Roma Invicta Est

Alfonso Solis · Capítulo 8 de 22

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Roma Invicta Est

Capítulo VII. Requiario invade Hispania.

CAPÍTULO VII

Requiario invade Hispania.

Tempestas minitatur antequam surgat[8].

La ciudad retomaba su pulso habitual, obstinada en superar la humillación y las muertes acaecidas hacía pocas semanas, cuando fui informado de que mis días en Roma llegaban a su fin. Avito, el magister militum de la Galia, había sido proclamado nuevo emperador con la aquiescencia de los senadores galorromanos y, sobre todo, de las huestes visigodas, que auspiciaron su nombramiento en Arelate, capital de la región. A unos mil legionarios se nos encomendó la misión de ir al encuentro del nuevo Augusto.

Nada más llegar a Arelate, se hicieron patentes los motivos que llevaron a Ricimero y a Mayoriano a aceptar su nombramiento. Tras sus murallas, en un mar de tiendas, estaban acampados miles de federados visigodos.

Teodorico se había tomado muy en serio el nombramiento de su amigo Avito, y Roma ya tenía demasiados problemas como para enfrentarse a sus únicos aliados.

Cruzamos las murallas de la ciudad ante la desconfiada mirada de los visigodos, que dudaban de nuestras intenciones para con el nuevo emperador. Nuestro comandante, el tribuno Constancio Trebio, tuvo que asegurar al capitán de los visigodos que nuestra misión era escoltar a Avito a Roma, donde sería ratificado por el Senado.

Nos dirigimos al castrum de la guarnición romana y los palafreneros se hicieron cargo de nuestras monturas. Estaba agotado tras el largo viaje. Me

refresqué con el agua fresca de una cubeta y comí un poco de pan y queso que llevaba en la alforja sentado al abrigo de un tonel en el patio de armas.

—Se ha protegido por tropas bárbaras, Avito nos ha vendido.

—¿Qué has dicho?

El legionario tomó asiento a mi lado, era un joven tiro de mirada sería y gesto contrariado. Por su acento identifiqué su origen galo. Pateó una piedra con desgana y respondió:

—Ha depositado toda su confianza en su guardia visigoda, desdeñando a los soldados de Roma. Es una vergüenza.

—Quizá tenga sus motivos —repliqué, recordando los asesinatos de Aecio, Valentiniano y Petronio Máximo, todos causados por romanos.

El recluta me miró con desconfianza, comenzaba a arrepentirse de la conversación que había iniciado. Le miré y advertí que se había ruborizado.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté para tranquilizarle.

—Me llamo Clodio Larcio, domine, y soy galo.

—Lo imaginé. Me llamo Salvio Adriano y soy hispano.

—Lo imaginé —respondió con una sonrisa que rozaba la insolencia—.

Habéis venido a escoltar al Augusto, ¿verdad?

—Así es.

—Os rechazará, seguro que os ordena otra misión. Acudirá a Roma acompañado solo por los federados visigodos y por la legión acuartelada en Arelate. Son los únicos romanos en los que confía.

—Sería un riesgo absurdo para él.

Observé el castrum de Arelate. Era una construcción solida de piedra y estaba en muy buen estado. Los soldados estaban perfectamente equipados y parecían bien alimentados. Pero, al igual que ocurría en el castrum de Lugdunum, su número era muy escaso. No serían más de dos mil. En caso de un ataque enemigo, la defensa de la ciudad dependería de los foederati visigodos.

—Odio a esos bárbaros, lo único que anhelan es apoderarse del Imperio

—gruñó Larcio.

Sonreí, a mi mente acudió el recuerdo de mi amigo Arcadio, él pensaba exactamente lo mismo de los bárbaros que el joven galo. ¿Qué sería de él?

¿Dónde se encontraría el bueno de Arcadio y el resto de mis amigos? Rogué

para que se encontraran bien y pudiéramos reunirnos en el futuro. Larcio me contemplaba como si sus palabras me hubieran afectado.

—Ahora son nuestros aliados y es gracias a ellos por lo que aún mantenemos nuestras limes —repuse.

—Acabarán traicionándonos, es solo cuestión de tiempo.

Vi salir a nuestro tribuno del praetorium de Avito, andaba con pasos largos y braceaba con ímpetu. A pesar de la distancia, advertí que se hallaba muy enfadado.

—Creo que debo marcharme, ha sido un placer Larcio, espero volver a verte —le dije.

—Salve centenarius y mucha suerte —dijo el recluta con gesto marcial.

El galo era un joven sensato que conocía muy bien al nuevo emperador.

Tal y como había augurado, Avito rechazó nuestra escolta y ordenó que nos acuarteláramos en Arelate hasta nueva orden. Nuestro tribuno estaba hecho una furia, había emprendido un fatigoso viaje para nada, o eso pensaba él.

Desconozco qué es lo que nos impulsa a los hombres a matarnos entre nosotros, qué instinto salvaje y primario nos lleva a desmembrarnos, estocarnos o degollarnos. Lo cierto es que la inactividad nos enardece cuando las semanas pasan ociosas. Cualquier pretexto, cualquier malentendido es bueno para enzarzarse en una disputa. Debe ser que el ardiente ímpetu acostumbrado a vivir al límite, reclama alguna temeraria ocupación donde derramar parte de la violencia acumulada. Por suerte, poco tiempo pasó hasta que mi legión volvió a las armas y pudo desfogar todas sus energías con los bárbaros de la Gallaecia.

Requiario, el rey de los suevos, no reconoció al nuevo emperador de Roma y tuvo la audacia de saquear la Carthaginiense, sometiendo a la provincia a la depredación. El emperador Avito envió embajadores para establecer la paz con el rey suevo, pero este, pagado de sí mismo y persuadido de la debilidad del Imperio, ordenó que fueran apaleados y enviados a Roma medio muertos. Pero el Augusto era reacio a entablar hostilidades con los suevos, y persistió en el intento de acordar una paz enviando a Bracara Augusta a una nueva legación. Pero los embajadores volvieron a ser golpeados y maltratados, evidenciando el desprecio que el suevo profesaba por el Imperio.

Insaciable, y en ausencia de respuesta por parte de Roma, Requiario invadió la Tarraconense, capturando a un gran número de hispanorromanos y arrastrándolos como esclavos a la Gallaecia. Ante los constantes ultrajes cometidos por los suevos, no le quedó más opción al Augusto que recurrir a la ayuda de los federados visigodos, y envió al rey Teodorico y a sus huestes, « cum voluntate et ordinatione Aviti imperatoris», con voluntad y orden del emperador Avito, a neutralizar la persistente invasión sueva. El visigodo se erigía, nuevamente, como el gran adalid y máximo protector del Imperio. Y nosotros, un puñado de milites, como ya ocurrió en la campaña de Frederico contra los bagaudas, le acompañaríamos para evitar posibles tropelías y desmanes mientras se encontrasen en tierras hispanas. Así pues, partimos a Tolosa, donde nos uniríamos a las tropas del rey Teodorico, que además de aportar miles de hombres, también había convenido la participación en la campaña de los burgundios y de los francos. Era evidente que Avito no pretendía solo castigar a Requiario por su insolente invasión, su objetivo era exterminarle y con él a todos los suevos de la Gallaecia.

Una fina lluvia golpeaba nuestros cascos mientras el viento de levante hacía ondear un mar de pendones y banderas visigodas. Los diez centenarii que componíamos la legio palatina formábamos orgullosos delante de nuestros milites. El tribuno pasó revista montado en su hermoso alazán de guerra y asintió complacido. Nuestra legión estaba bien equipada e instruida, de eso puedo dar buena fe, gracias a las maniobras y entrenamientos que presencié.

Estaba constituida principalmente por italianos, algunos hispanos y sobre todo galos partidarios de Avito que habían luchado a su lado en infinidad de ocasiones. Nos dirigía el tribuno Constancio Trebio. Hombre aguerrido, tenía el rostro cortado por una profunda cicatriz que hubiera hecho las delicias del bueno de Arcadio. Tenía el semblante altivo y noble de los antiguos oficiales. Todos le respetábamos y apreciábamos, pues era severo pero justo, sabía impartir el castigo apropiado según la falta o infracción cometida. No hacía muchos años, había compartido campo de batalla con Aecio, y con el emperador Avito, defendiendo las limes de la Galia de los

bárbaros provenientes del Norte. Miraba con desconfianza a los visigodos, a los que no consideraba más que a unos bárbaros interesados y mezquinos.

Acertado o no en sus impresiones sobre nuestros federados, lo cierto es que allí estaban, a pocos centenares de pasos de nuestra legión, formando a nuestro lado para defender la Tarraconense de sus primos suevos.

Doce mil soldados entre visigodos, burgundios, francos y romanos, constituíamos el ejército que se disponía a propinar un escarmiento a los molestos suevos. El propio rey Teodorico dirigía las tropas. Era un hombre fuerte y capaz, de mirada poderosa y voz autoritaria. Todo un visigodo. La participación de Teodorico en la campaña me incomodó. Sin duda, Walder, como comes spathariorum, le acompañaría. Intentaría evitar a las huestes bárbaras en todo momento. Si había una forma de eludir al germano, esta era permanecer lo más alejado de nuestros aliados.

La impenitente lluvia caía sobre nosotros mojándonos yelmos, corazas, túnicas militares y huesos. Frente a nosotros se hallaba Constancio Trebio.

El tribuno miraba al rex Gothorum de soslayo, sin ningún ánimo de disimular un gesto fruncido y disgustado. Luchar subordinado a las órdenes de un bárbaro debió ser una lacerante humillación para tan aguerrido romano. Pero así funcionaba el Imperio y el tribuno no tuvo más opción que obedecer. Los nuevos tiempos requerían que nos tragásemos nuestro orgullo y dignidad, aunque su sabor fuera amargo y repulsivo como la hiel.

La lluvia arreció y un relámpago cruzó el oscuro cielo de Tolosa, haciendo reverberar de azul nuestros cascos y escudos. Un postrero trueno asustó a los caballos e inquietó a los soldados más noveles. Teodorico miró al cielo y escupió maldiciendo su suerte. Una larga marcha bajo una fuerte lluvia y sobre una calzada mojada, no era el mejor de los comienzos. Sin poder retrasar más la marcha, el visigodo ordenó nuestro avance.

