Respira
Capítulo nueve
Montones de nuevos artículos llegaron a la tienda a la mañana siguiente, así que Weniki y yo estuvimos muy ocupadas marcando los precios y poniendo todo en los estantes. Yo me la pasé ofreciéndome a hacer cosas que requirieran trabajar en la trastienda. Esperaba que eso me ayudara a evitar a Garth si pasaba por ahí.
Más tarde, esa mañana, cuando el tío Tom estacionó en la parte trasera de la tienda, me fui a los fregaderos casi corriendo.
—¡Weniki, yo me encargo de enjuagar esta carga!
Ella me miró y asintió. Con los brazos en el agua hasta los codos, oí que Garth saludaba a mi tío. Me quedé fuera de su vista. Media hora después, cuando me aventuré en la tienda, no sabía muy bien si estaba contenta o desilusionada de que no me hubiera encontrado.
Después de atender a un par de clientes, me puse a pensar qué más podía hacer y me di cuenta de que ya era la 1:00. A esa hora en general el tío Tom ya había traído el almuerzo. Tal vez yo podía ocuparme de eso.
—Voy a traer unos sándwiches de la tienda de al lado —le dije.
Mi tío gruñó algo sin sacar la vista de la computadora, pero Weniki me dijo que sí con un gesto del pulgar. Muy bien, eso sí que era un lenguaje de señas que yo podía entender.
En la charcutería, mientras esperaba nuestra orden, el olor de la comida flotaba a mi alrededor. Mi nariz estaba en el paraíso. La vista y los aromas pusieron a prueba toda mi determinación. Poco me faltó para saltar al otro lado del mostrador, agarrar puñados de carne y metérmelos a la boca.
Carne, pan, pepinillos, galletas, lo que fuera.
Ya podía leer los titulares: “Chica famélica se vuelve loca en tienda de alimentos; explota por haber comido demasiado”.
En lugar de eso me pasé la mano por la plana barriga. Estaba a la mitad de mi objetivo de peso. Y aunque todavía no me había ido muy bien en el terreno de los novios, parecía que aquí había muchas más redes tratando de atraparme que en Winnipeg. Pensé con una sonrisa torcida que tal vez los chicos hawaianos reciben demasiado sol y aire fresco.
—La orden de McLeod está lista.
—Gracias —dije, pagando por una vez con mi propio dinero.
Regresé a la tienda a buen paso y anuncié:
—Llegó el almuerzo. Yo me encargo de la tienda mientras ustedes comen.
Me senté en el banco detrás del mostrador y rogué por que llegara algún cliente. No funcionó.
—Beverly, cariño, acompáñanos mientras no viene nadie —me pidió el tío Tom.
Fui al cuarto de empleados arrastrando los pies y pasé un largo rato preparándome un café. Podía sentir los ojos de Weniki en mi espalda.
Decidí hacer algo para sacármela de encima: tomé medio sándwich y lo mordí. Medio sándwich no iba a arruinar mi dieta. No si era lo único que comía.
El rostro de Weniki pareció relajarse.
—Acabaste todo lo que tenía que enjuagar —me dijo. Su voz nasal era suave, y su mirada, amable—. ¿Y ahora qué voy a hacer toda la tarde?
Sonreí.
— ¿Enseñarme a llenar tanques?
—Es una buena idea —dijo el tío Tom.
—Y tal vez enseñarme un poco de lenguaje de señas —agregué.
Weniki arqueó una ceja y sus labios formaron una ligera sonrisa. El tío Tom parecía orgulloso de mí.
—Es más lista que el hambre, Weniki. Va a aprender muy rápido. No como yo, ¿verdad?
Weniki lanzó una carcajada y sus arrugados ojos miraron a mi tío con cariño. Hace unos años él le salvó la vida, pensé. El día que perdió a su esposo. Y después la contrató en la tienda.
—Bueno, voy a seguir peleándome con las hojas de cálculo —anunció mi tío—. Weniki, entretén a mi incansable sobrina como quieras.
Me dio un golpecito en el hombro y se fue a la oficina.
Weniki me dejó mirarla revisar y llenar los tanques toda la tarde. No me separé de su lado excepto cuando tuve que atender a algún cliente. Era un trabajo tan ruidoso que pensé que la sordera era una ventaja. Admiré sus manos estables y seguras y agradecí sus minuciosas explicaciones. Cuando dieron las 5:00 lo lamenté mucho. Weniki resultó ser la distracción perfecta para no pensar en Garth.
El tío Tom se había ido a las 4:30. Casi acababa de cerrar la puerta detrás de Weniki cuando un suave golpeteo me hizo dar la vuelta.
Garth. Mi corazón se aceleró, pero mis pies no se movieron.
—Perdón, señor, pero ya cerramos —traté de bromear. Se quedó ahí parado, con una gran sonrisa, hasta que abrí la puerta.
—Hola, Bev. Pasé a pedirte perdón. Vine más temprano, pero no estabas.
Qué bueno que no me había encontrado entonces. Lo último que necesitaba era que el tío Tom oyera por error el tipo de disculpa que Garth tenía en mente.
Me quedé parada como una estúpida, sin saber qué decir.
—Olvidé que sólo tienes quince años —dijo. Ahora sí que estaba furiosa, y él pudo verlo en mi cara—. Quiero decir... Bueno, estoy aquí para disculparme. Quiero pedirte una segunda oportunidad, Bev. Todos merecemos una segunda oportunidad, ¿no? —Puso una cara de cachorrito que le habría derretido el corazón a cualquiera. Seguro que era su expresión facial más ensayada, pero, ¿qué iba a hacer yo?, ¿darle una cachetada o algo así? Había venido a disculparse. ¿Era tan terrible que se hubiera pasado un poco de la raya? Yo no había nacido ayer. Ni que los chicos de Winnipeg fueran siempre unos angelitos.
—Disculpa aceptada —dije, tratando de parecer dura, pero sin poder evitar que se me escapara una sonrisa.
—¡Genial! ¿Y qué me dices de esta noche?
— ¿Esta noche? —Me pareció escuchar que mi tío Tom estacionaba en el fondo—. Voy a preparar la cena para mi tío.
— ¿Y mañana por la noche?
Sonreí.
—Eso lo pensaré mañana.
Noté que escuchaba con atención el sonido de la llave del tío Tom en la cerradura de la puerta trasera.
—Bueno, chica Bev, ¡mañana te busco entonces!
Antes de que la puerta se abriera, Garth ya había desaparecido.
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