Rendida a él
Capítulo 20
Fue poco más de una hora lo que tardamos en llegar a Siena, ciudad medieval y nuestro destino de aquel miércoles donde había planeado perdernos de nuevo entre la magia de sus calles.
Ya iba incluso con la dirección del aparcamiento donde dejaríamos el coche, así que nada más aparcar, del tirón emprendimos camino hacia nuestra primera parada, la Piazza del Campo.
Como curiosidad de la plaza no podía obviar su forma de concha, algo que le daba una notable distinción con respecto a muchas otras plazas.
Al ser la más grande conocida en todo el mundo, allí tenían lugar las fiestas del Palio, que consistían en una carrera de caballos que se realizaba desde la Edad Media en la misma plaza.
En ella se erigían los edificios más emblemáticos de Siena, el Palacio Público y la Torre del Mangia.
Fotografíe ambos y tanto Aroa como yo, nos hicimos algunas juntas de esas locas que nos gustaba guardar en nuestro álbum de recuerdos.
—Mira, Delia, una fuente —dijo al ver la que se encontraba en uno de los extremos de la plaza.
Sonreí al ver que la tenía anotada en el cuaderno.
—La Fonte Gaia —comenté—. Bueno, una réplica de ella, los restos de la original están guardados en Santa María della Scala.
—Madre mía, te va a quedar un artículo de lujo —sonrió.
—Eso espero, a ver si el jefe me da un aumento de sueldo.
—¿Habrá monedas ahí dentro? —preguntó al tiempo que se asomaba en la fuente.
—No lo creo.
—¿Y si tiramos una? Quién sabe, igual Gaia nos concede un deseo.
Negué riéndome, pero es que ella estaba ya sacando dos monedas del bolso.
Me entregó una y con los ojos cerrados, lanzamos la moneda pidiendo un deseo.
No, no contaré cuál había sido el mío.
Tras varias fotos en la fuente nos dirigimos hacia el edificio del Palacio Público, uno de los más importantes de la ciudad, dado que dentro albergaba el Museo Cívico de Sienna, con frescos de uno de los grandes artistas italianos de la época, Ambrosio Lorenzetti.
Sí, visitamos el interior del palacio y disfrutamos del museo durante una hora en la que nos dejamos envolver por el entorno medieval.
Fuimos a tomar café y nos pusieron un par de pasteles rellenos de crema y almendras que estaban buenísimos, no eran italianos, pero nos dijo la camarera que eran el dulce estrella de esa cafetería porque los hacía la dueña cada mañana.
—Este viaje me está gustando mucho, Delia —dijo Aroa cuando acabamos el café.
—Y a mí, vamos a visitar tantos lugares —sonreí.
—Ven, que te hago una foto delante de la torre.
Me coloqué en posición, y ella empezó a hacerme una foto tras otra, parecía una fotógrafa profesional y yo una modelo, o influencer. Lo que me reí cuando la vi tirada en el suelo para hacerme una desde ahí.
—Qué foto más chulas llevas, jodida —dijo entregándome el móvil, eché un vistazo y sí, eran una pasada.
La altura de la torre se prestaba a esas fotos en las que aparecía al lado o detrás, eso sí, cuando le dije a Aroa que había que subir cuatrocientos escalones para contemplar las vistas, se puso pálida.
—Ya de perdidas, qué más me da. Verás qué gemelos me llevo de Italia, y qué glúteos —dijo emprendiendo la subida.
Una vez en la cima, ambas sonreímos y disfrutamos de las vistas que pudimos contemplar del casco histórico y de parte de la campiña toscana.
—Tú sabes que volver a Jerez va a ser un bajonazo tremendo, ¿verdad? —
comentó con la mirada perdida.
—Lo sé —suspiré.
Sí, por supuesto que lo sabía, me iba a costar la vida retomar la rutina en casa, después de haberme perdido por cada uno de esos bellos y mágicos rincones. Por no hablar de cierto italiano que no se me iba de la cabeza, a pesar de que no había tenido noticias suyas desde que me dejó en los viñedos el domingo.