Cruzamos los Pirineos y Requiario huyó, cual zorro descubierto en un gallinero, de la Tarraconense. El muy zafio no había contado con la inestimable ayuda de nuestros aliados visigodos. Durante varios días le perseguimos, pero el suevo se movía con agilidad y rapidez, dejándonos siempre atrás justo en el momento que parecía que podíamos darle alcance.

Alcanzamos la otrora gloriosa ciudad de Clunia, medio derruida ahora por los saqueos e incendios causados durante años por los bárbaros, un día

plomizo y tremendamente lluvioso. Las nubes se habían abierto arrojando cascadas de agua desde el cielo con la única intención de ahogarnos a todos, como si un nuevo diluvio se cerniese sobre nosotros con el fin de castigarnos por nuestros infinitos pecados.

Me encontraba guarecido de las inclemencias del tiempo bajo un pórtico del viejo teatro de Clunia cuando el tribuno se me acercó y dijo:

—Te saludo, centenarius.

—Te saludo, tribuno —dije, incorporándome sorprendido.

—Tranquilo —sonrió Constancio Trebio sentándose a mi lado—.

¿Sabías que este teatro fue excavado en la roca y que tenía una capacidad para unas diez mil personas?

Negué con la cabeza.

—Esta ciudad, en su máximo esplendor, llegó a albergar más de treinta mil almas y ahora ya ves —dijo, señalando las ruinas—, no son más de quinientos los que malviven entre sus escombros.

—No es más que el reflejo de muchas ciudades romanas.

El tribuno asintió con pesar. En sus ojos advertí el agotamiento de quién lucha por aferrarse a un sueño irrealizable. Héroes de otra época magnífica y gloriosa que se niegan a reconocer la realidad, por muy evidente que esta fuera.

—Defenderé a Roma de todos sus enemigos, mientras corra una sola gota de sangre por mis venas —afirmó, con una férrea determinación.

—Y no estás solo.

—Lo sé.

Constancio Trebio me miró con afecto. Estaba al corriente de que yo había luchado bajo el mando de Aecio contra los hunos en Maurica, y este hecho me había ayudado a granjearme su aprecio y simpatía.

—He hablado con el rey Teodorico, me ha dicho que tras las lomas que se encuentran al norte de la ciudad, hay una pequeña aldea.

Le miré con atención.

—Asegura que en ella se esconde un traidor hispanorromano que ha colaborado con los suevos.

—¿Quién es?

—No lo sé, algún desgraciado que ha vendido su honor a los suevos a cambio de un puñado de siliquas. Debéis capturarlo vivo, es necesario que revele quién más ha ayudado a los bárbaros durante la invasión.

Asentí con pesar, pues cada vez eran más numerosos los rumores que aseguraban que en Hispania no eran pocos los que se inclinaban por un gobierno estable aunque fuera bárbaro, que por el desinterés y el abandono que les dispensaba una Roma solo preocupada por recaudar los desproporcionados impuestos correspondientes al iugatio capitali no, y el annona militaris, el impuesto anual que contribuía a sufragar el mantenimiento del ejército. Los hispanorromanos pagaban sus tributos, pero Roma no les protegía de sus enemigos, abandonándolos a su suerte. Se preguntaban porque debían mantener un ejército que no les socorría cuando necesitaban de su auxilio. Era razonable que el desafecto que los hispanos sentían por el Imperio fuera en aumento tras cada invasión bárbara.

—Iréis un grupo de veinte hombres, diez romanos y diez visigodos vestidos como bagaudas.

—Un ataque sorpresa.

El tribuno asintió.

—No debe escapar y debéis matar a todos los habitantes de la aldea como escarmiento a todos aquellos que osen traicionar al emperador.

—¿Cuándo?

—Partiréis de madrugada y atacaréis antes del amanecer.

—Como ordenes, domine.

El tribuno asintió y se marchó bajo una manta de agua.

Era noche cerrada y hacía frío. La tenaz lluvia nos había concedido una pequeña tregua y, paulatinamente, las exhaustas nubes se deshicieron en lánguidos jirones que se desvanecieron engullidos por un cielo negro salpicado de palpitantes y tímidas estrellas. Vestidos con harapos, cubiertos con toscas pieles de cabra o raídas mantas, y con la cara embadurnada de tizón y lodo, formamos los romanos y visigodos elegidos para capturar al traidor.

—Recordad, no deben quedar testigos; viejos, mujeres y niños deben morir.

Frotábamos nuestros ateridos cuerpos al tiempo que el oficial visigodo que nos comandaba dibujaba en un barrizal el burdo mapa de una aldea.

—Según nuestros exploradores, el traidor se encuentra aquí —dijo, señalando con un palo una cabaña dibujada en el barro—. Los romanos rodearéis el poblado asegurándoos de que no hay vigías —levantó la vista y nos miró para cerciorarse de que le habíamos entendido. Asentimos encogiéndonos de hombros y quedó satisfecho—. Nosotros le atraparemos y le traeremos al campamento —prosiguió—. Vosotros, cuando le hayamos capturado, mataréis a los habitantes del poblado.

—¿Cuántos son? —preguntó uno de los romanos.

En sus ojos leí que no le entusiasmaba la idea de matar hispanorromanos, por muy traidores que estos fueran. Al fin y al cabo, lo único que anhelaban era proteger a su familia. Las tropas imperiales se hallaban muy lejos de sus tierras y las mesnadas suevas demasiado cerca.

—¿Qué más da? —contestó con desprecio el visigodo—. Tú mata a todos los que veas.

—Lo pregunto porque solo somos diez —insistió el legionario.

—¿Acaso los romanos no sois capaces ni de matar a un grupo de mujeres desarmadas?

Los visigodos rieron con malicia.

—De todas formas, alguno de nosotros os echaremos una mano si el traidor no nos ocasiona demasiados problemas —concedió gentil el bárbaro.

—Gracias por tu generosidad —aceptó el miles, ante la complacida mirada del visigodo, que no debió entender el sarcasmo.

Sonreí ante la audacia del legionario.

—Si no hay más preguntas… adelante —ordenó el visigodo.

La noche nos ocultaba con su negro manto y caminábamos casi sin ver por dónde pisábamos. Unas pequeñas teas guiaban nuestros inseguros pasos. El silencio era casi total, siendo únicamente interrumpido por el sonido de algún búho o la húmeda hojarasca que crujía bajo nuestras pisadas. Así anduvimos durante una hora hasta que llegamos a un collado.

—Mirad —dijo el oficial visigodo, señalando unas cabañas que se vislumbraban más abajo en un pequeño valle.

—Falta poco para que amanezca, debemos darnos prisa —observó otro bárbaro, ante la conformidad de quien nos comandaba.

Tal y como nos ordenó el oficial visigodo, nos dispusimos a rodear la aldea para asegurarnos de que no había vigías. El sol estaba a punto de despuntar tras las montañas, no había tiempo que perder. Con sumo sigilo, cruzamos el poblado, que estaba constituido por apenas ocho chozas de piedra y paja. Un perro nos ladró y se oyó una voz procedente de una cabaña que le hizo callar. Nos miramos nerviosos, el corazón nos latía con fuerza. El barro nos llegaba hasta los tobillos y dificultaba nuestro paso. De pronto, una puerta se abrió y por ella salió una anciana. Nos ocultamos tras una choza sin ser vistos. La vieja dio la vuelta a la choza, se levantó la saya y comenzó a orinar. Nos miramos y sonreímos. Cuando terminó volvió a entrar en la casa.

—Creo que no hay vigías —dijo un legionario.

—Estoy de acuerdo. Ahora este es el plan —comencé a decir—, nos dividiremos en grupos de dos. Cada pareja se situará detrás de una choza, cuando los visigodos capturen al traidor, entraremos en ellas y mataremos a todos los que estén en el interior. Las tres casas que se encuentran en el centro serán atacadas por los que acaben primero.

Los legionarios miraron al suelo, no habían sido entrenados para matar a mujeres y niños mientras dormían, y la sola idea les repugnaba sobremanera. Pero obedecíamos órdenes. Una vez más, debíamos tragarnos nuestros principios, aunque nos abrasase las entrañas y corriéramos el riesgo de convertirnos en uno de esos bárbaros que tanto detestábamos.

—Vamos muchachos, recordad que es por el bien de Roma —intenté alentar, sin mucho convencimiento.

—Iré a avisar a los bárbaros de que no hay vigías —dijo un legionario.

—Bien, el resto nos dirigiremos a las chozas. Cuando informes a los visigodos, ve a la choza que está más hacia el oeste. Allí te esperará tu compañero.

El miles asintió y se marchó perdiéndose en la espesura del bosque.

Nos dividimos en parejas y, en silencio, nos encaminamos hacia las chozas. Allí permanecimos ocultos, aguardando varios minutos hasta que un leve rumor procedente del bosque nos advirtió de la llegada de los visigodos. El oficial me saludó y asintió cuando pasó a mi lado, luego, acompañado por los bárbaros, se dirigió hacia la cabaña donde se encontraba el traidor. Comenzaba a amanecer.

Se abrió la puerta de otra choza. En esta ocasión salió un hombre joven, parecía que se disponía liberar aguas. Dio la vuelta a su casa, pero algo a su espalda llamó su atención y se dirigió hacia una choza vecina.

—¡Nos atacan! —gritó espantado, abriendo la puerta de la cabaña.

Había visto al grupo de visigodos.

Un legionario corrió hacia él para hacerle callar. El muchacho corría como alma que lleva el diablo gritando voz en cuello. De las chozas comenzaron a salir hombres armados con bastones, azadas y palos. Los visigodos, sin saber qué hacer, entraron en la casa donde se ocultaba el traidor.

—¡Son bandidos, vayamos a por ellos! —gritó un fornido campesino, blandiendo un amenazante bastón.

Varios hombres le siguieron. Durante unos instantes, no supimos que hacer. Parecía que la misión estaba llamada al fracaso. De una casa salieron los visigodos arrastrando el cuerpo inerte de un hombre. El sol iluminaba un nuevo día y de las chozas salieron más hombres y mujeres portando cualquier objeto que pudiera ser blandido como arma. Cayeron sobre los visigodos que se defendieron cómo pudieron de la multitud. Serían unos veinte los que impedían el secuestro del traidor. Los romanos permanecimos quietos, ocultos tras las chozas evitando hacer el mínimo ruido, atentos a cómo se estaban desarrollando los acontecimientos.

—¡Son visigodos disfrazados de bagaudas! —gritó un hombre que acababa de rematar a uno de los bárbaros.

—¡Registremos los alrededores, seguro que hay más!

