Rendida a él
Capítulo 22
Los días habían ido pasando y aquella era nuestra tercera semana en Italia.
Enzo me escribía a diario, incluso se disculpó por no haber llamado ni escrito aquellos tres días después de la fiesta, pero estuvo bastante ocupado con reuniones y llegaba a casa justo para cenar con Alexia y acostarla.
Era un hombre de negocios, como mi hermano, y no podía reprocharle esa ausencia de noticias, y que no había nada entre nosotros.
Fabio y Bianca nos acompañaron en muchas de esas noches cenando tras las reuniones que se alargaban en los viñedos. Incluso Enzo y Alexia también estuvieron alguna que otra noche, esas en las que el rubio me acorralaba en el pasillo de la biblioteca y me besaba con intensidad, acariciándome y provocándome hasta el punto de que deseaba que me metiera en aquella habitación y me reclamara como suya.
Salvo que no podíamos por estar donde estábamos y con la pequeña por allí cerca. En alguna de esas noches no me pasó desapercibido el modo en el
que Aroa o los demás trataban de mantenerla distraída para que su padre saciara, al menos, la sed de mis besos. De la otra mejor ni hablamos, que esa la tenía que calmar yo solita en la intimidad de mi cama.
Aroa y yo habíamos visitado Arezzo, aquel pueblo que fue escenario de una de las películas más míticas del cine, “La vida es bella” , cuyo encanto y belleza nos cautivó a las dos, así como el perfecto estado de conservación de sus monumentos e iglesias.
También estuvimos en Lucca, una preciosa ciudad amurallada que, a diferencia de otras, no se encontraba en la cima de una colina. Cada zona que descubríamos era conocida por algo en particular, y en el caso de Lucca, el motivo era que albergaba cien iglesias.
Tenía varias visitas más programadas, y procuraba que al menos hiciéramos una cada semana, de modo que el resto del tiempo nos dedicáramos a trabajar y descansar a partes iguales.
Incluso había convencido a Julieta para que hiciera algunas recetas de comida italiana y grabé y fotografié todo el proceso, aquello sería digno de mostrar en nuestra revista.
Aquel podría haber sido un viernes más si no fuera por una visita inesperada con la que no contaba.
Aroa y yo estábamos trabajando en la biblioteca, eran poco más de las seis cuando escuchamos gritos fuera de la casa. Nos miramos y, al distinguir que una de esas voces era de Julieta, salimos corriendo a ver qué pasaba.
—Ya le he dicho que no está en casa —la escuchamos decir.
—¿Y dónde está? ¿Huyendo de sus responsabilidades? —esa voz…
—¿Qué está pasando aquí? —grité al llegar a la entrada de la casa.
Parada como si fuera la dueña de la casa, intimidando a la pobre Julieta, estaba Felicia, la exmujer de mi hermano. Cabello castaño, ojos marrones, vestido blanco entallado con un cinturón ancho rojo a juego con los zapatos.
Todo de firmas caras, obviamente. A juzgar por el peinado, seguro que acababa de salir de la peluquería.
Nada, absolutamente nada quedaba en ella de aquella chica que mis padres y yo conocimos unos meses antes de la boda, y el día que se celebró. La Felicia que cautivó a mi hermano mayor era humilde y sencilla, la que tenía delante, era una bruja sacada de las entrañas del Infierno.
—Vaya, no sabía que la hermanita querida de mi marido estaba aquí.
—Exmarido, te lo recuerdo por si tienes algo de amnesia —me crucé de brazos—. ¿Qué pasa, Julieta?
—Estoy buscando al desgraciado de Oliver, ¿dónde está? —gritó Felicia.
—En casa no, salió temprano al despacho, como siempre.
—Pues allí tampoco está, a no ser que se esté escondiendo de mí.
—¿Esconderse? Qué poco conoces a Oliver. Estará ocupado trabajando, eso que hacemos las personas activas de la sociedad. Pero claro, tú no sabes lo que es eso.
—Por supuesto que sé lo que es, trabajé durante muchos años. Incluso mientras tu hermano levantaba estos viñedos, yo trabajaba. Gracias a mí ha llegado hasta donde está.
—¡Ole tu toto! —soltó Aroa.
—¿Quién es esta? —Felicia miró a mi amiga de arriba abajo con un asco, que me dieron ganas de arrancarle hasta las pestañas postizas que llevaba.
—Esta —respondí señalando a Aroa—, es mucho más mujer y decente que tú, y no te ha faltado al respeto, solo ha dicho la verdad. Porque hay que tener el toto muy grande para venir aquí buscando bronca con mi hermano y decir que, está donde está, gracias a ti.
—Ah, ya sé quién eres. La golfa con la que subió a su habitación en la fiesta de Giacomo.
En ese momento la sorpresa se instaló no solo en mi rostro, sino también en el de Aroa y Julieta. Obviamente esa pobre mujer no tenía ni idea de lo que hacía mi hermano en aquellas fiestas.
—No eres más que otra a la que meterá en su cama hasta que se canse. Yo soy el gran amor de su vida, no me ha olvidado. Aún hay noches que me busca para que lo complazca como a él le gusta.
