Respira

Pam Withers · Capítulo 17 de 17

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Respira

Capítulo dieciséis

Huevos, panqueques con moras azules y tocino llenaban mi estómago mientras atravesaba el pasillo del hospital de camino al cuarto de Garth.

Pero esa mañana me deleitaba con todas y cada una de esas calorías. Por supuesto que el tío Tom me estuvo rondando hasta que se aseguró de que me lo hubiera comido todo.

La puerta estaba entreabierta. Vacilé antes de tocar.

—Bev —me dijo Garth con una sonrisa torcida. Estaba sentado en la cama, leyendo una revista de buceo. Una pequeña venda le adornaba la frente. En una mesa del otro lado de la cama había media docena de arreglos florales y una caja de chocolates casi vacía.

— ¿Empiezo con una disculpa o con un gracias? —me dijo con una expresión un poco avergonzada—. Si te certifico como divemaster honoraria por haberme salvado la vida y admito que probablemente me merecía esa patada (aunque tal vez no en ese momento), ¿podemos seguir siendo compañeros de buceo?

Extendió la mano para tomar la mía.

Me senté en la silla junto a la cama, pero no le di la mano.

—Garth, fui una estúpida. Pensé...

—Claro que lo pensaste. Oye, ¿no te dije que medio me lo merecía?

Su mirada parecía llena de verdadero arrepentimiento.

—Pero nunca imaginé...

—¡También los divemasters tienen cabezas suaves! Recuérdalo ahora que eres una divemaster honoraria, chica-Bev.

Traté de sonreír y lo miré a los ojos.

—Los accidentes pasan —siguió—. Lo que importa es lo bien que reaccionaste. Bev, me salvaste la vida. Te lo agradezco, ¿está bien? —dijo.

Entonces extendió la mano y tomó la mía de mi regazo—. El resto es... —

hizo una pausa y me miró risueño— agua bajo el mar.

—Fue una suerte que esos buzos estuvieran cerca.

—Sí, sobre todo porque la Olivia de Popeye no había estado comiendo su espinaca últimamente. Al menos eso me explicó tu tío por teléfono esta mañana. Me debí haber dado cuenta hace mucho. ¿Cómo se te ocurre, Beverly McLeod, combinar la inanición con el buceo?

Sonreí débilmente.

—Ya aprendí la lección, señor Divemaster.

—Y puede ser que yo también haya aprendido una —dijo con pesar, apretando mi mano antes de soltarla—. Oye, ¿crees que escribirán un artículo sobre esto en una de las revistas de buceo? —levantó su revista y la agitó—. No hay nada mejor que las dramáticas experiencias casi mortales y enterarse de cómo se las arreglaron los protagonistas para sobrevivir,

¿verdad?

—No creo que tengamos que divulgar todos los detalles de cómo pasaron las cosas.

—Me alegra que estemos de acuerdo en eso —me dijo con un guiño, pero entonces su expresión se volvió seria—. Supongo que he perdido una buena fuente de trabajos de buceo.

—No estés tan seguro. Mi tío hace muchos viajes sin clientas mujeres.

Garth sonrió e hizo como que se arrancaba una daga del corazón.

—Si yo hubiera tenido alguna idea, cuando te conocí, de que eres tan capaz de tomar el control cuando no te queda otra... quiero decir, de verdad que cuando tomas el control eres una bomba... —No pude contener la risa

—. Bueno, si lo hubiera sabido, te habría invitado a salir mucho antes.

—No lo dudo.

Lanzó un exagerado suspiro. Un golpe en la puerta nos hizo voltear.

—Su almuerzo, Sr. Olsen —dijo una bonita chica de uniforme a rayas de unos diecisiete años, entrando con una bandeja en una mano y un ramo de flores en la otra. Me saludó mientras lo dejaba todo en la mesa—. Y

llegaron más flores. Parece que es el paciente más popular de este piso.

—Por supuesto, que no se te olvide, y además estoy completamente disponible para ayudarte a acomodar las flores más tarde —le dijo Garth guiñándole un ojo, pero entonces se puso serio—. Ah, Laurel, te presento a mi novia, Bev. Bev, ésta es Laurel, la más amigable voluntaria de este encantador establecimiento.

—La más tolerante, al menos —dijo Laurel con una sonrisa y un guiño

—. ¡De verdad que te conseguiste a todo un conquistador!

—Laurel —dijo Garth—, ¿me harías un favor y le traerías una bandeja a Bev?, se está muriendo de hambre.

—Claro, no hay problema —dijo Laurel antes de que yo pudiera protestar.

— ¿Ves? —me dijo Garth muy risueño—, le caigo bien a la voluntaria del hospital.

¿Semejante recomendación no amerita que me des otra oportunidad?

Arqueé una ceja mientras aparecía mi bandeja.

—El pez luna no nada con las barracudas —contesté—, y además mañana vuelo a Manitoba.

Asintió muy serio.

— ¿Tienes muchos novios allá?

Me tardé en contestar porque estaba muy ocupada comiendo mi almuerzo. Cuando ya no había nada en el plato, dije:

—He decidido que necesito un novio tanto como tú necesitas otro cinturón de lastre en la cabeza.

Garth se tocó la venda de la frente.

—Como sea es un souvenir muy original, y tal vez alguien escriba sobre nosotros.

Hice una mueca y me levanté sin prisas.

—Pues bueno, ha sido toda una experiencia conocerte, Garth Olsen.

Gracias por ser mi mejor compañero de buceo en Kauai —le dije solemnemente. Y de verdad lo sentía.