La Catedral de Santa María de la Asunción, conocida también como el Duomo de Siena, fue el siguiente edificio por el que pasamos. Llamaba la atención la perfecta combinación del mármol blanco y verde oscuro con los que estaba construida la fachada, y era tal la belleza que se apreciaba, que no era de extrañar que estuviera declarada Patrimonio de la Humanidad.
Muchos turistas, al igual que nosotras, hacían fotos desde varios ángulos, queriendo plasmar al detalle la catedral.
Entre ellos había un grupo de niños que estaban con sus padres y que no dejaban de reír y jugar.
—Qué tiempos en los que nosotras éramos así —comentó Aroa, que al igual que yo pareció haberse transportado en el tiempo unos minutos.
—Alexia me devolvió el otro día a mi infancia —dije cuando empezamos a caminar de nuevo, en busca de un lugar donde comer.
—¿La hija de Enzo?
—Sí. Me mantuvo entretenida hasta que llegó su padre a la casa a buscarme para enseñarme la bodega. Estuve coloreando —respondí con una sonrisa.
—Te has enamorado de esa niña —no lo preguntaba, lo afirmaba, y yo asentí.
—No puedo creer que alguien sea capaz de renunciar a un hijo de ese modo. Es que, ni se preocupa por ella.
—Ya, esa tía debe ser mala como un dolor de muelas.
—Peor que eso, resulta que es amiga de la ex de mi hermano.
—¿Qué me estás contando?
—Lo que oyes.
—Joder.
Sí, esa palabra resumía a la perfección lo que podía ser la exmujer de Enzo, si era amiga de la bruja de la exmujer de mi hermano.
Nos sentamos en un bar a comer, pedimos una ensalada con mozzarella y Cherry, pasta gratinada, vino, y de postre, el auténtico gelato de varios sabores.
—¿Más escaleras? No me jodas —resopló al ver las que teníamos enfrente.
Sonreí y antes de subir aquella escalinata que nos llevaba desde la plaza hasta el Baptisterio de San Giovanni, nos hicimos varias fotos que quedaron espectaculares con la catedral de fondo y el pico más alto de la Torre del Mangia.
Entramos a ver el Baptisterio y salimos de aquella iglesia medieval encantadas con los frescos que albergaba.
Entre escalones y cuestas, tenía a Aroa harta de mí, pero como me quería tanto, no le importaba subir para contemplar las mejores vistas que nos ofrecería el Facciatone, uno de los mejores miradores panorámicos de Siena.
Desde allí fotografiamos toda la ciudad, esa que quedaba prácticamente a nuestros pies.
Regresamos de nuevo hacia tierra llana, como dijo ella, y nos adentramos en la Piazza Salimbeni. Tras las fotografías de rigor paramos a tomar café y echamos un vistazo a las que nos habíamos hecho nosotras.
—Dios mío, qué cara me has sacado en esta —dijo al ver una en la que parecía que se hubiera pillado el dedo con una puerta.
—Pues en el DNI te quedaría genial, y en el pasaporte.
—Tus muelas, desgraciada —me dio una leve colleja y nos hartamos a reír.
Después del café recorrimos algunas calles donde encontramos pequeñas y acogedoras tiendas en las que acabamos picando y comprando souvenirs para llevarnos a casa.
Regresamos al coche y pusimos rumbo de nuevo a los viñedos, no quería nunca llegar demasiado tarde porque al no conocerme aquellas carreteras, de noche tenía un poco de miedo por si nos pasaba algo.
Nada más cruzar la puerta vimos a Julieta sirviendo la cena, nos sentamos con mi hermano y charlamos de aquella visita.
—¿Dónde iréis la próxima vez? —preguntó mientras tomábamos café.
—No sé, ya echaré un vistazo a ver dónde la llevo.
—Mientras no me hagas subir más escaleras, no me importa dónde me lleves. Es que al final sí que voy a parecer familia de Robocop.
Nos echamos a reír, porque Aroa tenía cada cosa. Le dimos las buenas noches a mi hermano y nos fuimos a la habitación.
En cuanto me puse el pijama, cogí el portátil y empecé a redactar el borrador de aquella última visita.
Sí, Italia me estaba dejando tan buen sabor de boca, que me costaría regresar a casa.
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