Rendida a él

Janis Sandgrouse · Capítulo 31 de 34

Páginas del PDF

Rendida a él

Capítulo 31

Aquella noche se convirtió en la peor pesadilla de todos nosotros.

Los incendios en la bodega y la casa de Enzo fueron sofocados, el interior pasó a ser completamente negro y lleno de muebles reducidos a cenizas, pero al menos se conservaban las paredes.

Por suerte el fuego no llegó a la otra propiedad y los empleados que vivían allí no sufrieron daños.

Ayudaron a Enzo a tratar de evitar que se extendiera más, pero apenas si lo consiguieron. Fue la rápida intervención de los ocho camiones de bomberos repartidos por la propiedad, los que apagaron aquel infierno en la tierra que se había desatado.

Cuando mi hermano se fue a los viñedos por el aviso de Julieta de que había un incendio, me temí lo peor. Afortunadamente era mucho menor que el de la propiedad de Enzo, y los bomberos lo apagaron sin muchas dificultades.

En el caso de mi hermano empezó en la zona de los viñedos, y tuvo la suerte de que no se extendió puesto que apenas acababan de provocarlo.

Porque sí, después de hablar con los bomberos y la policía que se personó en ambas propiedades, y con lo que les había contado Alexia, no había duda que los dos habían sido intencionados.

En los viñedos de Oliver no empezó hasta que él estaba con nosotros en casa de Enzo, por lo que, o vieron cómo salía de la casa y esperaron a que se marchara, o directamente sabían que acudiría a ayudar a su amigo y esperaron a que saliera.

Fuera como fuese, en ambos incendios era posible que estuvieran involucradas sus exmujeres.

—Delia, ¿te encuentras bien? —me preguntó Aroa, poniéndose en cuclillas delante de mí.

Había ido a sentarme al coche de Fabio y Bianca para poder vigilar el sueño de Alexia, mi pobre niña estaba agotada y la dejamos en la parte trasera para que durmiera. El amanecer nos había sorprendido hacía poco y las caras de agotamiento de todos, incluidas las de los bomberos que no habían parado de trabajar en el incendio, era más que evidente.

A mí, todo aquello me tenía de los nervios, juraría que incluso me empezaba a marear, posiblemente por la adrenalina y el miedo a que a la pequeña le pasara algo.

—Son los nervios, solo eso —traté de sonreír, pero fracasé.

—Oye, es normal, cualquiera estaría así de haber vivido lo que tú esta noche —cogió mis manos y les dio un leve apretón, demostrándome que, como siempre, estaba ahí conmigo.

—Tuve miedo por ella, Aroa. No la encontraba, mi niña —comencé a llorar, y ella me acercó a sus brazos para que descargara al fin todo eso que estaba conteniendo—. Ni siquiera pude hacer nada por Leonora.

—¿Eres consciente de que has salvado a la niña? Alexia está dormida en ese asiento gracias a ti, Delia, tú la mantuviste lejos del infierno que provocó la bruja de su madre. ¿Es que esa mujer no pensó en ella? Por el amor de Dios.

—Aroa, la he llamado hija en un momento de miedo y pánico, y aunque no ha dicho nada al respecto, su carita, su mirada, me lo han dicho todo.

—Quieres a esa niña como si fuera tuya —sonrió, y yo asentí cubriéndome el rostro con ambas manos—. Te puedo asegurar que ella te ve como una a madre, Bianca me lo dijo.

—¿Qué voy a hacer cuando vuelva a España? Me voy a morir sin ella, sin Enzo.

Mi llanto comenzó a ser un poco más desgarrado de lo que pretendía, y entonces noté unas fuertes náuseas. Me levanté y fui hacia la parte trasera del coche donde vacié por completo el contenido de mi estómago.

—Ay, cariño —dijo Aroa, mientras me sostenía el pelo.

—Joder, esto es como aquella mala borrachera que pillamos cuando nos graduamos —murmuré limpiándose con un pañuelo que me dio mi mejor amiga.

—Che, ni me lo recuerdes, que nos dieron garrafón, seguro.

—¿Delia? —La voz de Enzo hizo que me sobresaltara y me estremeciera a partes iguales, no era la ilusión de mi vida que me viera así, recién vomitada

— ¿Estás bien?

—Debe ser por los nervios —respondí.

Pero no pude seguir hablando porque aquellas náuseas hicieron de las suyas una vez más, y volví a vomitar. Noté que Enzo apartaba a Aroa y se encargaba de mí, por más que le pedí que no lo hiciera, que eso no era bonito de ver y mucho menos sexy, dijo que estaba loca si pensaba que iba a dejarme sola en ese instante.

—Vi a mi exmujer muchas veces pasar por esto durante el embarazo de Alexia —aquellas palabras hicieron clic en mi mente, y por Dios, que entré en pánico.

No, no podía ser eso. Yo tomaba pastillas, me cuidaba mucho en ese aspecto y nunca, jamás, había olvidado una toma. Además, me había bajado el periodo hacía… Mierda, hacía mucho, semanas, juraría que la última vez

fue la semana que llegamos, ya venía con él y se me había ido para la noche de la fiesta.

Ay, Dios. Me limpié diciéndole que estaba bien y que regresara con su hermana y la policía, volví a sentarme en el coche y cogí mi mochila con desesperación. Ahí tenía las pastillas, siempre iban conmigo en cualquiera de los bolsos que llevara, por si me quedaba a pasar la noche en casa de Aroa.