Sus palabras nos alertaron. Uno de los legionarios, incapaz de aguantar más la tensión, huyó delatando su posición. Varios campesinos corrieron tras él dándole alcance a pocos pasos. Un brutal bastonazo en la cabeza acabó con su vida.

De pronto la tierra tembló bajo nuestros pies. Los campesinos se miraron los unos a los otros buscando una explicación, mas no tardaron en hallar la causa. Por un camino embarrado, varios centenares de jinetes irrumpieron en la aldea espada en ristre ante la sorpresa de los aldeanos que no esperaban el súbito ataque. Ahora eran ellos los que corrían para ponerse a salvo. Aprovechando la llegada de los visigodos, salimos de nuestro escondite y dimos buena cuenta de la población que huía despavorida.

Durante gran parte de la refriega estuvimos escondidos y no dimos muestra de presencia hasta la llegada de los jinetes bárbaros. Y ahora nos disponíamos a segarles la vida a unos hispanorromanos que huían aterrados.

No fue un acto valiente ni heroico, pero en aquellos confusos tiempos la valentía y el honor no eran más que un enmascarado fraude, una grotesca mentira vestida con bellos gestos y dulces palabras. Las virtudes más nobles eran tan cuestionables como la supuesta pureza de una muchacha tras ser abandonada a una horda de bárbaros. Lo único importante era mantenerse con vida. Lo demás carecía de consideración. Los escrúpulos representaban un lujo del que podíamos prescindir.

Los desgarradores aullidos de dolor y auxilio se confundían con el galope de los caballos y con el crujido de los huesos y de los cráneos rotos.

Las chozas fueron incendiadas y un espeso humo blanco envolvió la aldea.

Los rayos de sol iluminaron un rojo lodazal de sangre derramada. Me lancé sobre un hombre que corría hacia el bosque, sin pensármelo dos veces le degollé. Luego fui a por otro, y otro y otro más… Los cadáveres se amontonaban y eran pisoteados por los cascos de los caballos. En la confusión, contemplé como un jinete cogía en volandas a un hombre y lo aferraba a su caballo.

Un niño salió de una choza y se quedó de pie, quieto, en medio del lodazal. Lloraba desconsolado.

—Llegó el momento —dijo una voz conocida.

Entre el humo, surgió la figura de un jinete visigodo. Tenía la espada desenfundada y se dirigía a toda velocidad hacia el pequeño.

—¡No! —gritó una mujer corriendo hacia el niño.

La miré y un escalofrío gélido como el aliento de la muerte recorrió mi cuerpo. La mujer llegó a la altura del niño, ocultándolo bajo el abrigo

protector de sus brazos. Corrí hacia ellos. El bárbaro se encontraba muy cerca. Espoleó con fiereza a su caballo y alzó la espada. Enseguida reconocí sus bigotes rubios y sus ojos ambarinos. Incapaz de llegar hasta la mujer y el pequeño, me lancé hacia el caballo del bárbaro. Solo tenía una oportunidad y debía aprovecharla. Blandí la espada y de un solo tajo cercené una de las patas traseras del alazán. El caballo profirió un salvaje relincho henchido de dolor y rodó estrepitosamente por el suelo, arrastrando al germano en su caída, y dejándolo malherido, exánime sobre el lodo. Me acerqué a él y comprobé que, aunque había perdido el conocimiento, aún se mantenía con vida. Sus dioses paganos le habían protegido de una muerte segura. El germano tenía el yelmo aplastado y por su frente, sucia de barro y sudor, corría un hilo de sangre. El caballo, en su terrible caída, se había roto el cuello, poniendo así fin a lo que habría sido una lenta agonía. Miré a la mujer, que no había dejado de proteger al niño un solo instante. Corrí hacia ellos y los puse en lugar seguro, ocultándoles tras unos helechos.

Estuvimos en silencio hasta que los visigodos se marcharon. Walder, al que tenía a la vista, permanecía tumbado inerte en el suelo.

—Hola, Alana —dije con la voz quebrada por la emoción.

Un sinfín de emociones borboteaba en mi corazón, y mis manos temblaban como las de un jovenzuelo presto a saborear su primer beso de amor. Tenía cientos, miles de preguntas que hacerle, pero sobre todo había una que atormentaba particularmente mi ánimo: por qué me abandonó cuando llegamos a Lugdunum, sin concederme si quiera unas breves palabras de amor, o al menos de afecto o de aliento. Pero su presencia y la del pequeño desvanecieron mis dudas e inseguridades, y elegí vivir aquel mágico instante con intensidad y dicha.

—Hola, Adriano.

—Mamá, ¿es papá? —preguntó el niño señalándome con un dedito.

No fue necesario que Alana respondiera. El pequeño tenía los ojos de su madre pero las orejas y la nariz eran, sin duda, de su padre. Le alcé en brazos y le abracé. Sus bracitos rodearon mi cuello y percibí el agradable candor de su cara en mi rostro. Sentí una emoción indescriptible. Mis ojos se humedecieron y le besé. Alana nos observaba emocionada y las lágrimas

surcaron su bello rostro. Me sentía feliz, exultante, había recuperado a Alana y, además, me había encontrado con el maravilloso regalo de un hijo.

—¿Cómo te llamas, pequeño?

—Adriano.

No pude contener las lágrimas, que brotaron de mis ojos como un caudaloso torrente henchido de agua tras la tempestad. Abracé a Alana y así, envueltos en un mar de lágrimas, permanecimos varios minutos. No queríamos romper un momento tan maravilloso como inesperado.

—Por fin estamos juntos y jamás volveremos a separarnos —dije finalmente.

—Pero el druida…

—Interpretó mal los augurios, olvídalo —interrumpí—. Sois mi familia y no permitiré que nadie nos separe.

Mi hijo sonrío y me abrazó con fuerza al oír mis palabras.

—¿Has visto lo que me quiere? ¡Y apenas me conoce! —exclamé orgulloso.

Alana sonrió.

—Es cierto, el niño te adora.

—¡Cómo no lo va a hacer! ¡Soy su padre! —dije henchido de felicidad

—. Huiremos de estas tierras y marcharemos a algún lugar lejano, apartado de guerras y desgracias.

Alana dudó, en su mente afloró el augurio del druida. Miró al pequeño que seguía aferrado en mi cuello. Se hallaba confusa e indecisa: no quería partir el corazón del niño separándole de su padre, pero a su vez, como mujer-druida, tenía una gran confianza en premoniciones, auspicios y adivinaciones.

—Lughdyr interpretó mal el augurio, recuerda que dijo que nos encontraríamos cuando yo me hallara a las puertas de la muerte y que tú me liberarías de sus garras. Se ha equivocado —dije con vehemencia.

—Tu amada volverá para liberarte de sus garras… eso fue exactamente lo que dijo… —musitó Alana—… ¿y si… y si tu amada no fuera yo?

Su rostro estaba contraído y su frente arrugada. Las dudas y la lucha interior que sufría eran intensas, devastadoras, crueles. Debía interceder por

ella, por nuestro amor. Iluminar la tortuosa senda de la incertidumbre por la que transitaba guiándola hacia el camino de la verdad… de mi verdad…

—Eres tú, amor mío, solo tú. Los dos lo sabemos —comencé a decir—.

Amor mío dime, dime cómo es posible que nos hayamos encontrado en esta perdida aldea si no fuera porque el fatum así lo ha dispuesto. No busquemos explicación a aquello que no la tiene. Lo importante… lo verdaderamente importante es que volvemos a estar juntos. Escucha a tu corazón como yo escucho al mío. Ellos no mienten, los sentimientos son la única certeza, el último refugio en este maldito mundo anegado con el miasma del odio y la muerte. —Le señalé la aldea devorada por las llamas y los cuerpos inertes de los campesinos, diseminados en un lodazal rojo de sangre—. Cree en mí, en nosotros y nada ni nadie podrá separarnos.

En sus labios asomó una amarga sonrisa y desvió la vista al suelo.

—Mi corazón te ama más que a mi vida pero…

—Piensa en el niño, piensa en mí…, juntos seremos felices —insistí.

—¿Dónde iremos?

—El lugar es lo de menos siempre que esté lejos de la guerra. Nuestro hogar estará allí dónde estemos juntos —me hallaba eufórico, parecía que después todos mis esfuerzos, la había convencido—. Ya se trate de la cima más alta, del abismo más profundo, de la isla más inhóspita, de un erial o de un vergel. ¿Qué más da? ¡Estaremos juntos y eso es lo más importante!

Todavía abrazado al niño, me acerqué a Alana y la besé. Sus tibias lágrimas mojaron mi rostro. Le acaricié la mejilla. Su rostro estaba velado por la duda, pero su mirada delataba que me amaba y que siempre me había amado. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho embargado por una inmensa alegría.

—Será mejor que nos marchemos —dije, intentado desprenderla de la indecisión y de la incertidumbre que se habían asentado en su ánimo como un firme e inquebrantable cimiento.

El graznido de una corneja nos sobresaltó. De pronto, un pájaro negro voló sobre nuestras cabezas.

—¡No lo permitiré! —gruñí, dejando al pequeño en el suelo y desenfundando mi spatha.

Adriano nos miraba sin entender qué estaba pasando.

—¡Nadie me separará de mi familia! —grité a la corneja.

El pájaro se posó en una rama próxima, desenfundé mi pugio con la intención de acallar, de una maldita vez, sus infernales graznidos. La corneja me contemplaba desafiante. Sus pupilas, negras como el tizón, reflejaban una figura humana y no era precisamente la mía. Agarré con fuerza la daga pero una extraña energía me impidió lanzarla sobre mi objetivo. Me sentí cautivado por su mirada. Entonces Alana exclamó unas palabras en un lenguaje extraño y el pájaro levantó el vuelo perdiéndose en la espesura.

—¿Qué le has dicho? —pregunté confuso.

—Le he ordenado que vuelva con su amo, aquí no lo necesitamos.

Volví a besarla. La mañana estaba bien avanzada y el sol iluminaba un hermoso día.

—¿Qué era ese pájaro? —preguntó el pequeño.

—Nada hijo, un enviado del diablo.

Mi respuesta no agradó a Alana que profesaba una devoción ciega por el druida. Me reprobó con la mirada y tuve que disculparme.

—Lo siento… es solo un pajarillo buscando algún amigo —le dije al pequeño, que sonrió ante mi inventiva—. Ahora será mejor que nos marchemos.

—¿A dónde? —preguntó Alana.

—Iremos a Saguntum, allí vive mi familia. Luego embarcaremos en una nave que nos guíe a Grecia o Egipto.

