Respira
Capítulo tres
Como me moría por contarle a mi tío lo bien que me había ido, subí volando los escalones de la entrada trasera de su negocio y estuve a punto de chocar con Weniki, que llevaba una tina de plástico con trajes de buzo hacia el enorme fregadero que había en la trastienda. Ahí es donde pasa la mayor parte del día, enjuagando y colgando el equipo.
Frunció las cejas con desaprobación por mi apuro.
—¡Aprobé! —le dije, mirándola directamente para que me pudiera leer los labios.
Weniki se encogió de hombros, dejó la tina en el suelo y se puso un delantal de plástico. Lo único que le interesa es el trabajo, pensé. ¿ Pero qué importa que a ella no le impresione que haya aprobado? Me alisé la playera sobre los shorts, que ya se sentían más flojos en la cintura. Es increíble lo que pueden hacer tres días de casi no comer.
—¡Beverly, ya regresaste! ¿Cómo te fue? —me preguntó mi tío, que le estaba llevando otra tina a Weniki.
—¡Aprobé! ¡No tuve ningún problema! —le dije.
—Excelente, querida. Me imaginé que así iba a ser. ¿No es genial, Weniki? —le preguntó, cuidando que pudiera leerle los labios, aunque él sabía un poco de lenguaje de señas. Ella asintió con una pequeña sonrisa—.
Bueno, Weniki, tómate un descanso para almorzar. Acabo de comprar algo de comida al lado.
La tienda vecina era una charcutería. Los tres fuimos al cuarto del personal. Mi tío Tom me acercó la bandeja y Weniki se puso a leer una revista de buceo entre bocados de su sándwich.
—Beverly —me dijo mi tío mientras yo ponía unas uvas en mi plato—, más tarde viene un grupo de una escuela. Necesitan probarse trajes de buzo.
Si te puedes encargar de eso, Weniki y yo vamos a trabajar en los libros de contabilidad.
—No hay problema —le dije, mordiendo una uva por la mitad y masticándola muy lentamente.
—Y si tienes tiempo, llegó una caja de libros de buceo que hay que poner en los estantes.
— ¿Libros nuevos? —pregunté emocionada. Él sabía que había leído casi todos los libros de buceo que había en mi cuarto.
—Me imaginé que te gustaría ese trabajo. Cómo quisiera que a nuestros clientes les entusiasmaran los libros de buceo aunque fuera la mitad de lo que les gustan a ti y a Weniki.
Volteé a mirarla, pero estaba tan concentrada en la revista que no tenía idea de nuestra conversación.
—Espero que comas algo más, aparte de uvas —agregó mi tío. Por suerte justo entonces sonó la campanilla de la tienda.
El tío Tom se levantó de un salto. Reacia, Weniki dejó su revista a un lado y caminó hacia la oficina de mi tío arrastrando los pies. Yo fui directo a los libreros. Mientras revisaba la caja de libros, me maravillaron las fotos de corales y peces exóticos.
—Dije que los pusieras en los estantes, no que los leyeras todos —
bromeó mi tío un rato después—. ¿Entonces estás de acuerdo en quedarte a cargo mientras Weniki y yo trabajamos en la computadora?
—¡Claro!
Barrí la tienda y atendí a los clientes toda la tarde. Una hora antes de cerrar, entraron unos seis chicos de mi edad.
—Buenas. ¿Está el Sr. McLeod? —me preguntó uno de ellos.
—Yo soy Beverly McLeod —le dije, tan segura de mí misma como pude
—. Ustedes deben ser el grupo que va a bucear mañana. En un momento les muestro los trajes que van a probarse.
—Genial.
Tardamos una media hora en encontrar las tallas correctas. A algunos parecía divertirles que una chica de su edad se atreviera a sugerir que se probaran una talla más grande o más chica.
— ¿Vas a bucear con nosotros mañana? —me preguntó uno de ellos con audacia.
Le dije que no estaba segura. La verdad es que me porto como una tonta cuando estoy con chicos. Nunca sé si están coqueteando conmigo o se están burlando de mí. Me sale mucho mejor ser invisible que decirles qué traje de buzo les queda bien. Finalmente organicé en tinas marcadas todo lo que eligieron.
—Bueno, pues nos vemos mañana —dijo uno de los chicos.
Cuando salieron, en fila, yo ya estaba hecha polvo. Apenas pude ayudar al tío Tom a cerrar, me despedí de Weniki con la mano y subí con trabajos detrás de él. Aunque lo que quería era desplomarme en la cama, me ofrecí para hacer la cena. La cena. Eso significaba comida. Fue una tortura hacer hamburguesas sintiendo aguijonazos de hambre en el estómago. Necesité todo mi autocontrol para sólo picotear la mía hasta que el tío Tom dejó de mirar. La escondí a toda velocidad en una servilleta en mi regazo: lista para la basura.
— ¿Quieres ver una película? —preguntó el tío Tom.
—Sí, claro, gracias —contesté, aunque tenía ganas de irme a la cama.
Dormité durante casi toda la película, pero a él no pareció importarle.
—Ese Abe te agotó en serio con su clase —dijo, muy amable, cuando me levanté, me estiré y estaba por irme a mi cuarto—. Qué bueno, porque lo organicé todo para que tú y el divemaster nos acompañen a mí y a los chicos de esa escuela mañana. Weniki puede ocuparse de la tienda mientras nosotros buceamos. Quiero que te diviertas en Kauai.
—Gracias, tío Tom.
Me pregunté si iba a ser la única chica en el viaje y a quién habría contratado como divemaster.
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