—Ya regresarás, Bev. Y todavía te debo un paseo por la isla. Pero si antes de eso siento la urgencia de ir a bucear en el hielo, ¿te puedo buscar?

—Claro —le dije riendo y le planté un beso en la frente. Subió la mano y me atrajo hacia él para darme un beso en la boca. No tuve quejas. Entonces me giré para irme, pero tenía una cosa más que hacer.

Mis dedos se deslizaron por la cama hacia la caja de chocolates de la mesilla.

—Toma dos, Miss Winnipeg —me dijo Garth, y eso hice.

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Orca Soundings en español

Enseguida te presentamos un fragmento de otra emocionante novela de Orca Soundings en español, El soplón, de Norah McClintock.

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Josh tiene que aprender a contener

su ira para salvarse.

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Capítulo uno

Se suponía que fuera algo fácil. Me dijeron que podía escoger: “Puedes ir al programa de control de ira que, básicamente, consiste en sentarse entre un grupo de fracasados una vez a la semana y hablar de las cosas que te hacen perder el control, decir lo que has hecho para controlarte y evitar darle golpes a la pared o a otra persona; o puedes participar en un programa especial donde te enseñan a entrenar perros”. Bueno, déjenme pensar,

¿puerta número uno o puerta número dos?

Opté por entrenar perros. Tenía que ser mejor que sentarse frente a un montón de desquiciados agresivos, ¿verdad? Además, ¿qué ciencia podía tener?

La señora de la recepción me dijo que fuera al cuarto de entrenamiento. Allí estaba Scott parado en el mismo medio, con otros chicos. Volteó al abrirse la puerta. Sonrió al verme como si nada hubiera sucedido, como si todavía fuéramos amigos. Sonrió de medio lado, con esa sonrisa que lo hace lucir idiota. No le devolví la sonrisa. Mis manos se contrajeron en dos puños.

—Hola, Josh —dijo alguien a mis espaldas.

Giré, pensando que era otro conocido de mi vida pasada. No tendría nada de particular. Ya con Scott tenía bastante, así que no importaba si empeoraba la situación.

Era el señor “Llámame Brian” Weller, encargado del programa. Nos encontramos una vez, justo después de inscribirme. Antes de ser aceptado, te hacen una entrevista. Las preguntas son, mayormente, sobre tu experiencia con animales: si has tenido una mascota, si te gustan los animales, o qué piensas de la gente que les hace daño. Les dije que nunca había tenido uno y que no estaba seguro de si en realidad me gustaban. Con eso, pensé que no me aceptarían y me mandarían a otro programa. Pero no fue así.

El señor Weller me sonrió.

— ¿Lograste encontrar el lugar sin dificultad? —me preguntó.

—Mi hermano me trajo —dije.

Vivo con Andrew, mi hermano mayor, su esposa Miranda y su bebé Digby (no me hagan preguntas sobre ese estúpido nombre) de nueve meses.

—Qué bueno es tener un hermano mayor tan cooperativo —dijo el señor Weller.

En realidad, Andrew estaba contento de que yo fuera al programa, porque eso me tendría alejado del apartamento un par de horas. Ya llevo casi un mes viviendo con él y su esposa Miranda, después de que salí de la casa de acogida. Miranda no se negó a que fuera a vivir con ellos, pero yo notaba que no era algo que la entusiasmara. El apartamento era muy pequeño.

Andrew y Miranda tenían la cuna de Digby en el único cuarto. Yo dormía en el sofá de la sala comedor. Además de esas dos piezas, el apartamento tenía una cocina y un baño. Andrew dijo que yo podía vivir con ellos mientras no volviera a tener problemas y, que una vez terminado el programa, tendría que buscarme un trabajo y mudarme; y si podía ser antes, mejor. Algo que resultaría difícil, porque yo iba a la escuela en la mañana para revalidar por lo menos dos de las asignaturas que había suspendido el año anterior, y la profesora asignaba montones de tarea. Andrew dijo que tendría que trabajar todo el verano y luego media jornada cuando empezaran las clases, para contribuir a los gastos de la casa; y que en cuanto probara que podía mantenerme en el trabajo, él buscaría un lugar más grande donde mudarnos.

Volví a mirar a Scott. Parecía sentirse muy a gusto entre los otros tipos.

El señor Weller también lo miró.

—Scott y tú se conocen, ¿cierto? —dijo en forma de pregunta, pero yo sabía que él había leído mi expediente y ya sabía la respuesta—. No te preocupes, Josh. Si el hecho de que Scott esté aquí representa un problema para ti, podemos resolverlo.

Ni que yo necesitara que alguien me resolviera los problemas. Volví a mirar a Scott y dije:

— ¿Por qué ha de ser un problema?

El señor Weller se me quedó mirando por un momento y entonces hizo un gesto con la mano indicándome que pasara.

Había tres hileras de asientos con ocho sillas cada una. Éramos catorce personas en total, contando al señor Weller. Había una sola chica, que fue directamente a saludar al señor Weller en cuanto llegó. Pensé que sería una de las ayudantes. Era bonita.

Scott se le acercó y le dijo algo. Ella se rió. Scott podía ser encantador, es decir, ésa era la impresión que quería causar. Pero yo no me tragaba esa píldora. Luego miró hacia atrás, en dirección a donde yo estaba y me sonrió otra vez. Lo miré con cara seria, con expresión de “no me importa nada”, pero por dentro sabía que sí me importaba. Me iba a vengar de él, aunque fuera lo último que hiciera en la vida.

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