—Es un viaje largo.

—Lo sé, pero la recompensa bien lo merece.

Alana asintió.

Un ruido procedente de la espesura del bosque llamó nuestra atención.

Sobresaltado, eché mano de mi espada y protegí a mi hijo y a Alana, poniéndolos tras mi espalda. Una bandada de pájaros negros surgió de entre las hayas y los robles. Proferían ensordecedores graznidos que dañaban nuestros tímpanos. Doloridos, nos tapamos los oídos. Entretanto, centenares de pájaros nos rodearon y se posaron en las ramas de los árboles.

—¿Qué ocurre mamá? —preguntó aterrado mi hijo, aferrándose con fuerza a los brazos de su madre.

—Estamos perdidos —musitó Alana, consciente de lo que estaba sucediendo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté alertado.

No me respondió y con su brazo derecho señaló la espesura. Los pájaros se posaron en las ramas de los árboles más próximos. Las cornejas dejaron de graznar y un profundo silencio envolvió el bosque. Alana seguía absorta señalando unos matorrales con la mirada perdida. Observé a los pájaros que nos rodeaban. En sus negros ojos advertí la imagen de siniestras figuras.

Una nube negra, surgida de algún hechizo, ocultó el sol, y una niebla densa y espesa brotó del suelo y, en poco tiempo, nos ocultó con su frío manto.

Apenas podía ver más allá de unos pocos pasos. Abracé con fuerza a Alana y al pequeño. Mi espada estaba bien aferrada, dispuesta a impedir que nadie me separara de mi familia, ya se tratase de cientos o miles de magos, adivinos, brujos o druidas. Nadie lograría arrebatarme a mi familia. Nadie.

—Ella no te pertenece —prorrumpió una voz entre las tinieblas.

—¡Marcharos malditos hijos de Lucifer! —grité desafiante.

—Es hija de la Naturaleza, y debe volver a su servicio —dijo otra voz.

—No permitiré que me separéis de Alana ni de mi hijo. Los amo más que a mi vida y mataré a todo aquel que ose acercarse a nosotros.

De las tinieblas comenzaron a vislumbrarse varias figuras que nos rodearon impidiéndonos cualquier huida. Vestían túnicas blancas, portaban largos cayados y ocultaban sus cabezas con capuchas.

—Es una mujer-druida, ha nacido para servir a la Madre Naturaleza en el amor, la bondad y la caridad —dijo uno de los brujos.

—¡Vosotros no sabéis qué es el amor, qué es la bondad o qué es la caridad! —exclamé furioso—. Habláis de la Madre Naturaleza pero desconocéis cuál es su esencia, no sois más que lobos vestidos con pieles de cordero, unos hipócritas que no dudáis en esclavizar a una mujer y separar a un hijo de su padre para alcanzar vuestros oscuros propósitos. ¡No sois más que una caterva de viejos lunáticos!

Uno de los brujos se nos acercó, enseguida identifiqué a Lughdyr. Se dirigió hacia nosotros con el brazo extendido.

—Ven conmigo, hija mía —dijo el brujo con una voz cavernosa procedente de otro mundo.

Sentí como Alana se separaba de mí, y como hechizada por las palabras del brujo, se dirigía hacia él. La cogí de los hombros y la zarandeé para que volviera en sí. Me miró y vi con horror como sus ojos estaban completamente blancos.

—A… Alana —balbuceé.

—Déjame marchar, debo volver con ellos —susurró.

—¡No! —exclamé agarrándola con fuerza—. ¡Estás embrujada!

—Tus esfuerzos son inútiles, ella nos pertenece.

Las palabras del brujo me enardecieron, mi corazón estaba lleno de ira y deseaba, con todas mis fuerzas, clavarle mi espada en su pecho y manchar con el color rojo de la sangre su inmaculada túnica.

—Papá, déjanos marchar.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando escuché las palabras de mi hijo. Al igual que le había ocurrido a Alana, sus ojos habían perdido su color tornándose completamente blancos. Ambos habían sido embrujados.

—No hijo mío, no permitiré que estos hechiceros nos separen. ¡No lo permitiré! —exclamé, abrazándole con fuerza.

—Nada puedes hacer —repuso Lughdyr, levantando sus brazos al cielo.

—¡Nuestro amor es más poderoso que vuestra magia negra!

Abracé a Alana, que intentaba zafarse de mí y marchar hacia el brujo.

Las tinieblas se fueron disipando y unos tímidos rayos de sol iluminaron el bosque. Parecía que habíamos vencido a los hechiceros.

—Ella no es de tu mundo. El destino… —dijo Lughdyr.

—El destino está escrito ¡pero tenemos la oportunidad de cambiarlo! —

le interrumpí, recordando sus propias palabras.

—Por eso hoy estás aquí, y has salvado la vida de Alana y la de tu hijo.

Es posible que en el futuro vuelvas a verles, pero tu encuentro será fugaz, pues cada uno de vosotros debe continuar su propio camino.

—Les quiero y jamás me separaré de ellos —repliqué.

—Eso no está en tu mano.

La niebla se disipó y las figuras de decenas de brujos se hicieron visibles. Todos eran ancianos de largas barbas y blancas túnicas. Alana y mi hijo continuaban hechizados con los ojos en blanco. Yo les abrazaba con fuerza, evitando que escaparan hacia Lughdyr, pero de pronto me sentí

embargado por una insondable debilidad, y mis fuerzas me abandonaron.

Exhausto, caí al suelo de rodillas. Lo último que recuerdo fue como Alana y mi hijo se perdían en la espesura del bosque seguidos por los brujos.

Después, una profunda oscuridad me envolvió. Antes de perder el conocimiento, sentí la suave caricia de una triste lágrima recorrer mi mejilla.

Me desperté y ellos habían desaparecido. Les busqué en el bosque pero no los encontré. Sumido en un mar de desesperación, me senté en una roca y lloré amargamente. Cuando no me quedaron más lágrimas que derramar, me levanté y caminé hacía los restos de la aldea. Sentí como mi cuerpo y mi alma sufrían una terrible transformación. Apreté con fuerza puños y mandíbula, y un profundo odio nació en mi corazón. Mis músculos estaban tensos, contraídos por la excitación. En mi mente solo había lugar para un propósito: encontrar a mi familia, y si esto significaba matar a todos los druidas que encontrase en mi camino, que así fuera. Dios me bendeciría de buen grado por exterminar a esa sarta de paganos y hechiceros. Les odiaba con todas mis fuerzas: me habían separado de mi familia, y convertido el día más feliz de mi vida en el más aciago y doloroso. Les mataría a todos, y pagarían con su sangre todo el daño que me habían ocasionado.

El germano se hallaba tumbado en un lodazal de sangre y barro. Me acerqué a él y comprobé que aún respiraba. Aún sin saber por qué, le subí a un caballo que vagaba desorientado e iniciamos el camino de regreso al campamento. Llegamos justo en el momento que se disponían a partir. Me recibieron mis compañeros con gritos de júbilo y palmadas de agradecimiento. Tanto visigodos como romanos nos daban por muertos. Yo tenía la mirada perdida, no era consciente de lo que ocurría en derredor. Mi corazón lloraba, gemía, aullaba invadido por un inconmensurable dolor.

Mis ojos ardían en terribles lágrimas de fuego. Dejé de ser un hombre para convertirme en un monstruo, un ser sin alma impelido por un insaciable deseo de venganza.

—Buen trabajo, Adriano.

Quien habló fue Constancio Trebio que me recibió con una gran sonrisa.

—Baja del caballo y descansa, tienes un aspecto horrible.

No lo sabía muy bien el bueno del tribuno. Descabalgué sin decir palabra. Del germano se encargaron los visigodos.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó un preocupado Constancio Trebio.

—Perfectamente, solo necesito descansar.

—¿Qué ha pasado en el poblado?

Le miré pero no le respondí, caminé hacia mi tienda. Agradecí que aún no hubiera sido desmontada.

—¡Puedes descansar un par de horas, retrasaremos nuestra marcha! —

gritó el tribuno, pero no me molesté en darme la espalda para agradecerle el gesto.

Como un fantasma vagué hacia mi tienda. Al principio los milites me saludaban y felicitaban por mi regreso. No obstante, era el único legionario que había conseguido volver sano y salvo. Pero mi semblante serio y contraído les alarmó. Dejaron de saludarme y se limitaron a flanquearme el camino. No fueron pocos los que consideraron que aquel funesto día hice un pacto con el mismísimo diablo o que fui poseído por algún demonio o hechizo. Algunos aseguraban que había muerto y regresado del infierno a cambio de vender mi alma al mismísimo Lucifer. Historias fantásticas que el paso del tiempo se ocuparía de borrar de la memoria de los más crédulos e ignorantes.

Un visigodo me despertó, liberándome de una pesadilla recurrente que me atormentaría durante años. Teodorico requería mi presencia. Me lavé en una cubeta y me vestí con la túnica militar y con la lorica. Fui conducido ante su presencia escoltado por sus spatharii. Teodorico me recibió sentado en un trono de madera revestida con láminas de oro y piedras preciosas.

Había sufrido un importante cambio respecto al bárbaro junto a quién luché hacía pocos años en Maurica. Sus ademanes eran más refinados y su porte, como diría el bueno de Calero, más romanizado. Tenía el rostro rasurado, el pelo corto y vestía una túnica militar semejante a la de los magistri romanos. A su derecha se encontraba Sisemundo, el comandante de los visigodos, un poderoso guerrero de gesto contraído y malhumorado. A su izquierda, con el ceño fruncido, se hallaba el tribuno Constancio Trebio.

—Así que has sido tú quién ha salvado la vida del capitán de mis spatharii —dijo el rey visigodo, nada más inclinarme ante él—. Quién iba a suponer que la persona a la que Walder quería segar la vida sería su salvador.

—Los designios del buen Dios son inescrutables —dije, concluyendo que mi relación con el germano era conocida por todos los visigodos.

—Es cierto, a veces el destino nos muestra su lado más… irónico —

observó el rey.

Apreté las mandíbulas, no soportaba oír hablar del destino.

—Te he convocado para agradecerte personalmente que salvaras la vida del mejor de mis soldados. Estoy seguro de que él hará lo propio cuando se recupere de su estado.

—¿Qué tal se encuentra? —pregunté por cortesía, en verdad la vida del germano me era del todo indiferente.

—Ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza, pero los físicos creen que se recuperará.

