Rendida a él
Capítulo 8
Terminamos de tomar café y Aroa y yo recogimos la mesa en cuanto Oliver salió de la casa.
—Julieta, vamos a pasear por los viñedos —dije antes de salir.
—Muy bien, niñas, que disfrutéis.
Nos adentramos en los viñedos e hice varias fotos a las vides en cada fase.
Al llegar a las que estaban en la fase casi final, esas que no tardarían en ser recolectadas, vimos a Luca revisándolas.
—Hola, Luca.
—Señorita Delia, señorita Aroa. Buenas tardes —sonrió él.
—Nada, que no nos quitamos el “señorita” —dijo Aroa.
—¿Ya van a recolectar la uva? —pregunté.
—No, aún quedan al menos un par de semanas. Para estas, claro, las demás no han crecido ni madurado.
—Podríamos ayudar cuando lo hagáis, será toda una experiencia para nosotras —comenté.
—Claro, siempre que el señor Oliver esté de acuerdo.
—¿Es muy complicado, Luca? —curioseó Aroa.
—Es cuestión de práctica, después de hacerlo varias veces, todo va rodado.
—Ya lo veremos cuando nos pongamos, igual dejamos a tu hermano sin uvas.
—Uf, nos manda a España en el primer vuelo si eso pasa —reí.
Dejamos a Luca con su trabajo y entramos en el edificio. Al vernos, Elisa sonrió y dijo que mi hermano estaba reunido con Fabio y Bianca.
—No te preocupes, no veníamos a buscarlo. Nos dio permiso para conocer cada departamento, es para el artículo que voy a escribir.
—Ah, bien, entonces, como si estuvierais en vuestra casa —dijo.
—Buenas tardes.
De nuevo ese estremecimiento recorriendo mi cuerpo al escuchar la voz de Enzo a mi espalda.
Giré para mirarlo y me dio la sensación de que no solo yo hacía ese movimiento a cámara lenta, sino que él caminaba de igual forma.
Traje gris oscuro, corbata en el mismo tono, camisa blanca, manos en los bolsillos, los ojos fijos en los míos y, una vez más, aquella sonrisa disimulada.
—Señor Enzo, le esperan en el despacho —dijo Elisa.
Él asintió y en el momento en el que pasó por mi lado, noté su mirada recorriendo mi cuerpo. Dios, otra vez el escalofrío.
Entró en el despacho de mi hermano y Aroa me cogió del brazo para que recorriéramos el edificio y tomara fotos y notas de todo lo importante para el artículo.
Fue Adriano quien nos mostró todo el proceso de elaboración del vino, ese que con la era moderna se llevaba a cabo mediante maquinaria industrial.
—Antiguamente lo hacían todo a mano. Echaban montones de uva en grandes barricas de madera y, tanto hombres como mujeres, las pisaban descalzos para conseguir sacar todo el jugo a la uva —incluso nos mostró varias fotos de uno de los viñedos más antiguos de Italia.
Volvimos a pasar por la zona de bodega en la que los diferentes vinos reposaban en las barricas, cada una perfectamente etiquetada con el año de envasado, e hice más fotos.
Al ir a la sala donde mi hermano nos llevó a probar el vino, vi que Minerva estaba revisando las botellas que había en la nevera y anotando algo en una lista.
—Hola.
—Ah, hola chicas —sonrió—. Estoy echando un vistazo a ver qué añada nos falta aquí, mañana por la mañana tenemos la visita de un posible nuevo cliente.
—¿Necesitas ayuda? —me ofrecí, dejando mi propio cuaderno junto con el móvil en la barra.
—No, gracias, ya estoy acabando. ¿Qué os trae por aquí?
—Tomaba notas de todo el proceso de elaboración, desde el cultivo hasta el momento de la cata —respondí.
—En eso yo soy la experta —rio haciéndome un guiño.
—¿Cuánto llevas en esa profesión? —preguntó Aroa.
—Uf, toda la vida. Mi abuelo y mi padre eran catadores, yo debería haber sido el tercer Piero de la familia, pero resulté ser una mini versión de mi madre —sonrió—. Lo que no perdí fue el buen gusto y la pasión por el vino, al igual que ellos. Tengo treinta años y aunque empecé a hacer mis pinitos con diecisiete años, y a escondidas de mi familia, soy catadora de vino de manera oficial desde que tenía veintitrés años. De hecho, este fue mi primer trabajo, y espero que sea el único. Me encantan estos viñedos, y adoro a Oliver.
—¿Estás enamorada de él? —preguntó Aroa y Minerva se echó a reír.
—Disculpa a mi amiga —le dije a Minerva—, es que a veces no tiene filtro cuando pregunta.
—No pasa nada, me parecéis las dos encantadoras y divertidas. No, no estoy enamorada de Oliver. Es atractivo, eso innegable, pero no es mi tipo físicamente. Os dejo, tengo que ir en busca de algunas botellas que faltan.
Cuando se marchó nos quedamos allí contemplando los viñedos, empezaba a caer el sol y los colores del cielo me enviaron a salir al exterior y plasmar las vides con aquella gama de rojos y naranjas como fondo.
Decidimos regresar a la casa y cuando entramos, escuchamos una canción infantil que provenía de la cocina. Aroa y yo nos miramos extrañadas y al entrar, vimos a Julieta preparando galletas con la pequeña Alexia sentada en uno de los taburetes de la cocina.
