Respira

Pam Withers · Capítulo 12 de 17

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Respira

Capítulo once

—Te ves espectacular sin el traje de buzo —exclamó Garth cuando llegué a la puerta del restaurante. Él se veía guapísimo con una camisa de seda.

—Tus pies son mucho más chicos sin aletas —seguí la broma.

—Y hueles muy bien —dijo, inclinándose y aspirando con fuerza.

— ¿Todos los chicos hawaianos son tan conquistadores como tú?

—Ni de cerca —contestó, abriéndome la puerta con una sonrisa enorme.

El encargado nos llevó a una mesa con un lindo mantel, cerca del escenario, donde ya estaba listo un grupo de cuatro músicos. Nunca antes había estado en un lugar como ése. Noté enseguida que la mayoría de las mujeres estaban mucho mejor vestidas que yo y sentí que se me formaba una capa de sudor en la frente.

—Media botella del vino tinto de la casa —le dijo Garth al mesero que vino a atendernos. Él volteó a mirarme.

— ¿Tienen usted y la dama algún documento que demuestre que son mayores de edad?

Garth bajó la lista de los vinos y arqueó una ceja fingiendo asombro.

—La dama y yo no traemos nada semejante. ¿Es necesario? ¿Está seguro?

El mesero se movió en su sitio, nervioso, sin dejar de mirar a Garth.

—Tal vez no, señor. Media botella del vino tinto de la casa.

Apenas podía creerlo. ¿El mesero no nos iba a dar problemas? Ese Garth y su encanto.

Garth me sonrió y abrió un menú para los dos. Le eché un vistazo y sentí que las palabras bailaban frente a mis ojos. Después de un intenso día de

trabajo, dos zambullidas y un baño de sol, ya no podía más. A fin de cuentas, esos minutos de siesta en la camioneta no habían servido de nada.

Me esforcé por concentrarme y me di cuenta, con horror, de que Garth pensaba pagar mucho dinero por platillos que yo no podía comer. Después de casi una semana de inanición, no podía ni mirar la comida. Hasta pensar en eso hacía que mi estómago se retorciera. Claro que todo estaba en mi cabeza, pero así eran las cosas. ¿Qué estaba haciendo entonces en un restaurante donde cada platillo costaba más de lo que ganaba Garth en varios viajes de buceo? ¿En qué estaba pensando cuando acepté esto?

Tomé mi vaso de agua. El zumbido de las conversaciones en el cavernoso restaurante hacía que me palpitara una vena en la frente.

—Estoy pensando en el filete con camarones —dijo Garth y esperó muy cortés.

—Yo voy a empezar con la ensalada de apio y nuez —dije, apretando la mandíbula para evitar un bostezo.

— ¿Y después?

— ¿Puedo no pedir nada más por ahora? —esperé que no sonara como una súplica.

—Estás guardando espacio para el postre, se nota —bromeó.

Entrechocamos nuestras copas de vino. Contra toda sensatez, tomé unos sorbitos. Garth ordenó la comida mientras el grupo comenzaba a tocar.

— ¿Las chicas de Manitoba bailan? —preguntó, tomándome de la mano.

Me di cuenta de que no tenía alternativa y dejé que me llevara a la pista de baile. Su cuerpo se movía, muy relajado, al ritmo de la música. Me dio ánimos con su sonrisa, pero como yo no estaba acostumbrada a usar tacones y, además, estaba exhausta, no dejaba de tambalearme.

Cuando uno de los tacones se dobló bajo mi peso, él me sostuvo a tiempo. Me envolvió en sus brazos conforme bajaba el ritmo de la música.

Así era más fácil. Dejé que me guiara en cámara lenta y me apoyé en él para no caerme. ¿Había algo raro en el brillo de las paredes o en mis ojos?

Miré el techo, las mesas y a los músicos. Todo tenía estrellas. Estrellas negras. Entonces Garth me giró de repente y estuve a punto de caerme, pero él me atrapó al vuelo y me levantó.

—Bev, ¿estás bien?

—Un poco mareada o algo así.

— ¿Te mareas a menudo? —Le salió su entrenamiento de primeros auxilios. Pensé como entre sueños que era un buen divemaster.

—Tengo un principio de migraña.

—Oh.

—Creo... que deberíamos... sentarnos, tal vez. Perdón.

—No hay problema —dijo, pero me di cuenta de que estaba decepcionado. Se había puesto tan elegante y le tocaba un desastre como compañera de baile.

No era el vino, pensé mientras veía que la mesa giraba hacia nosotros. No podía ser, no tan pronto. Quizá la ensalada me ayudaría. Me hundí en la silla y miré mi regazo. Era lo único que no tenía estrellas negras.

Después de un rato me atreví a levantar los ojos. Garth me estaba mirando fijamente.

—Tu cara está blanca como un papel —dijo en voz baja—. ¿Estás segura de que estás bien?

Asentí con la cabeza y busqué mi vaso de agua. Tenía sed, muchísima sed. Bebí a grandes sorbos y me di cuenta muy tarde de que había tomado la copa de vino. Sentí cómo se deslizaba el líquido hacia mi encogido y débil estómago. Era como lanzar un fósforo a un tanque de gas vacío.

Mientras una batalla interna hacía erupción, me obligué a sonreírle a Garth.

Llegó nuestra comida. Mi temblorosa mano me llevó a los labios un bocado de apio y nueces. Me forcé a abrir la boca. La comida se lanzó a la batalla, pero era demasiado tarde.

—Perdóname un momento —farfullé mientras me levantaba e iba hacia el baño de damas.

Cómo llegué, no lo sé. Creo que alguien me ayudó. Tiene que haber sido una dama, porque me aferré a ella todo el camino, hasta la puerta del retrete. Cuando salí —no sé muy bien cuánto tiempo después—, una mesera con delantal la había reemplazado. Y Garth estaba afuera del baño, listo para ocuparse de mí. No sé si pudo comer algo de su filete con camarones.

Mi memoria es un poco borrosa y hay cosas que no recuerdo, pero sé que los gastos de esa noche también incluyeron un taxi para llevarme a casa. Y

de algún modo el tío Tom entró a escena. Él y Garth iban uno a cada lado de

mí mientras flotaba por las escaleras del apartamento. Creo que recuerdo haber pedido “perdón” un par de veces.

¿Se habrá acordado Garth de decirle a mi tío que habíamos estado en la biblioteca? ¿Le había dicho yo a Garth que se suponía que estaríamos en la biblioteca? Seguro que nuestro aliento no olía como si hubiéramos estado en la biblioteca.

Ésa sí que no fue una cita exitosa, pensé mientras hundía la cabeza en la almohada. Apenas escuché los susurros de Garth y del tío Tom del otro lado de la puerta mientras me sumergía en un profundo sueño.

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