—¡Felicia! —jamás, en toda mi vida, había escuchado a mi hermano gritar de ese modo.
Pero a ella pareció no importarle ni el tono ni el modo en que la llamó, porque se limitó a girarse con esa sonrisa petulante que odiaba de ella.
—Por fin das la cara. ¿Tienes una respuesta para mi abogado? Sabes tan bien como yo que merezco estar en la directiva de los viñedos.
—No mereces nada, no fue gracias a ti que llegué a donde estoy.
—¿Sigues negándolo? Es increíble. Te metí en esas fiestas de Giacomo, te presenté a los más importantes y cuando pusiste en marcha los viñedos, conseguí clientes para ti teniendo que acostarme con ellos. ¡Así que no vuelvas a decir que no te puse dónde estás ahora! —exclamó mientras le clavaba su afilada uña en el pecho.
—¿Qué acabas de decir? —Oliver frunció el ceño mientras le agarraba la muñeca.
—Nada —respondió, a sabiendas de que había metido la pata.
—Felicia, dime que no te acostaste con otros, estando casada conmigo.
Aquello, por encima de cualquier otra cosa, sabía que era lo que más le dolía a mi hermano, porque él amaba a su mujer, hasta que dejó de hacerlo unos meses después del divorcio.
—Habla —exigió Oliver.
—¡Sí! Lo hice porque cuando te conocí vi en ti lo mismo que yo quería, poder, dinero, tener un nombre importante en Italia. Era así el único modo de poder conseguirlo, haciéndote grande a ti para después del divorcio obtener lo que veía en toda esa gente a la que servía y con la que tenía que ir a las habitaciones.
—No puedo creer lo que estás diciendo —seguía mirándola con esa furia en los ojos.
—Pues es la verdad. ¿Creíste que te amaba? No lo hice. Eras un medio para conseguir un fin.
—Vete de mi casa —la soltó de malos modos y ella se limitó a alisarse la falda del vestido.
—Tendrás noticias de mi abogado nuevamente —dijo antes de traspasar la puerta.
—No te molestes, la respuesta seguirá siendo la misma.
—En ese caso, atente a las consecuencias. Quién sabe qué podría pasar, Oliver.
—¿Me estás amenazando, Felicia? —gritó.
—No, solo es un consejo que te doy, y gratis —Felicia tuvo la poca vergüenza de guiñar un ojo.
En cuanto Felicia se marchó, Oliver pasó por nuestro lado sin decir una sola palabra mientras se quitaba la corbata.
—Julieta, lo que has oído…
—Yo no he oído nada, niñas —me cortó, miré a Aroa y ambas sonreímos a aquella mujer que tanto nos recordaba a mi madre.
Y hablando de ella, en ese momento me llamaba por teléfono como si hubiera intuido que algo pasaba.
—Es mi madre —le dije a Aroa.
—Habla con ella, no vaya a preocuparse. Yo iré a ver cómo está Oliver.
—Gracias.
La vi ir hacia el despacho y subí para ir a mi habitación mientras marcaba el botón de rellamada.
—Hola, hija. ¿Te pillo liada? —preguntó al otro lado de la línea.
—No, no, estaba en el cuarto de baño —mentí.
—Ah, vale. Solo llamaba para decirte que tu padre y yo salimos mañana en avión para Mykonos. Díselo a tu hermano, ¿sí?
—Claro, yo se lo digo. Vaya, Mykonos, el viaje que tanto se os resistía —
sonreía.
—Sí, nos llamó ayer la chica de la agencia con la que contratamos todos los viajes, tenía una semana para ir allí con una buena oferta y no lo dudamos, dijimos que sí. Estoy terminando de hacer las maletas.
—Pues venga, termina, termina —reí, porque sabía lo nerviosa que se ponía en las horas previas a los viajes—. Llamadnos desde allí, y haced muchas fotos.
—No lo dudes, hija. Te quiero, y a tu hermano también, aunque sea un descastado que se fue a vivir lejos.
—Son unas pocas horas de avión, mamá.
—Ya, ya, pero no son cinco minutos en coche.
—Dale un beso a papá, y dile que también lo queremos, como a ti.
—¿Todo bien por allí? —mierda, ¿había notado algo raro en mi voz?
—Perfectamente, cada día estoy más enamorada de Italia.
—Ay, Nuestra Señora de la Merced, otra que sé me va lejos —suspiró.
Me eché a reír y no tardé en despedirme de ella. Regresé abajo, quería ir a ver cómo estaba mi hermano y en cuanto dejé atrás el último escalón, escuché una risa que me tenía loca.
—¿A quién tenemos aquí? —pregunté entrando en la cocina, donde Alexia estaba sentada ayudando a Julieta— Hola, Enzo —lo saludé y sonreí, pero en cuanto sus ojos se posaron en los míos, me sonrojé como una quinceañera.
—Hola.
—Papá se va a una reunión con los tíos y Oliver, luego vamos a cenar aquí
—dijo Alexia cuando le di un beso en la cabecita.