—Hola —dije para hacernos notar, puesto que las dos parecían inmersas en la tarea de dar forma a la masa mientras cantaban.
—¿Ya estáis de vuelta? ¿Qué tal ha ido? —preguntó Julieta.
—Muy bien, y traigo bastantes notas —sonreí—. Veo que tienes ayudante de cocina.
—Ah, sí, a mi princesa le encanta hacer y hornear galletas conmigo.
¿Verdad, Alexia?
—Sí, sobre todo las que tienen coco rallado, como estas —dijo mientras cogía aquel molde de hierro con forma de sol y empezaba a cortar una galleta tras otra.
—El señor Enzo suele dejarla a mi cuidado cuando tiene reunión en los viñedos —comentó Julieta, como si de algún modo hubiera leído esa pregunta en mi mente.
Había visto a Enzo, pero imaginaba que ese hombre tendría casa y esposa, y si ella estaba trabajando, habría alguna empleada que pudiera hacerse cargo de ella, ¿no?
—Julieta es mi segunda nana —dijo la niña, sin dejar de prestar atención a las galletas que iba cortando—. Leonora es la primera —sonrió.
—Leonora es quien se encarga de la limpieza y la cocina en casa del señor Enzo —nos aclaró Julieta.
—Supongo entonces que su madre trabaja fuera de casa —dije, y por la mirada de Julieta intuí que había metido la pata.
—No tengo mamá, ella se fue y nos dejó solos a papá y a mí.
Mierda, si la madre de esa niña había muerto, acababa de meter la pata hasta el fondo, y Aroa se encargó de hacérmelo ver con el codazo que me dio en el costado.
—Vaya, lo siento, preciosa —me acerqué a ella y le di un beso en la cabeza.
—Leonora dice que es lo mejor, ella no me quería.
Miré a Julieta y juraría que se me habían salido los ojos tanto como a esos dibujos de la tele. ¿Quién en su sano juicio no querría a su propia hija? Y lo que más me sorprendió fue que la nana de esa niña se alegrara de su muerte.
—Alexia, ve a lavarte las manos, princesa, ya termino yo de hacer galletas.
Tu padre y los demás no tardarán en volver.
—Vale.
Obediente y sin una sola palabra de protesta, la niña se bajó del taburete, nos sonrió a Aroa y a mí, y salió de la cocina a hacer lo que Julieta le había ordenado. Ella apagó la música y suspiró mientras se limpiaba las manos antes de hablarnos.
—Su madre no murió, simplemente se marchó cuando la niña tenía un año.
Son detalles que no me corresponde a mí contar, pero el señor Enzo me tiene mucha estima, al igual que Oliver, el señor Fabio y la señora Bianca, y quería aclararos eso para que no penséis que Leonora se alegra de la muerte de su madre.
—Joder, pues es justo lo que pensé —suspiré de alivio.
—Esa mujer se quedó embarazada y quiso deshacerse del bebé, no se sentía bien, no quería ser madre, lo hizo porque el señor Enzo insistió en que la llegada del bebé la haría feliz. Un año duró con ellos desde que ese angelito vino al mundo. Apenas la miraba, no la cogía, no la besaba ni la acunaba.
Nunca le preocupó su hija en absoluto. Tuvo depresión postparto y cuando se cansó de todo, se marchó. Seis meses después le mandó los papeles del divorcio y como exigencia, una cantidad indecente de dinero mensual como compensación. Por más que sus abogados apelaron a que no podía darle lo que exigía puesto que ella fue quien abandonó la casa y a su familia, al no haber denuncia de tales hechos porque en principio lo hicieron de mutuo acuerdo, el señor Enzo paga religiosamente todos los meses, y ella a vivir del cuento y de sus múltiples amantes. No se ha vuelto a casar, dice que no volverá a cometer el mismo error ni una sola vez más en su vida.
—Menuda joyita —dijo Aroa tras un silbido.
—Amiga de la exmujer de Oliver —Julieta se encogió de hombros.
—No me digas más, se dan juntas la vida padre —volteé los ojos.
—Tú lo ha dicho, no yo —sonrió ella.
Pues sí que habían tenido suerte mi hermano y su amigo en cuestiones de amor, y que en su caso Cupido, ese pequeño querubín adorable y encantador, no había tenido puntería con sus flechas.
—Nana Julieta, ya está —anunció Alexia entrando de nuevo en la cocina, con una amplia sonrisa, y las manos levantadas para que ella las viera.
—Muy bien, princesa, ahora vamos a meterlas al horno y dejar que se hagan mientras preparo la ensalada.
—¿Y yo qué hago? —preguntó frunciendo el ceño.
—¿Quieres ayudarnos a Aroa y a mí a llevar todo a la mesa? —le propuse, y asintió feliz y sonriente.
No, no me cabía en la cabeza que alguien pudiera dar la espalda a su propio hijo, esa personita que era mitad tú y mitad la persona que amabas, a quien debías cuidar y amar con infinita devoción.
Alexia era una niña adorable, siempre sonriendo y con aquella carita de muñeca. Me había robado el corazón la primera noche que nos conocimos, pero ahora, esa niñita se había quedado también con mi alma.
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