—Me alegro —mentí.

El rey visigodo sonrió no muy convencido de mi dicha.

—Considero que tu heroico acto merece un reconocimiento —dijo el rey, levantándose de su trono—. Lo he consultado con Constancio Trebio

—le miró y este asintió— y ha accedido a mi deseo de nombrarte ducenarius de la legio palatina.

En cualquier otro momento, aquel ascenso me habría colmado de gozo pero, cuando eres separado de la mujer que amas y de tu hijo, cualquier noticia, fuera buena o mala, gozaba de una importancia relativa. Aún así, forcé una sonrisa de agradecimiento y asentí aceptando el cargo.

—Estoy seguro de que servirás a Roma con honor en tu nuevo puesto

—intervino Constancio Trebio.

—Defendiéndola de todos sus enemigos —añadí, mirando al rey visigodo.

—Eso está bien, la lealtad es un bien cada vez más escaso en estos difíciles tiempos —dijo Teodorico con una áspera sonrisa. Seguramente en su mente brotó la trágica muerte de su hermano Turismundo, asesinado por él mismo o por alguno de sus secuaces.

—Ahora vete y disponte para la marcha Salvio Adriano, partiremos en poco tiempo —intervino el tribuno.

Me despedí del rex Gothorum con una inclinación con la cabeza, y regresé a mi tienda. Allí me esperaba un biarchus con mi nuevo uniforme.

Creo que fui el último en enterarme de mi ascenso.

Continuamos nuestra marcha por la Gallaecia persiguiendo al cobarde de Requiario. Arrasamos varias aldeas a nuestro paso, y en todas ellas pregunté por magos, hechiceros y druidas, pero siempre obtenía la misma respuesta: las falsas deidades habían sido expulsadas de aquellas tierras gracias al trabajo impagable de los monjes cristianos. Si quería dar con los druidas, debía dirigirme más hacia el oeste. Según me aseguraron, sus aldeas estaban colmadas de leyendas de brujas, duendes, hechiceros y demás herejes. Allí, posiblemente, se encontrase mi familia. Y hacía el oeste nos dirigíamos cuando, el tercer día antes de las nonas de Octubre, dimos con el rex Suevorum.

No tuvo tiempo de escapar y preparó sus tropas a pocas millas de la ciudad de Asturica Augusta. El campo de batalla era una gran explanada bañada por un rio de nombre Urbicus y salpicada de pequeñas lomas. Un lugar perfecto para las maniobras de nuestra infantería y para las cargas de la caballería visigoda. O el rey suevo tenía preparada alguna estratagema, o su final estaría bien próximo.

Nos encontramos con los suevos un fresco día de otoño, donde el sol permanecía oculto tras unas plomizas y amenazantes nubes. Pasé revista a mis milites. Durante el poco tiempo que llevaba siendo su superior, supe ganarme su confianza y respeto. Algo harto complicado cuando de veteranos de guerra se trata. Fui hombre parco en palabras, rápidas decisiones y certeras estocadas, todo lo que necesita un oficial para ser respetado y obedecido. En el cielo vi volar un águila sobre las tropas suevas y sonreí. Si fuera supersticioso o confiase en engañosos augurios, habría considerado que se trataba de un buen auspicio.

Los legionarios ocupamos la retaguardia del ejército aliado, así pues, el peso de la campaña lo soportarían los foederati visigodos, burgundios y

francos. A pesar de que el objetivo era expulsar definitivamente a los suevos de nuestras limes, nosotros éramos poco más que meros observadores. Una batalla por Roma pero sin soldados romanos.

Teodorico dirigía el centro de la formación, mientras que francos y burgundios le flanqueaban. El sonido de las tubas y los litui de guerra, de uno y otro bando, irrumpieron con un atronador estruendo en el campo de batalla, espantando a toda suerte de aves que surcaron el cielo en busca de un lugar más seguro donde cobijarse.

Constancio Trebio, montado en su recio caballo de guerra, nos dirigía.

En su inquieto alazán, comprobaba que cada una de las unidades que componían nuestra legión estuviera bien equipada y preparada para el combate. Una vez se aseguró que estaba todo correcto, miró al rey visigodo y asintió. Teodorico dio una orden a su ayudante de campo y este obedeció de inmediato.

—¡Aliados romanos! —gritó el ayudante de campo—. ¡Adelante!

Sorprendentemente, los federados nos flanquearon el paso permitiendo nuestro avance hacia la vanguardia del ejército. Teodorico debió considerar que era nuestra guerra y que cuantos más romanos perecieran en ella mucho mejor para sus intereses. Una vez nos hallamos en primera línea de combate, el tribuno alzó la mano y la dirigió hacia el enemigo, acto seguido, marchamos contra ellos. Hombro con hombro, escudo con escudo, legionario con legionario, cada una de las diez unidades era una estructura compacta, infranqueable, una maquinaria creada para matar y destruir. Así había sido durante cientos de años y miles de batallas. Y, ahora, sería el rey suevo testigo del devastador poder de las temibles legiones romanas.

Nos encontrábamos a pocos cientos de pasos de los suevos cuando una lluvia de flechas y jabalinas cayó sobre nosotros, los ducenarii ordenamos la formación de un muro de escudos y sentimos como los dardos y las lanzas se clavaban en nuestros scuta. Detuvimos unos instantes nuestro avance, momento que fue aprovechado por nuestros enemigos para enviar a su caballería. Desde la pequeña abertura existente entre mi escudo y el de mi compañero, vi como se dirigían hacia nosotros cientos de jinetes suevos enarbolando espadas y picas, levantado una inmensa columna de polvo. Mi

destacamento era el más avanzado y por tanto, el primero en recibir la acometida enemiga.

—¡Preparad vuestras veruti! —ordené.

Los legionarios armaron sus jabalinas parapetados tras los escudos. El suelo gimió bajo el galope enemigo. Los jinetes suevos se dirigían hacia nosotros inexorablemente, como una colosal y furibunda riada, amenazando con aplastarnos con los cascos de sus caballos, arrasándonos a su paso.

—¡Esperad a mi orden! —grité, sujetando con fuerza mi verutum.

Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, y me pareció sentir también los latidos de los doscientos hombres que componían mi unidad. Eran veteranos, avezados soldados protagonistas en decenas de batallas. Los legionarios de cada numerus debían pensar como si fueran uno, actuar como si fueran uno y luchar como si fueran uno. No había lugar para el individualismo, la vida de cada legionario dependía del compañero que tenía a su lado. Protegerle a él significaba protegerse así mismo. En esto radicaba la diferencia entre la victoria y la derrota, entre la vida y la muerte.

Los suevos espolearon con más virulencia sus caballos y apuntaron sus armas hacia nuestra formación. Un suave viento trajo consigo el olor de sus caballos y de su propio sudor. Había llegado el momento.

—¡Legionarios! —exclamé—. ¡Ahora!

En un único movimiento, preciso, mil veces entrenado, doscientos soldados apartamos nuestro escudo, nos incorporamos y lanzamos nuestras veruti al enemigo, que se encontraba a corta distancia. Entonces, con la velocidad del rayo, volvimos a parapetarnos tras nuestros scuta. No fueron pocos los caballos y jinetes heridos con nuestras jabalinas. Debido a la inercia de la cabalgada, muchos suevos cayeron ante a nuestros pies siendo rematados con nuestras spathae. Por la rendija de mi escudo advertí que los jinetes suevos, aterrados por tan feroz carnicería, detenían la carga. Quien les comandaba miraba a en derredor confuso, sin saber qué decisión tomar.

Craso error. Si un capitán ordena una carga de caballería, esta debe avanzar hacia el enemigo hasta las últimas consecuencias. En el campo de batalla no hay lugar para la indecisión. Si un capitán duda, sus hombres mueren. Es así de sencillo.

Y así fue. Teodorico, atento a la indecisión del comandante suevo, ordenó a sus arqueros que vaciaran sus carcajes sobre los jinetes enemigos.

Nosotros, protegidos tras nuestros scuta, recibimos alguna que otra saeta sueva, pero chocaron ineficaces contra nuestras protecciones. Pero centenares de suevos cayeron abatidos, ensartados por miles de flechas visigodas. Derrotados, pocos fueron los que lograron huir, protegiéndose tras la retaguardia.

—¡Adelante! —ordené—. ¡ Roma invicta est! ¡ Roma invicta est! [¡Roma es invencible!] —grité, y mi voz evocó el recuerdo de Publio Cornelio Escipión, de Aecio, de Julio César, de Adriano, de Trajano, de Aureliano y de tantos y tantos emperadores y generales cuyas inmortales hazañas glorificaron al Imperio. Mi grito fue secundado por las voces de centenares de legionarios, y resonó en el aire con el clamor de la victoria y de la gloria.

No éramos legionarios, sino orgullosos héroes de un tiempo ya olvidado.

Como lo fueron Aquiles y Héctor, Príamo y Agamenón, Eneas y Áyax.

Aqueos contra troyanos, romanos contra bárbaros. Zeus tempestuoso nos observaría dichoso desde los cielos, como contempló al priamida Héctor luchar contra el peleida Aquiles.

Doscientos soldados, seguidos por el resto de la legio palatina, y arropados por los foederati bárbaros, avanzamos pisoteando muertos y rematando heridos. Requiario, desconcertado, ordenó el avance de su infantería. Miles de soldados suevos avanzaron hacia nosotros golpeando los escudos con sus espadas en un estruendo aterrador.

—¡Mantened la formación! —ordené, mientras marchábamos hacia los bárbaros.

Los suevos, enardecidos al advertir el rojo suelo colmado de compañeros muertos, cargaron contra nosotros con una fuerza atroz, y chocaron con estrépito contra nuestros escudos. Se produjo una lucha cuerpo a cuerpo. El caos se adueñó del campo de batalla. Mantuvimos la formación el tiempo suficiente para que los jinetes visigodos entraran en escena. Sisemundo por la izquierda y Teodorico por la derecha rodearon a los suevos que en poco tiempo se encontraron atrapados y sin salida.

Requiario, incapaz de reconocer la derrota, envió a sus últimas tropas, y a

su propia guardia personal en ayuda de sus acorralados infantes. No le faltaba valor al rey suevo, pues él mismo los comandaba.

Sin poder mantener más nuestra formación defensiva, rompimos el muro de escudos y cargamos contra los suevos, que al sentirse atrapados, lucharon con ferocidad. En el campo de batalla, en el fragor de la lucha, no existe el miedo, no existe el terror, a veces, ni siquiera existe la prudencia.