—No lo sabía —miré a Enzo y sonrió al tiempo que, evitando que nos vieran, me acariciaba la espalda por debajo de la camiseta.
—Ha sido una reunión de última hora, tenemos un nuevo cliente que quiere su vino.
—Ah, pues es una buena noticia.
—Me ha dicho Julieta que está en su despacho con Aroa.
—Sí, es que…
—Hija, pórtate bien y haz caso a Julieta en todo lo que te diga, ¿de acuerdo? —le pidió a la niña.
—Sabes que soy muy obediente, papá.
—Ya, hija, pero no está de más que te lo recuerde.
—Voy a acompañarlo fuera, ahora vuelvo, Julieta —dije y ella asintió.
En cuanto estuvimos lejos de la vista de la niña, Enzo entrelazó nuestras manos y tiró de mí hasta pegarme a su torso. Devoró mis labios en aquel oculto rincón de la casa mientras me acariciaba la espalda y notaba cómo parecía aumentar su virilidad sobre mi vientre.
—Enzo, para —le pedí entre besos y conseguí apartarlo—. Cualquier día nos ve tu hija, y yo es que me muero de la vergüenza.
—Llevo semanas sin estar a solas contigo, y no me digas que vernos por la cámara es lo mismo, porque no.
Ah, sí, cierto, habíamos tenido alguna noche de sexo por videollamada, que no era lo mismo que tenerlo besando y tocando cara resquicio de mi piel, que tener que conformarme con darme placer a mí misma mientras lo veía a él, pero no habiendo pan, buenas eran las tortas.
—Pasa la noche conmigo, Delia, vente a casa.
—¿Qué dices? ¿Te has vuelto loco? No, no. La niña…
—La niña se duerme y no se despierta, ya lo sabes. Irá dormida en el coche, la meteré en la cama, y después serás toda mía —susurró al tiempo que me apretaba más contra su erección.
—Enzo, por Dios.
—Me vuelves loco, Delia, loco —me besó de nuevo y quise mandar la cordura al cuerno para que me follara en mi habitación en ese instante. Así de loca me volvía él a mí.
—Vamos fuera, necesito aire.
—Y yo estar aquí, cariño —dijo pasando la mano por dentro de mi pantalón y cubriendo mi sexo con ella—. Joder, estás excitada.
—Normal, con ese magreo que me has dado. Vamos fuera, anda. Tenemos que hablar de mi hermano.
—¿Qué ha pasado? —Se puso serio en el acto— Julieta me ha dicho que Felicia ha estado aquí.
—Sí —suspiré y salimos a los viñedos.
Caminamos hacia el despacho de mi hermano y le fui contando lo ocurrido, ellos sabían de sobra que Oliver estaba en esa situación con su exmujer y, aunque no me correspondía a mí contarlo, sabía que no se enfadaría conmigo.
Cuando entramos en el despacho ya estaban allí Fabio y Bianca, al verme a mí se extrañaron y les hice un resumen.
—Joder —dijo Fabio.
—¿Cómo está tu hermano?
—No lo sé, se quedó serio y se fue al despacho. Mi madre me llamó en ese momento y Aroa fue a verlo. Es como una hermana para él también.
—Bueno, veo que las dos amigas se han puesto de acuerdo en ir a ver a sus respectivos ex y tocarles la moral —dijo Enzo.
—¿Gia ha ido verte? —Bianca se sorprendió tanto como yo.
—Sí. Quiere más dinero. Eso sí, su hija sigue sin importarle nada.
—¿Renunció a ella? —aquella era una pregunta que me rondaba en la cabeza.
—No, no lo hizo. Es con la baza que juega, la compensación que me pide es por haberme dado una hija. Además de decir que, el día que yo falte, cuidará de ella.
—En la mente de Gia, cuidar de la niña es más bien meterla en un internado y cobrar la pensión de orfandad que se gastará de viaje en viaje y de amante en amante —me aclaró Bianca.
—Siento el retraso —dijo mi hermano, cuando entró en su despacho.
Sonreí al ver que parecía tranquilo, incluso llevaba puesta la corbata. Me levanté, le di un beso y un abrazo y procuré darle un motivo por el que sonreír.
—Me ha llamado mamá, mañana se van de viaje una semana a Mykonos.
—Vaya, por fin su viaje soñado.
—Eso he pensado. ¿Estás bien?
—Sí, hermanita, lo estoy —me besó en la frente y dejé que tuviera aquella importante reunión con sus socios y amigos.
Regresé a la casa y entre Aroa y yo preparamos la mesa. Le pregunté cómo había visto a mi hermano y dijo que nunca antes lo vio tan dolido como cuando la bruja de su ex soltó la bomba. Lo que me sorprendió fue que me dijera que había grabado todo lo ocurrido, por si alguna vez él lo necesitaba ante un juez.
Esperaba que no recurriera a eso, que Felicia no se hubiera atrevido a amenazar a mi hermano y que no llevara a cabo, a saber, qué maligno plan que pudiera tener esa mujer en mente.
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