venga, va. Pide un deseo con los ojos cerrados y dime “ya” cuando pueda lanzar la moneda.

—A ver si en vez de cumplirse, esto hace que se vuelva contra mí.

—Joder, Aroa, ni que fueras a pedir que me partiera un rayo ahora por darte envidia.

—No me des ideas —entrecerró los ojos—. Vale, venga, ya que estamos las dos cometiendo locuras varias en este viaje. Voy —cerró los ojos y la vi muy concentrada, a saber, qué estaría pidiendo—. ¡Ya! —gritó abriendo los ojos y lancé la moneda hacia atrás— Ay, la he visto caer y todo. Qué ilu —

empezó a dar palmaditas y casi me ahogo de la risa—. Anda, cuelga ya que estoy viendo a cierto rubio asomarse y me mira mal.

Eché un vistazo a mi derecha y ahí estaba Enzo, con la cabeza ligeramente inclinada, las manos en los bolsillos del vaquero, y con la ceja arqueada.

—Pide tu deseo, cariño, y ojalá de verdad se te cumpla. Y hazme caso, diviértete y no pienses. Te quiero.

—Y yo —le mandé un beso igual que había hecho ella, corté la llamada con una sonrisa en los labios y guardé el móvil antes de cerrar los ojos, pensar mi deseo y lanzar la moneda.

—Con esa moneda, te aseguras volver a esta, la ciudad eterna —dijo Enzo, rodeándome desde atrás con ambos brazos.

—Muy difícil no será, ayer le prometí a Aroa que la traería a Roma una semana el próximo verano.

—Ah, entonces eso es trampa —me besó en la mejilla—. Vamos a comer, y después seguimos.

Asentí y nos sentamos allí mismo, en una terraza con vistas a la fuente, donde compartimos una rica lasaña y una botella de vino, con un pedazo de tiramisú y un café italiano que estaba buenísimo.

No sabía si mi deseo se cumpliría, o si lo haría el de mi mejor amiga, lo que tenía claro era que lo había deseado con todas mis fuerzas y si se cumpliera, mi vida cambiaría por completo.

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