La excitación de la batalla nos convierte en animales irracionales sedientos de sangre. Segar vidas, cercenar miembros, sentir la tibia sangre del enemigo derrotado salpicándote el rostro, más que un deber, suponía un placer. Y mis milites eran proclives a dejarse arrastrar por dicho deleite.

Varios suevos cayeron atravesados por el filo de mi spatha. Como poseído por Marte, repartía mandobles a diestro y siniestro arrebatando vidas y enviudando suevas. El suelo se volvió resbaladizo por la sangre y era difícil no pisar algún muerto o miembro cercenado. Un suevo me atacó con una gran hacha de doble filo. Conseguí detener su ataque protegiéndome con mi escudo, pero me trastabillé y caí al suelo. Derrotado, el suevo se abalanzó sobre mí impaciente por asestar un golpe mortal a un oficial romano. Y así habría sucedido si no hubiera sido por la súbita aparición de un gigante germano que, montado en un poderoso caballo de guerra, le atravesó de parte a parte con su espada, asomando la afilada y sangrienta punta por su esternón.

—¡Estamos en paz, romano! —gritó Walder desde su caballo con una terrible sonrisa, mostrando una ristra de dientes amarillos. Agradecí su auxilio con un gesto con la cabeza.

El estrépito de una carga enemiga llamó nuestra atención. El rey suevo, persuadido de que la batalla estaba perdida, lanzó un último ataque con los pocos jinetes que aún le protegían. El germano y yo cruzamos una mirada de complicidad. Walder espoleó su caballo y se dirigió hacia el rex Suevorum. Miré en derredor buscando una montura. Tuve suerte, a pocos pasos se encontraba un jinete suevo batiéndose con un burgundio. Corrí hacia él y conseguí desmontarle. Después de degollarle, me monté en su caballo y cabalgué con celeridad hacia Requiario. Pero Walder llegó antes.

Protegido por su guardia personal, el rey suevo se defendía con valor, pero éramos muy superiores y el germano se deshacía con contundencia de todo

suevo que se interponía en su camino. Azucé mi caballo, pero era muy lento. En tanto que yo, impotente, espoleaba al percherón que me había tocado en suerte, Walder se deshizo sin dificultad de dos guardias reales y ya se batía con Requiario. Me había ganado la partida. Acorralado, abatido y sin ninguna esperanza de victoria, el rey suevo giró su montura y emprendió la retirada. Pero Walder, hábilmente, consiguió herirle en la espalda. Un Requiario herido consiguió huir hacia la retaguardia, mientras varios de sus guardias personales protegían su retirada. Walder no se dio por vencido y continuó la persecución, pero los suevos eran muy numerosos y se vio obligado a desistir. Habíamos vencido a los suevos, pero su rey, había conseguido escapar de nuestras garras.

La victoria fue abrumadora y los muertos en el bando enemigo se podían contar por miles. Pero no se había completado el objetivo de la campaña: Requiario había logrado huir. Después de la batalla, Teodorico convocó a la plana mayor y yo, por disposición del tribuno, fui autorizado a participar en ella. Fuimos convocados en el praetorium. Allí se encontraban los mejores y más ilustres guerreros que formaban parte del ejército. Todos ellos encabezados por el propio rey Teodorico. Pocas horas habían pasado desde la batalla, pero nos hallábamos tan frescos como si hubiéramos disfrutado de una jornada de caza o jugado una entretenida partida de dados. Las victorias infunden renovados bríos en los agotados cuerpos de los vencedores. Tomamos asiento en bancos de madera y unos sirvientes nos trajeron algo de comida fría y vino aguado para saciar nuestro apetito.

El rex Gothorum estaba feliz, y daba buena cuenta de un muslo de pollo.

—Caballeros, os felicito por esta gran victoria —dijo cuando hubo terminado de tragar un generoso pedazo de pollo.

Los presentes, entre los que se encontraba Walder, asentimos agradecidos.

—Es más —añadió el rey, levantándose del escabel—, la huida de Requiario justificará nuestra incursión en tierras suevas. —Comenzó a pasear por la sala—. Estamos hablando de un criminal que ha asaltado las comarcas romanas de la Carthaginiense y la Tarraconense y maltratado a los embajadores enviados por Roma para negociar la paz. Entiendo que el emperador Avito no pondría ninguna objeción —añadió mirando al tribuno.

No le faltó mucho tiempo a Constancio Trebio para entender las verdaderas intenciones del visigodo. Aún así, no tuvo más remedio que claudicar.

—El rey suevo es un peligro para Roma… y también para nuestros aliados visigodos —dijo mirando a Teodorico—. Su exterminio será beneficioso para ambos pueblos.

—Efectivamente, llegaremos hasta el mismísimo corazón de la Gallaecia si fuera necesario para encontrarle —dijo el rey, ante los vítores de los oficiales federados.

El propósito del visigodo me agradó. Mi objetivo era encontrar a Alana y a mi hijo, y solo podría conseguirlo si permanecíamos en la Gallaecia dónde, estaba convencido, se encontraban retenidos por los brujos.

Después de discutir durante varios minutos más, se tomó la decisión de partir hacia el suroeste. Estábamos de acuerdo en que Requiario había huido hacia la ciudad de Portu Cale. Desde allí tenía acceso directo al mar y si lograba embarcarse en una nave, probablemente habríamos perdido su rastro para siempre.

Satisfechos por la reunión, los visigodos abandonaron el praetorium. El tribuno y yo, únicos representantes romanos, salimos los últimos. Me disponía a cruzar la puerta cuando una mano me aferró con fuerza el hombro. Me giré y pude ver los ojos amarillos del germano. El tribuno intentó intervenir, pero le hice un gesto para tranquilizarle y sonreí.

—Tranquilo, domine —somos viejos amigos.

—Sí, sí, domine —rezongó el germano con sarcasmo— muy, muy amigos.

—Nos veremos en el castrum, en unos minutos me reúno contigo —le dije a Constancio Trebio, que se marchó no muy convencido.

—Estamos en paz romano. Tú me salvaste la vida y yo he salvado la tuya —dijo el germano.

—No me salen las cuentas —repliqué, recordando el ataque a los bagaudas.

El germano escupió al suelo.

—Estábamos luchando y un bastardo bagauda nos interrumpió, eso fue todo.

—¿Qué es lo que quieres? —pregunté asqueado de su presencia.

—Somos aliados y mientras esta situación se mantenga no lucharé contigo. Pero algún día visigodos y romanos serán enemigos. Entonces te buscaré y puedes estar seguro de que te encontraré.

—Esperaré impaciente ese momento. —Le di la espalda y me dirigí hacia el campamento romano.

—¡Adriano! —gritó.

Me sorprendió que me llamara por mi nombre. Me detuve sin girarme.

—¡Pero con tu zorra sueva no tengo ningún acuerdo y, si doy con ella, te aseguro que la reconoceré y sabré muy bien qué hacer con su entrepierna!

¡Ja, ja, ja, ja!

Durante unos instantes tuve la tentación de volverme y ensartarle con mi espada, pero logré contenerme. Apreté los puños y continué mi camino, dejando atrás al germano riéndose a carcajadas.

La amenaza de Walder me inquietó. Sabía que el bárbaro era capaz de cometer las atrocidades más abominables. Debía encontrar a Alana y a mi hijo antes que él, o su futuro sería de lo más incierto. Pero ¿dónde buscarlos? Me hallaba en unas tierras desconocidas y plagadas de mitos y leyendas, donde lo sobrenatural se confundía con lo cotidiano sin, en muchos casos, discernir diferencia alguna. Historias de brujas, duendes, poderosos magos e incluso dragones se contaban por las tierras heréticas de los suevos, que habían aceptado el arrianismo, incluso el catolicismo tras la conversión del propio Requiario, pero sin renegar completamente de sus creencias y supersticiones paganas. Yo mismo había sido testigo de varios hechos difícilmente explicables y mi escepticismo hacía todo lo sobrenatural había comenzado a desquebrajarse. Los espesos bosques y sus inquietantes sonidos, los cristalinos y susurrantes arroyos, el suave ulular del viento, su olor… toda Gallaecia era misteriosa y enigmática.

—¿Qué te ha dicho ese bárbaro?

Sumido en mis cavilaciones llegué al campamento romano donde me esperaba un preocupado Constancio Trebio, en quien no había reparado hasta que di con él de bruces. Dudé si contarle la verdad, pero preferí callar.

Sería muy embarazoso explicarle al tribuno que mi amada sueva y mi hijo,

de quien desconocía hasta hacía poco tiempo su existencia, habían sido secuestrados por un grupo de viejos druidas de túnicas blancas.

—Tenemos una cuenta pendiente desde hace años y no vemos el momento de saldarla —terminé por responderle.

—Parece peligroso —observó el tribuno.

—Lo es.

Desmontamos el campamento y continuamos por la calzada sur hacia Bracara Augusta. Llegamos a un pequeño poblado conformado por varias chozas de piedra y paja diseminadas por la vera de un arroyo de aguas cristalinas. Allí nos recibieron unos más que aterrados aldeanos, que incapaces de poder escapar, compraron su vida a cambio de delatar el camino que había seguido su rey. Tal y como concluimos, Requiario se dirigía hacia Portu Cale.

Acampamos a cinco estadios del poblado. Refrescaba por esas tierras y cientos de fuegos calentaron nuestros ateridos cuerpos e iluminaron la oscura noche. Inquieto, inspeccioné la guardia y después me dirigí hacia una de las cabañas. En ella vivía quien se había identificado como jefe de la aldea. Llamé a la puerta y una mujer de rostro cansado y ojos temerosos me abrió.

—Me llamo Salvio Adriano y soy oficial del ejército romano, vengo a ver a tu marido —dije en el entorno de la puerta.

—Abre mujer —ordenó una voz masculina.

La sueva obedeció y entré en la choza. De planta redonda, estaba construida en piedra con el techo de brezo trenzado. Un fuego, situado en el centro, confería algo de calor a la estancia, a la vez que calentaba una sopa de cebollas y ajos, que serviría para engañar el hambre de toda la familia.

—Seas bienvenido a mi casa —dijo el hombre, intentando aparentar una serenidad de la que carecía.

—Gracias —dije, sentándome sobre un montón de paja limpia que la mujer, muy amablemente, me había preparado con diligencia.

Seis hijos tenía Gomado, pues así se llamaba el cabecilla del mísero poblado. El mayor con no más de diez años, y el pequeño de pocos meses.