—No, joder, no —dije al ver que me había saltado al menos cinco en las semanas que llevaba en Italia.

—¿Qué pasa, cariño? —interrogó Aroa cuando me escuchó.

—Las pastillas —murmuré.

—Ya las veo, ¿y?

—Aroa, que me he saltado cinco tomas en estas semanas. Cinco.

—Vale, insisto, ¿y?

—¿Y? ¿En serio? Aroa, que me he acostado con Enzo varias veces desde la fiesta, y no era cuestión de un ratito, no, horas durante la noche y en ocasiones, incluso al despertarnos y después en la ducha.

—Espera, no estarás diciendo que los vómitos son por…

—¿Tú qué crees que estoy diciendo?

—Pero, Delia, tomarías precauciones, ¿no?

—No —me llevé las manos a la cabeza—. Le dije que las tomaba y los dos confirmamos estar sanos. Ay, mi madre.

—Tu madre, esa se va a poner la mar de contenta de ser abuela. ¿Cuánto tiempo se lo lleva pidiendo a Oliver? —sonrió.

—No sonrías, joder, que esto es muy serio.

—Y qué quieres que haga, cariño, ¿llorar como si estuvieras a punto de morir? Por Dios, un bebé, Delia, eso es lo más bonito que podéis regalaros el uno al otro porque os amáis. Y no es por nada, pero creo que es una señal del destino la hostia de grande, para que sepas que este es tu sitio —me abrazó y rompí a llorar de nuevo.

Así fue como nos encontró mi hermano, que llegó poco después, tras haber comprobado que ni la casa, ni tampoco la fábrica, habían sufrido daños. Por lo que nos había dicho por teléfono, el fuego en los viñedos se originó en la zona de los que aún estaban sin uva así que el vino no corría peligro.

—¿Qué os pasa, preciosas? —se apoyó en el coche y cuando Aroa se incorporó vi algo que no esperaba. Mi hermano se inclinó para besar a mi mejor amiga, en los labios.

—Los nervios, que le están dando el bajonazo ahora —respondió ella.

—¿Podéis explicarme qué me he perdido? —Los señalé a ambos.

Por sus caras, interpreté que pensaban que no los había visto besarse, pero sí, lo había hecho con estos dos ojitos que tenía en la cara.

—Eh, bueno, yo… —Mi amiga estaba incluso más nerviosa que yo.

—¿Recuerdas la noche que hablamos sobre que me había dado cuenta de que me gustaba alguien? —intervino mi hermano, y asentí— Pues es ella —

sonrió—. No sé cómo he podido estar tan ciego durante años, pero quiero a esta mujer, hermana.

—Oh, por favor —me levanté y los abracé a ambos—. ¿Por qué no me dijiste que era ella?

—Porque no quería hacerte daño si salía mal o algo.

—Aroa, ¿a ti te gusta mi hermano?

—Puedes llamarnos gilipollas a los dos, que no hay problema. Yo descubrí la noche de la fiesta que toda mi vida he sentido algo por él, pero pensaba que no era más que eso que sientes por el hermano de tu mejor amiga. Y

sabes, admiración, cariño, que te parezca sexy.

—No lo sé porque mi mejor amiga no tiene hermanos —sonreí y volví a abrazarla—. Así que eres mi cuñada, joder, qué ilusión.

—¿No estás enfadada conmigo?

—¿Enfadada? ¿Estás de coña, Aroa? Me acabas de dar una alegría. Aunque sí estoy enfadada, sí, por no habérmelo contado antes.

—Lo siento, pero pensé que, al ser tu hermano, estaba prohibido —se encogió de hombros.

—La madre que te parió, menuda tontería has dicho. A ver, ¿qué mejor mujer que tú, que te conoce de toda la vida y sabe todo, absolutamente todo de ti, para ser su chica? Vamos, mejor que la bruja de Felicia, no me fastidies.

—A esa le va a caer una buena denuncia por provocar el incendio —dijo mi hermano.

—¿Estás seguro de que ha sido ella?

—Completamente, junto con varios hombres. La han grabado las cámaras que tengo en el recinto de la casa.

—¿Hay cámaras? —preguntamos las dos al unísono.

—Sí, y Enzo también tiene. Me ha dicho que echado un vistazo y ha podido ver las grabaciones antes de que el fuego las desintegrara. Sin duda, Gia está involucrada.

Miré a Enzo que nos observaba mientras hablaba con la policía, su ex había provocado el incendio en el que tanto él, como su propia hija, podrían haber muerto. ¿Qué clase de persona era?

Por insisto me llevé la mano al vientre, ese en el que no estaba segura de que hubiera un bebé, pero al parecer todo apuntaba a que así era.

Eché un vistazo al asiento trasero y vi a Alexia dormida y abrazada a su peluche favorito, la gatita Marie, y sonreí. Sería una buena hermana mayor, no tenía duda de ello.

Recordé que aún llevaba puesto mi pijama y la camisa de Enzo, y a pesar del olor a humo que nos rodeaba a todos, pude distinguir un leve rastro de su perfume.

¿Cómo se tomaría la noticia en caso de que hubiera alguna que darle?

Respiré hondo, con el temor de que llegara a pensar que yo era como su ex, una simple oportunista que quería quedarse con parte de lo que tenía.

OceanofPDF.com