Todos sucios y malnutridos. Vestían con ropas raídas por el uso y me miraban con una mezcla de fascinación y temor. Gomado era un hombre

joven, aunque estaba envejecido a consecuencia de las duras condiciones del lugar. Estériles y rocosas, las tierras suevas pedían un alto precio por cada grano de trigo o de centeno que sus habitantes eran capaces de extraer de su avaro suelo. Su mujer era extremadamente delgada. Caminaba coja y medio encorvada. Alguna enfermedad o la desnutrición que afectaba también a sus hijos había hecho mella en ella, dejándola medio tullida para el resto de su vida. El hombre me acercó una escudilla con un poco de sopa que rechacé, el pobre desgraciado ya tenía demasiadas bocas que alimentar como para encargarse también de la mía. Abrí mi alforja y le acerqué una hogaza de pan de trigo y un pedazo de queso. Gomado me miró agradecido, y lo repartió entre su mujer y sus hijos, que comieron con apetito y deleite.

—Te preguntarás a qué he venido —dije, cuando le vi parcialmente saciado.

El hombre me respondió con un gesto con la cabeza.

—En esta tierra abundan los mitos y las leyendas —proseguí—. He oído hablar de ciertos magos a los que llamáis druidas, que utilizan sus habilidades para curar enfermos y aliviar algunos de los males que os abruman.

—Si los mitos nos dieran de comer, mis hijos estarían tan gordos como los señores que nos mandan —repuso Gomado, sin ocultar cierto resquemor.

—¿No crees en ellos?

—Los magos, brujas, hechiceros o druidas forman parte de nuestras costumbres —reconoció.

—¿Entonces existen?

—Sí.

—¿Has visto alguno o has sido testigo de sus hechizos o prodigios?

Gomado me miró con desconfianza, como si se hallara ante un monje cristiano ávido de arrancarle de las garras del paganismo.

—No temas, vuestras creencias y costumbres me son indiferentes —le aseguré.

—Ella es ejemplo vivo de su poder —dijo, señalando a su mujer.

Le miré intrigado mientras la mujer intentaba ocultarse tras sus criaturas.

—¿Qué quieres decir?

El campesino cerró los ojos como si escudriñara en su memoria recuerdos lejanos casi olvidados. Su mente debió volar muy lejos, pues tardó varios minutos en abrir la boca.

—Fue una fría noche de invierno. Mi mujer se retorcía del dolor causado por un parto complicado, pero sus gritos fueron velados por un fuerte temporal. Fuera, la nieve nos rodeaba y la ventisca impedía que pudiera dar un solo paso para pedir ayuda. Apenas podía ver más allá de mi nariz. Mi mujer se moría y yo no podía hacer nada por evitarlo. Entonces apareció él.

La mujer se movía inquieta, incómoda ante la declaración de su marido.

Observé con más atención la choza y advertí que estaba adornada con hojas y ramas de muérdago, tejo, y roble. Además, colgaban del techo cabezas de serpientes y cráneos de animales. Aunque los suevos eran arrianos, no observé en la cabaña un solo indicio que delatase dicha creencia. Me hallaba en el hogar de una familia plenamente pagana.

—¿Quién apareció?

—El druida.

—Continua —ordené.

—Todos en la comarca le conocemos, es habitual verle recogiendo plantas y bayas en el bosque. Solo se acerca al poblado para curar a unos o para paliar el sufrimiento de otros. Es un hombre querido y respetado.

—¿Cómo se llama?

—Thordor.

Sentí una gran decepción al oír ese nombre. Hubiera dado mi brazo derecho por haber escuchado el de Lughdyr. Pero quizá ese tal Thordor estuvo presente el día que los druidas me arrebataron a Alana y a mi hijo, y tal vez pudiera conducirme hasta ellos. Le hice un gesto a Gomado para que continuara.

—Tocó la cabeza de Laira con la mano y su dolor desapareció —

prosiguió mirando a su mujer—. Con suavidad y sin apartar la vista de ella, me ordenó que pusiera agua a calentar. Obedecí al tiempo que él se ocupaba de cubrirla con una manta, invocando con frases de origen mágico y desconocido. Calenté el agua y se la acerqué. Los ojos de Laira transmitían

una placentera paz y una profunda calma. El druida continuó con sus embriagadores cánticos hasta que Laira quedó dormida. Entonces, Thordor, no sé muy bien de dónde, sacó una manta, la colgó del techo y se ocultó tras ella con mi mujer. Me hallaba desconcertado, no sabía qué hacer, temía por la vida de mi esposa. De pronto, un ronroneo similar al de un gato llamó mi atención. El ronroneo se convirtió en un fuerte llanto y tras la manta, surgió la figura del druida portando en sus brazos a un pequeño. Con los ojos llenos de lágrimas pude ver que tanto mi hijo como mi mujer se encontraban en buen estado. Henchido de felicidad, les abracé y agradecí al druida todo lo que había hecho por mi familia. Thordor me miró, sonrió, abrió la puerta de la choza y se perdió engullido por la ventisca.

—¡Es un hombre santo! —exclamó la mujer.

—¡Cállate! —ordenó furioso el hombre, mirándome con temor.

—Tranquilo, ya te he dicho que no estoy aquí para convertir paganos al cristianismo —le dije para sosegarle.

—¿Entonces qué es lo que buscas? —inquirió la mujer desde su rincón.

La pregunta de la sueva me sorprendió. Hasta ese momento me había evitado ocultándose tras sus hijos, y ahora me miraba con seguridad y firmeza. Observé sus ojos, negros, profundos y misteriosos. No parecían suyos. Un estremecimiento recorrió mi espalda.

—Olvídalos. Si quieres que vivan, tienes que alejarte de ellos —

prorrumpió la mujer, con una voz profunda y cavernosa, ante la mirada de asombro de su marido.

—¡Nunca! —exclamé, dirigiéndome hacia ella.

—¡Tu presencia les pone en peligro! ¿Es que no te das cuenta? —me preguntó la mujer con una voz que no era la suya.

—¡¿Dónde están?! —le pregunté, zarandeándola.

—¡Suéltala! —exclamó Gomado arrojándose hacia mí.

Caí al suelo bajo el peso del campesino. Con gran esfuerzo logré zafarme de él y me acerqué a la mujer, pero fue demasiado tarde. En sus ojos vi confusión y miedo. El druida se había marchado y abandonado su cuerpo.

—¿Dónde puedo encontrar a Thordor? —pregunté.

El matrimonio calló.

—¡¿Dónde puedo encontrar a Thordor?! —exclamé enfurecido, desenfundando mi spatha.

Los niños rompieron en llantos, anegando la choza con sollozos y lamentos preñados de pavor. Gomado miró asustado a su mujer, y esta negó con la cabeza. Traicionar a un rey rico y poderoso pero insensible a las necesidades de su pueblo, era una cosa, pero entregar al hombre que salvó la vida de tu mujer e hijo, era algo bien distinto. En los ojos del hombre advertí el dolor que su decisión le iba a causar, pero era consciente de que no tenía otra alternativa si quería seguir con vida. Con la cabeza agachada, se dirigió hacia mí y me dijo todo lo que necesitaba saber. Su mujer rompió a llorar, se tapó la cara con las manos, más por evitar el cobarde rostro de su marido, que por la vergüenza de su propio llanto.

Salí de la choza y me dirigí hacia el campamento. Era noche cerrada y aventurarme por el oscuro y desconocido bosque en busca de Thordor habría sido una temeridad.

Apenas pegué ojo en toda la noche, las pesadillas me asaltaron impidiéndome un placentero sueño. No había despuntado el alba, cuando me calé la lorica y salí de mi tienda. Inquieto, monté en mi caballo y me perdí en la profundidad de un hayedo. Los malos augurios y negros pensamientos se arremolinaban en mi confusa mente. ¿Y si Gomado me había mentido y me dirigía hacia una trampa? ¿Y si Thordor era un simple curandero sin importancia? ¿Y si me perdía en el bosque y jamás encontraba el camino de vuelta? Demasiadas dudas, demasiados interrogantes, y una única realidad: ansiaba encontrar a mi familia. Crucé cristalinos riachuelos, subí pronunciadas colinas, atravesé perdidos senderos, hasta que llegué a un espeso robledal. De momento, las indicaciones del campesino eran correctas. Llevaba varias horas de camino y comencé a sentirme cansado, entonces decidí tomar un descanso a la vera de un arroyo. Sumergí mis manos en las gélidas aguas y me refresqué el rostro. Durante un breve instante mi alma se sintió en calma, como si hubiera olvidado las penurias que el inclemente destino me estaba deparando. Más reconfortado, retomé el camino.

—Aquí estoy. Tu búsqueda ha concluido, pues ya me has encontrado.

La voz me sobresaltó y a punto estuve de caer del caballo, que giraba nervioso sobre sí mismo. Cuando pude hacerme con él, me acerqué al hombre que había pronunciado esas palabras. Sin duda se trataba de Thordor. No era excesivamente mayor, pues no tendría más de cincuenta años. Tenía el cabello espeso, largo, y a pesar de su edad, muy negro y carente de toda cana. Su rostro, apacible y tranquilo, estaba rasurado y he de reconocer que sus rasgos eran agraciados. Sus ojos eran muy oscuros, casi negros y transmitían una gran paz. Vestía una túnica vieja y raída de color marrón con capucha y se ayudaba de un cayado similar al de Lughdyr.

—Entiendo que eres Thordor —dije, bajándome del caballo. El druida asintió—. Entonces ya sabes por qué te busco.

—No puedo ayudarte, tu peregrinaje por tierras de la Gallaecia ha sido inútil.

Desenfundé mi espada y caminé hacia él.

—Soy un hombre desesperado capaz de hacer cosas desesperadas.

Simplemente quiero que me digas dónde está mi familia.

El druida no se inmutó, siguió mirándome con calma, casi diría que con ternura, pero en ningún momento advertí en sus ojos algo similar al temor o a la inquietud. Levanté mi spatha situándola a un palmo de su garganta.

—Guarda tu espada, tus ojos me dicen que no vas a hacer uso de ella —

dijo, sin mover un músculo.

—No deseo matarte, pero no tengas la menor duda de que lo haré. Dime lo que quiero saber y me marcharé.

—Alana y tu hijo están en lugar seguro, lejos de su mayor peligro.

—¿Su mayor peligro? —le pregunté confuso.

El brujo asintió.

—¿Qué o quién es su mayor peligro? —pregunté temiendo la respuesta.

—Creo que ya lo sabes —se limitó a responder.

—No, no lo sé. Dímelo tú —mentí.

Una ráfaga de frío viento rozó con su helado manto el bosque, llevándose consigo las hojas caídas de los robles. Un sobrecogedor estremecimiento recorrió mi ánimo. A decir verdad, la presencia de esos druidas, hechiceros o brujos, me intranquilizaba. Thordor me miró fijamente y negó con la cabeza.

—Tú eres su mayor peligro —dijo, sin apartar la vista de mis ojos.

—No te creo.

—Debes confiar en las palabras de Lughdyr y apartarte de ellos. Será la única forma de que os volváis a reunir.

—Dime por qué soy su mayor peligro y quizá, solo quizá, abandone la idea de buscarles.

El graznido de una corneja llamó la atención del druida. De pronto, un pájaro negro se posó suavemente sobre su hombro. Sus ojos, redondos y negros, me miraban, o mejor dicho, me escrutaban. Los miré fijamente y concluí que me estaba volviendo loco cuando me pareció ver en ellos la siniestra figura del druida Lughdyr.

—Es el pájaro de Lughdyr, ¿verdad?

—Así es.

—¿El viejo druida puede ver a través de sus ojos?

—Lughdyr es muy poderoso.

Acepté la presencia de la corneja y, por tanto, del anciano druida. Al fin y al cabo poco podía hacer.

—Dime por qué soy un peligro para ellos —insistí, enfundando mi espada.

Thordor asintió y comenzó a pasear por un estrecho sendero con el pájaro apoyado en su hombro izquierdo. Caminé junto a él por su lado derecho, odiaba a ese pajarraco y lo quería tener lo más alejado posible.

—La vida de los hombres está entrelazada, al igual que las calzadas se cruzan y se distancian a lo largo de una misma ruta. En dichas sendas los viajeros se encuentran, y se separan para volver a encontrarse más adelante.

El destino es el constructor de la calzada y nosotros los viajeros. La cuestión es que no viajamos solos —dijo el druida, deteniéndose de golpe.

—¿Qué quieres decir?

—En nuestro tránsito portamos pesadas cargas que pueden afectar a aquellos viajeros con los que nos encontramos en nuestro azaroso camino.

Thordor, ayudándose de su cayado, levantó una piedra dejando ver una soñolienta víbora que permanecía aletargada con el fin de mantener el calor.

Le dio un pequeño golpe y la despertó. La serpiente, confusa, profirió un

par de rabiosos bufidos, atacó sin mucho éxito el cayado del druida y se ocultó entre unos matorrales.

—Nuestro camino se ha cruzado con el de esta serpiente y, gracias a la Naturaleza, sin mayores consecuencias. Pero por desgracia, no siempre es así.

—Creo que voy entendiendo.

—Tu camino está enlazado no solo con el de Alana, sino con el de alguien más. Digamos que es la pesada carga que portas en tu viaje.

Le miré con atención.

—Y esa carga puede dañar a Alana ¿verdad? —pregunté.

Thordor asintió.

—¿Quién es?

El druida reemprendió el camino.

—Piensa en Alana y en las ocasiones en las que habéis coincidido durante el viaje y hallarás la respuesta.

Durante unos instantes pensé en Alana y en el momento que la conocí, nuestro viaje a Lugdunum, nuestra separación y el reencuentro de hacía pocos días. Intenté averiguar a qué se refería el druida, pero no encontré respuesta. Entonces, consideré que se trataba de alguna estratagema para evitar revelarme dónde en verdad se encontraba mi familia.

—No trates de engañarme, no soy un chiquillo. ¡Dime dónde están! —le espeté, cogiéndole del hombro.

El pájaro, asustado, voló hacia una rama cercana. Thordor me miró con lástima.

—No hay peor ciego que el que no quiere ver, pero en tu caso, la enfermiza obcecación agrava tu ceguera. Volver a verles les pone en serio peligro. ¿Acaso no te das cuenta?

—¡Mientes! —grité furibundo—. Yo no os considero unos venerables santos como muchos piensan, ni siquiera estimo que seáis físicos. A mí no podéis engañarme con vuestras mentiras enmascaradas con palabras sabias.

No sois más que unos crueles hechiceros que alimentáis la ignorancia y las supersticiones de los aldeanos, para solo Dios sabe que tenebroso propósito.

—Las consecuencias serán dramáticas si persistes en continuar con tu camino y las calzadas de Alana y la tuya convergen antes de tiempo —

replicó, ignorando mis ofensas.

Sus ojos estaban húmedos y mostraban un hondo pesar.

Inconscientemente di un paso atrás. La pena y el dolor que transmitía el druida eran insoportables. Sin saber el por qué, rompí a llorar. Sentí que mi corazón se había roto en mil pedazos. Caí arrodillado al suelo en un mar de lágrimas. Sumergido en un profundo dolor, y con el rostro oculto por mis manos, permanecí durante minutos hasta que un profundo sueño alivió mi atormentada alma.

Cuando desperté, el druida había desaparecido. Me encontraba cansado pero aliviado, como si todas mis angustias se hubieran esfumado con mis lágrimas. Monté en mi caballo y me dirigí al campamento. Una vez más, esos malditos brujos me habían engañado, burlándose de mí.

Medité las palabras de Thordor durante el camino de regreso al campamento. El druida aseguró que en mi viaje portaba una pesada carga, alguien que puede llegar a ser peligroso para Alana y, por tal motivo, debo alejarme de ellos. Si encuentro a mi familia, él también lo hará… él también lo hará… Una imagen, un hombre, unos siniestros ojos ambarinos brotaron en mi mente y con ellos su nombre: Walder. Si el druida estaba en lo cierto, esa pesada carga dañina y peligrosa, posiblemente respondía al nombre del germano.

Pero ¿qué debía hacer?… ¿Creer al druida y retornar a la Galia, alejándome de mi amada y de mi hijo hasta que nuestras calzadas volvieran a cruzarse? ¿Olvidar sus palabras y buscarlos poniéndoles en grave peligro?

Angustiado, desconcertado y confundido, llegué al campamento, donde un gran movimiento en las filas romanas llamó mi atención. Enseguida fui requerido por el tribuno, que había reclamado mi presencia en varias ocasiones. Entré en el praetorium donde Constancio Trebio me esperaba con los ducenarii y centenarii de la legio palatina. Tenía el ceño fruncido y la mirada preocupada.

—Por todos los santos. ¿Dónde te has metido? Hace horas que te buscamos —me espetó nada más entrar en el praetorium.

Ni siquiera me dejó abrir la boca para justificar mi desaparición con algún pretexto tan inverosímil como ridículo.

—Hemos recibido un mensaje de la Galia, debemos regresar a Arelate urgentemente —me dijo, levantando la mano para que no le interrumpiera

—. Ricimero y Mayoriano se han sublevado y dirigen sus legiones hacia el norte.

—Pero ¿por qué? —pregunté sin entender qué estaba ocurriendo.

—Eso no es asunto nuestro, lo importante es que tenemos que regresar a Arelate y proteger a nuestro emperador.

—Romanos contra romanos… Estamos hablando de una guerra

¿verdad?

Mi pregunta arrastró tras de sí un elocuente mar de silencio, y varios oficiales fijaron la vista al suelo.

—Esperemos que así no sea —respondió un ducenarius.

—¡¿Acaso no tenemos bastante con vándalos, germanos, suevos y demás bárbaros que tenemos que matarnos entre nosotros?! —exclamé indignado.

Nadie dijo nada, al fin y al cabo todos pensábamos lo mismo.

—Somos soldados y obedecemos órdenes, preparad a vuestros legionarios, partiremos lo antes posible —sentenció el tribuno.

—Ricimero y Mayoriano también son soldados y bajo sus órdenes tienen a miles de legionarios. ¿Cuáles son los motivos que les han llevado a rebelarse? ¿Ellos no deben obediencia al emperador?

—Si no recapacitan, serán ferozmente castigados por ello —respondió con severidad Constancio Trebio.

—¿Cuántos visigodos nos acompañarán? —pregunté ingenuo.

Nosotros éramos apenas una legión completa, algo más de mil soldados y quinientos equites. Otros tantos legionarios tendría disponible el emperador en Arelate que, junto a su guardia personal visigoda, componían su insuficiente ejército. En cambio, Ricimero y Mayoriano eran los magistri militum de las legiones italianas y tenían bajo su mando a más de diez mil hombres.

—Solo la guardia personal de Avito —contestó el tribuno—. Teodorico afirma que necesita a sus soldados para exterminar a los suevos.

—Pero el visigodo combate a los suevos en nombre de Roma, « ex auctoritate romana», seguro que ha recibido órdenes de Avito para que

regrese a Tolosa… —no tardé en entender las verdaderas intenciones del rey visigodo—. No se irá —musité y mirando al tribuno añadí—: Si Teodorico vence a Requiario, no abandonará Hispania, sus tropas no regresarán a Tolosa y ocuparán la Carthaginiense y la Tarraconense.

—Es fiel aliado de Roma, cuando haya exterminado a los suevos regresará a sus tierras más allá de los Pirineos —repuso con vehemencia Constancio Trebio, pero sus ojos estaban velados por la preocupación y la duda.

—Que así sea —deseé sin muchas esperanzas.

Ahora, lo que más me inquietaba era la cierta posibilidad de tener que luchar contra otros milites en una guerra interna que desangraría aún más al exánime Imperio. Que Teodorico permaneciera o no en Hispania careció de importancia: los suevos y los visigodos lucharían entre ellos como lobos hambrientos por los escasos restos de piel y huesos de un ciervo devorado por las larvas. Un exiguo botín para tanta sangre derramada.

Mas de mi boca no salió ni queja, ni protesta alguna, era un soldado y debía aceptar las órdenes con entregada obediencia. De nada servía lamentarse. Si el emperador no llegaba a un acuerdo con los magistri militum, lucharíamos en una batalla desigual romanos contra romanos. No habría vencedores y solo habría un derrotado: el Imperio.

Además, partir hacia Arelate significaba separarme de Alana y de mi hijo, y un sentimiento confuso y ambiguo martirizó mi corazón. Temía que las palabras de Thordor fueran ciertas y que mi sola presencia les pusiera en peligro, pero también la posibilidad de no volver a verlos me partía el alma en mil pedazos. Cabizbajo, apesadumbrado y profundamente triste, ordené a mis centenarii que levantaran el campamento. Regresábamos a la Galia.

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